El tercer día en Sihanoukville llegamos a la conclusión de que la estación húmeda no es la mejor para disfrutar de la playa, y aunque sea una evidencia yo prometo que tenía la esperanza de que el tiempo en Camboya iba a ser tan bueno como el que nos hizo en Laos en septiembre del año anterior. Hicimos de tripas corazón y asumimos que el agua nos iba a fastidiar si o si, así que íbamos a ver la otra playa y a disfrutar de los pequeños ratos de sol, que era lo único que podíamos hacer.

Y llovía y llovía.....
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Me levanté con unas ganas de playa inmensas, imaginaba una costa paradisíaca tailandesa como la de la película “La playa”: el agua azul, la arena blanca, poca gente, un sol radiante y yo durmiendo en una hamaca colgada entre dos cocoteros altísimos. Lo malo de la Lonely Planet es que no hay fotos… El primer objeto en esfumarse del cuadro pintado en mi mente fue el sol, el tiempo amenazaba con lluvias y la idea de tostarme en la arena toda la mañana se desvanecía. Así que cruzamos los dedos y dejamos pasar un rato desayunando. Mientras me comía un supertazón de leche con banana y medio kilo de muesli miraba al cielo casi suplicando un rayo de sol, Toni, tan optimista como siempre pensaba que al final terminaría saliendo, no sin razón ya que al final se hizo la luz. Y como si de un tren se tratara cogimos la toalla y el protector y nos fuimos corriendo antes de que partiera otra vez.

Nubarrones en la playa de Serendipity
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A las 6 de la mañana y extrañamente puntual vino a recogernos a la guesthouse un microbús. Éste, destartalado a más no poder y lleno de mosquitos, dio unas cuantas vueltas por Siem Reap y fue recogiendo a toda la gente que se disponía a coger el autobús que nos llevaría después en el próximo trayecto. Otra vez cambiamos de planes y en vez de ir a Battambang o ver los pueblos flotantes según lo planificado, y siempre pensando en el presupuesto y la meteorología, decidimos ir directamente a la costa oeste: Sihanoukville.
Una vez en la estación de autobuses nos acribillaron todos los vendedores intentando endosarnos hasta un cacho de pan mientras intentábamos averiguar donde teníamos que subir. Arriba en el bus aun estuvimos esperando un rato a los demás y moviéndonos de un sitio para otro mientras el “revisor” intentaba colocar a cada uno en su sitio. El viaje iba a ser largo, más bien larguísimo. Íbamos a atravesar Camboya de arriba abajo, así que nos pusimos cómodos y nos hicimos a la idea, que remedio…
Salimos a las 7 y la verdad, las primeras horas nos entretuvimos mirando el espectacular paisaje: íbamos por una “carretera” que atravesaba unos pueblos que supongo que debían ser los “pueblos flotantes”, inundados como estaban.

Paisajes inundados
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Cinco días nos llevó recorrer todos y cada uno de los rincones de los Templos de Angkor, Patrimonio de la Humanidad. Durante ese periodo cogimos la rutina de levantarnos a una hora razonable, desayunar nuestro bocadillo de tortilla y decidir como íbamos a llegar al recinto ese día dependiendo de la meteorología. Las opciones no eran muchas, si llovía bastante cogíamos un tuk-tuk y a malas siempre teníamos refugio. Si no llovía… bueno, esa opción era utópica… si no llovía tanto esperábamos a que saliese un rato el sol para alquilar un par de bicicletas y cruzábamos los dedos para que nos diese tiempo de ir y volver sin mojarnos demasiado.

Bienvenidos a los Templos de Angkor
Iniciamos el minucioso recorrido de las ruinas por el templo más conocido: Angkor Wat. Ese día pudimos llegar hasta allí con la bicicleta y supimos lo que es pedalear debajo del sol a 30 grados, porque eso si, el sol cuando salía aprovechaba las pocas horas de presencia para advertirnos que seguía ahí. Sin la “protección” de un tuk-tuk, esquivar el asalto de los vendedores era una ardua tarea, pero decirle a unos niños que no me llegaban ni a la cintura y que casi suplicaban que les comprase algo que no me iba a quedar, ni una pulsera más porque el primer día ya compré cinco, fue el más difícil todavía.
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Publicado el 05 Enero 2010
Tags: Siem Reap, tuk-tuk
A las ocho de la mañana nos esperaba puntual el pobre Oein, digo pobre porque después de venir tuvo que salir Toni a decirle que pasara un pelín mas tarde, que con la resaca se nos había pasado la hora (bueno, esto último se lo ahorró y no se lo dijo). No tuvo inconveniente así que aprovechó y se fue a hacer unos recados mientras desayunábamos. El día se presentía largo además de fructífero, es por eso que nos pedimos un bocata enorme de tortilla y tomate que nos espabiló y nos aportó energía suficiente para aguantar las largas caminatas que nos aguardaban.
Nuestra idea era ir el primer día a hacernos el pase para visitar los templos de angkor durante una semana y aprovechar que íbamos en tuk tuk para hacer una visita general de todas las ruinas. Los demás días ya podríamos ir en bici con calma viéndolos todos uno a uno para hacer las fotos y videos.

Con Oein camino de Angkor
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Después de mucho dudarlo, la mañana de nuestro primer sábado en Camboya empezamos el camino al oeste del país habiendo descartado el trekking por Rattanakiri.
A las siete de la mañana pasaron un par de autobuses por una parada situada en la misma calle en la que nos alojábamos, ambos en dirección a Siem Reap. Sin romper con las tradiciones llovía y volvíamos a subir en un bus destartalado; a esto se sumó que después de empaparnos de agua hasta la ropa interior guardando las maletas, subimos y el bus tenía “aire acondicionado”: un agujero roto en el techo por el que no paraba de salir aire frío a chorro sin opción alguna de poderse regular. Al principio nos tocó cubrirnos el cuerpo con el poncho para entrar un poco en calor con el plástico, pero al final tuvimos que ingeniárnoslas y meter media cortina por el agujero para que dejara de salir aire por allí, al que se estaban añadiendo pequeñas gotas de agua que de vez en cuando nos caían en la nariz. Una ruina de autocar.

Camino a Siem Reap
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¡¡¡¡Crench, crench, crench!!!!
- Toni, això què és?
¡¡¡Crench, crench, crench!!!
- Jo que sé, dorm!!
¡¡¡Crench, crench, crench!!!
…
¡¡¡Crench, crench, crench!!!
Al final me tuve que levantar, aun era de noche y no podía volverme a dormir pensando que había algo hurgando por las mochilas. Me levanté con cuidado temiendo encontrarme cualquier animalillo merodeando por la habitación y para mi sorpresa no había nada. Era un hombre que se había puesto a barrer la calle antes de salir el sol con una escoba de paja haciendo tanto ruido que parecía que estuviese allí dentro con nosotros. Y es que la habitación no era nada silenciosa, apenas había salido el sol y ya oíamos a todo el mundo. Las motos arriba y abajo, la gente que empezaba a trabajar, los restaurantes que abrían… Eso nos obligó a madrugar y aprovechar el día.

Ajetreo en Kratie de buena mañana
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Al principio pensé que era la sensación de velocidad que da un autobús viejo, pero cuando llevábamos un rato de camino estaba convencida de que si todos los pasajeros sacábamos los brazos extendidos por la ventana sincronizados, aunque el viejo bus rechinara, retumbara y estuviese súper oxidado, empezaría el despegue y a volar.
El viaje no varió mucho al del día anterior, mismo paisaje, misma duración. Y el bus… si me hubiesen dicho que era el mismo me lo hubiese creído, igual de descuidado y abandonado.

Otro autobús más...
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A las 7:00 nos vino a recoger una pick up a la guesthouse, pero no fue hasta las 8:00 cuando salió el autobús de una de las estaciones de Phnom Penh. Creíamos que en un día nos había sobrado tiempo para ver la capital, pero no nos dimos cuenta de las cosas que nos habíamos dejado por descubrir hasta la segunda visita al final del viaje. De momento dejábamos el ajetreo de la ciudad para adentrarnos en la Camboya más pura, la auténtica. La Camboya genuina, sin mezclas. Nuestra siguiente parada era Kompong Cham “puerto de los cham”, capital de la provincia que lleva el mismo nombre, situada a orillas del Mekong a unos 120 km al noreste de Phnom Penh y punto estratégico para el comercio hacia la capital del país.

Empezamos con los autobuses destartalados
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Por si no habíamos visto aun bastante, continuamos con la visita “histórico-macabra”, ahora era el turno de los campos de exterminio de Choeung Ek, en las afueras de Phnom Penh. “Killing fields?” solían preguntarnos los conductores de tuk-tuk por si queríamos ir a verlos, a una media hora del instituto Tuol Sleng.

Cráneos en Choeung Ek
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