Cap. 14 – Visita a Galle y despedida de la isla

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El trayecto que separa Mirissa de Galle es uno de los más bonitos que hicimos en todo el viaje a Sri Lanka. Hay que decir que el buen tiempo dio muchos puntos a favor para que así fuese y pudimos disfrutar de los paisajes que vimos con un sol radiante, pero es que las playas que nos encontramos por el camino eran realmente espectaculares. Cada vez que nos topábamos con alguna nos sorprendíamos de que no hubiese nadie gozando de ellas. En vez de turistas al sol, lo que nos encontramos en una ocasión fue un grupo de surfistas haciendo verdaderas peripecias encima del agua, y en otro tramo a los famosos pescadores zancudos. Como ya habíamos leído, éstos estaban allí más por las fotos y las rupias que por el pescado, y nada más parar el vehículo ya te estaban pidiendo dinero.

Los famosos pescadores

Los famosos pescadores

Casi a mediodía llegamos a Galle, al sudoeste de la isla, y tras encontrar una homestay y comer algo decidimos salir a ver la ciudad.

Recibimiento en nuestra guesthouse

Recibimiento en nuestra guesthouse

Famosa por el fuerte construido en una pequeña península de la ciudad, este Patrimonio de la Humanidad conserva vestigios de los que años atrás la quisieron para ellos: portugueses, holandeses e ingleses controlaron el puerto dejando hasta el día de hoy la huella de su dominio.

Llegamos hasta el fuerte con el tuk tuk y una enorme muralla nos dio la bienvenida. Nos adentramos con el vehículo y dimos una vuelta por sus pequeñas calles. Enseguida pudimos comprobar que la Galle intramuros poco tenía que ver con el resto de la ciudad. Tras dar una vuelta entera con el vehículo y comprobar que aquello se podía recorrer sin esfuerzo andando, lo aparcamos cerca del faro y salimos a pasear.

Motoret aparcado y a la espera de nuevas órdenes

Motoret aparcado y a la espera de nuevas órdenes

Al acercarnos al faro presenciamos el poder de atracción del fuerte. Familias, parejas, amigos y turistas iban de un lado a otro disfrutando de las vistas y del sol. Incluso parejas de novios se hacían allí parte de las fotos del album de la boda aprovechando la belleza del lugar. Nos acercamos al acantilado y tras hacer un par de fotos decidimos recorrer las callejuelas de la antigua ciudad.

El faro y el acantilado

El faro y el acantilado

El faro de Galle

El faro de Galle

Otra vista del acantilado con la gente

Otra vista del acantilado con la gente

Recorriendo aquella zona me envolvió una sensación familiar. De repente sentí como si estuviese paseando por el barrio antiguo de alguna ciudad española. Las casas coloniales, las flores en los balcones y las fachadas, y alguna iglesia que también vimos hacían que nos sintiésemos como si de repente estuviésemos cerca de casa.

Una de las calles de Galle

Una de las calles de Galle

La pareja de novios que nos volvimos a cruzar

La pareja de novios que nos volvimos a cruzar

El paseo fue realmente agradable y solo podía mejorarse con una cosa, una cervecita. Fácil solución tenía aquello así que a falta de bares nos metimos en un restaurante con jardín y nos bebimos una Lion fresquísima, y a falta de tapas nos pedimos unas patatas fritas para rematar el ambiente.

La cervecita de rigor

La cervecita de rigor

Tras el breve descanso seguimos dando la vuelta hasta que llegamos de nuevo al faro, donde habíamos aparcado el tuk-tuk. Sin darnos cuenta había pasado la tarde y empezaba a oscurecer, por lo que no tardamos mucho en volver a la guesthouse.

El día siguiente nos despertamos sin planes. Seguíamos en Galle, habíamos visto el fuerte y no teníamos que volver a Negombo hasta el día siguiente ¿Cómo podíamos aprovechar nuestro último día antes de finalizar el viaje? De repente nos acordamos de las fantásticas playas que vimos durante el último trayecto y decidimos ir a pasar el día por allí. Cogimos lo poco que se nos ocurrió, las gafas de sol, el bikini, un pareo y una botella de agua y sin tener muy claro a donde nos dirigíamos exactamente montamos en el tuk tuk y pusimos rumbo en dirección a Unawatuna.

En nuestro tuk tuk camino de la playa

En nuestro tuk tuk camino de la playa

Fue tan sencillo como parar en los sitios que nos llamaban más la atención, una calita, una playa grande… Daba igual, solo teníamos que parar el motor y saborear el momento. Y entre parada y parada fue como llegamos a una playa de arena blanca y desierta que nos hipnotizó y prácticamente nos obligó a bajar del vehículo.

La inmensa y bonita playa

La inmensa y bonita playa

Fue extender el pareo, quitarnos la ropa e ir corriendo a meternos en el mar, era tooooodo para nosotros. Andamos varias decenas de metros dentro del agua y no conseguimos llegar a una zona profunda, apenas nos llegaba a las rodillas, pero aún así notábamos en nuestras piernas la fuerte corriente que nos intentaba arrastrar.

"Posando" para la foto

“Posando” para la foto

Cuando salimos del agua, mientras nos secábamos al sol tumbados en el pareo, se acercó a nosotros un joven local y nos preguntó si querríamos tomar algo o comer allí. ¿Allí mismo? ¡Si no veíamos ningún restaurante cerca! Entonces nos señaló una caseta y nos dijo que si queríamos nos podía preparar él mismo algo para comer a la hora que nos apeteciera. La idea nos convenció enseguida, así que le dijimos que contase con nosotros que en una hora estaríamos allí para comer.

Toda la playa para nosotros

Toda la playa para nosotros

Un poco antes de la hora acordada estábamos allí disecados y dispuestos a rehidratarnos a base de leones de Sri Lanka y un rato después la comida estaba servida. No tuvimos ni que preocuparnos de ir a buscar un restaurante, la comida había venido hasta nosotros. ¡qué gozada!

La hora de la comida

La hora de la comida

Nos dábamos cuenta de que el viaje por Sri Lanka, la isla que nos había conquistado desde el primer momento (y nos había hecho gastar unas cuantas rupias más de las previstas, todo sea dicho) tocaba su fin. El día siguiente pondríamos rumbo a Negombo a devolver el tuk tuk y dar el adiós definitivo a Motoret, nuestro compañero de aventuras y desventuras isleñas, aquel que había soportado horas y horas de camino y diluvios universales. Pocas horas quedaban para volar a Chennai y volver al caos, el tráfico sin control, la basura, el ruido y el desorden de India. Horas para despedirnos de las playas, la fabulosa fauna, las ruinas y las dagobas.

Nuestra foto de recuerdo de Sri Lanka

Nuestra foto de recuerdo de Sri Lanka

En un intento de consolarme a mí misma por tener que dejar un país en el que me hubiese quedado otro mes sin ningún problema pensé en lo que más me gusta de India, la comida. Un plato de masala y un malai kofta aparecieron en mi mente y fueron suficientes para quitarme esa penita que me daba decir adiós a Sri Lanka.

¡Adiós Sri Lanka, adiós! Dijimos mientras levantábamos los vasos de cerveza y brindábamos. ¿De qué me quejaba? Si ni siquiera volvíamos a casa, sino que íbamos a continuar nuestro gran viaje por el gran subcontinente asiático ¡Por la aventura vivida y por la que viene a continuación! Volvimos a brindar y con aquel trago de mi cerveza viajera preferida pusimos un punto y aparte. ¡A por otra!

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