El almuerzo de despedida fue en el bar de los padres de Toni. Llegó el momento de partir y dejar durante un mes entero nuestros quehaceres cotidianos apartados. Un paréntesis en nuestras vidas tan fugaz como inmortal. El día esperado y la ocasión de experimentar. El tiempo de vivir.
De todas las cosas que me pude imaginar de camino al aeropuerto, lo que no se me ocurrió pensar es que éste iba a ser el viaje que me iba a abrir los ojos. Abrirlos para ver el mundo y descubrir que todas esas cosas que dicen que pasan son verdad: existen. Que hay quien no puede ir al colegio, que hay gente que pasa hambre, que los niños tienen que mendigar, que hay quien no se puede vestir, que las guerras dejan secuelas, que las minas arrancan piernas, que la prostitución infantil deja de ser una cosa que pasa a la otra punta del mundo cuando ves a una niña de la mano de un hombre delante de ti, que los padres venden a sus hijas, que hay quien paga por acostarse con esas niñas…Que el mundo esta mal.
La única conclusión acertada que pronostiqué antes de subirme al primer avión es que este viaje nunca lo iba a olvidar, ni lo bueno, que ha sido mucho, ni lo malo.
Empieza aquí un diario que me apetece mucho escribir, mostrar lo que ha sido Camboya para mí, un país desconocido del que he aprendido tanto: su historia, su gente, sus lugares, sus encantos y sus desgracias. Simplemente lo que vi.

Camboya...

