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La crónica cósmica. Si sois lectores habituales de estas crónicas…

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ESO ES LO QUE HAY. A pesar de que solamente hace tres meses y pico que corro por el Indostán, gracias al curioso funcionamiento de las emociones tengo la sensación de llevar siglos por aquí. La Colinas Kumaon, Varanasi y Dharikari parecen hallarse a años luz, y en cuanto a los recuerdos de Occidente casi creería que provienen de otra vida (en realidad lo era). Si sois lectores habituales de estas crónicas, supongo que no os preguntaréis cómo estoy, pues es evidente que me siento de maravilla; pero si habéis pensado, “¡Qué bien vive ese hijo de puta!”, y os habéis planteado en alguna ocasión la posibilidad de hacer un viajecito parecido, os advertiré que, aparte de la compañía constante de las moscas y los mosquitos, y de dormir con unas almohadas y unos colchones que serían apropiados para un masoquista, durante ese tiempo no he tomado un solo trago de cerveza o vino, ni he comido marisco, helados o pasteles (la parte positiva está en no haber visto los asquerosos caretos de Joe Rajoy y su prima Aguirre).

Aunque ahora no eche en falta ninguna de esas cosas, cuando regresaba a Europa al principio de mis correrías en los años ochenta me apresuraba a beber una cerveza y devorar ansiosamente una pizza (las mejores en un callejón junto a la estación central de los ferrocarriles de Roma). Tras haber estado comiendo pescado casi diariamente en Dharikari, ahora sigo una dieta vegetariana.

Aconsejado por mis amigos locales voy todos los días a un restaurante que, a pesar de ser sobre todo una dulcería, por la mañana también sirven un plato combinado (en el Nepal lo llaman “dalbaht”, en el resto de la India “thali”, y aquí simplemente “rice”) que es siempre idéntico e incluye arroz, dos tipos de verdura, lentejas, patatas, encurtido y “papart” (una especie chip grande de maíz). No me recomendaron tal sitio solamente por la calidad de la comida, sino también porque, aparte de tener unos precios muy razonables (cuarenta rupias, o sea medio euro), todavía siguen con el sistema tradicional de rellenarte el plato tantas veces como sea necesario. Al contrario que en los restaurantes “dhaba” normales, en cuyo menú no hay postres, en éste puedes escoger entre una gran diversidad de dulces, y preparan una golosina de requesón que únicamente he visto aquí y está riquísima. Al creer que es natural y (así) sano basar la alimentación en las costumbres y productos locales de cada temporada, me estoy hartando de arándanos (sin tostar ni salar), dátiles y mandarinas.

Aparte de la maría y los bidis con que me jodo los pulmones, los sábados le doy marcha al hígado con una petaca de buen ron. Mueren las viejas tradiciones: Ha desaparecido la tienda del gobierno que vendía maría y opio, y en su lugar han abierto una de licor.

Después de realizar un exhaustivo estudio de mercado y dar con el chiringuito que prepara el mejor chai, voy allí todas las mañanas después del obligado paseo por el bosque y de ir hasta la estación de autobuses a comprar el periódico “The Times of India”.

Siguiendo una vieja costumbre mía (la del rácano que pretende hipócritamente limpiar un poco su karma), invito a tomar el té a un mendigo que, ateniéndose a las fórmulas indostanas, tras el primer día siempre será el mismo y no faltará jamás a la cita; quien corre actualmente con ese rol no es simplemente un mendigo (que tendría su puesto en el bazar como un comerciante más), sino un “págal” (loco) de mediana edad que viste una túnica roñosa, va descalzo y anda continuamente de un lado a otro sonriendo bobaliconamente, y el otro día me dejó patitieso al recoger la diminuta colilla de un bidi que yo acaba de tirar. Recuerdo a los dos “págal” oficiales de hace veinticuatro años: un tipo que hablaba continuamente con la mirada puesta en el cielo, y una mujer de buen ver que se hacía ver al pasearse completamente desnuda (siempre había alguien que la vistiese, pero al rato ya se había librado de la ropa).

Ha llegado el momento de hablaros de mi actual domicilio, al que he bautizado como “La Residencia de Ancianos” porque, insólitamente, soy el más joven de los tres inquilinos de la “Labanya Lodge”. Los otros dos son un griego y un inglés de sesenta y ocho años con los que debería fotografiarme, pues, debido a la ropa, la melena y las barbas blancas, y a que estamos chupados y vamos andando a todos lados, parecemos cómicamente del mismo gremio. El griego, que es de Atenas, pasa la mayor parte del tiempo en la India, y sobre todo en Konarak porque, igual que a mí, le encanta pasear por el inmenso jardín que nace tras la verja de esta pensión. El inglés ha vivido durante los últimos años en Honduras y su afición es lo que en Norteamérica denominan como “birding”, la observación de pájaros; gracias a él he descubierto que aquí hay una gran diversidad de aves a las que no veía al tener puesta la atención en el suelo porque lo de orientarme dentro del laberinto de “cashew” se está convirtiendo en un juego muy adictivo.

Después de permanecer un montón de horas encerrado en mi diminuta habitación (3 x 4 metros, paredes verdes con las puertas y las ventanas azules), siempre resulta chocante salir al exterior para enfrentarme a la preciosa reserva natural que la encierra. Aprovecharé para recomendaros encarecidamente esta pensión, que es un caso único dentro de la India, país en el que se desconoce el significado de la palabra conservación, y donde jamás había residido en un sitio en que se pasasen el día barriendo y limpiando (¡Incluida mi habitación!). Otro detalle: Tras un solo monzón la mayoría de edificios indios parecen decrépitos y, debido a su tacañería, nadie se preocupa de remediarlo; mientras que la “Labanya Lodge” está siempre recién pintada. ¿El color? Un rosa intenso que no desentona entre el verdor que lo rodea.

El hijo mayor de la familia, a cuya boda asistí y vi a su futura esposa antes que él, se ha apartado de los negocios y pasa los días en un áshram que hay junto a la playa (sagrada por la presencia de Surya, el dios del Sol, y jamás llamada playa, sino por su nombre propio, Chandra Bhaga) rindiendo homenaje al difunto gurú con un chílom en la mano. Quien dirige ahora la pensión, y además lo hace muy efectivamente, es su hermano menor ayudado por el padre, antiguo oficial del Servicio Forestal que gracias a sus contactos consiguió el permiso para levantar el que fue el primer edificio cerca del Templo del Sol. En realidad sigue siendo el único legal, y los demás corren continuamente el riesgo de ser derribados porque el ayuntamiento local otorga permisos que luego el gobierno estatal anula como sucedió con una serie de comercios que fueron destruidos, de ahí que el bazar esté hecho a base de chiringuitos de plástico y chapa que se pueden trasladar de un lado a otro. La proliferación de los negocios turísticos no ha acabado con la tranquilidad de esta pensión, sino todo lo contrario, ya que construyeron una ronda de circunvalación de cuatro carriles que nace justo antes de llegar aquí, y cortaron el tráfico de la carretera que tenemos enfrente dejándola convertida en una amplia zona peatonal.

INDOSTÁN

  • Un avión de Air India partió hacia París con dos horas de retraso porque el capitán y el ingeniero de vuelo tuvieron una discusión y éste terminó en el hospital con la nariz rota y un ojo a la funerala. Hace unos años prohibieron volar a un piloto y a un copiloto a los que hicieron la prueba de alcoholemia comprobando que iban completamente borrachos.
  • El gobierno ha organizado una nueva limpieza del Río Ganges (lo hacen cada varios años con pocos resultados), y han empezado por “pescar” más de cien cadáveres sin identificar.
  • Con la aparición en el mercado del calzado caro de marca se han multiplicado los robos de los zapatos que la gente deja en la entrada de los templos. A pesar del cambio de la moda y la llegada del calzado deportivo, todavía hay mucho papanatas que sigue llevando unos zapatos ridículamente largos dignos de un payaso.
  • El lenguaje del claxon con que los conductores se comunican unos con otros y también con los peatones y los animales (en Sauraha me aterrorizaba ir en motocicleta con el amigo ruso porque se empeñaba en no usarlo) se extiende asimismo a los trenes, que no dejarán de anunciar atronadoramente su paso por las zonas habitadas o mientras maniobran en las estaciones.
  • Los electricistas y los políticos son dos de los oficios más arriesgados de la India, porque los primeros mueren frecuentemente electrocutados, y los otros tiroteados cada vez que hay elecciones.
  • La mayoría de gente de los estados como Tamil Nadu, Kerala, Assam y Orissa no entiende dos palabras de hindi.

MIRA LO QUE PIENSO

  • De forma parecida a lo de ir en bicicleta, ¿recordamos siempre cómo hacernos el nudo de la corbata?
  • ¿No es así que en una sociedad superficial serás más criticado y evaluado por tu apariencia que por tus ideas, inteligencia y dignidad?
  • ¿Sabíais que la maría bloquea el flujo sanguíneo de las células cancerígenas?
  • ¿No os parece que los sentimientos son racistas y que la prueba de ello está en que nos apenará más la muerte de un paisano que la de cien africanos?
  • ¿Acaso no es evidente que Occidente se halla en decadencia y que la existencia de enemigos externos evita que lo sea más?
  • ¿Me equivoco si digo que al escribir sin un propósito material estoy practicando el karma yoga?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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