» La crónica cósmica. Varanasi, la ciudad de mis amores

La crónica cósmica. Varanasi, la ciudad de mis amores

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LA CIUDAD DE MIS AMORES. Si en la última crónica os dejé “colgados” con un “continuará” en el momento en que ponía los pies en Varanasi, se debió a que esta ciudad merece un capítulo aparte por el simple hecho de ser la población más antigua entre las que aun siguen con vida; lo era junto con Alepo antes de que a ésta la asesinaran a sangre fría.

Varanasi es inmensa (el nombre se debe a los dos ríos, actualmente subterráneos, Varun y Asi que desembocan en el Ganges), y en realidad solamente tiene unos cuantos milenios de historia la parte llamada Kashi.

Al ser un servidor un amante de la naturaleza, son raras las ocasiones en que resida en un centro urbano, y una de esas pocas excepciones se da en Kashi, donde, como ahora, puedo pasar tranquilamente varias semanas. Esas visitas tienen la forma de una ceremonia mística que empieza al descender del tren y salir de la multitudinaria estación entre docenas de taxistas a los que no hago el mínimo caso. Al ser asimismo una de las ciudades con más bicicletas del mundo (junto con Dhaka), es imprescindible entrar en ella de la manera adecuada. Tras cruzar la calle tomo un ricchó (bici-triciclo-taxi: 60 rupias) desde el que, lentamente, o sea a ritmo natural, me ambiento contemplando el caos general desde la alturas, con unos impresionantes atascos de tráfico en los que antes prácticamente no veías un solo automóvil, y únicamente bicicletas y más bicicletas junto con carretones de mano, vacas y motocicletas, mientras recorremos los cuatro kilómetros hasta la Plaza Godowlia.

Ya con las bolsas sobre los hombros, y sorteando toda clase de vendedores y maleantes, “¿Hachís?”, “¿Hotel?”, “¿Un recorrido en barca por el río?”, “¿Te acuerdas de mí?”, me adentro entre los callejones enlosados de Kashi. Éstos son generalmente tan estrechos como para que, al extender los brazos, toque ambos muros (los más anchos no medirán ni tres metros). Para poder avanzar por tan reducido espacio entre las crecientes multitudes de peregrinos (que crean unos atascos monumentales haciendo cola para visitar los templos más emblemáticos, en el caso del “Kashiviswnath Mandir” son kilométricas debido a los controles policiales a causa del terrorismo), las vacas (han desaparecido las manadas de búfalos que te obligaban a buscar refugio a toda prisa si no querías terminar aplastado), las motocicletas y las bicicletas, he de poner en práctica las habilidades adquiridas a través de los años (gané varias veces el “Kashi Cross” que organizábamos entre diferentes amigos).

Cuando es posible sigo rutas alternativas y secretas por unos callejones solitarios parecidos a los de una ciudad fantasma como los senderos que tenía en Sauraha para evitar cruzarme con los turistas. De no ser así, avanzo moviendo las caderas con la agilidad de un bailarín evitando pisar la mierda de vaca y la basura (cada día barrida y recogida), pasando de lado para no chocar con los hombros de los otros transeúntes o con las caderas contra alguna motocicleta, mirando de reojo antes de avanzar (a falta de un retrovisor), teniendo en cuenta que tras la rueda delantera de un ricchó vendrá el resto del triciclo (a veces cargado de sacas o con un cadáver que va camino de la pira funeraria), cedo el paso a los vehículos rodados con una señal del brazo como lo haría con los intermitentes de un coche, y, claro, también uso el reprise de mi turbo natural para adelantar a unos y otros como si me moviese a setenta y ocho revoluciones por minuto mientras ellos lo hacen a treinta y tres.

Es un laberinto de callejuelas en el que resulta muy fácil perderse y, aunque en el pasado llegué conocérmelo de memoria, anteayer me despisté un par de veces porque ya hacía varios años que no venía por aquí. Encontré cerrada la preciosa “Shankeri Lodge” (residencia del año 1935 destinada a los oficiales británicos) en la que me había instalado siempre desde finales de los ochenta, y el propietario, Anand, me llevó hasta la vecina “Pensión Uma”, casa asimismo antigua de la que soy el único inquilino y tiene su propio pozo de sabrosa agua. Estoy en una diminuta pero encantadora habitación del tercer piso (doscientas rupias), cuyo balcón queda a un metro del edificio de enfrente, y a la que llego subiendo los tradicionales escalones de dos palmos que te dejan agotado; en realidad, y gracias a las escalinatas (“ghats”) que llevan hasta el Ganges, estoy trepando incluso más que en las Colinas Kumaon. Arriba tengo unas terrazas desde las cuales se ven los infinitos paisajes del río y la playa de la orilla contraria, que en esta época quizás mida un kilómetro de fondo y un mes antes estaría bajo el agua.

Mis rutinas son las habituales: De mañanita doy un paseo visitando mis templos favoritos (y solitarios, por supuesto), tomo un chai junto al Ganges, compro “The Times of India”, y regreso a mi habitación para dedicarme a escribir hasta la hora del almuerzo. Como éste en un restaurante “viendo pasar gente” (¿título de la película?), y se limita a un par de empanadillas “samosa” (inventadas por los hindúes vegetarianos que trabajaban en Birmania y no podían comer las que preparaba la gente local con carne). Las sigue el que es sin lugar a duda el mejor yogur del mundo: ¡Sí, mis queridos papanatas, la leche de las vacas sagradas de la sagrada Kashi es simplemente divina!

Por la tarde, a la hora tradicional, o sea las cuatro, me dirijo a un diminuto y escondido local en el que sirven el mejor “bangh” (crema de maría barata y legal de la que cada cliente coge la cantidad deseada) junto con un delicioso batido de almendras (cuarenta rupias; un zumo de granada en la tienda de al lado cuesta cincuenta). Ayer, mientras tomaba sorbos, pensé que, de forma parecida a los personajes que aparecen en las noticias al haber muerto en un burdel o de sobredosis, o, en el pasado, en un fumadero de opio, supongo que un chiringuito de “bangh” sería el lugar adecuado para palmarla un vicioso como yo.

Una de las muchas peculiaridades de Kashi son los gritos asimismo peculiares de los vendedores nocturnos que recorren sus solitarias callejuelas, de quienes no tengo la menor idea acerca de lo que puedan vender o hacer porque siempre los escucho desde la cama cuando ya estoy medio dormido.

La prueba de que hay más peregrinos (llevan la cabeza afeitada (obligado), hablan lenguas extrañas, y me contemplan asombrados igual que los de la Kumba Mela como si yo fuese un marciano) está en que se han multiplicado las tienditas llenando de colores, luces y bullicio incluso algunas callejuelas en las que antes no verías un alma.

Tras haberos comentado repetidamente lo peligrosos que pueden ser los macacos, ahora os daré un nuevo ejemplo que está relacionado precisamente con esta habitación desde la que os estoy escribiendo, en la que tengo la puerta del balcón permanentemente cerrada (las ventanas están abiertas, pero con barras anti-mono, de los que hay una familia contemplándome con las peores intenciones desde el tejado de enfrente) porque al último y cándido inquilino se le olvidó hacerlo así y… ¡se quedó sin pasaporte! Efectivamente, los macacos te pueden arruinar un viaje.

ENSAYO DE LA MÁSCARA. Después de hacer en la última crónica otro de mis comentarios acerca del velo (“¡Pero que repetitivo está el chico!”), me quedé con ganas de ampliarlo. Decía que, al llevar rostro cubierto, esas mujeres no debían reprimir su sonrisa; pero es que además pueden darse el gusto de sonreír continuamente y siempre que les apetezca, por ejemplo en medio del bazar o frente al cabreado barbudo de su marido sacándole la lengua. Aunque los hombres quizás no pensemos en ello, una occidental no podría ir sonriendo por las calles de su ciudad (y mucho menos en la India) sin terminar teniendo problemas. El velo, como una máscara o un antifaz, también les ha de permitir moverse sin ser reconocidas, a menos que les esté prohibido salir sin la compañía de un hombre como comprobé en Bangladesh, donde echaron de un autobús a dos mujeres con burka que iban solas. Por cierto, me pregunto si las putas de esas culturas “amantes de la libertad” también llevan burka, “Umm, cómo me pone imaginar lo que esconden” (¡Qué expresión más asquerosa lo de “Cómo me pone”, ¿no os parece?!).

MIRA LO QUE PIENSO. En las Colinas Kumaon estuve leyendo la biografía de Mahoma (a quien en África y Asia llaman simplemente Mohamed) que escribió recientemente Lesley Hazleton (reportera durante una década en Oriente Medio) titulada “El Primer Musulmán”. Yo me limitaré a hacer un par de comentarios tan imparciales como los de la señora Hazleton, que se basó sobre todo en los libros que escribieron dos seguidores de Mahoma pocos después de su muerte, y para ello repetiré por milésima vez: “Somos lo que hacemos”. La simpatía que me inspiró Mohamed mientras era simplemente un joven santón al que los fanáticos de la Meca trataban con desprecio como lo hacen actualmente sus seguidores con cualquiera que no pertenezca su misma secta, se transformó en un sentimiento totalmente opuesto cuando, paulatinamente, él se convirtió en alguien que mataba para conseguir sus fines y acabar con sus críticos, en un bandolero que asaltaba caravanas, y en un político que imponía su ley dando por sentado que era acertada. Para hacer una comparación, sería como si Jesús, tras haber sobrevivido a la crucifixión (como fue realmente), hubiese regresado repartiendo palos frente a un gran ejército.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba

La crónica cósmica, de Nando Baba

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