La crónica cósmica. El señor Lobo, el señor Oso y el señor Chacal

La crónica cósmica. El señor Lobo
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Sería imposible calcular el número de las tonalidades verdosas que tengo alrededor o las que veo al mirar hacia el valle que queda por debajo. Damos diferentes nombres al viento, a las nubes, a la arena del desierto, e incluso, en algunas culturas, a la nieve; pero a continuación nos limitamos a denominar como verdes a un sinfín de colores que, a pesar de ser verdosos, son también distintos. Colores.

Ayer, de mañanita, y bajo los primeros rayos dorados del Sol, nos metimos por un sendero cubierto de hierba verde y florecillas amarillas que ascendía serpenteando por la ladera de una colina. Sobre el suelo, y de espalda la una a la otra, había dos cigarras románticas a las que, de entrada, tomamos por mariposas debido a su gran tamaño y delicado color amarillo.

Al continuar andando vimos posadas en una rama a una avispa terrorífica, de diez centímetros de largo y color rojizo, junto a una mariposa mimetizada de hoja seca (que será verde en cuanto lleguen los monzones) que escondía en el interior de sus alas un arco iris de satén. En un claro del bosque encontramos una casa blanca de dos plantas, en cuya fachada, entre dos columnas gruesas y redondas, y en una placa de mármol del mismo color, constaba, “Flower Mead Cottage 1886”.

Regresamos al bosque dejando el edificio a nuestras espaldas, nos sentamos sobre un mullido colchón de musgo verde, y preparamos una pipa, que era de cerámica rojiza, usando un costo negro como el carbón. En cuanto empezamos a soltar nubes de humo blancuzco, frente a nosotros, y en el tronco pardo de un roble (totalmente distinto al europeo o al americano), vimos dos pájaros “carpintero” de gran tamaño y destellante color verde que lucían una espectacular cresta amarilla.

Sin darnos tiempo para cerrar nuestras bocas cruzó el espacio un pájaro “cazamoscas del paraíso”, totalmente blanco a excepción de la cabeza negra, que arrastraba tras de sí la fina cola de dos plumas que quintuplicaba la largura del cuerpo. A continuación, y a un ritmo endiablado, se juntaron a los anteriores, primero, dos parejas más de “carpinteros”, blancos y coronados de rojo, enanitos unos y medianos los otros, luego una docena de pájaros de cuerpo castaño, pecho blanco y buen tamaño, a los que siguieron unos parientes diminutos de los gorriones que, entre una buena colección de colores, destacaban por su cabeza dorada. La presencia de tantas aves atrajo la atención de una bandada de loros de cabeza roja y larga cola azul que detuvo sus alocados vuelos en un árbol cubierto de flores rosadas.

Cuanto sucedía ante nosotros y entre las ramas de los árboles que nos quedaban por debajo comportó que nuestras miradas se abriesen y expandiesen consiguiendo verlo todo al mismo tiempo, pues ni tan siquiera nos pasaba desapercibido el menor movimiento que veíamos de reojo; y por si alguien duda de ello, añadiré que encontré la que, según los amigos locales, era la primera orquídea de la temporada, flor que solamente hace un masivo acto de presencia durante los monzones.

El espectáculo pajaril continuó y se multiplicó hasta que hubo una veintena de especies distintas deleitándonos con su alocada coreografía. Pero no habíamos terminado, y la apoteosis solamente llegó en el momento en que aparecieron en escena las tres estrellas del bosque: las grandes urracas de largas colas y diversos colores, el pájaro escarlata que es simplemente de color rojo eléctrico, y, para terminar, una pareja de pájaros de color azul celeste que son especialistas en pararse cerca de ti para observarte mostrando el mismo asombro que sientes tú.

Ante nosotros se había dado la conexión cósmica, porque cuando regresamos al mismo sitio en otra ocasión, no dimos con un solo pájaro. Sin embargo, aquel día, al ponernos de nuevo en marcha, en diferentes partes del bosque todavía vimos tres especies distintas de búhos, de los que uno era diminuto y los otros del tamaño de las águilas.

En estas comarcas, y especialmente en primavera, acabas mirando continuamente entre las ramas de los árboles buscando pájaros como los locos de la película “The Big Year” (por cierto, que las escenas en que las dos águilas se agarran, por supuesto, de las garras, y se dejan caer al vacío girando sobre sí mismas, son de las imágenes más bonitas que haya visto).

No obstante, la parte más emocionante de esta afición se da las veces que descendemos hasta el bazar, donde encontramos algún nido de golondrinas en el interior de cada uno de sus comercios, cafeterías y restaurantes. En la “chai dhucán” que vamos, que no mide más de dos metros de ancho por cuatro de fondo, hay dos nidos, y las golondrinas usan el ventilador del techo como pista de aterrizaje; desde allí, moviendo de un lado a otro su carita carmesí, nos cuentan las vicisitudes del viaje que acaban de realizar viniendo desde el trópico; curiosamente, se creería que el humo de los bidis no les molesta.

El señor Lobo soluciona problemas, y al encontrarnos de nuevo después de dos años, en un instante y como por arte de magia, nada por aquí y nada por allá, me ofreció su wifi, y también un juego de altavoces para escuchar decentemente las películas que él descargó en mi ordenador junto con un montón de buena música y una guía de los pájaros del subcontinente indio. Para terminar de alegrarme el día, el señor Lobo me indicó dónde conseguir costo pagando el mismo precio que los campesinos. Pero el señor Lobo no se limita a solucionar problemas de intendencia, sino que también comparte conmigo su inmensa cultura acerca de la naturaleza, y ante un pájaro que me sea desconocido sabrá incluso que, pongamos por caso, solamente hace acto de presencia una vez cada seis años. El señor Lobo visita anualmente la piscifactoría del gobierno local para conseguir la friolera de ciento veinte mil pececitos que luego libera en el Lago Esmeralda; el resultado de su obra se aprecia a ojos vista, pues actualmente se ven un montón de peces en el que es el más precioso de los lagos locales, y no es raro que los pescadores de caña consigan ejemplares que incluso alcanzan los treinta kilos de peso (en el Amazonas los hay que superan los doscientos kilos).
Después de presentaros al señor Lobo voy a hacer lo mismo con otros amigos locales.

El señor Oso, más que solucionar problemas, los provoca, sobretodo cuando se ha metido un poco de licor entre pecho y espalda. Rondará la cincuentena, nació y ha vivido siempre en la parte más aislada de esta jungla, y aunque su granja se halla junto a la orilla del mayor de los lagos, para ir hasta bazar debe trepar y descender por un bosque muy empinado. Las rutinas cotidianas del señor Oso incluyen encuentros muy frecuentes con los leopardos, especialmente si regresa de noche y haciendo eses. Hace ya de ello dieciocho años, el señor Oso corría encoñado tras mi mujer y bailaba claque continuamente intentando llevársela al catre; de ahí que yo me ría cuando ahora habla de ella usando el respetuoso apelativo de “didi”, hermana.

El señor Chacal, siempre sonriente y con cincuenta y cinco años sobre sus espaldas, continua sin tener claro qué hará cuando sea mayor. Este hecho se da sobretodo entre personas que no han realizado absolutamente nada en toda su vida, pero el caso del señor Chacal es totalmente distinto porque, precisamente, ha trabajado o colaborado prácticamente en todo lo imaginable. ¿Unos pocos ejemplos? Ha escrito y publicado varios libros, ha editado y diseñado tres revistas, y en diferentes épocas ha sido ilustrador, publicista, columnista, fotógrafo, músico y compositor, probador de té, e incluso pocero. Completando su currículo, el señor Chacal también se presenta como viajero y aventurero. En la actualidad reside permanentemente en estos bosques, dónde organiza anualmente lo que denomina como el carnaval de la creatividad, que es un encuentro cosmopolita de artistas innovadores de todo tipo.

En este santo país se hablan un montón de lenguas, tantas como para que ciento noventa y dos de ellas se encuentren en peligro de extinción. Solamente en los billetes de banco ya aparecen quince, y casi cada una tiene su propia escritura. Aunque teóricamente el hindi es la lengua oficial, una que fue creada en las oficinas gubernamentales cogiendo un poco de aquí y otro poco de allá como si preparasen un cóctel, en realidad no la usa ni dios (ninguno de ellos…), y, para comunicarse entre unas y otras castas y culturas, hablan lo que denominan como indostano; idioma que, a pesar de ser asimismo otro bastardo, tiene a su favor el hecho de haber nacido en la calle. Valga aclarar que todo lo anterior solamente se refiere a la India septentrional, porque en la meridional usan el inglés y desconocen completamente el hindi o el indio.

El país se moderniza, y el parlamento ha prohibido el uso de antibióticos en los alimentos. ¿Otra novedad? Acaba de aparecer en el mercado el primer yogur empaquetado; o, por lo menos, yo no lo había visto antes a pesar de ser adicto al yogur.

¿Dios los cría, y ellos se juntan? Lo más interesante de las personas interesantes que he conocido por el mundo han sido siempre sus interesantes amigos. ¿Será éste mi caso?

En cuanto veo alguna maravilla ya estoy pensando en cómo describirla.

El grifo del lavabo empezó a escupir agua por todos lados, y simplemente evitaron usarlo. El tanque del retrete dejó de funcionar correctamente y lo sustituyeron por un cubo. El calentador de agua se quemó debido a un cortocircuito y sigue igual después de una eternidad. Hace dos años al barbero se le rompió el fijador del apoya-cabezas del sillón, y desde entonces usa una pieza de metal que se ve obligado a colocar diestramente en cada ocasión. Instalaron unas papeleras en los jardines que plantaron junto a uno de los lagos, pero se olvidaron de contratar a alguien que se encargase de vaciarlas; claro que, en armonía con ello, tampoco pensaron en buscar a un jardinero. Edificaron unos retretes públicos sin pensar en que alguien debería limpiarlos. Etcétera, etcétera. Tal como ya he repetido otras veces, para los indostanos la palabra “conservación” se halla directa y únicamente relacionada con el dios Vishnu.

Conocí a un perro grande, fuerte e inteligente, que sabía perfectamente cuáles eran sus derechos y obligaciones; y aunque durante el día se mostraba corajudo defendiendo su territorio, en cuanto se ponía el Sol y llegaba el ocaso, le pedía a su amo con un sutil sollozo que le abriese la puerta de la casa, y se apresuraba a buscar refugio en su interior porque no olvidaba que la noche pertenecía al leopardo comedor de perros.

Cuando empecé a viajar continuamente cuidaba poco y mal de mi salud sin preocuparme de dónde, cómo y qué comía; mientras que ahora, al residir casi siempre en casas familiares y redondear el precio de la habitación con el de la alimentación, gozo de una dietética maternal que les sienta de maravilla a mi paladar, a mi estómago, y a mi inseparable hemorroide. Quien se encarga actualmente de emocionarme con sus chapatis calentitos es Uma, la joven esposa del hijo menor de la familia; él se llama Soni, su hijita de tres años Dipiangi, y el bebé de ocho meses Krishna. El nombre del abuelo es Lokesh y el de la abuela Prema. El hijo mayor es Nira, su mujer Bimla, su hijo de diez años Sanu y la hermana menor de éste Mónica. Estos días también tenemos aquí a la hija que reside en Dehradún, Cushum, y a su hijito Namán. La familia no estaría al completo si me olvidase de Tigre, el perro joven, pardo, grande y marchoso, que está encantado con los dos occidentales porque, en vez de palos, le dan caricias. Tigre y la vaca de la casa esperan ansiosamente mis masajes desde que descubrieran que las portentosas manos de los humanos podían servir para algo más que para arrojar piedras.

Es raro el día en que no aparezca alguna foto de Messi en los periódicos indios, ya que no se limitan a reseñar los partidos, sino que también escribirán artículos acerca de los que se jugarán próximamente, y aparecerán los comentarios y reacciones que se den posteriormente.

Nunca dejan de impresionarme las campesinas que trepan hasta diez metros de altura para “podar” los árboles; pero esta información no estaría completa sin unas imágenes que incluyen sus pies descalzos, las amplias prendas de vestir que son poco adecuadas para tal tarea, y la hoz que sujetan con una mano mientras, primero, ascienden, y luego van cortando ramas y hojas que usarán para la hoguera y para alimentar al ganado. La esposa del señor Oso dejó de realizar estos números circenses después de pegarse el gran batacazo y pasar una temporada imposibilitada.

Una mañana, en la “dhucán” de Lala, en Rishikesh, llegó una anciana que por su aspecto podría haber salido por primera vez de su alejada aldea, algo que confirmó cuando, al serle servido el “chai” con el acostumbrado vasito de cristal, pidió que se lo pusiesen en uno de plástico de usar y tirar, y luego lo estuvo palpando y observando.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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