La crónica cósmica. De las pocas ciudades en las que me siento a gusto

La crónica cósmica. De las pocas ciudades en las que me siento a gusto
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SEGUNDA ETAPA ASCENDIENDO POR EL MEKONG. La navegación siempre me ha parecido la forma más relajada de viajar. Aparte de haberlo hecho varias veces en las islas Baleares, en las Canarias y entre algunas de las griegas (qué buenos servicios marítimos tienen en Grecia), en el pasado fui desde El Pireo (o sea Atenas) a Alejandría (pasando por Chipre y Siria). En otra ocasión fui a Haifa, en Israel (ambos viajes fueron de ida y vuelta). ¡Ah, sí, también fui una vez de Alejandría a Creta!

Umm, he pulsado el botón de la memoria y van apareciendo entre mis cejas otros viajes en los que no pensaba, como el de Alejandría a Venecia, y otro a esa ciudad de los canales, a la que fui desde Izmir, en Turquía. Umm, me estoy enrollando como una persiana y, si deseo continuar contándoos el recorrido que hice por el Mekong, será mejor saltarme los que realicé por el Amazonas y el Río Negro porque sería el nunca acabar.

Como os explicaba en la última crónica, ascendí desde Luang Prabang a un pueblecito llamado Pakbeng, en el que me quedé un par de días antes de continuar navegando hacia el noroeste de Laos. Esta parte del viaje fue parecida a la primera en cuanto a su duración, ocho horas, y al confort de la barcaza en que iba.

Lo que más varió fue el paisaje, pues las laderas de las continuadas colinas que encerraban al Mekong dejaron de ser terriblemente empinadas y la jungla empezó a estar salteada aquí y allá por zonas de cultivo más habitadas. ¡Qué chocante es el contraste entre esas partes que todavía pertenecen a la naturaleza y los campos y los prados creados por la mano del hombre! Me pregunto si en estos países tropicales se plantean la relación que hay entre la deforestación y el creciente número de avalanchas de tierra.

De todos modos, el color verde seguía reinando por doquier. Curiosamente, en el Mekong ya no había basura. Alguien me contó que las toneladas de plástico que encontré poco después de Luang Prabang provenían de una ciudad tailandesa que se halla junto a la frontera china y cuya población es sobre todo de esa nacionalidad.

Otra diferencia en el decorado la marcaba la creciente anchura del río, que pasó de los escasos cien metros de Pakbeng a medir en algunos sitios incluso más de cuatrocientos.

Continué sin ver cocodrilos o delfines; ¿se deberá a las altas cascadas de “Las 4.000 Islas”? (tras las que sí los había). Nada, ni monos en los árboles y ni tan siquiera pájaros.

Aparte de dejar vagar la mirada entre esos paisajes que no tenían desperdicio, también lo hice con la mente, dedicándome a asentar recuerdos. Los laosianos jóvenes me llamaban “papa” (así, sin traducción), y pensé que era parecido al “baba” con que me apodan los amigos indios y los nepaleses: Nando Baba.

Ya que menciono a los indostanos, añadiré que, como prueba de que cada vez me siento más como uno de ellos, cuando estoy en otros países me sorprenden las pautas de comportamiento o las fórmulas higiénicas que son distintas a las de la India.

La memoria me llevó de vuelta a Luang Prabang y a un festival de música y danzas folclóricas al que asistí, en el que los artistas se cubrían con unas máscaras demoníacas muy elaboradas.

También recordé las increíblemente multitudinarias y largas ceremonias que hicieron en casa de un vecino que había muerto (¡Pueden durar entre cuatro y siete días con sus ruidosas noches!). Los entierros laosianos son (un caso único) parecidos a una fiesta en la que se come, bebe y ríe; además se pasan las noches charlando y jugando a las cartas, y sólo se acuestan de mañanita.

Igual que en las otras dos veces anteriores, yo me había despedido de Luang Prabang pensando en regresar, pues es de las pocas ciudades en las que me siento a gusto, donde la comida es tan buena como variada, donde la arquitectura de las casas y los templos es delicada y armoniosa, y donde incluso “los camellos” son un encanto.

¿Sabíais que Laos es el país en que se consume más cerveza por habitante? ¡Beerlao! ¿Y también el país que fue más bombardeado? ¡Ellos y los vietnamitas siguen desenterrando y desactivando bombas del “Demonio Occidental”!

Sí, me iba de ese encantador país diciendo, muchas gracias, “Cop chai lalai”.

Umm, ¿dónde estábamos? ¡Ah, sí, en el Mekong! Nuestra barcaza atracó a las cinco de la tarde en el pequeño muelle de Houei Sai; a pesar de que este pueblo laosiano se halla frente a la ciudad tailandesa de Chiang Khong a la que hubiese podido llegar en un santiamén atravesando el río en barca, tuve que regresar en un “tuk-tuk” hasta el “Puente de la Amistad Número 4” (a 15 km.), donde se encuentra actualmente el puesto fronterizo entre Laos y Tailandia que yo iba a cruzar por cuarta vez.

Tras conseguir un mes de visado tailandés tenía planeado continuar inmediatamente mi viaje, pero al fin decidí pasar unos días en la misma pensión de Chiang Khong, en la que me hospedase repetidamente en el pasado, la “Baan Rintaling Guest House”, de la que recordaba tan perfectamente su ubicación como para guiar hasta ella al conductor del “tuk-tuk”. Es una casa vieja de madera y bambú que se halla frente al Mekong y me permitiría terminar “el estudio” de ese río al que he estado contemplando durante un mes. La propietaria me hizo el obligado descuento de los clientes habituales, y yo le recordé que la última vez que estuve allí había sido cuando un terrorista (cobarde, criminal y traidor) había hecho estallar una bomba en un templo de Bangkok por el que su hija había pasado pocos minutos antes.

En Chiang Khong reencontré a viejos amigos, como Paul, el octogenario luxemburgués que recorriese medio mundo en los años sesenta y ahora vive en esta ciudad con su joven esposa tailandesa, o Jacques, el francés-africano que permanece casi siempre en esta parte del mundo y viaja en bicicleta.

Afortunadamente los monzones seguían dándose un respiro (cuando ya había once presas tailandesas a punto de desbordarse), pero esto no fue óbice para que, al día siguiente de mi llegada, me cayese encima un chaparrón que me dejó calado (en esta época siempre llevo el pasaporte en una bolsita de plástico); sucedió de atardecida al regresar de dar un paseíto, cuando iba mirando las nubes negruzcas que oscurecían por momentos el cielo, preguntándome si me daría tiempo de ponerme a salvo; entonces, como en otras ocasiones parecidas, empecé a oír el ruido del agua mucho antes de que cayesen las primeras gotas, hasta que, ¡Boom!, de pronto San Pedro Monzónico me echó encima un auténtico diluvio.

Completando ese fabuloso espectáculo natural, se hizo de noche en un santiamén; también dejó de verse el Mekong y, por supuesto, la orilla contraria.

EN LA TABERNA GALÁCTICA. Érase una vez un occidental de unos cincuenta años que me contó: “Soy holandés, pero vivo desde hace tiempo en Myanmar. Al principio fui allí para trabajar con “Médicos Sin Fronteras”, pero al terminar mi contrato ya me había casado con una chica local y ahora he montado un negocio que me permite salir adelante. Me encanta ese país y su gente, pero la comida es horrorosa, y el nivel económico, miserable, pues nada funciona como es debido y es raro que tengas servicio eléctrico. Anteriormente viajé por muchos otros países, y ahora recorro Tailandia en bicicleta”.

A continuación acerqué el micrófono de mi grabadora a un francés de mediana edad y cabeza rapada, que me explicó: “Antes vivía en Lyon y, aunque tenía una empresa que me daba mucho dinero, mi existencia era terriblemente aburrida. Pero todo cambió cuando, hará cosa de unos cuatro años, vine a Luang Prabang de vacaciones y me enamoré al mismo tiempo de esta fabulosa ciudad y de una mujer local con la que monté una agencia de viajes”.

Mi siguiente “víctima” era un joven italiano que me habló de la maría: “Yo no fumo porque me sienta mal, pero mi novia sí; y un día, tras haber estado echando un polvo con ella, me pararon en un control de tráfico, y mi saliva dio positivo simplemente por habérmela morreado. ¡Maldita sea, la broma me costó mil euros! Entonces me enteré de que, con un solo porro, la alarma seguiría saltando durante los siguientes quince días, y en cuanto a la sangre, lo haría hasta tres meses después”.

El personaje al que entrevisté luego era un egipcio que me preguntó: “¿Tú sabías que el camello es uno de los pocos animales que lloran?”. Yo le respondí que no lo sabía, y él continuó explicándome: “Una vez mi tío fue al bazar con su camello y, mientras hacía unas compras, lo dejó atado junto al muro trasero del matadero. Cuando regresó una hora más tarde descubrió que el camello, aparte de que no había tocado el forraje, estaba llorando porque oía los lamentos de los animales que eran sacrificados y creía que también lo iban a matar. El pobre bicho sólo se tranquilizó al partir de allí”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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