Relato divergente. El indio gordo

Sr. Toni Ródenas.
Valencia – España – Europa.

Kolkata, 28 de febrero de 2021

Apreciado señor Ródenas.

Soy un lector asiduo de su blog y me dirijo a usted para preguntarle si le interesaría que yo, igual que hacen Luís desde Bangkok, María desde Malaca o Nando Baba desde Nepal, escribiese periódicamente algunos reportajes acerca de mi ciudad, Kolkata (Calcuta). Para ello, y como primer paso, he creído conveniente presentarme a usted con estos párrafos que han de servir para mostrarle mi forma de pensar y mi estilo literario. Por si le ha extrañado que un bengalí como yo hable su idioma, le aclararé que lo aprendí en una academia con el único fin de leer “El Quijote de la Mancha” en su versión original.

Supongo que lo primero que habrá atraído su atención al ver la foto que adjunto de la cafetería en que trabajo, habrá sido mi espectacular barriga, y quizás haya exclamado, “¡Qué chico más gordo!”. Hay gente que engorda, y también la hay que está gorda; pero yo no entro en estas categorías porque la forma correcta de definirme sería diciendo simplemente que soy gordo, pues ya nací siendo gordo y pesando la barbaridad de tres kilos y ochocientos gramos; y si mi madre no salió malparada del trance fue gracias a que ya estaba curtida porque antes había parido a mis cuatro hermanos y tres hermanas, y también a que, al contrario que el flacucho de papá, ella era, y es, gorda, muy gorda.

Mamá siempre bromea diciendo que, a pesar de no ir precisamente corta de leche, cuando yo era un bebé, nunca tenía bastante. A ella también le gusta comentar orgullosamente a quien quiera escucharla que, al haber sido yo el último de sus hijos y no verme obligado a ceder sus tetas a un hermano menor, estuve mamando hasta los cuatro años y en cualquier momento me acercaría a ella arrastrando una silla sobre la que treparía dando por sentado que no me quedaría con el estómago vacío.

Al tratarse mi gordura de una cuestión genética, soy un gordo feliz que come a dos carrillos y que jamás ha hecho la estupidez de intentar adelgazar. Algo que hubiera hecho si, en vez de ser bengalí y vivir en Kolkata, hubiese nacido en Europa, donde, según me han contado algunos turistas occidentales que pasan por mi cafetería, los gordos están acomplejados porque no gustan a nadie, ni tan siquiera a sí mismos, y, como si se hallasen en tierra de nadie en el campo de batalla, se pasan la vida luchando. Por un lado, luchan contra las exigencias de su cuerpo poblado por millones de células hambrientas; y por el otro, enfrentándose a las demandas del espejo. Pobrecitos, qué pena, ¿verdad?

Cualquier indio gordo lucirá vanidosamente su barriga arremangándose la camiseta como si, por ejemplo, fuese una joya o un automóvil de lujo, porque es una prueba de que, al contrario que la mayoría de gente de este país, él va sobrado de dinero y come cuanto quiere. En mi caso, al provenir de una familia musulmana, mi dieta no incluye solamente arroz con lentejas y cuatro verduras, como los hindúes vegetarianos, sino carne, pescado y huevos en grandes cantidades.

Tras mencionar que soy musulmán, añadiré que no estoy anclado en el pasado; en parte se lo debo a las ideas progresistas de mi padre, que siempre ha militado en el Partido Comunista Marxista Leninista de la India y nos ha educado a mí y a mis hermanos mirando al futuro. Aunque en otro país parecería incongruente que un comunista creyese en Dios, en la India no es así porque, como afirmaba frecuentemente un brahmán amigo mío, puedes ver a Dios en todas partes. Recuerdo una vez en que, mientras paseaba por un lugar muy bello de la jungla con uno de mis tíos paternos que era un líder comunista, pero del Partido Maoísta, me dijo que Dios, el Paraíso y el Cielo estaban allí, en la naturaleza, y no en los umbríos rincones de los templos.

El islam se parece al comunismo en que tras el mismo apelativo se encuentran docenas de tendencias y tradiciones que son sutilmente distintas. No me refiero solamente a los suníes y a los chiitas, pues hay poca similitud entre la forma de entender el islam de un musulmán afgano, uno sudanés, un senegalés o un malayo, por poner algunos casos. Curiosamente, y debido a la incultura, algunos occidentales meten a unos y otros en el mismo costal, como un turista español que llamaba moros a todos los musulmanes del mundo.

Conocí a una mujer francesa cuyos padres eran argelinos y aseguraba ser una buena musulmana; lo que no era óbice para que, además de haber mandado a paseo a su marido, dirigiese su propia inmobiliaria en Marsella, viajara sola por el mundo y tomase algunas copas cuando le apetecía.

El caso de mi esposa Taslima es en cierta forma similar, pues emigró de Dhaka al hartarse del creciente fanatismo religioso de Bangladesh y de las restricciones que imponían a las mujeres. Aquí, en Calcuta, creó con otras jóvenes una cooperativa dedicada a la industria alimentaria en la que trabajan exclusivamente mujeres.

Conocí a Taslima en un concierto del flautista Hariprasad Chaurasia acompañado a las tablas por Zakir Hussain. Se celebraba en el estadio de cricket “Eden Gardens”, donde había miles de espectadores. Yo estaba sentado sobre la hierba y, mientras escuchaba la música de aquellos dos maestros, me emocioné mucho y se me escaparon algunas lágrimas. Entonces, como si me avergonzase, reaccioné mirando a quienes tenía a mi alrededor y vi a una chica que también sollozaba y se secaba las lágrimas con el extremo del sari que vestía. En aquel momento, como si ella hubiese intuido que la observaba, se volvió hacia mí y nuestras miradas se encontraron. Empezamos a sonreír y nos olvidamos del concierto porque nos enamoramos en el mismo instante. Sí, fue lo que se denomina un amor a primera vista. Se podría decir que formábamos la pareja ideal, pues a mí me encandiló su fina cintura y, a Taslima, mi espectacular barriga. Yo opinaba que ella parecía una delicada escultura de porcelana, y ella decía que yo le recordaba a Ganesha, el campechano y sabio dios hindú con cabeza de elefante.

Tras unos pocos meses de relación, nos casamos por amor sin dar opción a que nuestros padres se inmiscuyesen o tuviesen nada qué decir. Pero es que, además, fue ella la que me propuso matrimonio, hecho del que me siento muy satisfecho y me gusta comentar en público.

Nuestra familia también es poco convencional en lo referente a los hijos porque, como si hubiésemos escogido la calidad por encima de la cantidad, solamente hemos tenido dos, un niño y una niña; después me hice la vasectomía. En ambas ocasiones, Taslima permaneció en su puesto de trabajo de la cooperativa hasta el mismo momento del parto. Debido a nuestra desconfianza hacia los hospitales, estuvimos de acuerdo en seguir las fórmulas tradicionales y ella parió en casa con la ayuda de mi madre y una experimentada comadrona que ya me había traído a mí al mundo.

Después de haber mencionado las tendencias religiosas y políticas de mis familiares, será adecuado que haga lo mismo con las mías, empezando por confesar que no comulgo plenamente con ellas. Aunque no me considero una lumbrera ni cursé estudios universitarios, me parecen absurdas, sino cómicas, las creencias de los creacionistas. Si en una noche clara levantase la mirada hacia el firmamento, jamás se me ocurriría pensar que los miles de galaxias y el incontable número de estrellas fueron creadas por alguien, por supuesto del sexo masculino, y que, para terminar de lucirse, nos hubiese hecho a nosotros a su imagen y semejanza.

Supongo que muchos musulmanes se tirarán de los pelos de la barba cuando diga que soy un admirador de Darwin y creo en la evolución de las especies, entre las que nos hallamos los seres humanos. Es lo que comentaba al principio acerca de estar anclado en el pasado, algo que Taslima denomina ser obtuso, pues, igual que yo, también pertenece al tipo de personas que no da nada por sentado y, a pesar de lo que opine el resto de la humanidad, reflexionará acerca de cualquier tema antes de tomar una decisión.

Un libro empieza a estar anticuado desde el mismo momento en que termina de ser escrito. Karl Marx, pongamos por caso, seguramente hubiese realizado algunos cambios en El Capital un año más tarde de haberlo publicado y, de haber comprobado cien años después las barbaridades que hicieron siguiendo sus hermosas ideas filosóficas, quizás se lo habría pensado dos veces antes de escribirlo.

En ese aspecto, y a pesar de respetar las inclinaciones políticas de mi padre y mi tío, creo asimismo que están anclados en el pasado. Desde el confort y la seguridad de un país democrático como la India, continuaron aplaudiendo a los líderes de los países comunistas, negándose a ver las atrocidades y disparates que llevaban a cabo. Igual que tantas otras escuelas filosóficas, Marx y todos sus seguidores, desde Lenin a Mao, andaban cortos de psicología y, por decirlo de alguna manera, le pedían peras al olmo; de ahí que tuviesen que forzar a la gente para que les siguiera, porque voluntariamente nunca lo habrían hecho.

Acerca de las tradiciones, también opino de forma parecida porque, a pesar de que algunas de ellas sean sabias y naturales, la mayoría están ancladas en el pasado y, si perduran, es debido a los conservadores, quienes, ya sea por estar bien aposentados o por temor a lo desconocido, desean que no haya cambios. De ser por ellos, aquí en la India continuaría existiendo eternamente la esclavitud, que ya erradicaron en Occidente varios siglos antes.

El sistema de castas hindú es un caso parecido. Yo pregunto si puede existir algo más anacrónico, injusto y vergonzoso. ¿Acaso no es en realidad pura segregación racial que motivará que un musulmán o un dalit (intocable) muera de sed antes de permitir que beba en la fuente de agua de una comunidad de casta alta?
Ya que he mencionado a Occidente, valdrá aclarar que incluso en un sitio tan avanzado socialmente como lo es Europa, también tienen ustedes algunos grupos que permanecen anclados en un pasado; o por lo menos así es como opino acerca de los racistas, los nazis, los fascistas o como quieran llamarse, quienes convierten su cobardía en filosofía y necesitan agruparse porque no tienen valor para actuar, o tan siquiera defender sus ideas, a solas. Cuando vi un reportaje en que desfilaban con sus banderas imitando a las legiones romanas, pensé que no estaban solamente anclados en el pasado, sino que eran la pura representación del hombre primitivo.

Taslima, que aparte de ser mi esposa también es mi mejor amiga y consejera, me acaba de recordar que esta improvisada declaración de principios no estaría completa si olvidase añadir lo que opino acerca del machismo y el trato que los indios hemos dado a las mujeres desde que el antinatural patriarcado se impuso al natural matriarcado, o sea desde que los reyes usurparon trono a las reinas y los dioses hicieron lo mismo con las diosas. La discriminación de las mujeres indias no es solamente injusta, sino, sobre todo, insensata, pues resulta contraproducente porque, como es evidente, ellas superan a los hombres en muchos aspectos.

Antes de dar por terminado este texto quisiera explicarle que, si yo trabajo en la cafetería que aparece en la foto, se debe a que soy lo que Taslima denomina un camarero nato y vocacional, pues me gusta mucho relacionarme y charlar con los clientes, y una prueba de ello es que las largas jornadas laborales no me resultan agotadoras ni desagradables, por el contrario, el tiempo transcurre rápidamente.

En espera de sus noticias, señor Ródenas, se despide saludándole atentamente, Sumon Akhand.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.