Relato divergente. Quienes luchan por convertir sus sueños en realidad

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Cuando yo era un niño, los estrechos callejones del Viejo Delhi nos servían como patio de recreo los días en que teníamos vacaciones escolares. A pesar de que siempre estaban abarrotados de gente, bicicletas y motos, a mis tres hermanos y a mí nos parecían amplios porque nuestro hogar no pasaba de ser una habitación de veinte metros cuadrados que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio.

No había mueble alguno y mamá cocinaba en un hornillo de queroseno sentada sobre el suelo de cemento. Comíamos de esta misma forma, o sea en el suelo y con las piernas cruzadas. También dormíamos así, apelotonados los unos junto a los otros, dándonos calor en invierno y sudando a mares cuando llegaba la bochornosa primavera. La “cama” era una esterilla de paja, y nuestro “edredón”, una manta que daba poco de sí.

Compartíamos el baño con los demás vecinos de aquel edificio de tres plantas y nos veíamos obligados a hacer cola frente a la única letrina. Igual sucedía con la bomba de agua en la que nos lavábamos y hacíamos la colada, dándole a una palanca: clac, clac, clac, clac, clac, clac.

Papa trabajaba de “ricchó wala” transportando gente, sacos e incluso difuntos en su triciclo. Umm, en realidad no era suyo, sino de un hampón que tenía cientos de ellos y los alquilaba por un abultado precio que se llevaba gran parte de las rupias que papá y sus colegas ganaban deslomándose y quebrando su salud.

Él no tenía un solo día de descanso y, por supuesto, no sabía que existiesen las vacaciones. Al pedalear continuamente agarrándose con fuerza al manillar y presionar sobre el sillín con el trasero, sus testículos terminarían hundiéndose en la entrepierna. De todos modos, cuando ya habíamos nacido nosotros, escogió voluntariamente su esterilidad haciéndose una vasectomía en la época que el hijo mayor de Indira Gandhi promocionó esa forma de control de natalidad. Por ello recibió un transistor de regalo. Papá sabía que eran contados los “ricchó wala” que llegasen a vivir más de cincuenta años de edad, pero no tenía otra opción si quería alimentar a su familia. Su pelo ya era blanco mucho antes de que cumpliese los cuarenta años.

No recuerdo haber visto jamás a mi madre de brazos cruzados; no paraba nunca. Cuando tenía oportunidad trabajaba en alguna nueva construcción del barrio cargando ladrillos o perolas de cemento sobre la cabeza. Aquellas jornadas la dejaban agotada porque el capataz la obligaba a trotar sin permitirle un momento de respiro; y sin embargo, en cuanto regresaba a casa ya estaba lavando, cocinando o zurciendo algunas prendas. Creo que desconocía la palabra ocio.

Yo gozaba del honorífico puesto de hermano mayor y podía repartir órdenes entre los pequeños sabiendo que las obedecerían sin rechistar. De todos modos, eso no era óbice para que tuviese muchas más obligaciones que ellos, pues, con tan sólo catorce años, ya trabajaba en el almacén de cereales de un pariente lejano nuestro, cargando sacos de un lado a otro. La miseria que me pagaban servía de gran ayuda a la economía familiar y mi madre la recibía dando gracias a Dios.

Éramos musulmanes, y en la infancia yo prefería estudiar los domingos en la madrasa porque en la escuela estatal era raro el día en que no se metiesen conmigo algunos bravucones hindúes. ¡Cuántas veces regresé a casa con un ojo morado! ¡Cuánto me apenaba que mis padres me viesen llegar de tal guisa! ¡Y cuánto deseé vivir en un barrio que fuese mayoritariamente musulmán, como los que, según me habían contado, había en Calcuta o Ajmer!

Aun suponiendo que vistiésemos el mismo tipo de prendas modernas de estilo occidental, cualquier indio sería capaz de adivinar con una sola mirada a qué religión pertenecía un compatriota e, incluso, sabría su casta si se trataba de un hindú. Y en docenas de ocasiones escuché a mis espaldas: “Vete a Pakistán, puto musulmán”.

No pretendo afirmar que todos los hindúes nos tratasen así, pues únicamente lo hacía una minoría de fanáticos que ni tan siquiera nos consideraban indios; pero a través de los años se hizo evidente que su número se multiplicaba al mismo tiempo que lo hacía su aversión hacia los musulmanes mientras iba creciendo la tensión entre la India y Pakistán. Como si se tratase de una enfermedad, a mí me sucedió algo parecido, y la ojeriza que sentía ante todo lo referente al hinduismo, sus dioses, sus templos y sus rituales, fue aumentando paulatinamente.

A pesar de todos esos inconvenientes, mis hermanos y yo nos considerábamos afortunados porque casi nunca nos acostábamos con el estómago vacío. Por la mañana nos despertaba el aroma de las “parothas” y el chai que mamá cocinaba. Desayunábamos todos juntos como cualquier familia y luego nos despedíamos para cumplir con nuestras obligaciones. La mía comenzaba por llevar de la mano a mis hermanos hasta la escuela evitando que, sobre todo el segundo, Mahmud, se escaqueasen para ir a jugar a cricket en un descampado que había junto a la estación de los ferrocarriles. Después me dirigía al almacén de cereales para empezar mi agotadora jornada laboral.

El peor día de nuestra vida fue un caluroso sábado del mes de mayo. Los enfrentamientos y los tumultos entre hindúes y musulmanes habían formado parte de la historia india de los últimos siglos. Aunque no se hablase de ello, la memoria popular no olvidaba las masacres que estallaron durante la Partición, ni la guerra que había enfrentado recientemente a la India y Pakistán. Cualquier nimiedad, cualquier enfrentamiento entre vecindarios de diferentes religiones, podía provocar una nueva revuelta.

Y así sucedió aquel sábado cuando un grupo de jóvenes hindúes se lió a hostias con uno de musulmanes. Fue parecido a un incendio forestal que se extendiese a partir de una simple fogata y dejase una total destrucción a su paso. No tuve noticia alguna de ello hasta que, de pronto, apareció en nuestro barrio una multitud de hindúes enfurecidos que iban armados con hachas, machetes, cuchillos y palos. Yo, que regresaba hacia mi casa, escuché su griterío mucho antes de verlos.

¡Comprobé aterrorizado que tras ellos solamente quedaban la muerte, la destrucción, los incendios y los chillidos de los heridos! Corrí desesperadamente pensando en mi familia, pero antes de llegar al callejón en que se hallaba nuestra casa, me cortó el pasó otra masa de locos que venía en el sentido contrario. Me conocía el terreno al dedillo y escurrí el bulto por un estrecho túnel que había entre dos edificios. Debido a que servía de vertedero y estaba lleno de excrementos, cuando salí por el otro extremo ya iba cubierto de porquería.

En la siguiente calle encontré una situación parecida: ¡Muerte a los musulmanes! Ahora ya era incapaz de pensar y me limitaba a correr enloquecidamente como lo haría un animal acorralado. Gracias a mis buenos reflejos, un par de veces logré esquivar la muerte por los pelos.

Aquella carrera me llevó a una transitada avenida en la que la violencia todavía no había conseguido detener el tráfico rodado. En aquel momento pasó frente a mí el camión de un musulmán: igual que con el aspecto de las personas, en la India adivinabas a qué religión pertenecía el chófer de un camión por los emblemas e imágenes que lucía en la carrocería.
Corrí paralelo a él pidiéndole ayuda, pero aquel hombre tendría tanto miedo como yo y lo último que deseaba era jugarse el pellejo por un desconocido. Cuando ya me dejaba atrás, la suerte se puso de mi parte en la forma de un aparatoso bache que le obligó a frenar un poco, y yo, sin dudarlo, trepé en la parte posterior del vehículo. Aparté una lona que colgaba movida por el viento y me metí dentro sin plantearme qué podría transportar: eran sacos de arroz parecidos a los que yo cargaba sobre mis espaldas en el curro que había tenido hasta entonces.

Sin parar de sollozar, me acurruqué en un rincón. Todo lo que acababa de ver me había trastornado: sangre, cuerpos mutilados, cabezas partidas. Los chillidos, que continuaban resonando en mi cabeza como un eco, no tenían la menor semblanza con los que aparecían en las películas, porque eran reales, porque eran horrorosos. Mis llantos arreciaron al pensar en mi familia, pues temí que hubiesen muerto todos.

La pena que sufría desató en mi interior al monstruo del odio. ¡Odiaba a los hindúes y me juré que dedicaría el resto de mi vida a vengar a todos los musulmanes que habían masacrado! ¡Igual que hiciese dos mil años antes cierto líder cartaginés jurando odio eterno a los romanos, juré odio eterno a los hindúes olvidando que la mayoría de ellos eran buenas personas! ¡No habría perdón para los malvados!

El agotamiento psicológico se apiadó de mí y, a pesar de los baches, los frenazos y las sacudidas habituales de las carreteras indias, terminé durmiéndome mientras aquel camión continuaba su recorrido hacia un destino desconocido.

Me despertó la voz del chófer exclamando: “¡Pero, por las barbas del profeta, ¿qué carajo haces tú aquí?!”.

Era de noche y nos habíamos detenido en un extenso descampado en el que estaban aparcados muchos camiones. Todavía había varios tenderetes abiertos en los que servían chai y empanadillas.

El chófer era un buen musulmán y, comprendiendo lo que me habría ocurrido, se apiadó de mí; sin necesidad de hacerme pregunta alguna, me dijo:  “Ven, vamos a comer algo”.

Me contó que también se había salvado por poco cuando unos hindúes habían atacado el bazar en que él estaba descargando los sacos de arroz basmati que había traído desde Dehradún. Me confesó que había huido desvergonzadamente sin preocuparse del chico que trabajaba con él de ayudante, al que llamó su secretario. Entonces me ofreció el puesto de aquel desgraciado, diciéndome que el camión sería mi nuevo hogar: dormiría en una de las dos literas que había en la cabina y comería lo que él cocinase. Era mi tabla de salvación y acepté sin preguntarle qué sueldo tendría.

Tampoco le pregunté dónde nos hallábamos, y solamente me enteré por la mañana que estábamos al noreste de Delhi, en una población cercana a la frontera del Nepal, a la que no habían alcanzado los disturbios de otras ciudades.

El día anterior había corrido muchos peligros, y lo último que hubiese imaginado sería que, como si le hubiese cogido gusto al riesgo, me dispusiese a meterme en otro fregado por mi propio pie. Ocurrió así cuando el chófer del camión, o sea mi nuevo jefe, me ordenó ir a un bazar que había a corta distancia en el que compraría huevos, verdura y harina para lo chapatis.

Aunque seguía entristecido por la suerte que hubiese corrido mi familia, el día era radiante y me olvidé un poco de mis penas. Además, sentía la excitación que me provocaba aquella nueva vida y me admiraba el simple hecho de encontrarme en un espacio abierto, en vez de estar encerrado entre los edificios de Delhi.

Al ser un adolescente musulmán, me había tenido que enfrentar a las urgencias de mis ojos, que, de dejarlos a su aire, se hubiesen ido tras todas las chicas que se cruzaban en mí camino. Guiarme por el deseo habría sido un pecado al que se podría considerar venial si lo comparaba con el que hice en cuanto llegué al bazar y vi a la chica más encantadora, guapa y dulce del mundo. Me enamoré perdidamente de ella sin tener en cuenta que, aparte de ser hindú, pertenecía a una casta alta, los thakur. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, y yo, que desconocía ese apabullante sentimiento, me quedé pasmado en medio del bazar sin recodar el juramento de odiar eternamente a los hindúes.

Mi comportamiento ya era malo, muy malo, porque podría acarrearme un inmediato linchamiento popular si alguien advertía la mirada bovina que tenía puesta en aquella preciosidad desconocida. Pero, de todos modos, y empeorando las cosas, la situación alcanzó rápidamente un nivel superior de alto riesgo cuando la chica, como si presintiese mi mirada, se volvió, puso sus ojos en mí y tuvo una reacción amorosa parecida. ¡Boom! Ambos nos habíamos convertido en estatuas.

Ella era un año más joven que yo. No obstante, reaccionó primero y me hizo una señal imperceptible ordenándome que la siguiese. El bazar no daba mucho de sí y al poco ya nos encontrábamos en unos solitarios arrozales. Debido a que el enamoramiento provoca habitualmente un bloqueo mental, considero todo un éxito lo que organizamos e hicimos a pesar de ser dos cándidos críos que sabían muy poco de la vida.

Lo que sí sabíamos es que nuestro amor estaba terminantemente prohibido por nuestras religiones y las tradiciones culturales. Pero también sabíamos que nuestra conexión era cósmica y que desde ese día seríamos incapaces de vivir separados.

Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo, y ahora, convertido ya en un hombre adulto que va camino de la vejez, todavía me admira el coraje que mostramos ambos al no dudar en juntar nuestros caminos.

Ella se llamaba Mina y, aparte de conocer la comarca igual que yo lo hacía con los callejones del Viejo Delhi, también había estado un par de veces en el Nepal, y me aportó una información que se demostraría muy determinante: “Al contrario que los indostanos” —me explicó con su dulce voz—, los nepaleses no prestarán atención a una pareja mixta porque entre ellos hay distintas etnias y la gente tiene diferentes aspectos. Una prima mía que se fugó de casa, vive en Katmandú con un ruso y, a pesar de que ni tan siquiera están casados, jamás han tenido problemas con el vecindario, porque los hindúes nepaleses no son fanáticos como los de nuestro país”.

Dicen que la fortuna favorece a quienes luchan por convertir sus sueños en realidad. Éste fue nuestro caso, pues, además de lograr cruzar la frontera del Nepal, al día siguiente llegamos a una población que había junto al Parque Nacional de Chitwán en la que, mientras tomábamos un chai planteándonos cómo lograríamos salir adelante con los bolsillos vacíos, se acercó a nosotros un catalán y nos preguntó: “¿Os interesaría trabajar en mí pensión?”.

Aceptamos aún antes de saber que el empleo incluiría como vivienda una preciosa cabaña rodeada de jardines, donde hemos seguido residiendo hasta hoy en día. En ella nacieron nuestros hijos. Nunca hemos regresado a la India, pues tenemos la certeza de que la familia de Mina puso precio a nuestras cabezas. Entre nosotros nunca hablamos de religión y, de ser preguntados al respecto por alguien, plagiamos a nuestro jefe catalán respondiendo ambiguamente que somos animistas.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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