Cap. 19 – Visita a “La ciudad de los niños” y vuelta a Delhi

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Empezaban a entrar los primeros rayos de sol por la ventana del vagón y algunos ya se levantaban de su cama. Yo llevaba casi una hora despierta y sin hacer más intentos por dormir, había desistido tras comprender que sin una buena manta iba a estar todo el rato pasando el suficiente frío como para no conciliar el sueño. Toni sin embargo aun durmió algo. Sin poder desmontar aun la litera me quedé un rato más tumbada observando el movimiento matutino de la gente. En las literas laterales una chica se arreglaba tímidamente el sari antes de saltar al pasillo para desmontar su cama, el vagón era un ir i venir de gente que iba al baño y la chica australiana, que había decidido también pasar el método de las “latas de sardina” con su compañero, se acababa de despertar.

De repente y rompiendo el silencio que aun reinaba el lugar, hizo su aparición estelar un vendedor de te, que haciendo gala de su tremenda capacidad pulmonar gritaba: “chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaai” “chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaai”

Toni con los ojos aun cerrados saltó de la cama y seguidamente pidió uno. Ahora que ya se había levantado podíamos transformar las camas en asientos y al menos cambiar la postura.

Menudo frío en el sleeper class
Menudo frío en el sleeper class

Durante toda la noche me dio tiempo hasta de hartarme de estar tumbada e hice casi 10 viajes al baño. Durante estos paseos nocturnos me di cuenta de que en el espacio entre los dos vagones cada vez había más gente durmiendo en el suelo, y pensé que cómo eran capaces de dormir a la intemperie cuando yo, que tenía una cama para mi, era incapaz de pegar ojo. Ahora ya casi todo el mundo estaba despierto y a mi empezaba a entrarme un sueño inaguantable, así que apoyé la cabeza en las piernas de Toni que saboreaba el chai absorto en sus pensamientos, y me dormí…

A la hora que el tren tenía previsto llegar a Delhi llegó un mensaje de Carlos a nuestro móvil que habíamos enchufado para localizarnos. Tras la experiencia en el vertedero de Phnom Penh (Camboya) y la gratificación de ver el trabajo de la ONG «Por la sonrisa de un niño«, habíamos decidido visitar éste año una ONG española en India. Tras buscar en Internet encontramos la ONG Naya Nagar, cuyos colaboradores estaban trabajando en varios proyectos en la ciudad de Gurgaon. Carlos llevaba ya unos meses en ésta ONG dando clases de inglés y se iba a encargar de mostrarnos los proyectos en los que estaban actuando, y además, se había ofrecido a alojarnos en su piso. Pronto nos llegó un sms suyo diciendo ya había llegado a la estación de New Delhi y nos esperaba en el anden 16. Lo que no sabíamos es que íbamos a tardar aun más de una hora…

Cuando por fin llegó el tren nos dimos cuenta de que estábamos muy lejos del andén del encuentro, así que hasta que lo encontramos aun pasó un rato más.

Finalmente llegamos al ansiado andén, y antes de que nos pusiéramos a buscar al chico “con la chaqueta verde” oímos un “¡Toni!”, nos dimos la vuelta y vimos a Carlos que repitió “¿Toni?”. Los rasgos de Toni, que no los míos, delatan siempre de donde venimos, así que no le fue muy difícil reconocernos. Después de presentarnos cordialmente salimos de aquel sitio que empezaba a ser ya agobiante para todos y fuimos en busca de un taxi. Carlos, que estaba acostumbrado a lidiar con conductores espabilados, fue quién consiguió el taxi, no sin antes subir y bajar de uno al que no llegaba a un acuerdo.

Pillando el taxi de buena mañana en New Delhi
Pillando el taxi de buena mañana en New Delhi

Nos dirigíamos a las instalaciones de Don Bosco, donde encontraríamos al “father” que nos acompañaría a “La ciudad de los niños” (uno de los proyectos), y de camino nos explicó un poco la organización y las funciones de la ONG. El tráfico en Delhi, como en todas las ciudades de India es un caos, pero finalmente llegamos al centro.

El father Joseph nos recibió amablemente, nos abríó una de las habitaciones para descargar las mochilas y asearnos y nos ofreció el desayuno. En el comedor había una mesa preparada con leche, café, fruta, huevos y pan, y nos invitó a servirnos lo que quisiéramos. La curiosidad existía por ambas partes, así que si nosotros queríamos saber que es lo que ellos hacen allí, lo mismo le pasaba a él con nosotros y durante el desayuno les contamos un poco nuestro viaje.

El father Joseph era un miembro del instituto Don Bosco en cuya institución dirige una ong donde realizan proyectos en India, uno de ellos en colaboración con Naya Nagar. Él y Carlos nos iban a acompañar a ver “La ciudad de los niños”, y dicho lugar se encontraba en el estado de Haryana, a unos cuantos kilómetros de Delhi. No había tiempo que perder, así que nada más terminarnos el desayuno cogimos las cámaras, subimos al coche del father y nos pusimos en marcha.

“La ciudad de los niños” es el nombre que recibe el proyecto de la ONG española Naya Nagar en colaboración con la ONG india Don Bosco en los hornos de Passor. En dicho lugar hay 500 fábricas donde familias enteras elaboran a mano unos 1000 ladrillos diarios por unos 4 euros de ganancia (para toda la familia), durante jornadas que se alargan desde las primeras horas de la mañana hasta desaparecer los últimos rayos del sol. Además el analfabetismo de estas personas favorece su explotación por parte de los dueños. Los miembros de las familias viven en casas precarias construidas alrededor de los hornos formando slums en las que no se encuentran cosas tan básicas y necesarias como agua potable o luz y las condiciones higiénicas son exiguas.

Ante la lamentable situación de estas personas, Naya Nagar empezó en enero del 2010 el proyecto solidario “La ciudad de los niños” con el que se pretendía ayudar a muchas de estas familias. Para ello colabora además de en la educación de los niños y su higiene básica, en el acceso al agua potable.

Los hornos de Passor
Los hornos de Passor

Una hora más tarde con varias cabezadas incluidas por mi parte que aun estaba recuperando horas de sueño, llegamos a los hornos de Passor y ante nosotros apareció una explanada desértica en la que únicamente se erigían cada pocos kilómetros unas enormes chimeneas humeantes. Yo que acababa de despertarme tuve que frotarme los ojos ante tan singular panorámica, ¿Qué era aquello?

Bajamos del coche y nos dirigimos al horno más cercano para poder ver la manera de trabajar de la gente. Para que pudiésemos ganarnos la confianza de los más pequeños durante nuestra estancia y que no tuviesen miedo, el father nos dio caramelos para repartir y en seguida se formó un corro de niños atraídos por la curiosidad hacia esas personas desconocidas que acababan de llegar. Como si de un tesoro se tratase, corrieron en avalancha hacia nosotros a coger los dulces, y así se fueron acostumbrando a nuestra presencia. La cara de los niños era de estupefacción, con alguna tímida sonrisa que empezaba a asomar en sus caras fruto del desconcierto que les debíamos causar. De esa manera nos fuimos acercando a una de las chimeneas donde cuecen los ladrillos en la que en ese momento los adultos se encontraban abriendo un agujero desde el que se podía ver el fuego que había debajo del suelo. Justo unos a unos metros de allí, otro grupo se encargaba de subir los ladrillos a un carro que arrastraba un burro.

Nuestro nuevo amigo Carlos repartiendo caramelos a los niños
Nuestro nuevo amigo Carlos repartiendo caramelos a los niños

Estábamos a principios de enero, hacía frío y los niños y también algunos adultos se abrigaban con mantas. Dimos media vuelta y el fhater Joseph, al que insisto en llamar “padre” porque así es como se dirigía Carlos a él, nos indicó por donde podíamos acceder a las viviendas. En medio de una pared de ladrillos se abría un estrecho pasillo como un callejón en cuyo final se encontraba su “ciudad”, nos metimos en él y al llegar a la zona de las casas, su austeridad nos dejó perplejos. Se trataba de pequeñas casas hechas, como no, con esos mismos ladrillos, con los techos muy bajos y con poca cosa en su interior, y al vernos allí dentro sentí que algunos se habían intimidado con nuestra intrusión en su espacio vital. Aun así, no dejaban de venir niños a recoger caramelos.

Interior del slum donde vive la gente en los hornos
Interior del slum donde vive la gente en los hornos

La siguiente visita fue el edificio en construcción que tenía previsto ser una escuela, en su interior aun no había nada construido, pero en la parte de fuera habían puesto unos columpios en los que un grupo de niños se divertía. Subimos a la última planta del edificio y el espectáculo visual que formaban las chimeneas era todavía más impactante, desde allí se podía apreciar la enorme extensión que abarcaban éstas, haciendo que nos preguntáramos cuantos centenares de familias estarían viviendo en las mismas condiciones. Nos quedamos con la sensación de que acabábamos de visitar un sitio irreal, que no podía ser cierto que tanta injusticia pasara inadvertida ante los ojos de la gente que no quiere ver y lo que es peor, de quienes se aprovechan de la pobreza y desesperación de familias enteras. Y sobretodo con un sentimiento que rozaba la culpabilidad de saber que nosotros terminaríamos la “visita” y ellos se quedarían allí “trabajando” y malviviendo. Sobreviviendo.Toni miraba por la ventana enfrascado en sus pensamientos, y yo que le observaba con atención no hubiese imaginado nunca que en unos meses él volvería allí y compartiría unos días solo, con ellos y su cámara.

Vistas desde arriba del edificio junto con los columpios para los niños
Vistas desde arriba del edificio junto con los columpios para los niños

Para finalizar bajamos del edificio, subimos al coche y nos alejamos de allí, dejando atrás las chimeneas que desde ahora a nuestros ojos tenían un aspecto lúgubre…

Y otra hora y pico más para volver hasta Delhi, pero esta vez con una parada para comer. Delante de lo que parecía una zona comercial, el father aparcó el coche y nos dirigimos hacia un edificio nuevo que contrastaba con la miseria de la gente que paseaba por delante, donde madres pedían mientra sus hijos paseaban descalzos. Subimos a uno de los pisos en los que se encontraba el restaurante más limpio que vi en todo el viaje, aunque Carlos nos recomendó no mirar en una cocina de restaurante en India nunca. Allí mismo comimos y aprovechamos para descansar un poco.

Salimos de allí revitalizados y aunque el tiempo no acompañaba aun nos quedaban unas cuantas visitas por hacer en Delhi a las que el father nos acompañó amablemente. Aunque el tráfico era excesivo como de costumbre, de camino a la Puerta de la India pudimos ver desde el coche la casa del presidente, el parlamento y una avenida donde había decenas de embajadas. Una vez llegados a la Puerta bajamos a dar un paseo y enseguida nos dimos cuenta de que, a parte de ser un monumento en memoria de soldados muertos en la primera guerra mundial, se trataba de un lugar de reunión y paseo para muchísimas personas. Aquello estaba llenísimo de gente, pese al frío que hacía.

El father, Toni y yo en la India Gate
El father, Toni y yo en la India Gate

Finalmente volvimos al edificio de Don Bosco a recoger nuestras mochilas, nos despedimos del father muy agradecidos por todo y aun tuvo el gesto de decirle a un empleado que nos acercara a casa de Carlos en coche.

En media hora llegamos al piso, y casi antes de descargar las mochilas ya estábamos sentados en el improvisado sofá que habían montado en el salón. Teníamos cansancio acumulado y aquellos cojines de colores nos empezaron a atrapar. Suerte que llegó Guillermo, compañero de piso de Carlos y colaborador de la ONG como profesor de un cocina y salimos en busca de algo para cenar, porque estábamos a punto de quedarnos fritos.

Fuimos en busca de un mercado que había cerca de allí, pero antes los chicos querían que viésemos una barriada marginal que había justo enfrente de donde ellos vivían, los slums. Nos metimos en una de las calles principales y seguramente una de las más grandes pues poco a poco fueron haciéndose más y más estrechas hasta llegar a alguna en las que teníamos que pasar de uno en uno y casi de lado. La gente nos miraba extrañada, sin entender que podrían estar haciendo o buscando cuatro extranjeros allí, pero nadie hizo ningún mal gesto ni vimos ninguna mirada amenazante, ya nos lo habían dicho, podíamos pasar tranquilos.

Nos adentramos en un entramado de callejuelas que se convirtió en un laberinto en el que sus paredes estaban separadas por apenas un metro y teníamos que andar con cuidado de no meter los pies en la acequia que pasaba por en medio o de no tropezar con el suelo destrozado. Cuando alguien se acercaba en dirección opuesta teníamos que parar para que pudiesen pasar. Las casas eran austeras y la mayoría tenían las puertas abiertas, me llamó la atención que en muchas de ellas la gente estaba sentada en el suelo y mirando hacia fuera.

Seguimos andando durante un buen rato, ahora a la izquierda, ahora hacia la derecha. Los niños jugaban por la calle. Ahora a la izquierda, ahora a la derecha. Finalmente llegamos a un punto en el que ni Carlos ni Guillermo sabían donde estábamos y tuvimos que preguntar a unos chavales como se salía de allí.

Una vez fuera se orientaron, no estábamos muy lejos del mercado así que nos dirigimos hacia allí y compramos algo de verdura para hacer una ensalada…¡¡¡¡ cuanto tiempo sin probarla!!! De camino a casa compramos también unos momos, una especie de paquetitos de pasta con relleno de carne o verduras que me supo tan bueno que me dio rabia no haberlo probado antes…

Guillermo, Toni y Carlos con sus historias (y la cena en el suelo)
Guillermo, Toni y Carlos con sus historias (y la cena en el suelo)

La cena en el piso de nuestros anfitriones entre pufs, cojines y un “sofá” fue grata y entretenida, y después de una sesión de carcajadas nos fuimos a dormir a una cama que, aunque se trataba de un simple colchón en el suelo, era la mejor que había probado en todo el viaje, aunque hubiésemos echado al pobre Carlos de la suya… (¡gracias!)

3 Comentarios
  1. Susanna dice

    Hola mochileros!

    Muy interesante todo. Sobretodo me he leído con mucha atención la experiencia en la "ciudad de los niños" en la Índia, ya que el 1 octubre nos vamos a la India durante 20 días, y una de mis visitas va ser la ONG de Naya Nagar. Pero, no me queda muy claro su localización…. está una hora y media de Delhi, pero la ciudad es Gurgaon?

    Gracias! Hasta pronto!

    Susanna

    1. Toni Ródenas dice

      Hola Susana.

      Sí, la ong se encuentra en Gurgaon. Te recomiendo que si quieres visitar la ong te pongas en contacto con ellos. En su web dispones de su mail y demás información.

      Un saludo

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