La dureza de ser monje en un país como Tailandia

Unos monjes callejean en el barrio de On Nut, en Bangkok.
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-Esta historia es la continuación del reportaje El budismo a pie de calle en Tailandia

No olvidaré las palabras que me dijo una vez un joven que vistió la túnica naranja durante unos cuantos años. «No hay nada más difícil que ser monje en Tailandia, con una doctrina tan recta y un país tan dado a que te tuerzas«.

Tailandia practica el budismo Theravada, probablemente una de las escuelas más duras en cuanto a su doctrina se refiere. Los monjes de esta corriente son notablemente más sacrificados que los de otras escuelas y sus rutinas quizás demasiado duras.

En un país de clima tropical, donde la gastronomía es fantástica y el ocio abundante, ser monje sin duda no es fácil. Sobre todo muchos de ellos jamás quisieron serlo.

El budismo está incrustado en la sociedad tailandesa en la actualidad como el catolicismo lo estuvo en la vieja Europa en el pasado. La propia sonrisa tailandesa, esa que es el símbolo del país, suele ser un mecanismo de defensa que proviene del credo, en el que cuando alguien no sabe lo que le preguntan o ha de negarse a algo, simplemente sonríe. Por eso si enganchas a un estafador con las manos en la masa lo más normal es que te sonría, lo que puede descolocar a más de uno.

monjes Tailandia suburbio

Pero, ante todo, el budismo tailandés influye en la sociedad de dos formas principales: en la jerarquía y en la aceptación del destino.

Tailandia es un país muy jerárquico en el que se espera que cada uno acepte su lugar. Los niños se postran ante sus padres y profesores, a los mayores se les habla de usted y los monjes tienen un lugar privilegiado en el metro o en los aviones porque, claro, no es que lo tengan nada fácil el resto del tiempo. En lo más alto de todo está el Rey, a quien se le conoce como «el Dios sobre tu cabeza». Por eso cuando alguien se acerca a la realeza ha de hacerlo arrastrándose por el suelo.

Ser monje tiene mucho de jerarquía, ya que son personas veneradas y respetadas. Pero también tiene que ver con el destino. ¿Quiénes visten normalmente la túnica anaranjada? Pues, a veces, quienes menos lo desean.

Se dice que todo hombre tailandés ha de ser monje durante una época de su vida. Aunque sea solo una semana. Un destino que hay que asumir. En algunos casos, el único destino. Para muchos de ellos, la soledad y el sacrificio se convierten en día a día duro pero recompensante. Para otros, se trata simplemente una etapa de su vida. Y si bien hay muchos monjes estafadores, también hay iniciativas budistas de ayuda a enfermos de sida, por poner un ejemplo. Porque los monjes pueden ser buenos o malos, bondadosos o avariciosos. Estas son algunas de sus historias.

El empresario que quiso venerar a su familia

ordenación monjes budistas
Una ordenación de monjes budistas, justo después de haber sido afeitadas sus cabezas.

A Mee no se le pasaron muchas cosas por la cabeza cuando por encima de ella le pasaban la cuchilla. Más bien, lo único que le preocupaba era que los que le afeitaban no notaran su el pestazo a alcohol si abría la boca. Sabía que el budismo no se lleva bien con la bebida, pero el día anterior fue a tomarse una para relajarse antes del gran día de su ordenación como monje budista y, ya saben, una copa llevó a la otra.

Le esperaban dos semanas por delante vistiendo la túnica y sacrificándose por la familia. Por un futuro que le obligaba a un trámite inexcusable: ser monje antes de casarse. Sabía que la mayoría de los que estaban ahí se encontrarían en una situación similar, cumpliendo con su deber como hombres tailandeses y budistas.

Cerró los ojos y recordó la charla con sus amigos la noche anterior.

—Sabes que no deberías beber, ¿verdad? —le había recriminado con una sonrisa un amigo mientras le servía otra copa de whisky con soda.
—Déjame, que me esperan unos días duros.
—Te irá bien, ya verás.
—Esto lo hago solo para devolverle el favor a los padres de Ning —refunfuñó Mee agarrando el vaso—, si hasta el templo fue financiado por su familia.

Ning era la prometida de Mee. Y la heredera de un negocio textil en Bangkok con 300 personas a su cargo. Cuando ambos se conocieron, él era un tipo carismatico que había salido en varios videoclips musicales pero que tenía problemas para ganar dinero. Así que, a los pocos meses de empezar a salir juntos, Mee empezó a trabajar en la empresa de la familia de su entonces novia.

La familia de Ning solo le pidió a Mee que honrara a la familia según las tradiciones. Y eso incluía que, para vivir juntos, primero debían casarse y que antes de pasar por el altar él debería haber sido monje. El asunto tenía fácil arreglo, porque la empresa familiar había ofrecido fondos para un templo a unos cien kilómetros de Bangkok y allí podían acogerle.

Estatuas templo budista

Los primeros días de las dos semanas en el templo fueron los más duros para Mee. Su rutina era la de casi cualquier monje siamés. Se levantaba cuando aún era de noche para empezar a rezar y a las 6 de la mañana salía junto al resto de religiosos a recoger las ofrendas que el pueblo les daba.

Al principio, se sentía mal. En su vida rutinaria fuera del templo vivía en Bangkok en una casa de tres plantas y conducía un Mercedes, y tras vestir el naranja allí estaba, en una población remota recogiendo ofrendas de agricultores pobres para que él pudiera comer durante ese periodo como monje que cumplía como mero trámite. Pero eso fue solo durante los dos primeros días, ya que al tercero el hambre empezó a atraparle . Tras un muy ligero desayuno, la única comida diaria era antes de las 12 del mediodía. A partir de ahí, debía estar en ayunas hasta el siguiente día.

El resto de la jornada la pasaba entre estudios budistas y sesiones de meditación, además de algunas tareas rutinarias en el templo. «Lo peor, además del hambre, era la sensación de no pertenecer a este mundo, de estar totalmente incomunicado«, recuerda. A veces hacía el gesto de buscar el móvil para curiosear en alguna red social, solo para darse cuenta de que vivía sin él.

Mee abandonó el templo tal y como lo pisó, y casi nunca habla de sus días allí. Como si hubiera sido algo pasajero, un trámite. Tan solo eso. Volvió a emborracharse el día que abandonó la túnica anaranjada con total tranquilidad. Pero también recuerda que no es así para todo el mundo. Rememora a un compañero que empezó como él, dentro del mismo templo y también de manera forcada. Pero lo que a Mee no convenció sí que caló en su colega, quien fue con nulas expectativas y acabó quedándose en el templo durante algunos meses de manera voluntaria.

Timos budistas: cuando la religión es solo una forma de hacer billetes

Lotería callejera en Bangkok
Una mujer vende lotería en el centro de Bangkok.

José nació en Barcelona, pero tiene un pie en Asia. Pasó un largo tiempo en China y se conoce el Sureste Asiático al dedillo. Y le gusta meterse hasta la cocina en la cultura oriental. Por eso, cuando escuchó la experiencia de un viajero experimentado en un templo de meditación Vipassana ubicado en Chiang Mai le entró el gusanillo. ¿Por qué no vivir en un templo unos días?

Dicho y hecho. Se presentó en el templo, un lugar muy popular donde los extranjeros llegan atraídos por blogs de viajeros y por el boca a boca. La experiencia que ofrecen es pasar una pequeña temporada -por ejemplo diez días- practicando meditación Vipassana junto a los monjes y llevando su estilo de vida.

«La meditación te convierte en mejor persona», había escuchado previamente. Pero cuando José llegó allí, lo que descubrió era que, para ser mejor persona, lo que debía hacer era poner dinero. Mucho dinero.

Y no solo era pagar, sino que él y el resto de estudiantes fueron sometidos a un lavado de cerebro por parte del líder religioso que siempre se basaba en el mismo dogma: «Si tienes dinero, eres mejor persona, es algo muy importante». Y el tipo era muy respetado en el templo, ya que el centro religioso estaba decorado con infinidad de grandes fotografías enmarcadas del monje en cuestión. ¿Qué dice el budismo sobre la vanidad?

«La primera impresión fue extraña; no solo por la decoración del lugar, sino porque antes de darme el vestuario me dijeron que debía mantenerlo impoluto y pulcro, pero entre las prendas que me entregaron vi que la ropa interior estaba manchada de heces«, comenta José. «Además tuve que dejar un depósito financiero que nunca me devolvieron y siguieron pidiéndome dinero durante mi estancia».

Mientras, el líder budista seguía instruyéndole a él y al resto de alumnos en lo que era, según sus ideas, la filosofía más importante en la vida. «Un hombre íntegro debe mantener a la mujer, porque un hombre sin dinero no vale nada: ha de encargarse de ella financieramente, porque la mujer es quien ha de realizar los cuidados de la casa», recuerda el viajero.

Buda luminoso Tailandia
En la oscuridad de la noche en la ciudad de Roi Et, lo único que está iluminado es el gran Buda sobre el lago.

La rutina en el centro de meditación era similar a la de cualquier otro monje, con madrugones a las 4.00 y una única comida antes de las 12. Pero no era así para todo el mundo y pronto desveló el engaño. Un día, José incumplió una de las principales normas, que era fisgonear en la zona de rezo donde los monjes cantaban plegarias que se oían en todo el recinto. Algo cantaba como una almeja. O como un atracón de almejas, más bien.

Vio el barcelonés en la sala donde supuestamente cantaban los religiosos que una mujer había puesto un disco de cánticos en un sistema de audio para simular que los monjes recitaban plegarias, cuando en realidad lo que hacían era darse atracones de comida sin que los alumnos se dieran cuenta. Esos estudiantes que dejaban grandes sumas en donaciones.

Perturbado por todo aquello, el alumno incumplió el silencio al que era impuesto y se propuso a abandonar el templo, ya que vio que todo aquello era una pantomima. Al principio, no le dejaron y fue duramente recriminado por el capo religioso.

«Me dijo que no estaba listo para ser un padre de familia ni para casarme si abandonaba, me llamó inmaduro», rememora José, sin olvidar que el propio estafador -a su juicio- trató de camelarlo una última vez pidiéndole que meditara un día para reflexionar sobre su actitud.

Hambriento y dolorido de tanto postrarse ante las estatuas religiosas -en ello sí que incidían las enseñanzas del templo-, José tiró la toalla. Curiosamente, se encontró a otros aprendices en Chiang Mai que abandonaron justo detrás de él.

Por supuesto, la historia de José no es representativa de lo que es la meditación Vipassana en Tailandia, para nada. Pero sí de una práctica real que existe, la de utilizar la imagen benevolente del budismo y el buen nombre de la meditación para arañar el dinero de muchos. Al fin y al cabo, los grandes líderes budistas siempre recuerdan lo mismo: meditar es una acción que puede realizarse de muchas formas, y no por ello has de estar en un lugar concreto.

De Europa a Tailandia por la meditación budista

Monjes en Bangkok
Unos monjes callejean en el barrio de On Nut, en Bangkok.

John nació en el norte de Europa, pero siempre dice que creció místicamente en Asia. «Allá donde me ha transportado la meditación no lo ha logrado ningún avión», cuenta entre cervezas en un puesto callejero de Bangkok. Y esa noche brinda con Somkiat, un tailandés a quien conoció años atrás cuando ambos vistieron de naranja.

No es común ver a monjes occidentales en Tailandia, pero tampoco es imposible. Quizás en los grandes templos de Bangkok no suelan aceptar a los de fuera, pero si se dirigen a las pequeñas poblaciones del noreste -donde la fe es muy fuerte-, no es difícil que acepten como monjes a hombres foráneos.

Sin embargo, John ya era monje cuando llegó a Tailandia. «Antes había estado en diferentes templos europeos, pero es muy diferente en Asia y en países donde se profesa la religión«. Allí conoció a Somkiat, de lo que hace bastantes años.

La historia del tailandés se aleja mucho de la de John, quien hizo del budismo el puntal de su vida durante unos cuantos años. Somkiat, si bien creyente, fue forzado a vestir de naranja.

El motivo, explica, fue una fuerte borrachera. Cogió el coche alcoholizado y lo estrelló contra la casa de uno de los padrinos del pueblo, dañando el altar que había a la entrada del hogar. «No tenía mucho dinero, así que para expiar mis acciones me obligaron a hacerme monje«, dice antes de darle el último trago a la única cerveza que beberá esa noche.

Es algo común lo de pagar los pecados con el credo. El problema es que, nuevamente, las jerarquías importan. Algunas personalidades de gran poder económico en Tailandia han pagado sus pecados haciéndose monjes por cortos periodos de tiempo en lugar de encerrados en la cárcel.

John y Somkiat no evitan hablar de la decadencia del budismo en Tailandia, ni de los monjes que un día u otro aparecen en las noticias por escándalos religiosos. Desde los grandes líderes religiosos acusados por corrupción o aquellos que dicen tener súperpoderes hasta los jóvenes que son atrapados consumiendo pornografía o prostitución. Algo curioso en un país donde, precisamente, todo lo erótico y el comercio del sexo está prohibido para salvaguardar los valores budistas.

«¿Has visto cómo es todo en este país? No es fácil ser monje Theravada  en Tailandia», explican. Y quizás tengan razón. Pero, sobre todo, porque muchos monjes lo son a la fuerza. Como Somkiat. Hay un viejo dicho en muchas aldeas remotas en relación a ello: si no puedes hacer frente a los gastos de la casa, haz que tu hijo sea monje o peleador de Muay Thai y así tendrás una boca menos que alimentar.

Muchos critican que el budismo en Tailandia se haya convertido en algo muy lejano a lo que fue la religión en un principio. Otros señalan cómo el dinero está presente en todo lo religioso. Yo, en cambio, prefiero quedarme con las palabras de John y Somkiat. «La clave de todo está en las personas, el budismo no es bueno ni malo, tan solo es una herramienta; quienes son buenas o malas son las personas». Y de eso hay en todo el mundo, no solo en Tailandia.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
2 Comentarios
  1. Luis Garrido-Julve dice

    Sin duda, Daniel. En las religiones puede haber estafadores o gente noble, todo depende de la persona y no del instrumento. ¡Saludos!

  2. Daniel dice

    Coincido con las palabras al final de la historia. Alguna vez escuché a un religioso estar en contra de internet, pues consideraba que era algo malo para la salud espiritual. Yo creo que depende también del tipo de persona, porque en internet puedes aprender a hacer una bomba y matar a 100, o puedes instruirte y ayudar a toda una comunidad, solo por mencionar algún ejemplo.
    Excelente entrada. ¡Enhorabuena!

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