El budismo a pie de calle en Tailandia: del puritanismo al consumismo sin escala

Ordenación de monjes novicios en Bangkok.
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Ooy siempre me pareció un buen tipo. Además de un buen taxista, claro. «Oye, ¿y cuándo me vas a traer una camiseta firmada por Messi?», me preguntaba entre risas cada vez que me acercaba a algún complejo rincón de Bangkok. Solía llamarle a él cuando el trayecto era difícil porque no es tan sencillo encontrar conductores honestos en Tailandia cuando tus ojos son redondos.

Más que nada porque lo de ir en taxi en Bangkok, a veces, es engorroso incluso para los locales. Por eso muchas jóvenes nacidas en la capital siamesa, al entrar en uno, le hacen una foto a la licencia del conductor que todos llevan visible frente al asiento delantero y se la envían a sus amigas. No fuera a obrarse el desastre, que a nadie se le pasa que las noticias siempre hablan de conductores que abusan sexualmente de sus pasajeras.

Taxi en Bangkok lluvia
Un taxi cruza frente a un altar en Bangkok durante una lluviosa tarde.

No era el caso de Ooy. Además de ofrecer siempre una buena cháchara, el taxista era de los legales. No era de estafar al personal y cuando alguien olvidaba algo en su coche siempre lo devolvía. «Mi Buda me enseñó a ser benevolente y mi rey a trabajar mucho», le contaba a sus pasajeros con un brillo en los ojos. Y no cabía duda de su amor por el budismo. Al menos, por el muy particular budismo siamés, con todas sus supersticiones y misticismos impostados.

El taxi de Ooy estaba decorado con decenas de amuletos tailandeses. Pegados en el techo y junto al volante, muchos de ellos con caras de monjes impresas sobre el metal. Para el taxista, eso era lo que le protegía de los accidentes en el país con las carreteras más peligrosas de todo el mundo.

—Los amuletos te protegen en la carretera, por eso tengo tantos —afirmó un día Ooy muy orgulloso mientras extendía su mano abierta frente a esa tapicería llena de amuletos, todos tan apelotonados que me recordaban a los candados del amor en puentes como el de París.
—Ya, ¿pero no es eso superstición? —le repliqué antes de señalarle un colgante muy grande con una imagen de Buda que colgaba del retrovisor—. ¿Qué tiene que ver con la religión?
Todo es parte de la religión, amigo, lo importante es no dejar de ir al templo y seguir las directrices budistas.

Recuerdo el día que paró a comprar lotería en Hualamphong, un templo muy popular de Bangkok. En una ocasión tocó un premio gordo ahí y, desde entonces, son miles los fieles que se acercan al lugar a comprar boletos en los puestos cercanos. Nunca quise quitarle la ilusión al buen Ooy ni aburrirle con mi innecesaria opinión sobre tan místicos asuntos. Al fin y al cabo él era un fiel devoto, pero también un conductor fiel y un buen tipo.

coche y amuleto budista
Un coche que alquilé en Phuket y cuyo único adorno era dicho medallón.

Por supuesto, jamás le mencioné a mi taxista predilecto lo extraña que podía parecerme la relación del budismo tailandés con el dinero. Más allá de la asombrosa belleza de los templos siameses, a uno le puede chocar que los fieles compren lotería en las cercanías de los lugares de culto y luego se acerquen a la estatua de Buda para pasar encima de ella los boletos. Las oraciones, por supuesto, son más bien solicitudes.

Quizás para el que escribe lo de pedirle a Buda una ayudita para embolsarse unos billetes no sea la mejor idea. Más que nada porque el budismo, originariamente, hablaba de prescindir de lo material. Y también porque el propio Buda pidió que no se crearan estatuas de ninguna deidad ni mucho menos de él mismo. Pero los devotos se pasaron por el forro dicho asunto allá donde la religión caló. En Tailandia, la imagen maciza de Buda la más alta mide 92 metros. Y desde luego que no es la más grande del mundo.

Lo que parece evidente es que en Tailandia el budismo influye en todo. La mentalidad de sus gentes, la forma en que asumen todo lo que les cae encima e incluso hasta asuntos como la manera en que se sientan a la mesa. Todo ello depende del budismo. Pero de su particular manera de entenderlo.

¿Y si hay un terremoto y tu casa es devastada? Pues se asume. En eso, los siameses son admirables. El problema puede ser que tanta represión, a veces, hace que muchos al explotar no tengan control de sus actos. Pero no puede negarse que la forma en que se adaptan a los rifirrafes de la vida es digna de mención. Un occidental no aguantaría en su país ni cinco minutos de un atasco a la tailandesa. El arroz de cada día en las carreteras de Bangkok, que los siameses asumen estoicamente, pondría como una mona hasta al más tranquilo de los conductores occidentales.

El budismo, religión (más que) oficial de Tailandia

Buda oro gigante Tailandia
Gigantesca estatua de Buda en las cercanías de Ayutthaya.

En Tailandia hay libertad de credo, pero también eso es algo bastante relativo. El Gobierno tiene la obligación de ser el mayor defensor del budismo y la monarquía no puede albergar otra religión que no sea la que es también la única oficial en el reino de Siam.

El calendario festivo se organiza en base a las celebraciones budistas y en días importantes se prohíbe la venta de alcohol, sin importar si crees en el más allá o solo querías tomarte una cerveza. Los templos y las órdenes budistas reciben inmensas sumas de dinero y si, por ejemplo, en la grabación del nuevo vídeo del himno del país no aparecen monjes y motivos budistas por doquier, los religiosos pueden forzar un cambio de metraje para que el naranja lo cope todo. Así ocurrió este año.

La importancia del budismo es tal que el Gobierno autoritario que dirige el país afirma querer refundar la nación siamesa con patriotismo, religión y monarquía. Al fin y al cabo, la administración siamesa aún considera a su Estado como uno de los más conservadores y tradicionales del planeta. Por eso en Tailandia se vive un duro choque frontal entre el puritanismo latente predicado por unos y el libertinaje rampante practicado por otros.

mototaxi Bangkok
Muchas mujeres optan por montar así en moto, lo que no solo no está prohibido, sino que se considera lo correcto. La moralidad antes que la seguridad.

Mientras Tailandia tiene la fama de ser, para muchos, el burdel del mundo y los ricos son más opulentos que en Occidente, el Gobierno militar que dirige el país acusa a los de ojos redondos de intoxicar a su población con perversión y consumismo. Aunque al monarca actual se le señale por cambiar de mujer como de reloj. Y sin importar que, hablando de relojes, el golpista y ahora primer ministro, Prayuth Chan-ocha, haya estrenado legislatura luciendo en su muñeca un Patek Philippe valorado en 50.000 euros.

Dejando a un lado valores tan poco budistas por parte de los jefes del país, a nivel de calle el asunto es aún más pintoresco. En las zonas de neones y luces rojas, por ejemplo, hay pequeños altares para que las trabajadoras sexuales recen antes de trabajar. Los conductores prefieren los amuletos budistas para evitar accidentes a los seguros a todo riesgo. Y para inaugurar un negocio es imprescindible que sea bendecido por un grupo de monjes que, por supuesto, se llevarán un buen pellizco para la comunidad religiosa por su servicio.

El Buda tumbado de Ayutthaya es uno de los más antiguos del país en buen estado. Es muy popular entre los fans de los videojuegos porque dicho lugar sirvió de escenario para el personaje tailandés Sagat.

Recuerdo el caso de un amigo cuando montó su negocio online en Bangkok. Cuando estaba a punto de empezar a trabajar, sus dos socias tailandesas dijeron que era imprescindible contar con el consejo de un monje reputado. Al tratarse de una empresa basada en una página web, el líder religioso accedió a analizar la web de la sociedad.

—Esto es incorrecto —dijo el monje señalando el logotipo de la página—, aquí falta el color amarillo de la monarquía y también cambiar esto de tamaño y poner una imagen del país.
—Pero este diseño me costó una fortuna —afirmó preocupado mi colega—, seguro que podríamos tratar de…
—¡Por supuesto que cambiaremos la imagen! —interrumpió a gritos una socia tratando de adular al de la túnica y mirando de reojo y con mala cara al de ojos redondos, que aún tenía en su boca la mano de la otra socia para que no pudiera hablar.

El empresario occidental se vio incapaz de tratar de convencer a ambas socias de que el negocio estaba enfocado a clientes europeos y que el diseño se hizo profesionalmente pensando en ellos. No hubo manera. La imagen tuvo que cambiarse por lo que dijo el monje.

Años después, muchos de sus clientes aún le comentan entre burlas lo rocambolesco del diseño, pero él se burla del asunto porque los negocios van viento en popa.

—Estamos vendiendo muy bien —afirmó contenta una de las socias en su primer año.
—¡Bien! Eso es porque trabajamos duro —contestó el occidental agradecido.
—Bueno, por nuestro trabajo… —continuó la otra socia— y sobre todo gracias a haber seguido las instrucciones del monje con el diseño de la página web.

Ríe mi amigo cada vez que recuerda la anécdota. Igual que cada vez que frente a su edificio ve que en la casa de los espíritus -unos altares con forma de caseta que se encuentran frente a cada edificio u hogar tailandés- han vuelto a poner otra botella de Fanta Fresa.

Casa espíritus Tailandia
Una casa de los espíritus dentro de un centro de ocio para adultos en el Sukhumvit 22, Bangkok.

En dichas casas de los espíritus, parte importante del folklore religioso siamés, los fieles suelen dejar ofrendas para los fantasmas. Y lo más habitual es ver botellas de Fanta Fresa, el refresco favorito del más allá.

La mayoría de los tailandeses que compran dichas bebidas rojas y las dejan en estos altares no saben por qué ha de ser precisamente dicho refresco, simplemente lo hacen por costumbre. Pero algunos reconocen que la idea es dársela con queso -o mejor dicho con fresa- a los espíritus.

Históricamente, en el Sureste Asiático a los espíritus se les ofrendaba con sangre humana, si bien en Siam se pasó hace algún que otro siglo a la sangre animal. O al menos eso se dice en el imaginario costumbrista popular. Como hoy en día estaría feo poner ahí un tarro rojo con los restos vitales de una gallina, pues tratan de dar el pego con la Fanta. Y visto de esta manera, hasta podría servir como argumento para alguna trasnochada novela adolescente de vampiros.

Porque el budismo en Tailandia es de origen Theravada. Pero durante décadas se fusionó con ocultismos, supersticiones y creencias tribales hasta dar origen a un tipo de credo en el que las normas se han torcido mucho -muchísimo- para crear un popurrí religioso en el que parece que, a veces, lo menos importante sea lo que dijo Buda en su momento.

¿Dónde se vive el budismo más tradicional en Siam? Sin duda, en los templos que no fueron perturbados por el turismo y más claramente en la piel de los que visten de naranja. Es duro -muy duro- ser monje Theravada en Tailandia. Al menos, los que se lo toman en serio y no los que se ponen a adivinar los números de la lotería delante de un centro comercial. O los que se hacen millonarios a base de corruptelas.

Monjes en Bangkok
Unos monjes callejean en el barrio de On Nut, en Bangkok.

El budismo Theravada obliga a los que se ponen la túnica a salir de la cama cada día a las 4 de la madrugada para rezar. Al alba recogen ofrendas por parte de los fieles que quieren acumular karma y su única comida es antes de las 12 del mediodía. El resto del tiempo se destina al estudio, la meditación y las tareas del templo. Y al ayuno, claro.

Se dice que todo hombre budista tailandés debería ser monje al menos una vez en su vida. Por eso es común encontrar a religiosos de naranja que no cumplen los preceptos del credo, que obligan a no rozar a una mujer y a no matar ni una hormiga, entre muchos otros que suelen centrarse en mantenerse alejado de toda tentación.

Como una vez me dijo un fervoroso budista que fue monje unos años, «no hay nada más difícil que ser monje en Tailandia, con una doctrina tan recta y un país tan dado a que te tuerzas».

Para descubrir lo que implica vestirse de naranja, sigue leyendo la continuación de esta historia en su segunda parte, la dureza de ser monje en Tailandia.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
5 Comentarios
  1. Víctor R dice

    Esperaremos ansiosos a una nueva entrega. Siempre hay algo nuevo que aprender y sobretodo lo rocambolesco que se pueden llegar a torcer lo que uno ha vivido y se creía.

  2. Daniel dice

    Pues qué manera de debutar en ConMochila. Felicitaciones a Luis, porque su manera darnos a conocer estas historias es realmente interesante. Como lo decía Toni en el video, lo de Luis ha sido un gran fichaje. Imposible no transportarse en cada línea hacia lo que él nos cuenta. Me gusta este enfoque social. Enhorabuena. Estaré atento, aguardando por las siguientes entradas. Saludos desde México.

  3. Luis Garrido-Julve dice

    La historia quedó larga, pero la próxima semana viene otra ración, ¡gracias y abrazo!

  4. Nando Baba dice

    Luisito de mi vida, cuando nos tomamos unas cervezas con Toni en Kanchanaburi, nos amenazaste con escribir unos reportajes que serían largos y aburridos. Pero tengo que decirte que ni, ni, ni, ni, pues éste sobre el budismo tailandés me ha parecido ameno y corto (como un vaso de horchata en pleno verano), y ya espero la segunda parte. Un abrazo desde el Río Kwai de tío Nando.

  5. Josep dice

    Muy bien.Gran crónica,esperando con ganas la siguiente.

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