La crónica cósmica. Abuelito, ¿tú viviste en la prehistoria?

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS. El amigo ruso al que en estas crónicas doy el seudónimo de Señor Tolstoi, me comentó que yo, a pesar de mi avanzada edad, hablaba poco del pasado. Le repliqué que ni tan siquiera pensaba en él porque estaba muy atareado viviendo el presente, en el que cada instante de cada día rozaba la perfección y no tenía desperdicio. También añadí que me sucedía igual con el futuro, del que no veía más allá de la fecha en que expirará mi visado nepalés.

Pero entonces el Señor Tolstoi me obligó a viajar al pasado al preguntarme qué hacía y cómo mataba el tiempo cuando aún no tenía un ordenador y no existía internet. “Abuelito, ¿tú viviste en la prehistoria?”.

La crónica cósmica. Abuelito, ¿tú viviste en la prehistoria?

Mi amigo acaba de abrir mi carpeta de los recuerdos y éstos empezaron a manar uno tras otro trayéndome imágenes polvorientas de muchos años antes en las que aparecían algunos de los aislados y espartanos domicilios en los que estuve viviendo a solas, en algunos casos sin electricidad, teniéndome que iluminar con velas. Umm, quizás sería más apropiado usar el singular porque, si tú te encuentras a cinco kilómetros del bazar más cercano, no malgastas las velas. En tal situación, claro, me limitaba a escribir y leer durante el día. Valga aclarar que escribía mis diarios en los cuadernos que iba adquiriendo de camino y que, al terminarlos, los mandaba por correo a unos buenos amigos de mi pueblo para que los guardasen. Siempre he preferido juntar palabras por la mañana, y nunca me ha gustado leer con la luz de una vela, así que, de faltarme el servicio eléctrico, pasaba las horas nocturnas contemplando las estrellas, espectáculo que alcanzaba sus mejores cotas en sitios como el Himalaya, los Andes y algunos desiertos.

En este álbum fotográfico de los recuerdos aparecen las habitaciones en que me hospedé la primera vez que vine a la India y el Nepal, que entonces me parecieron chocantes, espartanas y cutres. Estuve en una que era muy estrecha y ni siquiera me permitía extender los brazos. ¡Ja, una cosa trae la otra, y ahora he recordado una cabaña de cierto parque nacional de Java en la que, en cuanto apagabas la luz, aparecían docenas de ratas grandes como conejos que corrían por las vigas pegando chillidos!

También residí una temporada en un áshram indio para leprosos en el que los enfermos lo habían perdido todo menos el buen humor y se reían de sus penas. El más auténtico de mis domicilios, y el que completó la metamorfosis personal que empezara en el Amazonas, fue el que tuve la primera vez que fui a las Colinas Kumaon, al norte de la India y en la cordillera Shivalik que marcha paralela al Himalaya a lo largo de 1.600 km. Era una casita de piedra y adobe, que se hallaba en un aislado valle encerrado por la jungla, en la que yo dormía en el suelo y cocinaba con la leña que recolectaba por los alrededores, pero sin romper nada ni dañar a “nadie”.

El adjetivo espartano no daría suficiente de sí para definir las condiciones en que me buscaba la vida. De mañanita, con la toalla y la pastilla de jabón en la mano, recorría un par de kilómetros descendiendo por un cañón cubierto por árboles hasta llegar a un lago donde bañarme. Al regresar a casa, cogía el cubo, trepaba por un empinado sendero de cabras (todos lo eran: sube, baja, sube, baja…), e iba a llenarlo en una pequeña fuente de agua. En cuanto a los alimentos y demás necesidades, que eran pocas por el simple hecho de tener que cargar con ellas, los conseguía en un bazar al que llegaba sudando después de trepar y descender durante más de una hora.

Aunque en los viajes iniciales cumplí con mis supuestas obligaciones de hijo del Mediterráneo yendo frecuentemente a las playas indias o tailandesas, posteriormente fui aficionándome más y más a las montañas al comprobar una y otra vez que en aquéllas me transformaba en una especie de lagarto holgazán que andaba corto de energía, mientras que en éstas sucedía todo lo contrario y tenía la sensación de estar recargando las baterías, a las que, por lo visto, no debía gustarles la energía solar que había junto al mar. El mejor ejemplo lo tuve cuando mi buen amigo californiano me guió hasta Naggar, la antigua capital de Kullu Valley, una lengua verde que se adentraba en las montañas blancas del Himalaya. En aquel sitio era difícil hallar un metro cuadrado de terreno llano (“¡Exagerado!”) y el mínimo paseo me obligaba a trepar agotadoramente.

Al principio creí que tiraría la toalla, pero una semana después ya hacía los mismos recorridos compitiendo con el amigo californiano para ver quién llegaba antes. Aunque las montañas me ponían a prueba con su dureza, me premiaban transmitiéndome su energía, y no tardé en preferirlas a las playas.

EL OTOÑO. Después de haber estado huyendo del Sol durante siete meses, ahora busco su amable avatar otoñal y dedico diariamente algunos ratos a calentarme bajo sus rayos. Animado por el descenso de las temperaturas, que en Katmandú ya han llegado a cero grados, vuelvo a andar deprisa y casi trotando como un burrito marroquí. Hemos reemprendido asimismo lo que denomino el yoga de la hoguera (que me permite pensar mientras observo hipnóticamente las llamas), en la que unos gruesos troncos arden varios días seguidos y las mujeres fuman porros y beben “roxi” sentadas a su alrededor.

Anoche, cuando regresaba hacia mi cabaña, dos tipos empezaron a darse de hostias, y el escaso vecindario corrió hacia ellos, pero no para separarles, sino para animar a uno u otro. Terminaron participando todos en la pelea y me alejé pensando que muchas veces los humanos actuamos igual que los perros, que irán compulsivamente hacia cualquier altercado perruno.

El tatarabuelo centenario, que parece rejuvenecer día a día (un día de estos empezaré a llamarle Dorian Gray), se lastimó la muñeca al tropezar en la jungla y tuvieron que llevarle al dispensario. Allí le inmovilizaron y protegieron la muñeca con un vendaje “modelno” (made in Hong Kong); pero, de todos modos, al regresar a casa su bisnieta Narmada, la chamana, para asegurarse la jugada le colocó un brazalete hecho con semillas sagradas de un frutal llamado “rudraksha” o simplemente “rúdrax”. De la misma manera, un mecánico de motos nepalés rezará las pertinentes oraciones antes de empezar a reparar un motor.

El Señor Tolstoi y yo estuvimos dándole caña a una botella de ron mientras nos enfrentábamos en una cómica competición sofista. Pero entonces apareció su suegra, que también lo es de Shankar, y estuvo pegándonos la bronca porque bebíamos, hasta que la invitamos y se apuntó a la fiesta.
Narmada me ha de pedir frecuentemente el encendedor o la linterna; el primero para prender fuego en la cocina y la segunda para iluminar su restaurante cuando tienen clientes y cortan el servicio eléctrico: sin comentarios.

Dos hombres comían patas de pollo fritas y lo tocaban todo (vasos, muebles…) con sus aceitosas manos. Luego aluciné al ver que uno de ellos depositaba una de las patas sobre su teléfono móvil, y esto sucedió mientras un niño lamía otro móvil como si fuese un helado y dos perros esperaban pacientemente a que les tirasen algún hueso.

En Sauraha viven dos tipos de mujeres que me resultan físicamente peculiares, unas por ser diminutas y las otras por tener unas frentes muy profundas y parecer que se estén quedando calvas desde la juventud. ¿Pertenecerán a unas etnias en las que esas características físicas son habituales?

“Sora Sarat” es una ceremonia anual hindú que, año tras año, se celebra en el aniversario de la defunción del padre de la familia. El pandit brahmán que lleva a cabo la “puja” recibe de una bandeja con verdura y dinero: lo que él coma en este mundo lo comerá el difunto en el Más Allá.

Otra tradición: recientemente murió un tío abuelo de Shankar y, a pesar de que vivía en otra población y no se habían visto desde hacía mucho tiempo, ahora, durante trece días, él y su familia sólo podrán comer productos vegetales (sin sal) y en manera alguna se cocinará carne dentro de su casa.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Sin la comida de coco religiosa no existirían los crímenes de honor, sin la Sangrienta Inquisición no se habría torturado y quemado viva la gente en la hoguera, sin las películas y los videojuegos sangrientos no se educaría a los jóvenes para convertirlos en seres violentos, y sin la cultura de las armas difícilmente ocurrían masacres.
  • En el Japón hay 0’6 armas de fuego por cada 100 habitantes; en la India, 3; en el Reino Unido, 4; en la China, 5; en Brasil, 9; en Francia, 15; en Alemania, 32; en Arabia Saudita, 35; en Chipre, 36; en Serbia, 38, y en el Yemen, 55; pero en Estados Unidos de América, y batiendo todos los récords, hay 101 armas por cada 100 habitantes porque siguen con la cultura del Salvaje Oeste, donde el noventa por ciento de las heridas y las muertes se debieron a accidentes domésticos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.