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Víctimas sin patria: las tribus de montaña que huyen de la guerra en Myanmar

Ella se hace llamar Margarita. Por supuesto, es tan solo un apodo. «Nací junto a uno de los más bellos campos de flores del sol en Tailandia», dice divertida. Pero en su círculo íntimo en Bangkok mucha gente la conoce como la birmana. A ella no le molesta cuando se trata de amigos, pero si alguien empieza a hacer bromas pesadas ella saca su carné de identificación donde dice que es Tailandesa. Con un nombre común que ella no utiliza.

Porque Margarita es de etnia karen, una nación con costumbres propias y una lengua particular que solo carece de estado. En su teléfono móvil, la joven lleva siempre fotos con sus gentes, ataviada en vestidos tradicionales. «Esta es mi historia, la de una chica que viene de una tribu en las montañas». Nació en la provincia siamesa de Mae Hong Son, pero el gobierno de Tailandia siempre ha despreciado a los de su clase. Su familia, claro, además de tailandés y del idioma de su tribu habla también la lengua de Myanmar. Pero hace dos generaciones que se instalaron en suelo siamés.

Niña Karen en Tailandia
Una niña descansa en una aldea karen. Foto: André Land (CC).

Tras haberse cumplido un año del golpe de Estado que sumió a Birmania de nuevo en una desigual guerra encubierta -de esas que a los informativos occidentales no les importan porque ocurren muy lejos de sus fronteras- me adentro en la zona fronteriza de Mae Hong Son que separa a Tailandia de Myanmar. Unos cientos de kilómetros más adelante, muy cerca del país vecino, lucen imponentes y enormes campos de margaritas. Y me resulta imposible acordarme de mi amiga la birmana.

Pese a su infinita belleza, Mae Hong Son es quizás la provincia más pobre de Tailandia y, para buena parte del país, una región olvidada que luce demasiados tintes birmanos. Los hay que incluso se burlan de que en la capital comarcal no hay McDonald’s ni Starbucks, cuando muchos otros aplaudimos que así sea.

Porque también están los que afirman sin remilgos que Mae Hong Son les parece la zona más bonita de todo el país. Muchos de ellos me han pedido que le dedique unas líneas a las personas más perjudicadas en estos tiempos en esta parte del mundo, que sin duda son algunas de las tribus karen y muchos de los refugiados birmanos que buscan cobijo en Tailandia.

Ciudadanos sin estado abandonados por dos países

Se desconoce de donde procede exactamente la etnia karen -sus orígenes apuntan al Tibet y al desierto del Gobi-, si bien llevan instalados en Birmania. Muchos de ellos se instalaron en Tailandia en el siglo XVIII, en la frontera entre ambos países, aunque en el reino siamés nunca se les concedieron muchos derechos. Se convirtieron en una tribu selvática con algún privilegio -se les permite poseer elefantes- y demasiados prejuicios.

Cuentan con su propio idioma, además de diversas tradiciones culturales y folklóricas. En el mundo se les reconoce por sus pintorescos vestidos y por la tradición de las mujeres jirafa, una costumbre ancestral que el capitalismo y la necesidad convirtió en una turistada para sacar dinero no exenta de cierta polémica.

Mujeres jirafa tailandesas en un poblado enfocado al turismo en Tailandia, cerca de Chiang Mai. Foto: Justin Bidamo (CC).

Tanto en Tailandia como en Birmania, la población karen goza de mejor imagen que, por ejemplo, los rohingya, en parte debido a que la religión no les condiciona en exceso. La mayoría creen en el más allá, pero el budismo e incluso el cristianismo están presente en sus tribus. En Mae Hong Son, además, la industria turística ha hecho mucho dinero explotando algunas de sus aldeas.

Lo dramático de la situación es la perniciosa persecución que sufre la etnia karen en Birmania. Además de cercenar sus derechos y robarles sus hogares, la renovada dictadura militar ha tomado por costumbre bombardear sus aldeas. Un ciudadano karen que ayuda a los refugiados de su etnia que cruzan desde Birmania me cuenta cerca de la frontera tailandesa que si la junta armada de Myanmar sabe de algún rebelde en una zona fronteriza deciden bombardear todo el territorio. Y pocas veces dichas atrocidades llegan a las noticias.

Un evento en Tailandia con mujeres fr etnia karen
Mujeres karen tailandesas. Foto: Phuketian S. (CC).

La alternativa, para muchos de ellos, es convertirse en refugiados en Tailandia. Al fin y al cabo, históricamente las tribus karen nunca se preocuparon de pertenecer a uno u otro país. Su hogar estaba en las selvas que separan Birmania de Siam y cruzaban de uno a otro país ilegalmente por las muchísimas fronteras naturales.

El problema es que las autoridades tailandesas siempre han ninguneado a los karen y hasta se han burlado de ellos, llamándolos birmanos con cierto desdén.

Entre dos tierras y sin arraigo en ninguna de ellas

Si nos fijamos en los números, la población karen es mayoritariamente birmana. Al menos, en lo que a territorio se refiere, ya que se estima que hay alrededor de siete millones de personas en el país controlado por una Junta militar desde el pasado año. El otro gran asentamiento es, claro, Tailandia, aunque no se llegue al medio millón de habitantes repartidos en las zonas fronterizas del país.

Ninguno de ambos países ha querido hacer mucho por esta etnia. Los dictadores militares de Birmania los han esclavizado históricamente en favor de una homogeneidad religiosa y cultural que es imposible en un país tan diverso. Y en Tailandia, cuyos gobiernos conservadores también han sido manipulados a las armas, se les considera ciudadanos de segunda. «Esa gente cerrada de la montaña», gusta decir a los elitistas siameses.

Montañas de Mae Hong Son
Montañas fronterizas entre Mae Hong Son y Myanmar, donde viven muchos refugiados birmanos en suelo tailandés.

Precisamente, cuando el pasado año estalló el golpe de Estado en Myanmar, una delegación del Gobierno tailandés se reunió en Kanchanaburi con representantes karen. La intención era tender puentes y asegurar a los habitantes de las tribus en Tailandia que tendrían todo su apoyo. Pero la comitiva gubernamental se plantó allí con un discurso peyorativo y racista. «¿Queréis que os hable en birmano? Al fin y al cabo sois birmanos, ¿verdad? Si queréis, podéis cruzar al otro lado», se les llegó a decir. No había nada que hacer.

Le comenté aquel suceso a Margarita cuando salió en las noticias. Durante aquellos días ella se acercaba a las protestas frente a la embajada de Myanmar para exigir que se respetase la decisión del pueblo birmano y se reinstaurara el Ejecutivo electo de Aung San Suu Kyi. «Por eso yo digo que, además de tailandesa, soy karen y estoy en contra de los militares de ambos países; entre amigos está bien que me llamen birmana, no me molesta, pero no se lo tolero a los dictadores».

Tailandia es un país acostumbrado a lo heterogéneo, donde las gentes del país aceptan libremente que cualquiera practique la religión que sea. La libertad de elección sexual se respeta en la calle e igualmente la mayoría respeta sin prejuicios a quienes vienen de las tribus de montaña o de las aldeas del noreste. Margarita nunca tuvo problemas para encontrar trabajo en Bangok y se junta con amigos de cualquier lugar.

Monjes budistas compran lotería en la capital de Mae Hong Son.

No es lo mismo cuando se trata de las elites dominantes siamesas o de los gobiernos militares y ultra-conservadores que han dominado siempre el país. Igual que son incapaces de reconocer el matrimonio homosexual o la transexualidad, la estima por las tribus de las montañas es limitada entre quienes mandan. No se les apunta con rifles como en Birmania, pero se les ningunea. Muchos karen, sin documentos, no pueden abandonar sus aldeas. Y el propio primer ministro golpista, Prayuth Chan-ocha, ha criticado a la etnia tribal con lastimosos comentarios racistas. Por suerte, las nuevas generaciones en Tailandia no opinan como él.

Lo que sí le gusta al Gobierno de Tailandia es sacarle tajada a las gentes de las montañas. Muchas de las mujeres jirafa refugiadas que llegaron desde Birmania tuvieron que aceptar convertirse en un reclamo turístico casi propio de un zoo, y no pocas aldeas karen acogen las visitas de los grupos organizados de viajeros de agencia y guía.

Cuando a los refugiados se les apunta con un rifle

Oficialmente, Margarita nunca ha salido de Tailandia. Tiene su carné de identidad y un pasaporte sin sellos. Pero aún demasiados la apodan como la birmana. Ella explica que algo de razón tienen, ya que su infancia la pasó en una aldea junto a un paso fronterizo ilegal y a menudo cruzaba para visitar a familiares o amigos. Era normal para ella, ya que a ambos lados era lo mismo. Los ropajes, la cultura y el idioma.

Desde que el pasado año estallara una desigual guerra encubierta en Myanmar, el número de ciudadanos karen que buscan cobijo en Tailandia se ha disparado. Según Naciones Unidas, hay unos 97.000 refugiados birmanos en el reino siamés, la amplia mayoría de etnia karen, y viven en nueve campos que se extienden por la frontera con el país vecino. Pero el Ejecutivo que lidera Prayuth, golpista también, tiene una idea muy diferente.

El pueblo fronterizo en Mae Hong Son que pasa junto al río Surin-Pai.

Ningún gobierno tailandés firmó el decreto de asilo a refugiados de las Naciones Unidas, por lo que técnicamente en el país no hay refugiados. Aquellos que cruzan huyendo de una guerra son inmigrantes ilegales y, por lo tanto, delincuentes. Pese a que su único delito sea huir de un conflicto armado.

Recorro en moto la zona fronteriza de Mae Hong Son y Birmania. Me topo con lo que antaño fueron poblados turísticos de mujeres jirafa y solo hay carteles desvencijados con los que se recibía a los turistas que ya no vienen, además de unos pocos agricultores. Entro en uno de los campos de refugiados birmanos y me piden que no haga fotos.

Al llegar a la frontera natural de un río secundario, un grupo de militares me recibe de muy malas maneras. Llevan sus ametralladoras colgadas y solo se calman cuando al bajarme de la moto me quito el casco y ven que soy occidental. Me hago pasar por un turista despistado buscando un templo y, entre muy forzadas sonrisas, me dicen que me vaya.

Una pareja de militares tailandeses, en el norte del país. Foto: Willem Proffett (CC).

No hubiera ocurrido lo mismo si llegara del otro lado y fuera birmano. Si bien la mayoría de la población en Tailandia -y ante todo en el norte- es compasiva con sus hermanos birmanos y ven con buenos ojos ofrecer cobijo, el Gobierno militar no lo ve así. Primero de todo, porque entre dictadores se entienden bien y los militares en Tailandia no quieren molestar a la Junta en Myanmar. Y luego importa que los ultra-conservadores siameses ven a los vecinos como un histórico enemigo.

La primavera del pasado año se desveló que lo que el ejército tailandés hacía con los karen que entraban en Tailandia huyendo de la guerra era básicamente invitarles a marcharse. Rifles en mano. El periodista tailandés Kannikar Petchkaew, que vive en la zona, explicó que no se les apuntó con ninguna arma, pero que los de verde les avisaron, mientras acariciaban sus fusiles, que si se quedaban en el país habría consecuencias dañinas para ellos.

Prayuth dijo sin pudor alguno que los karen que buscaban refugio habían decidido volver «voluntariamente» a la zona de guerra.

La labor humanitaria de los tailandeses

Afortunadamente, lo que sí es voluntario es el esfuerzo de innumerables tailandeses en la zona que han decidido echarle un cable a quienes están al otro lado. No solo se trata de los karen establecidos en la zona, sino de muchas personas anónimas que donan comida y recursos a aquellos que se juegan la vida cruzando al otro lado para entregar comida y otros artículos de necesidad.

Todas las semanas, varios coches cruzan fronteras pantanosas ilegales con coches preparados para ir por la jungla. Llevan ayuda a los karen que están en Birmania y no pueden pasar a Tailandia. También a los refugiados se les reparte comida, ya que su única manera de subsistir es con donaciones.

Sin embargo, esa es otra historia que merece mucho más para ser contada. Un relato de héroes anónimos en una zona de guerra que el mundo ha querido dar de lado.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
1400 933 Luis Garrido-Julve
2 comentarios
  • Gracias por este artículo. En junio visito por primera vez Tailandia. Lo de las visitas a las mujeres jirafas no entraba en mi mente, pero me ha llamado la atención algo que dices, que ahora, sin turismo, estos pueblos están abandonados. Y me pregunto, ¿cómo sobreviven? ¿cómo podría ayudar yo, como turista, a estos pueblos, a su supervivencia?

  • Interesante narración . Si la verdad es que los grandes medios , nos aburren , y nos cuentan lo que quieren , todos al unisono , y dejan muchas guerras sin cubrir . Medios para borregos y gente sin opinión.
    Gracias por esta escribir tan interesante historia.

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