Túneles de Vinh Moc, refugio de todo un pueblo durante la guerra

Los estrechos pasillos
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Llevábamos ya algunas semanas de viaje por el norte de Vietnam, habíamos recorrido kilómetros y kilómetros de carretera y empezábamos a hacernos una pequeña idea de lo que es el país y de cómo son sus gentes. Los más de 15 años de conflicto bélico con los Estados Unidos hacen que la palabra Vietnam siga asociándose a otra repulsiva, guerra, y su presente sigue recordando en cada agujero de bomba, en cada museo, monumento o cementerio que no hace ni 50 años que la población vietnamita la sufría. Tan absurda como todas y llevándose por delante la vida de millones de personas fruto de bombardeos indiscriminados y uso de armas químicas, es imposible recorrer el país y no tenerla presente en algunos momentos del viaje.

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Túneles de Vinh Moc

Pese a que habíamos leído, habíamos visto todas las películas habidas y por haber sobre el conflicto, y la guía nos recordaba a cada paso las batallas más sangrientas o los bombardeos con más víctimas, no fue hasta llegar a la zona desmilitarizada cuando empezamos a sentir esa desazón tan característica que te atraviesa el cuerpo al recorrer lugares en los que han ocurrido catástrofes o barbaries.

Zona desmilitarizada DZM
Zona desmilitarizada DMZ

Ya sentimos esa pesadumbre el día anterior cruzando la zona, pero, la visita de la etapa 23 a los túneles de Vinh Moc, prometía remover mucho más nuestro interior y el de cualquiera.

Unos 42 kilómetros separan Dong Ha de los famosos túneles, fáciles de recorrer por una pequeña carretera en la que pudimos apreciar el día a día de los vietnamitas. Niños que como siempre, hacia las once, salían del colegio y conducían su bici en paralelo a nosotros. Motos cargadas de cualquier cosa que se pudiese enganchar de alguna manera a la parte trasera, arrozales que nos hacían sentir realmente como en casa y casi siempre acompañándonos a ambos lados de la carretera las omnipresentes tumbas.

De camino a los túneles
De camino a los túneles

Nos encontrábamos en plena zona desmilitarizada, una franja que se extendía a unos cinco kilómetros a ambos lados del río Ben Hai separando Vietnam del norte de Vietnam del sur. En el cinturón del país se sucedieron algunas de la peores batallas de la guerra y muchos han muerto o resultado heridos en los años posteriores a consecuencia de las minas y restos de artillería que quedaron allí para recordar durante mucho tiempo que las consecuencias de la guerra se pagan hasta muchos años después que ésta haya finalizado.

A día de hoy en la DMZ todavía se pueden visitar algunas bases militares además del cementerio nacional Truong Son. Nosotros sin embargo preferimos ir a visitar los túneles de Vinh Moc, y algo más de una hora más tarde estábamos ya allí.

Entrada a lo túneles de Vinh Moc
Entrada a lo túneles de Vinh Moc

En la entrada del lugar hay poco más que una de las doce puertas de acceso a los pasadizos subterráneos y un montón de mujeres que quieren venderte algún refresco o botella de agua. Lo primero que hicimos una vez allí fue acercarnos al pequeño museo para ir entrando en materia y con una serie de fotos y un montón de bombas en la entrada nos empezamos a hacer a la idea de lo que nos íbamos a encontrar.

Bombas
Bombas

Antes de la guerra, Vinh Moc era un humilde pueblo de campesinos y pescadores que, una vez iniciado el conflicto, se vio situado en una de las zonas más malparadas de todo el país, al norte del río Ben Hai, dentro de la zona desmilitarizada.

Los soldados estadounidenses quisieron obligarles a dejar su hogar y machacaron la zona al sospechar que los habitantes suministraban alimentos y armas a los soldados del vietcong que se escondían en la isla Con Co, justo enfrente de la localidad. Los vecinos de la aldea, sin otro lugar al que acudir, decidieron quedarse y construir un refugio que les protegiese de los constantes bombardeos, y fue entonces cuando nació la idea de crear una red de túneles ocultos en las entrañas de una colina tal y como se había hecho ya cerca de Saigón con los famosos túneles de Cu Chi. Se empezaron a excavar los pasillos que terminaron siendo de más de dos kilómetros en tres distintos niveles con habitáculos para sus habitantes y el sistema se perfeccionó tanto que se llegaron a crear salas de maternidad o de reuniones. Este laberinto amparó y fue la salvación de 62 familias, unas 300 personas que siguieron haciendo vida lo más normal posible e incluso aumentaron de número, pues llegaron a nacer allí abajo hasta 17 niños.

Estábamos a punto de abandonar el museo en dirección a una de las puertas que nos llevarían a los pasadizos cuando de repente, un hombrecillo que no llegaría a medir metro y medio, se interpuso en nuestro camino y se presentó como uno de los niños que nacieron allí abajo. Al principio no hicimos mucho caso a lo que nos estaba diciendo, pero su insistencia y la constante señalización de una de las fotos repitiendo una y mil veces que ese era él, nos hicieron dudar. Fuera verdad o mintiese el caso es que lo que no supimos fue decirle que no a su propuesta de guiarnos por los túneles, pues antes de que nos diese tiempo a decir algo el hombre ya salía y nos invitaba a seguirle.

El hombrecillo del museo
El hombrecillo del museo

El hombre P o hombrecillo, del que no supimos adivinar el nombre ni nada de lo que decía, pues tenía algún tipo de retraso mental y solamente se comunicaba con nosotros con gritos, onomatopeyas y golpes en el pecho cada vez que nos quería recordar que él había nacido allí, empezó a andar deprisa y bajo las escaleras del primer agujero que vio. Tan solo se giró una vez para señalar el techo queriendo advertirnos que estaba bajito, sin embargo no reparó en que nosotros medíamos más de 20 centímetros que él y que no podíamos seguir su velocidad de vértigo por los diminutos pasillos, y durante los 20 minutos que debimos estar por allí dentro el hombre no disminuyó la velocidad.

Una de las entradas a los túneles
Una de las entradas a los túneles

La claustrofobia de los primeros minutos se fue amortiguando poco a poco, al ritmo que nuestros ojos se acostumbraban a la poca luz de los farolillos que habían puesto. El diámetro de los pasillos era poco más que justo para recorrerlos y tan solo se ensanchaba cuando llegábamos a alguna de las salas de reuniones. A ambos lados de los pasadizos, de vez en cuando, aparecía una pequeña cueva/habitáculo donde unos muñecos representaban cómo era la vida de las personas que lo habitaban.

Los estrechos pasillos
Los estrechos pasillos
Sala de maternidad
Sala de maternidad

Cuando el hombre P decidía que ya habíamos estado demasiados segundos mirando algo daba una fuerte palmada y nos hacía un gesto brusco para que siguiéramos detrás de él. Por suerte, a la cuarta palmada que pegó yo ya no me sobresalté, pues tenía el corazón en un puño solamente de imaginar la vida en aquella maraña de túneles de arcilla. Pese a que el lugar resistió hasta el final, y sus habitantes sobrevivieron, no quise ni pensar como debía ser estar allí dentro mientras se escuchaba explotar la bombas a unos cuantos metros sobre la cabeza y temiendo que todo aquello se derrumbara enterrando a toda la gente a la que alojaba. Tan solo imaginarlo era estremecedor.

Recorrimos un último pasillo y salimos por una de las puertas que daban al mar de China para coger un poco de aire, y un par de minutos más tarde volver al interior y volver a cruzar los pasillo saliendo por otra puerta distinta.

Salimos por otra puerta
Salimos por otra puerta
Toni en el interior
Toni en el interior
Salimos por otra de las 12 puertas de acceso
Salimos por otra de las 12 puertas de acceso

Una vez en el exterior, y después de haberle dado una propina al hombre P que por su semblante diría que no le pareció suficiente, volvimos hasta la entrada cruzando otra vez una zona en la que se podía ver la huellas de la guerra como el agujero de algunas bombas o algunas trinchera algo reformadas para el turismo.

Antiguas trincheras
Antiguas trincheras

De vuelta a Dong Ha decidimos ir por la nacional 1 en vez de por la carretera más cerca del mar, así podríamos aprovechar que no llovía para parar a ver el monumento que simboliza la reunificación del país justo antes de cruzar el río Ben Hai. El museo de la guerra que hay justo en frente consiguió rematar la sensación de angustia, pena y coraje que ya nos acompañaba desde hacía rato y para ponerla guinda del cúmulo de sensaciones solo nos faltó cruzar andando el antiguo puente Hien Luong que atraviesa el río Ben Hai.

Monumento en el centro de Vietnam
Monumento en el centro de Vietnam
En el interior del museo
En el interior del museo
El puente Hien Luong
El puente Hien Luong

Datos prácticos

  • Desde Dong Ha hay 42 km hasta los túneles
  • En moto se tarda 1h 15 min
  • Precio de la entrada: 20.000 dongs

Nuestra ruta en wikiloc:

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