Vietnam es el país en el sureste asiático que más crece a nivel viajero. Ya no se trata de aquel destino llamativo ante todo por la guerra que hemos visto en las películas: los lugares que ver en Vietnam van hoy mucho más allá. Pero el Vietnam más verdadero quizás lo encontremos en Hanói, en la capital del país. Con su caos y su ambiente de pueblo grande. Una ciudad que rezuma autenticidad por todos sus lados.

Hanói es un laberinto de calles con fachadas desconchadas y aceras tomadas por las motos. Enjambres de cables de alta tensión y humo, mucho humo. Ya sea por la marabunta de motos que no dejan de pitar como por el carbón de los puestos callejeros. Esos con sillitas diminutas donde al sentarse uno queda acuclillado. La capital vietnamita es un espectáculo que da igual donde te acomodes. Te sentirás como si estuvieses dentro de un teatro.
La capital vietnamita es casi una ciudad del pasado. En plena vorágine capitalista y global, Vietnam está subiendo como la espuma a nivel económico. Ya fabrica mejor que Tailandia y se codea con Japón y Corea para atraer sus inversiones. En otro país, esto habría convertido a su capital en una megalópolis. Afortunadamente, en Hanói no ha sido así.

Porque Vietnam supo convertir al sur en su punta de lanza económica, y así la antigua Saigón se volvió un titán de acero y opulencia internacional. Y así Hanói quedó como un símbolo que respeta a su pasado. Eso vuelve a la ciudad mucho más interesante.
La bella complejidad de Hanói es palpable al entender cómo ha encajado su historia sin destruir el pasado. Aunque lo haya tenido que transformar. En el pasado fue una urbe imperial, pero la gran transformación fue durante la ocupación francesa. Tras la guerra contra Estados Unidos, Hanói quedó como capital del país reunificado y mantuvo su idiosincrasia de aquella manera.

Porque la ciudad mutó para convertirse en la capital del país comunista. Al no haber suficiente espacio, los ciudadanos ampliaban los edificios quitándole espacio a las aceras. Y eso creó una forma muy particular de entender Hanói a nivel urbanístico: el espacio para los peatones se hizo minúsculo. A día de hoy, las aceras sirven para dejar las motos. Y lo común es caminar compartiendo espacio con el tráfico.

Dicho de esta forma parece que todo pueda ser caótico, pero hay un claro orden en ello. Incluso al tener en cuenta que en Hanói hay amplias avenidas y luego callejones estrechos en forma de laberinto. La algarabía es tremenda, pero en todo rincón hay cierta paz pese al ruido. Esa es la paradoja de Hanói. Todo resulta caótico, pero está ordenado.
Los vietnamitas de Hanói viven con alegría el caos de su ciudad sobre todo al aire libre. Porque gracias a un clima llevadero con sus cuatro estaciones, la capital del país es muy de estar en la calle. Y eso se ve en su distrito antiguo, el comúnmente conocido como Old Quarter. Sin duda, el corazón de la ciudad.

Se denomina antiguo a este barrio porque tiene más de 700 años de historia. En sus orígenes, se trataba de 36 calles destinadas a diferentes oficios. Al estar pensado el barrio para el comercio a pie, las calles son muy estrechas y las casas tienen un estilo llamado “vivienda tubo”. Porque son muy estrechas y muy altas, ya que los impuestos del pasado se pagaban por metros de acera.
Perderse en el Old Quarter es una experiencia sublime. Hay que sortear el tráfico, a la gente, las aglomeraciones y a los patios que se van abriendo. Las motos están en las aceras aparcadas, hay barbacoas en cualquier lugar. Puestos de cerveza barata y gente haciendo vida en un bordillo de cualquier calle.

La paradoja urbanística de Hanói se encuentra al salir del antiguo distrito del Old Quarter y toparse con el barrio francés. Avenidas enormes, un lago despampanante, jardines y muchísima vida de calle.

A través de sus arboledas se alza la Ópera de Hanói, con reminiscencias parisinas del Palais Garnier. Y también arquitectura neogótica, como la Catedral de San José.
El aire diferente de Hanói y su particular ambiente son gracias a cómo ha asumido la ciudad todos esos siglos de historia y los ha hecho suyos. La capital vietnamita respeta su pasado, pero lo pasó por un filtro diferente: el de las políticas socialistas de una nación a veces olvidada que, en muchos aspectos, dio con la tecla.

Los recién llegados se fijan siempre en los llamativos símbolos propagandísticos. Las banderas comunistas, las fotos del líder Ho Chi Minh o el arte proletario. Pero hay mucho más que ver en Hanói: la anarquía ordenada de unas calles que supieron fusionar su manera de ser con lo antiguo, y también el estilo vietnamita.
En Hanói la cultura popular aún está viva. Mucha gente viste con ropajes tradicionales no por postureo, sino por tradición. Y las marcas internacionales no están tan presentes. Las cafeterías son muy del lugar, y a veces revolucionarias. No hay casi comida basura. Es más, el McDonald’s del barrio francés tardó mucho en llegar. Ciertamente, la comida tradicional lidera todo.

El mausoleo de Ho Chi Minh es quizás el edificio más representativo de su era moderna. Pero en realidad el lago Hoan Kiem es su epicentro. A primera hora de la mañana, antes de que despunte el sol, las orillas se llenan de gentes practicando Tai Chi o bádminton. Incluso bailes de salón.

A los turistas, en cambio, les fascina aún más la calle del tren. Muy al estilo del sureste asiático, las gentes de Hanói hicieron vida frente a las vías férreas. Así hay varios tramos que cruzan la ciudad donde es posible sentarse en una terraza a ver el paso de los trenes. Algunos son lugares brutalmente turísticos. Pero otros son desconocidos para las masas. Y muy de Hanói.

Además, Hanói es una ciudad intelectual. Una capital donde la cultura y las artes se popularizaron para frenar el impulso capitalista del mundo global. Las ferias de libros aún son constantes, los museos antropológicos se visitan constantemente. Incluso hay un templo de la Literatura de origen confucianista.
Vietnam es un país bastante callejero, pero eso es mucho más evidente en Hanói. Aquí los mastodónticos espacios comerciales de lujo de Saigón son inexistentes. A los locales del norte les encanta sentarse en sus diminutas sillas al aire libre. Y a nosotros nos encanta.

Salir a pasear por el barrio francés, disfrutar de las vistas del lago Hoan Kiem, y luego adentrarse en el distrito antiguo. Buscar un local con buena comida al aire libre, o simplemente comprar un bocadillo vietnamita en la calle, los míticos bánh mì, que aquí cuestan menos de un euro.
Lo de tomar cerveza en Hanói también es algo que requiere su mención especial. Con eso de popularizar la diversión, los gobiernos socialistas pusieron de moda lo que se llama bia hơi. Espacios al aire libre donde beber birra muy ligera, de entre dos y tres grados, elaborada diariamente de manera casera y sin conservantes. ¿El precio? Miserablemente barata.

Si vas a un bia hơi en un lugar turístico, quizás todo sea un pelín más aséptico y la cerveza cuesta 30 centavos de dólar. O quizás algo más. Pero puedes encontrar otros lugares en mitad de cualquier esquina, con cerveza a diez céntimos y un ambiente insuperable.
Para comer, eso sí, uno no puede olvidarse del bún chả. Mientras que en el sur es más común la sopa phở, en el norte lo que es religión es el bún chả. Un plato para compartir y disfrutar elaborado con vegetales y proteínas marinadas que se asan sobre ascuas de carbón en la propia calle. Se acompaña de fideos de arroz y una montaña de hierbas frescas, y es ideal para compartir. Algo muy de Hanói.
Hanói es una ciudad muy divertida. De esas que uno quizás puede disfrutar mucho más caminando. Por eso, el transporte ideal siempre que sea posible son las piernas. Porque la capital vietnamita va mostrando mucho más cuando vas a pie entrando en sus callejones.

No en vano, Hanói es la ciudad de los ngõ, que es como llaman los locales a los estrechos callejones de la capital. Todo ese amasijo de callecitas que salen de las grandes avenidas. Allí aparecen mercados improvisados o templos con incienso. También patios familiares y es posible ver a la gente haciendo sus quehaceres.

Eso sí, para caminar hay que tener en cuenta que debes compartir camino con el tráfico de la ciudad. El enjambre de motos es algo con lo que hay que aprender a convivir, y cruzar la calle es un acto de fe. Simplemente uno se lanza a la aventura y cruza manteniendo ritmo, el tráfico se adapta a ti. No hay más. Y al estar las aceras ocupadas por las motos, pues hay que acostumbrarse a convivir con los vehículos de dos ruedas.

El ruido es el otro gran compañero de viaje. Hay cláxones de motos constantemente, ya que los vietnamitas no pitan por emergencia, sino por costumbre. Eso hace que los comercios usen megáfonos para sonar más fuerte que los vehículos. Y al final los transeúntes gritan más por ello. Pero todo esto hace de Hanói una ciudad más auténtica. La verdadera capital del norte y de todo el país.
Me gustaría algunas recomendaciones para mochilero de 76 años viajando solo a Vietnam el 14/05/2023 si es posible con una guía femenina idioma español