La crónica cósmica. Estambul, ciudad de la que me enamoré

Al leer el reportaje acerca de Capadocia que escribió Carme en este mismo blog recordé cuando estuve allí, en el primer viaje a Turquía. Era también otoño y hacía mucho frío porque había nevado en las altas montañas de los alrededores. Empeorando las cosas, no dejaba de llover. Pero gracias a esas malas condiciones climatológicas, yo era el único visitante de tan insólitos lugares como las ciudades subterráneas de Derinkuyu, Kaymakli y Özkonak, en las que permanecí varias horas en absoluta soledad sintiéndome un poco como los antiguos habitantes que las excavaron y construyeron.

Llegué a Capadocia en otoño porque me había quedado sin dinero en Estambul, ciudad de la que me enamoré y me pateé de arriba abajo durante el mes y medio que permanecí en ella mientras esperaba recibir un giro desde mi pueblo. Valga aclarar que tal retraso fue culpa mía, y no de los bancos, porque aun era un trotamundos novato e iba perdido en muchos aspectos. Para que os hagáis una acuarela mental más completa os aclararé que nos hallábamos en 1984 y que yo tenía treinta y tres años, edad en la que se me cruzaron los cables (en el mejor sentido) y decidí cambiar de vida. Entre otras razones, para no terminar criando malvas antes de tiempo, como les sucedió a algunos amigos que compartieron conmigo el desenfreno del último año que pasé en mi pueblo. Sí, me fui para sobrevivir, pero también para vivir realmente, y nunca me he arrepentido de haber dado ese paso.

Aquel fue mi primer viaje largo, cinco meses, y alucinaba continuamente como un crío pequeño ante todo lo que veía y descubría. Partí de Barcelona en tren y fui primero a Roma. Desde allí, y también sobre los raíles, me dirigí a Bríndisi, en la región italiana de Apulia, donde tomé un barco hacia Corfú. A esta isla la siguieron otros lugares interesantes de Grecia: Atenas, Mikonos, Nafplio y Olimpia en el Peloponeso, y después, al norte, la increíble Meteora, donde conocí a una simpática pareja italiana que me llevó en su coche a Salónica.

En Estambul me hospedé en el dormitorio de una pensión desde el que se veían las cúpulas de “Aya Sofia”, templo que quedaba justo al lado y permanecía iluminado toda la noche para regocijo de las docenas de gaviotas que anidaban en sus tejados. Durante las semanas que permanecí en aquella pensión conocí a varios personajes raros, como un austríaco que se pagaba los gastos haciendo de conejillo de indias para algunos laboratorios farmacéuticos, y una holandesa que era sonámbula y recorría el dormitorio metiéndose en todos los rincones a oscuras sin tropezar ni una vez.

Yo, por las mañanas, iba a una cafetería que quedaba frente a la “Mezquita Azul” llevando conmigo dos blocs; en uno escribía mi diario de viajero novato y en el otro, mi primera novela. Ésta tenía una trama apocalíptica y empezaba cuando el personaje central, que casi era el único y provenía de Mallorca, una mañana al despertar en Estambul descubría que la humanidad en peso había fallecido. Al ver que había cadáveres por todas partes, llegaba a la conclusión que sería mejor partir cuanto antes de aquella gran ciudad y tratar de regresar a casa. Pero de camino liberaba a cuantos animales hallaba, ya fuese en los zoos o las granjas.

Durante aquel mes y medio, dedicaba las tardes a explorar Estambul. Metiéndome por las empinadas callejuelas del Barrio de Gálata, llegué a un edificio, que ya podría haber estado allí en los tiempos de las cruzadas, en el que se encontraba el “Centro Cultural Español”. Allí fui recibido con los brazos abiertos por tres amables funcionarios: me invitaron a cenar varias veces, me prestaron libros y me indicaron algunos rincones de la ciudad que no debería perderme. Otro encuentro interesante fue la comunidad sefardita, gente amante de la cultura que fueron expulsados de Castilla por los Reyes Católicos y que continuaba hablando el castellano del medievo de sus ancestros. Visité su sinagoga y charlé con varios ancianos que pocos meses más tarde fueron masacrados por unos terroristas palestinos.

También recorrí varias veces el Estrecho de Bósforo en barco hasta el Mar Negro, excursión que valía la pena aunque solamente fuese para admirar las delicadas villas de madera que había en sus orillas. Al anochecer iba a una hammam antigua, sencilla y barata en la que, tras sudar a gusto, me acostaba en una cabina donde, envuelto como una momia con las toallas que me habría puesto un hombre, que hacía exclusivamente esto, me servirían un té y fumaría un cigarrillo. Oportuna y ágilmente, el hombre me quitaba la toalla húmeda con la que me cubría el trasero y la cambiaba por una seca, luego me cubría los hombros con otra, y una tercera iba a parar a mi cabeza. Valga aclarar que los hombres nunca iban en pelotas; caso contrario al de las mujeres, que sí lo hacían sin el menor recato cuando la hammam les pertenecía en exclusiva: me lo contó una trotamundos australiana a la que le había gustado mucho contemplar desnudas a cinco generaciones de la misma familia.

Volviendo al principio de esta crónica y a Capadocia, el frío me animó a partir rápidamente hacia el sur, hacia Siria, en cuya frontera volví a alucinar a gusto: primero recorriendo en un jeep sus siete kilómetros de desértica tierra de nadie, sembrada de alambradas; después al entrar en las abarrotadas aduanas en las que vociferaban cientos de árabes, entre los que me fui colando hasta llegar al mostrador, donde un funcionario que vestía una túnica y llevaba un turbante en la cabeza, al ver mi pasaporte español exclamó alegremente, “¡Hermano!”, y me lo selló inmediatamente sin hacerme esperar ni un minuto junto a aquella multitud que aguardaba desde hacía horas.

Caso parecido es el de una auto-caravana con matricula alemana que vi al salir afuera: en su interior, un hombre de unos cuarenta años que mataba el tiempo con un libro en las manos, me dijo que ya llevaba allí desde la mañana. Como si yo le hubiese traído suerte, en ese momento apareció un soldado sirio y le comunicó que ya podía seguir su camino. El alemán me explicó que se dirigía a Alepo y me invitó a ir con él. Mejor imposible, pues, allí en medio del desierto, no habría hallado ningún otro medio de transporte.

La antiquísima ciudad de Alepo me sedujo en cuanto me adentré en su gran bazar cubierto, denominado “Zoco-Al-Medina”, en el que era difícil adivinar en qué milenio me hallaba. Rozando ya la perfección, y aparte de que no había un solo turista, mi aspecto físico era parecido al de muchos sirios y pasaba tan desapercibido que incluso me hablaban en árabe. Me hospedé en un hotel islámico muy barato en el que compartía el dormitorio con cuatro árabes, de lo más auténtico, que vestían túnicas, llevaban turbantes, preparaban té en un hornillo y fumaban cigarrillos sin parar. Cuando eché una mirada a las sábanas no tuve la menor duda que no habrían sido lavadas desde hacía una eternidad. Al atardecer, uno de mis vecinos de cama, me preguntó mímicamente si me apetecía dar un paseo. Yo respondí que sí, como hago casi siempre en ese tipo de ocasiones.

En cuanto salimos a la calle, me metió en un taxi compartido, en el que había siete personas más, con el que cruzamos toda la ciudad hasta llegar a un solitario barrio de las afueras, mínimamente iluminado, en el que todos los edificios eran de una sola planta. Tras andar unos minutos sin ver una sola alma ni vehículo alguno, entramos en un callejón. Al poco mi guía llamó a la puerta de una casa y, a continuación, desapareció dejándome solo y asombrado. Unos instantes después se abrió la puerta y ante mí apareció un sirio que no mediría menos de metros noventa y me preguntaba con mucha seriedad qué buscaba yo allí. Le respondí en catalán que no tenía ni la menor idea. Todo se aclaró cuando escuché a mis espaldas la risa de mi guía, quien era un buen amigo de aquel gigante y había querido gastarle una broma.

Ya dentro de la casa, sentados sobre almohadones y colchones que cubrían el suelo del salón, fui agasajado con la inestimable hospitalidad musulmana, que se alargó toda la noche e incluyó visitar a otro amigo del barrio al que hicieron la misma broma de llamar a su puerta y desparecer a continuación dejándome solo. Al fin nos quedamos a dormir en la primera casa y, al despertar por la mañana, encontré frente a mí un espectacular desayuno que incluía queso fresco, berenjenas asadas, ensalada de tomate, aceitunas, granada desgranada, pan de pita y una humeante tetera. Me enamoré de Alepo y de sus gentes, y si no me quedé más tiempo fue por culpa de un chico desquiciado que trabajaba en el hotel islámico y se enamoró de tal manera de mí que incluso me perseguía por la calle, obligándome a esconderme en algún portal para despistarle. ¡Ja!

Mi siguiente destino fue la histórica población grecorromana de Palmira, que se halla en un oasis del desierto. De camino hacia allí en un autobús pasamos por varios controles policiales (Siria tenía siete cuerpos de policía distintos). También nos cruzamos con algunos convoyes militares en los que no faltaban tanques y cañones. Las preciosas ruinas de aquella población varias veces milenaria contrastaban con la fealdad del pueblo moderno que había crecido junto a ellas. Además, aquéllas estaban tan bien conservadas que invitaban a imaginar cómo habría sido vivir allí. El oasis, igual que todos los oasis, era un milagro de la naturaleza. Me hospedé en la casa de una familia tunecina y, aprovechando que había luna llena, por la noche salí a pasear por el desierto con el hijo mayor. Se llamaba Mustafá, y me guió hasta el antiguo fuerte árabe que se hallaba en la cumbre de una colina cercana. Al enterarme estos últimos años de las barbaridades que llevaron a cabo en Palmira los esbirros del ISIS, pensé en Mustafá y su hospitalaria familia. Bueno, en realidad he recordado muchas veces con pena a todos los amables sirios que conocí, primero en Alepo y después de Palmira, al seguir mi viaje, en Homs y Damasco. También pensé en esas tres preciosas e históricas ciudades que la guerra civil ha destruido.

Caray, como ha cundido esta parte de aquel primer viaje largo, y en vista de que todavía me queda mucho por contar, dejaré el resto para la próxima crónica.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Os recomiendo leer el interesante artículo que Luís Garrido-Julve publicó en este mismo blog con el título “Los polis también lloran: Tailandia se harta de pagar mordidas”. Los amantes de los animales no dejéis de ver el vídeo que aparece casi al final, en el que un buen policía detiene el tráfico de una transitada avenida para dejar cruzar a dos perros callejeros.
  • En la crónica cósmica de hace un par de semanas aparecía un personaje de la Taberna Galáctica que me recomendaba llevar una piedra de malaquita conmigo para ahuyentar a los policías. Y el segundo de mis hermanos, que es un estudioso compulsivo y siempre me pasa alguna información interesante, me mandó la siguiente nota: “La malaquita es una importante piedra protectora ya que absorbe de una forma muy fácil las energías negativas del cuerpo. Limpia y activa los chacras. Puesta sobre el tercer ojo activa la visualización y la visión psíquica y, puesta sobre el corazón, aporta equilibrio y armonía”.
  • La trama de la novela que estoy escribiendo ahora, “Viudas”, transcurre en gran parte en la isla de Formentera, a la que han llegado doce viudas desde distintas partes del mundo después de haber escuchado la canción “Formentera Lady” del grupo “King Crimson”. Y anteayer, al mirar la simpática película española que tiene ese mismo título, el ocio de la tarde se juntó indirectamente con mi actividad literaria de la mañana alimentando mis recuerdos de esa maravillosa isla. Gracias a la película, también me enteré de que en el pueblo de Sant Ferran hay una calle dedicada a “King Crimson”. “Formentera Lady, sing a song for me…”.
  • Soy un hombre extremadamente fiel… a mí mismo.
  • ¿Es Julian Assange un mártir de la libertad de expresión?
  • He evolucionado mucho y ahora ya no crítico a los demás por no ser perfectos como yo.
  • Había unos esclavos que en vez de latigazos recibían un salario.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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