La crónica cósmica. No apto para corazones sensibles

La crónica cósmica. No apto para corazones sensibles
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DE LA SABANA AL DESIERTO PASANDO POR LA JUNGLA DE CEMENTO. Pensé en este título al regresar a Delhi después de pasearme por las inmensas llanuras del Masai Mara National Park de Kenia, donde el aire era limpio y no había ni un alma (suponiendo que los animales no la tengan como aseguran la mayoría de las religiones a excepción de la Jain), y hallarme entre las multitudinarias masas de gente de Paharganj (donde había más humo que oxígeno y los mocos que salían de mi nariz eran de color negro).

Este barrio de la capital india me recordó a Chittagong, la ciudad de Bangladesh donde experimenté por primera vez lo que significaba la sobrepoblación.  Me quedé un par de días en Delhi para recuperarme de la resaca del viaje y del cambio de horarios (¡Maldita vejez!).

Mientras hacía unas compras, atrajo mi atención el anuncio de una película titulada Paharganj, The Little Amsterdam, en el que se veía a una mujer occidental que iba desnuda por la calle y se cubría con un cartel en el que constaba: “Laura Costa, Spain” y “Where is my Robert?”: locuras indias.

Fui de mañanita (abren a las 6 h.) a la oficina para turistas que hay en la estación central de los ferrocarriles con el fin de conseguir las reservas de tres trayectos de tren en los que planeaba viajar los próximos meses. El primero de ellos partía al día siguiente de Old Delhi y, sabiendo que la incertidumbre forma parte inherente de la India, me presenté en la estación con suficiente antelación. Frente a ella había una cola kilométrica de pasajeros que aguardaban ser cacheados por la policía, viéndose obligados a pasar su equipaje por una máquina de rayos equis. Como sería de esperar en este caótico país, a pocos metros había otra entrada solitaria que no usaba nadie por la que yo me colé sin el menor problema.

Mientras esperaba mi tren en el andén número 9 se me enrolló un joven universitario con el que estuve jugando al pingpong dialéctico. Él era un seguidor incondicional del partido hinduista BJP que gobierna actualmente el país. Me aseguró que la India nunca había tenido un líder tan bueno como el señor Modi, el Primer Ministro. Aunque afirmó que el Indostán no dejaba de mejorar, lo hizo de forma abstracta, y le desarmé fácilmente con unos datos y unas noticias que él desconocía.

Me recordó a unos paquistaníes que conocí en la isla malaya de Pinang, quienes después de contarme maravillas del Pakistán, quisieron apalearme cuando les hablé de los atentados terroristas y el descontrol general que reinaba allí. Igual que aquellos papanatas, el chico del BJP sufría la ceguera de los seguidores devotos, que no cuestionan las acciones de sus líderes: el amor es ciego, ¿verdad?

Al enterarse de que yo era aficionado a juntar palabras, quiso echarle una mirada a la Crónica Cósmica que los amigos valencianos publican en conmochila.com (gracias a Google, lo pudo hacer en indostaní y en escritura india), y le dejé a solas temiendo que leyese alguna de mis negativas opiniones acerca del BJP.

El tren partió insólitamente a la hora prevista, las cinco y media de la tarde. Yo viajaba en la clase 3 A/C; categoría que cuando fue creada hace una década era considerada bastante lujosa (la litera incluye sábanas, almohada y una manta), pero, debido a que los indios todavía no han aprendido lo que es la conservación, ahora los vagones ya dan pena.

Durante la hora que tardamos en salir definitivamente de Delhi, parando en sus distintas estaciones, estuvimos recorriendo los barrios de chabolas que han nacido junto a las vías como si quisiesen mostrarnos la miseria que convive con la creciente riqueza del país; no me perdí detalle de la película india que nunca me canso de mirar.

La comida que sirven en los trenes indios siempre me ha parecido deliciosa, y en esa ocasión también fue así. Después, ya, un bidi y a la cama.

A las cinco de la madrugada, y en la estación de Jodhpur, limpiaron los baños; y yo, tras beber un chai en el andén, los pude usar a gusto fumándome un bidi mientras el resto de los pasajeros seguían roncando. Luego me senté frente a la ventanilla para ver como amanecía en el Desierto de Thar que ocupa la mayor parte del Rajastán y hace frontera con Pakistán.

Aquí van unas imágenes para vuestra imaginación. Una laguna encerrada entre dunas. Una manada de camellos salvajes en la que había uno negro. Otra de corpulentos nilkanths, también llamados toros azules. Una veintena de pavos reales. Los demás pasajeros se perdieron tales maravillas, no obstante, se amorraron sin excepción a sus teléfonos en cuanto despertaron.

El final de aquel trayecto de 921 kilómetros, que tardamos dieciocho horas en recorrer, era la ciudad fortificada de Jaisalmer: una auténtica obra de arte arquitectónica que se levanta en un altiplano en medio del desierto. Yo había estado en ella un par de veces, aun así me emocioné al ver de lejos sus murallas onduladas de arenisca (sandstone) que al atardecer adquieren el color dorado.

Lo mejor de Jaisalmer está en que no se trata simplemente de un monumento histórico que se venga paulatinamente abajo debido al transcurso del tiempo, pues actualmente se sigue construyendo exactamente igual: cincelando delicadamente la piedra de arenisca. Aquí, más que nunca, es imprescindible que cedamos el paso a las imágenes, y que miréis las fotos que hay en conmochila.com porque las palabras no serían capaces de describiros cómo es Jaisalmer.

Después de andar un poco por sus callejuelas, decidí hospedarme en la pensión Mud Mirror, desde cuya azotea, con unas vistas de casi 360º, contemplo el desierto al atardecer bebiendo una (o dos…) cervezas Kingfisher. Desde esa atalaya, y mientras aparecía en escena la Luna llena el día de mi llegada, me sorprendió y alegró ver por la parte oriental una treintena de molinos de viento gigantes de las compañías eléctricas; no sería hasta la mañana siguiente cuando descubriese que los había a cientos en todas las direcciones, dándome la impresión de un espejismo.

Igual que sucede con otros sitios especiales (como las Pirámides de Guiza, Machu Pichu, Venecia o Malaca), Jaisalmer recibe un constante flujo de turistas (indios y extranjeros) que durante el día la abarrotan y visitan en un santiamén; razón por la que yo sólo me paseo por ella de madrugada, circunvalando sus murallas acompañado por una docena de simpáticos perros a los que no asustan mis cantos. Luego voy a un templo de aspecto milenario a desearle los buenos días al Dios Shiva. Termino esa ceremonia matinal tomando un chai junto a cuatro madrugadores en la plazoleta que hay frente al Palacio del Rajá y me retiro a escribir en “mis aposentos” (en realidad la habitación más pequeña y barata de la pensión) antes de que llegue la marabunta turística.

El único inconveniente de Jaisalmer son sus precios, que en muchos casos triplican de largo a los del resto del país.

En esta población perdida en el tiempo, el atronador estruendo de los cazas MIG de la Armada India, que patrullan la frontera paquistaní, se encarga de recordarme diariamente que nos hallamos en el Siglo XXI. Cada vez que esas mortíferas máquinas cruzan el cielo, los perros los insultan con sus ladridos. Igual que me sucede con la risa de los niños, siempre sonrío al oír ladrar a los perros callejeros (los otros no saben hablar). Ya que menciono a mis amigos los perros, ¿habéis leído Tombuctu de Paul Auster?

TALIBANIA (no apto para corazones sensibles)

  • Una chica nepalesa de dieciséis años acuchilló y mató a su vecina “bruja” acusándola de la enfermedad que padecía su madre.
  • En una aldea de Bengala lincharon a una “bruja” y apalearon a otras cuatro porque una chamana las culpó de enfermar a varios vecinos. Una multitud evitó la intervención de la policía.
  • En otro pueblo de la India, tres hombres entraron en una casa y asesinaron a una pobre mujer de cincuenta y dos años acusándola de la fiebre que sufría un niño.
  • Entre los años 2001 y 2016 fueron linchas 523 “brujas” en el estado indio de Jharkhand, 465 lo hicieron en Odisha, 392 en Andhra Pradesh, 274 en Madhya Pradesh y 213 en Haryana. En esa horripilante estadística no se mencionan los estados orientales de la India en los que precisamente se dan más casos parecidos.
  • En una aldea de Chitwán un chamán de setenta y cinco años violó a una cría de quince años para exorcizarla.
  • Un supuesto gurú occidental que corría por Rishikesh hace años, abría las chacras de sus seguidoras follándoselas.
  • Por si dudáis de que Talibania se halla en todos lados, recordad que hace poco un andaluz violó a su hijo de diecinueve meses: ¡¿Qué carajo le está pasando al macho humano?!
  • No olvidéis tampoco que el ejército de Myanmar mantiene a los rohignas (la etnia musulmana de ese país) en unas reservas parecidas a las que el gobierno norteamericano encerró a los apaches y demás tribus, y que disparan sobre cualquiera que intente liberarlos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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