La crónica cósmica. Protocolo del gilipollas

La crónica cósmica. Protocolo del gilipollas
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En esta extraña época que vivimos se ha acrecentado en mí la sensación que ya tenía habitualmente en Chitwán: la de hallarme en otro mundo. A veces también me parece que ha estallado la Tercera Guerra Mundial y yo estoy en un diminuto reducto que, por ahora, permanezca neutral.

Si tenéis la santa paciencia de leer estas crónicas todas las semanas ya sabréis a qué me refiero con lo de “otro mundo”; pero, de todos modos, aquí van unos datos de nuestra vida doméstica.

Gracias a que mi eficiente “camello” se saltó el bloqueo circulando con su moto por embarrados caminos forestales, sigo fumando un costo de primera (tampoco ha fallado hasta ahora el servicio de bidis y ron). El barro se debía a las aparatosas tormentas que nos cayeron cinco tardes seguidas, haciéndonos creer que ya hubieran llegado los monzones. Los rayos continuados parecían flashes de una discoteca, y los truenos, cañonazos de una batalla campal. Para que no faltase nada, también hubo un par de granizadas que cubrieron el suelo de hielo refrescando agradablemente las bochornosas temperaturas. Una de esas tormentas me cogió mientras iba de camino a la casa del Señor Tolstoi, quien me había invitado a cenar para celebrar el Domingo de Pascua, y busqué refugio en el porche de una cabaña de adobe: tras aguardar una hora sin que dejase de diluviar, regresé a la mía completamente calado.

Mi dietética actual incluye alimentos tan insólitos como las gambas y las almejas de río, así como una verdura silvestre que desconocía y que solamente se encuentra en la jungla. Al permanecer cerradas las tiendas o estar faltadas de suministros, las mamás de Sauraha completan el “dal bhat” que come su familia recolectando fruta, verdura y sobre todo hierba de la jungla. La leche del chai que me prepara Narmada proviene de las vacas (sagradas, por supuesto) de un brahmán del vecindario.

Continuemos con el tema dietético. Los cuervos son unos infanticidas; hoy vi pasar volando uno que, desesperando a una mamá gallina, llevaba un pataleante pollito en el pico, que le serviría de desayuno. Mientras esos dramáticos hechos se daban en el aire, en la extensa pradera completamente llana y cubierta de hierba tierna que había por debajo, pastaban o echaban una cabezadita al sol matinal las vacas y los búfalos de mi amigo Shankar. ¿Sabrán lo afortunados que son al no permanecer continuamente encerrados en un corral como la mayoría de sus parientes?

Tras hablaros del elefante Ronaldo en la última crónica, ahora lo haré acerca de un primo suyo que también es famoso por los desaguisados y las muertes que deja a su paso. Se llama Durbe. Los soldados del Servicio Forestal fueron a por él esta semana y, al contrario de lo que ocurriese con Ronaldo, tuvieron éxito al tratar de sedarle. Sin embargo, debido al fracaso anterior, se pasaron con la dosis, y Durbe permaneció en el limbo casi dos días, corriendo el riesgo de fallecer al no cambiar de posición: así lo hacen normalmente los elefantes mientras duermen acostados de lado para evitar dañar sus órganos internos con su extremado peso. Como si quisieran castigar a Durbe por sus crímenes, los del Servicio Forestal aprovecharon aquel tiempo para desarmarlo cortándole los colmillos y, además, le colocaron un collar con radio para seguir su rastro en todo momento. Yo soy tan buenazo que incluso sufro por el malo de las películas (¡Qué gran sufridor soy! ¡Ja!), y me alegré cuando Durbe recobró el conocimiento acuciado por la sed. Entonces anduvo tambaleándose hasta el Río Rapti y estuvo bebiendo un largo rato.

Todo lo anterior no fue óbice para que Durbe apareciese anoche a las afueras de Sauraha e hiciese una escabechina en los arrozales sin que los gritos de la población sirviesen de nada. Durante mi paseo matinal supuse que él habría pasado por allí al ver unos bambús, su comida predilecta, que habían sufrido un trato parecido al de los arrozales.

Entre los contados extranjeros que el bloqueo de la pandemia ha cogido en Sauraha, hay una simpática mujer de Kazakstán llamada Aigul que, cuando se puso en contacto con el gobierno de su país preguntando qué le aconsejaban hacer, le respondieron: “En estos momentos no hay mejor sitio que el Nepal y será preferible que te quedes allí hasta que se aclaré todo un poco”. Tiene veintisiete años y en su bonita y pálida cara se adivinan algunos rasgos mongoles. En Katmandú le preguntaban si pertenecía a una de las etnias nepalesas con esos orígenes, como lo es la de Shankar. También se parecen debido a su pequeña estatura. Aigul, que trabaja de traductora y habla un inglés impecable sin el menor acento, está estudiando castellano. A pesar de la soledad que reina en Sauraha y ser ella el único huésped del resort Misty Nepal, no se aburre porque practica yoga, hace meditación y da largos paseos al atardecer. Según me dijo, sólo le faltaba una cosa: lectura; problema que le solucioné con cuatro polvorientos libros en inglés que había en mi pensión.

La forma educada para saludar o dirigirte a alguien en el Nepal (y también en la India) es pronunciar su nombre acompañándolo de un título honorífico, como príncipe, maharajá o padre (baba). Para ponérselo más difícil a un desmemoriado como yo (suponiendo que me molestase en aprender su lengua), al hermano mayor se le llama “jeta” (el chiste está servido, pero me lo callo para evitar que el mayor de mis hermanos se enfade conmigo); al segundo, “maila”; al tercero, “saila”; y al cuarto, “caínla”.

Cuando se celebró la festividad del “Holi” (lo correcto sería escribir Joli), en la que por cierto solamente participé como espectador, mientras contemplaba como bailaba descontroladamente el vecindario (colocados de maría y cerveza y cubiertos de diferentes colores), recordé el Holi que pasé en la ciudad india de Vrindavan con el amigo occitano. Mi memoria también me recreó con el Holi de Konarak (junto a la Bahía de Bengala), donde, tras permanecer de seis a siete de la mañana en una cabaña de bambú con cuatro marchosos amigos locales consumiendo toda clase de sustancias ilegales, dedicamos el resto del día a patearnos las aldeas de los alrededores acompañando a un enloquecido grupo de lugareños: a uno de ellos lo llevaban en parihuelas de bambú como hacen con los difuntos, e iban recitando el obligado “¡Ram, Ram, Satia Je! ¡Ram, Ram, Satia Je!”. El supuesto difunto, tan colocado como los demás, fumaba un bidi tras otro y se desternillaba de risa.

Nos cruzamos en la calle. Era un desconocido, pero nos saludamos sonriendo, sorprendidos en cuanto nos vimos porque parecíamos hermanos: europeos, viejos, melenudos, barbudos y vestidos con ropa nepalesa de color blanco. Me contó que viajaba por el mundo plantando árboles. ¡Bien!

MIRA LO QUE PIENSO

Protocolo del gilipollas: a) se hace a cualquiera una pregunta o un comentario gilipollas; b) sin que importe mucho cómo reacciona el otro, se le replica inmediatamente, “¡Hombre, no te pongas así, que no hay para tanto!”; c) si la víctima todavía no se rinde, es imprescindible soltarle hipócritamente, “Tranquilo, que sólo era una broma”; d) en el caso de que el gilipollas salga vencido, siempre tiene la opción de difamar al otro a sus espaldas comentando a los demás, “Os habéis fijado en lo histérico que está el pobre…”.

Las tradiciones que provocan temor, pena, dolor o falta de libertad, son puro sadismo legitimado.

Escuchado en la serie “Poco Ortodoxa”: “A veces has de saltarte las reglas para crear una obra maestra”.

En lo que denomino experimentos de la vida, observo en todo momento mis reacciones emocionales, pero sin reprimirlas como quizás habría hecho de joven.

El presente perfecto no tiene recuerdos ni sueños futuros.

Las normas gramaticales del idioma francés me parecen la hostia de complicadas. Un ejemplo: en vez de escribir simplemente, “Quesquesé?” (“¿qué es esto?”, lo siento: JA!), te salen con un liadísimo, “Qu´est-ce-que c´est?”. Pero, ¿de qué van?

Ya que menciono el tema de las lenguas, aprovecharé para decir que la mía, o sea el catalán, se especializa en monosílabos, de los que los hay a miles, como llop (lobo), bosc (bosque), coll (cuello), cul (culo), pit (pecho), nas (nariz), pet (pedo), llac (lago), llaç (lazo), lloc (sitio), llet (leche), moc (moco), gat (gato), gos (perro), cau (madriguera), clau (clavo), mos (bocado), pel (pelo), dit (dedo), dau (dado), llit (cama), meu (mío), teu (tuyo), seu (suyo), llar (hogar), llum (luz), cel (cielo), pot (bote), tro (trueno), llamp (rayo), peu (pie), neu (nieve), un cop al cap (un golpe en la cabeza).

Si deseáis saber cómo está el tema de la pandemia en Asia, os recomiendo leer los artículos al respecto que ha escrito el amigo Luís Garrido-Julve en su blog “Bangkok Bizarro” y también aquí en “Conmochila”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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