La crónica cósmica. Las cosas que me gustan de Luang Prabang

ESTO ES LO QUE HAY – Luang Prabang, Laos, Sudeste Asiático. El Gran Wyoming inicia diariamente su programa televisivo “El Intermedio” diciendo: “No olvidemos Gaza”; y yo empezaré esta crónica mandando a la mierda a Putin, a Netanyahu y a todos los que los apoyan. Ojalá se reencarnen en unas cucarachas. Qué putada ser uno de esos insectos, pues no caen bien a nadie y todos van a por ellos.

También quiero enviar al mismo destino, o sea a la mierda, al difunto presidente norteamericano Richard Nixon, que durante la guerra de Vietnam, con el culo aposentado en la Casa Blanca, se empeñó en que Laos fuese el país más bombardeado del mundo sin tan siquiera haberle declarado oficialmente la guerra: aunque no creo en Satanás, espero que Nixon permanezca toda la eternidad entre las llamas del Infierno por haber batido tan triste récord.

Porque además, sus aviones diezmaron las columnas de elefantes que el Vietcong y el Pathet Lao usaban para transportar armamento y municiones. Ya mencioné la semana anterior que el antiguo nombre de Laos era Tan Xang, que se podría traducir como “El reino del millón de elefantes”. Descansen en paz.

Tras esta declaración de principios voy a centrarme en temas más agradables citando las cosas que me gustan de esta preciosa ciudad llamada Luang Prabang, en la que prima el verdor de las plantas y los colores de las flores, especialmente las del árbol de champa, que desprenden un agradable perfume y a veces cubren completamente las aceras. ¿Vamos allá?

Muchas calles están bordeadas por árboles gigantescos a los que da gusto abrazar. Las personas jamás olvidan dirigirse a ti saludándote respetuosamente: “Sabaidi”. Siempre hallan una razón para darte las gracias: “Khop tchaï laï laï”. Me gustan las largas faldas tradicionales llamadas “sinh” que visten las mujeres: son de seda y parecidas a un sarong, por lo general negras, y tienen en la parte inferior un ribete con estampados de distintos colores.

Otra tradición laosiana es que los restaurantes, cafeterías y hoteles dispongan de termos con té verde, de los que puedes servirte gratuitamente: en Brasil se hace igual con el café.

La principal atracción de esta ciudad es el río Mekong, al que cerca de aquí desemboca el Nam Khan. A partir de las seis de la tarde, cuando empieza a descender el calor, voy paseando hasta alguna de las cafeterías que hay en la ribera del Mekong y me tomo una cerveza Beerlao (o dos…) contemplando la puesta de sol.

Este espectacular río debe medir en algunas partes un kilómetro de ancho, y en la orilla contraria se levantan unas colinas cubiertas de jungla. El tráfico fluvial es constante. Aunque también navega por él algún que otro barco que transporta tierras, la mayoría de las embarcaciones son esbeltas lanchas de recreo techadas; las tradicionales pueden llegar a medir setenta metros de eslora y sólo tres o cuatro de manga, y en las modernas hay lujosos restaurantes donde los pasajeros bailan al ritmo de la música que sale de los altavoces.

Por la noche, las luces que se reflejan en las ondas del agua, me recuerdan cohetes de fuegos artificiales cruzando la bóveda celeste. Ayer, dándole ya el toque genial, lucía la fina luna del dios Shiva: ¡Bholenath!

Cuando visité Luang Prabang en el 2018, cumplí con el ritual mochilero ascendiendo durante dos días por el curso del Mekong en una embarcación hasta la población de Huay Xai, en la frontera tailandesa, desde donde me dirigí a Chiang Mai antes de regresar a mi querida Kanchanaburi.

Tras detallar las cosas que me gustan de Luang Prabang y de Laos, lo haré también con algunas que me desagradan. Una de ellas es la costumbre de mantener pájaros cantores enjaulados. Otra: los precios que han ido aumentando durante los últimos diez años hasta ser más caros que los de Kanchanaburi. Añádase a ello que en los ATM sólo te permiten sacar en cada ocasión dos millones de kip; cantidad insuficiente pues el valor de un euro es de 22.400 kip.

Por ejemplo, una Beerlao cuesta 30.000 kip, un té 20.000 y mi barata habitación 300.000. Por lo que los dos millones se terminan en un santiamén y me gasto un buena pasta en comisiones bancarias: malditos bancos. Dos cosas más que no me gustan de Luang Prabang: el exagerado consumo de productos de plástico de usar y tirar, que incluso supera al de Tailandia. Y el turístico mercado nocturno, que cada vez está más saturado de tiendas y de gente.

PASO A PASO – Lanzarote, Islas Canarias. Primavera de 1988. Continúa de la crónica anterior. Érase una vez en que yo, tras regresar de la India y pasar una noche en Madrid, volaba hacia Canarias siguiendo la costa de Marruecos y estaba excitado como un niño en el día de los Reyes Magos. Mantenía la vista a través de la ventanilla del avión esperando la aparición de la isla de mis amores, Lanzarote.

En mi interior bullía un cúmulo de emociones que se acompañaban con docenas de imágenes. El Roque Nublo hizo acto de presencia bajo el avión y fue seguido inmediatamente por la isla de la Graciosa. Unos instantes después ya sobrevolábamos Lanzarote. Allí estaba el volcán de la Corona y las inconfundibles formas de “La Torrecilla”, caserón en el que me había hospedado en el pasado. Poco después la voz de la azafata anunciaba que íbamos a tomar tierra en el aeropuerto de Arrecife y que la temperatura exterior era de veintinueve grados. Al llevar el equipaje en la cabina, en cuanto entré en la terminal pude a recoger el coche que había alquilado por veinticuatro horas.

El Sol brillaba poderoso, el cielo lucía un azul inmaculado junto con la transparencia habitual que el viento atlántico propiciaba, y la profunda perspectiva dejaba ver perfectamente docenas de volcanes. Sorprendentemente, gracias a unas recientes e inusuales lluvias, la “mala tierra” se hallaba en algunas partes oculta bajo un manto de flores y hierbas. Aquí y allá unas pocas palmeras balanceaban sus ramas siguiendo el ritmo marcado por el viento.

Un par de horas más tarde ya había conseguido una habitación donde alojarme. Igual que me sucedía siempre en Lanzarote, me sentía en la gloria sin imaginar que, también como en otras ocasiones, estuviese a punto de vivir un sinfín de experiencias que no tendrían desperdicio. Continuará.

MIRA LO QUE PIENSO – Los budistas, los musulmanes y los hindúes ricos hacen sistemáticamente obras de caridad donando grandes cantidades de dinero a los pobres (hospitales, escuelas, etc.). Me pregunto si hacen algo así los millonarios españoles como los banqueros cuyos beneficios no dejan de aumentar.

A los que estéis abonados a Filmin os recomiendo ver la genial y chocante película La zona de interés y la simpática serie Ramy.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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