Itinerario de viaje a Madagascar en 30 días de Ubay

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Tras 7 meses viviendo en la exótica isla de Mayotte como fisioterapeuta decidí viajar por África en solitario durante tres meses, lo cual era para mí, un nuevo reto y un nuevo límite por rebasar, ya que nunca antes había realizado un viaje de ocio de más de cinco semanas.

Realizar aquel viaje era una forma de luchar contra mis miedos, trabajar la seguridad en mí mismo y aprender a sentirme pleno y equilibrado en soledad. Era también un reto que requeriría una gran capacidad de adaptación para vivir en un estado permanente de cambio e incertidumbre. Y era un excelente entrenamiento para los que, como yo, aman el control y el orden, pues viajar significa vivir el momento, lidiar con el caos y habituarse a los imprevistos.

Madagascar fue el primer país que visité durante mis 3 meses de viaje. Y, sin duda, fue uno de los países de los que mejores recuerdos me llevo, pues allí viví grandes experiencias. Desde Mayotte, tomé un corto vuelo hasta Diego Suárez, justo en la punta norte de Madagascar. Allí fue donde conocí a Guy, un viajero israelí con quien compartí gran parte de mi ruta por el país.

La primera semana estuvimos explorando el norte, donde tuvimos la ocasión de visitar los famosos tsingys, admirar baobabs milenarios, ver camaleones de todos los tamaños y avistar varias especies endémicas de lémur. Quedamos sorprendidos por la gran cantidad de animales, plantas y formaciones geológicas únicas que había en aquel vasto país.

Cuando llegamos a Ambilové, a unos cientos de kilómetros al sur de Diego Suárez, tuvimos que tomar una importante decisión: seguir descendiendo por la costa este o hacer lo propio por la costa oeste. La costa oeste es más relajada, tranquila y turística, mientras que la costa este, conocida como “costa de la vainilla”, es una región salvaje, aislada y poco turística donde viajar es lento, complicado y, en definitiva, un verdadero reto. O eso ponía en mi guía.

Tomamos la segunda opción para poder comprobarlo.

Llegar hasta las pequeñas aldeas costeras de Sambava y Antalaha no resultó demasiado complicado. Había simplemente que armarse de paciencia y estar dispuesto a viajar junto a 25 personas más en pequeños todoterrenos por carreteras repletas de baches. Y también había que estar dispuesto a dormir en cuchitriles cuando llegabas a un pueblo de noche y en lugar de un hostal te ofrecían un colchón sucio en una despensa de vainilla.

No obstante, a partir de Antalaha la cosa empezó a complicarse, ya que la carretera terminaba justo allí, y con ella, todo rastro de civilización. Además, sin siquiera saberlo, acabábamos de sacar dinero en el último cajero que había hasta la isla de Sainte Marie, situada a 10 o 12 días de viaje.

Pero el dilema más inmediato era ¿cómo continuar el viaje?

Había básicamente tres formas de llegar a Maroanatsetra, el pueblo más cercano, a más de 80km de allí: tomando un caro avión, en un barco mercante o realizando un trekking de varios días. Finalmente me decanté por hacer un trekking, mientras que mi compañero decidió ir en barco mercante. Así pues, pasé los siguientes 4 días por una de las zonas más aisladas del país de aldea en aldea, donde no había ni agua corriente ni electricidad. Por suerte, siempre hubo alguna familia que nos acogió a mi y mi guía en alguna humilde choza a cambio de una contrbución de 1 o 2 euros. ¡Incluso me llegaron a servir guisado de murciélago!

En Moroanatsetra me reencontré con Guy y tomamos otra de nuestras delirantes decisiones, recorrer los siguientes 200 kilómetros en bicicleta. De hecho, las carreteras que llevan hasta la población donde queríamos llegar (Manompana) están en un estado tan deplorable que no existe transporte terrestre. Así pues, preferimos aventurarnos en bicicleta antes que buscar un barco mercante que aceptara llevarnos. Así pues, pasamos los dos días siguientes buscando un par de bicicletas que comprar, haciéndonos con herramientas y materiales básicos de reparación y realizando la puesta a punto.

Sin embargo, justo antes de emprender la ruta, nos enteramos de que había un barco mercante en el puerto que se dirigía hacia Mananara, a unos 100 km al sur. Sin duda, tomar ese transporte nos ahorraría tiempo y dinero para llegar Saint-Marie, así que decidimos intentarlo. Por suerte, el capitán del barco, de unos 14 metros de eslora, acepto llevarnos. En 24 horas estábamos en nuestro destino, aunque las condiciones del transporte dejaron mucho que desear. No había nada de comer, aunque pude cocer unos macarrones con una cacerola que me prestaron, y tampoco había donde dormir ya que las cuatro camas estaban ocupadas, lo mismo que los suelos del pasillo, donde yacían el resto de afortunados que lograron estirarse. Pasé la noche entera sentado en la parte trasera de aquel destartalado bote pelándome de frío.

Una vez en Mananara nos tomamos un día de descanso y, esta vez sí, nos preparamos para realizar nuestra ruta en bicicleta a pesar de las advertencias de la gente del país. De hecho, cuando contábamos a la gente nuestras intenciones algunos se reían y otros se escandalizaban mientras daban por seguro que jamás llegaríamos sobre dos ruedas nuestro destino. Mientras tanto mi compañero, con su arrogancia habitual, se burlaba de tanto catastrofismo y me decía: “¿Cómo puede ser que una carretera lleve tanto tiempo en ser recorrida? No son más que exageraciones. Recorreremos los 85 kilómetros que quedan hasta Manompana fácilmente”. ¿Seguro?

Los dos días que duró nuestra travesía fueron apoteósicos. La carretera no estaba en mal estado sino que era terrorífica: había multitud de baches, rocas, barro y constantes pendientes de subida y bajada. Tanto era así que durante muchas partes del trayecto no quedó otra opción que bajar y caminar al lado de nuestras frágiles bicicletas, que eran las que cargaban el equipaje en la parte trasera. Nuestra velocidad media fue de unos 3 kilómetros por hora. Sin embargo, la belleza de la región era inigualable: bosque tropical en algunas ocasiones, pasos por aldeas malgaches en otras y muchas playas de arena blanca, islotes y arrecife de coral.

Tuvimos también algunos problemas técnicos, como cuatro pinchazos, un neumático roto o un problema en el sillín. El último día también se me rompió el portaequipajes trasero, así que tuve que andar con mi mochila a cuestas todo el día. Por suerte, durante la última parte del trayecto las condiciones de la carretera mejoraron, aunque luego tuvimos que cruzar varios ríos con piraguas o plataformas móviles que retrasaron bastante nuestros planes.

Al llegar a nuestro destino, Manompana, pasamos un par de días con un grupo de jóvenes agricultores franceses que, afortunadamente, nos prestaron algo de dinero, para llegar a la isla de Saint-Marie, pues nos habíamos quedado sin blanca por la falta de bancos y cajeros automáticos.

En Saint-Marie pasamos unos cuantos días recuperándonos de un par de intensas semanas por la zona más salvaje y aislada de Madagascar. Había sido una dura experiencia pero, sin duda, había valido la pena. En Saint-Marie volvimos a disfrutar de Internet, cajeros automáticos y hostales donde, por lo menos, teníamos electricidad y duchas. Fue una buena forma de recuperar fuerzas y disfrutar del viaje de forma más “turística”.

Tras Saint-Marie me despedí de mi compañero Guy y tomé un autobús hasta Antananarivo, donde pasé un par de días antes de tomar un vuelo internacional hacia mi próximo destino: Mozambique, donde proseguiría con mi odisea por el continente africano…

Viajeros: Ubay

Presupuesto: 1000 euros

Web: http://viajealaesencia.com/

Fecha de salida: 01/06/2015 – Fechas de regreso: 30/06/2015

En bicicleta por el noreste de Madascar. Las carreteras son esperénticas, pero los paisajes son increíbles

En bicicleta por el noreste de Madascar. Las carreteras son esperpénticas, pero los paisajes son increíbles

Itinerario

  • Día 1: Llegada a Diego Suárez procedente de Mayotte
  • Día 2: Ramena: visita al mar esmeralda en velero tradicional
  • Día 3-5: Zona Norte: Visita al parque natural Montagne d’Ambre: Camaleones y lémures / Visita a los Tsingys rojos y al lago sagrado
  • Día 6-7: Zona Norte: 2 días en la reserva de Ankarana en tienda de campaña: Tsingys grises y variedades de lémures
  • Día 8: Ambilobe
  • Día 9: Daraina: Lémures blancos y minas clandestinas de oro
  • Día 10: Sambava
  • Día 11: Antalaha
  • Día 12-15: Trekking desde Antalaha hasta Maroantsetra: De aldea en aldea por una de las zonas más aisladas y remotas del país
  • Día 16: Visita a la isla de Nosy Mangabe: Lémures y camaleones, incluyendo la variedad más pequeña del mundo (1,5cm)
  • Día 17-18: Maroantsetra: Dos días comprando una bicicleta, herramientas y haciendo la puesta a punto
  • Día 19: Maroantsetra – Mananara en barco mercante
  • Día 20: Mananara (isla del aye-aye): Visita nocturna para ver el aye-aye, una especie nocturna de lémur en peligro de extinción
  • Día 21-22: De Mananara hasta Manompana: Dos días por la peor carretera del mundo, aunque con espectaculares paisajes y playas
  • Día 23: Manompana: día de descanso
  • Día 24-27: Isla de Saint-Marie: Relajada isla de bellas playas, cementerios piratas y aguas llenas de ballenas.
  • Día 28: Saint-Marie – Antananarivo
  • Día 29: Antananarivo
  • Día 30: Vuelo a Mozambique

¡¡ENVÍANOS TU ITINERARIO DE VIAJE!!

Mapa de ruta

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