Hoy les propongo un día dedicado a cambiar el lago Atitlán por el Océano Pacífico, un largo traslado en el que van a conocer La Democracia para acabar en El Paredón.
El día arranca a las seis de la mañana en Panajachel, un lugar que ha gustado muy poco a este reportero, un feo municipio centrado en dar servicio a los turistas y que en su calle Real Santander cuenta con varios garitos con música atronadora hasta altas horas de la madrugada, el típico turismo de borrachera.
La carretera pronto se empina y nos permite despedirnos del Lago Atitlán con la visión de la montaña que inspiró a Saint-Exupèry de la boa que se comió al elefante. Las aguas refulgen y el lago no puede estar más bonito.




El clima cambia. Dejamos el altiplano y empieza a hacer calor. Con la lentitud habitual por el pésimo estado de las carreteras enfilamos hacia el Pacífico. A mitad de ruta conocerán La Democracia. Ya era hora.

Les cuento la historia. Este pueblo hace unos años se llamaba La Purísima Concepción pero un alcalde se cansó de beaterías y le cambió el nombre por La Democracia. Confío en un futuro otro alcalde pueda volver a cambiarle el nombre y este sea compuesto. Por ejemplo, Democracia Consolidada.
La Democracia es insólita en Guatemala por una circunstancia.


Desde 1965 han situado en su Plaza Mayor doce grandes cabezas olmecas que encontraron enterradas en una finca cercana. En cualquier otro lugar serían bienes muy preciados guardados en un museo. Aquí vecinos y perros se recuestan en estos colosos esculpidos 200 años antes de Cristo. Otros duermen la siesta a su sombra. Un mínimo toldo les preserva de las inclemencias del tiempo.





En fin, no me imagino pegando una cabezadita sobre la piedra Rosetta en el Museo Británico.
A la hora de comer este reportero llega a El Paredón (donde no deben acabar nunca las democracias) y ve por primera vez el Pacífico de Guatemala. El Paredón parece un pueblo del oeste, destartalado y polvoriento. Es una calle con varios supermercados, bares y hoteles dispersos aquí y allá.

La playa es de arena negra. Está prácticamente vacía y las olas son salvajes. Este es territorio surfero. Me meto en el mar no muy lejos de la orilla y las olas me derriban. No solo a mí. A los cuatro inconscientes que se han atrevido.




La experiencia marinera ha durado poco y me ha dejado rebozado de arena negra como una croqueta. Toca otra actividad. Contratar una lancha para ir a ver tortugas y la puesta de sol. El recorrido por el canal dura un par de horas y es majestuoso aunque las orillas arrastran bastante basura, sobre todo botellas de plástico. Toda Guatemala tiene un problema de gestión de los residuos que genera, que acaban tirados por todas partes de cualquier manera. Los arcenes de las carreteras son siempre un basurero.







Se ven muchas tortugas que sacan la cabeza del agua para respirar. Y eso que algún listo lleva a unos pocos turistas a bañarse junto a las tortugas, lo que no está permitido. Ojalá que la calidad de estas aguas permita que siga habiendo tortugas los próximos años.
