Cap. 03 – Regateo por los zocos de Marrakech

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La idea que teníamos en un principio para los siguientes días en Marruecos era la de alquilar un coche e ir a visitar los alrededores de Marrakech hasta llegar al desierto y una vez allí hacer noche entre las dunas. Después de desayunar en la terraza de la riad cogimos un taxi desde Djemaa el-Fna que nos acercó a la avenida Mohamed V en busca de la compañía Samicar. Habíamos leído en internet que tenían precios asequibles pero, o no debía ser muy conocida o el taxista no estaba muy bien informado, porque tuvo que parar varias veces a preguntar y al final lo único que se le ocurrió fue dejarnos delante de una oficina de turismo para que preguntásemos allá, donde por cierto, tampoco tenían ni idea. Le comentamos al señor de la oficina nuestras pretensiones e ignorante también del paradero de la compañía de alquiler nos propuso una alternativa y nos dijo que en la calle paralela había una agencia de viajes donde podríamos preguntar: “Imzi tours”, nombre que todavía hoy aun no he olvidado…

Toni con el taxista

Toni con el taxista

Allí, un hombre trajeado y con poca semejanza con los marroquíes de la medina, nos dijo que solamente le quedaba un coche libre por 45 euros sin aire acondicionado, pero que si lo que nos interesaba eran las proximidades había un par de tours organizados que pasaban por Zagora y Ourzazate, llegaban al desierto para pasar una noche en una haima y entraba también el viaje en camello hasta el campamento. Aunque sonaba bien no era lo que queríamos, así que pensando que por nuestra cuenta íbamos a tener más libertad de movimiento salimos en busca de un coche de alquiler a otro sitio.

Fuera en la calle había un chaval cuidando los coches aparcados que al vernos perdidos nos ofreció su ayuda. Nos dijo que había otra oficina a la vuelta de la esquina, y a pesar de que le faltaba un pie y cojeaba nos acompañó hasta un edificio donde nos señaló una ventana. Allí no tuvimos más suerte que antes y, a pesar de que estuvimos un rato esperando mientras la chica hacía algunas llamadas, no encontró ningún coche. Temporada alta y falta de predicción, dos ingredientes perfectos para quedarte con dos palmos de narices y sin coche de alquiler.

Como tampoco teníamos mucho tiempo que perder buscando más oficinas, y nos tentaba la idea del tour en el que al menos sabíamos que no nos perderíamos, al final decidimos volver y contratar el de tres días. Al entrar a Imzi tours el hombre nos miró con una sonrisita que delataba que sabía que volveríamos. Al menos, antes de decirnos el precio, tuvo el detalle de explicarnos el recorrido y mostrarnos algunas fotos de otros viajes. En resumen, saldríamos con un monovolumen con mas gente sobre las 7 de la mañana desde Djemaa el-Fna, haríamos varias paradas obligatorias en lugares de interés y la primera noche la haríamos en Zagora. Aquí podíamos elegir entre dormir en un campamento en unas dunas (sucedáneo del desierto) o en un hotel. El segundo día a mediodía partiríamos hacia el desierto para llegar al atardecer, cuando ya no hace tanto calor, y montar en los camellos que nos llevarían al campamento donde dormiríamos.

Imagen de lo que íbamos a ver en el tour

Imagen de lo que íbamos a ver en el tour

Media pensión 180 euros. Si hubiésemos alquilado el coche, contando gastos de comida, gasolina, dormir y la noche en el desierto, a lo mejor nos hubiese salido un poco más barato, pero pensándolo bien, con el tour íbamos a ir con un guía marroquí, con sus ventajas (y sus inconvenientes, que también los tuvo). Mientras Toni fue a sacar el dinero para pagar el viaje, el hombre de la agencia aprovechó que yo era española para comentarme que el sábado siguiente iba a ir con su familia a Ibiza y me preguntó que cosas podrían hacer en la isla. Empecé comentándole que no podía perderse pasar un día en Formentera, que se comprara el billete desde el puerto de Ibiza y que cuando llegase allí se alquilara un coche, y como Toni tardaba tanto terminé haciéndole una lista con las calas más bonitas que no podía dejar de ver. Cuando volvió Toni le pagamos y nos despedimos. Lo que no sabía en ese momento era que me iba a volver a acordar de él en varias ocasiones…

Volvimos a la medina y nos hicimos un zumo de naranja en la plaza. Una vez aclarado lo del viaje y teniendo en cuenta que volveríamos el viernes por la noche, teníamos que hacer las compras que queríamos antes que nada y hacer una lista y un presupuesto de lo que podíamos gastar.

Con las calesas camino de la plaza Djemaa el-Fna

Con las calesas camino de la plaza Djemaa el-Fna

Nos dirigimos a los zocos y fue empezar a mirar las tiendas e inmediatamente empezó otra vez el avasallamiento: entra aquí, compra, ven, mira, pasa…!! La primera tienda en la que entramos era muy pequeña y sin luz, en la que daba la impresión de estar en un zulo lleno de trastos. La verdad que con tantas tiendas que hay no se por qué entramos en esa; debió de hacernos una oferta muy buena y por eso compramos 4 imanes para la nevera con forma de babucha, un cenicero y 4 platos de barro pequeños como los del cus-cus.

Toni cargando con las compras

Toni cargando con las compras

La segunda compra fue la ansiada tetera con la que Toni prometía hacerme té hasta la eternidad. Recomendados por Michael, hicimos caso omiso del primer precio que nos puso Mustafá que pretendía cobrarnos 450 dirhams, así que Toni le ofreció 120 dh. Después de una larga negociación en la que ambos se resistían a ser derrotados por el rival, y tan cansados que tuvieron que sentarse en el suelo, llegaron al acuerdo de 150 dh. Así que creo que el claro vencedor fue Toni, que ya emocionado por su victoria consiguió también el juego entero: una bandeja y 6 vasos por 220 dh y de regalo un asidero de tela para no quemarte al coger la tetera.

La dilatada negociación...

La dilatada negociación…

Aprovechando que Toni le estaba cogiendo el gusto a eso de regatear le dije que quería un par de pantalones bombachos con los que poder presumir del viaje. Salimos a buscarlos al zoco de la ropa, y no le bastaron 2 ni 3, sino 6 tiendas para conseguir el precio que le pareció justo por dos pantalones estampados que, a decir verdad he llevado tan a gusto este verano. El chaval de la tienda nos dijo que no nos timaría porque éramos españoles… digo yo que no nos vio demasiada cara de guiris para darnos el palo!!!

Pensé que ya que estábamos puestos no estaría de más que me consiguiese un vestidito de algodón por menos de lo que pagaría en la playa de Cullera a un vendedor ambulante. Me llamó la atención una tienda de vestidos en la que hacían guardia en la puerta dos hombres a los que les pedí que me mostrasen tres o cuatro y me los probé para ver que tan quedaban. Otra vez nos pidieron un precio disparatado y Toni hizo la misma cara que si le hubiesen contado un chiste. Y así fue como conseguí el regalo de mi madre, cuando ya casi yéndonos de la tienda porque el vendedor no “bajaba del burro” vio que nos íbamos y nos dejó la prenda por 100 dirhams.

Probándome el vestido para mi madre

Probándome el vestido para mi madre

Ahora ya sí. Pero para dejarme contenta del todo aun tuvo que comprarme unos pendientes bereberes de una joyería para poder lucirnos junto a los pantalones. Aquí no hubo discusión, el precio inicial era barato, así que no rechistamos. Con las compras hechas, mi regateador oficial y yo, volvimos a hacernos una cerveza al único lugar de la medina donde sabíamos que había: la RIAD. Entre pitos y flautas se había hecho tardísimo y ni siquiera habíamos pegado bocado, así que decidimos que podíamos ir al Café Berebère, un restaurante en la medina con una bonita terraza que vimos el primer día paseando y del que teníamos una tarjeta. Y allí arriba, acompañados de música en directo y de la brisa que a esas horas empezaba a ser algo fresca, se nos hizo de noche, comimos cus-cus y nos hicimos un sabroso té, como dos auténticos bereberes.

Vistas desde la terraza del restaurante

Vistas desde la terraza del restaurante

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