La crónica cósmica. Sufridos lectores

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Antes de vuestra aparición en escena, sufridos lectores, yo paría estas crónicas enclaustrado en mi agradable soledad mental sin tener la menor idea acerca del resultado y, así, sin saber si eran mínimamente leíbles; pero esta lógica desorientación empezó a desvanecerse al recibir ahora unas carcajadas riojanas (¿sería correcto escribir “unas e-carcajadas”?), luego unos comentarios californianos o un saludo tinerfeño, y más tarde unos halagos mediterráneos o unos simples ánimos “vallesanos”, que os agradezco con total sinceridad porque, de una parte, me han ayudado a descubrir cuánto los necesitaba, y por otra han disminuido un poco mi complejo de palurdo.

De haber sido yo un inventor, habría creado un juego en el que triunfasen todos los rivales y se llamaría “Todos Ganan”; y tal es precisamente el caso de estas crónicas con las que me corro de gusto al escribirlas para que después vosotros os lo paséis bien leyéndolas antes de devolverme la bola de energía positiva con un piropo que, rizando ya el rizo, comporta que me caigáis más simpáticos e incluso me parezcáis guapos (¡Milagro! ¡Milagro! ¡Mentira! ¡Mentira!).

De todas maneras, y como ya sabéis perfectamente, en este pequeño cosmos convivimos con una variopinta colección de seres que, debido a sus diferentes gustos, escogen platos de muy distinto sabor (en el menú de la vida); y entre los “afortunados” que recibís semanalmente estas crónicas hay algunos que no las han leído jamás a pesar de ser (como casi todos mis amigos) unos lectores compulsivos. Supongo que estaréis esperando que les ataque con una crítica que podría resultar al mismo tiempo constructiva y destructiva, pero no será así, pues el único gusto que deseo darme es el de llamarles papanatas con la seguridad de que no se van a enterar (si he usado el dulce apelativo de papanatas, aunque quizás no sea el más correcto, ha sido simplemente porque me gusta esta palabra).

A pesar de que la acción (o la falta de ésta) de esos amigos a mi me resulte simplemente inimaginable (y tan ajena e incomprensible como la mentira), no les niego el derecho a comportarse así, a no asistir al concierto de un compañero o no tomarse la molestia de ver el programa televisivo en el que colabora otro, porque ellos reparten su generosidad de una manera diferente, mientras que yo soy un egoísta de mucho cuidado y pocas veces doy algo a cambio.

Siguiendo con el tema de la relación y el colorido del personal, ¿os habéis fijado en cómo varía nuestra opinión acerca de alguien al enterarnos de algún detalle desconocido de su vida? Pongamos por caso que hayáis conocido y tratado un poco a Pepito o a Pepita y tengáis inconscientemente una imagen de él o de ella que incluirá simpatía, antipatía, o indiferencia; pero esta acuarela mental se irá al traste cuando os enteréis de pronto que, ahí van unos ejemplos reales de algunos amigos míos, pertenece a Médicos Sin Fronteras y pasa varios meses al año en África, que trabajó de equilibrista en un circo o vendió armas a los saharauis, que era miembro un importante grupo mafioso o que ha cruzado una docena de veces el Sahara, que se paga la estancia en la India con solo recolectar mangos en Australia durante dos meses al año o abrirse de piernas cuatro semanas en el Japón, o que da clases de idiomas y cambia todos los cursos de residencia y país; ya que tal conocimiento completará y alterará cualquier información que tuvieseis anteriormente. Somos lo que hacemos.

Después pasar los últimos veintiún meses dedicado a mi tranquila y armoniosa soledad, al encontrarme de pronto entre la sociedad occidental me ha sorprendido la relación encubierta que mantiene la gente, pues en ella prima una verdad enmascarada digna de los servicios diplomáticos que quedaría de maravilla en una comedia teatral. ¡Ja, unos y otros andan a la par dedicándose al juego de las apariencias mientras intentan evitar a toda costa que la sarta de locos que tienen alrededor se aperciba de su locura e inseguridad!

“Debes controlarte”, me aconsejó una incontrolada que era esclava de sus emociones.

“Los humanos son los únicos animales que creen en Dios y los únicos que actúan como si no existiese”, dijo el genial Hunter S. Thompson.

Otro geniecillo llamado Terenci Moix aseguró que era mejor morir del sida en Marruecos que de asco en Barcelona.

Un hombre sabio del que ahora no recuerdo el nombre, dijo que la ficción te enseña que la realidad puede ser de otra manera.

De forma parecida a como Francia se presenta ante el resto del mundo bajo el lema de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la “Marca de Iberolandia”, con sus gobiernos cada vez más miserables (dignos de la decadente era del Kali Yug y que parecen competir en un campeonato de imbecilidad) podría ser corrupción, envidia e ineptitud. Añadiré que creo muy acertada la expresión, “No es país para jóvenes”.

En mi caso el verbo gustar no es sinónimo de querer, pues me gustan muchas cosas y no quiero casi nada.

El propósito fundamental de los soldados que participan en las guerras actuales es el de sobrevivir, mientras que para los del pasado, y sobretodo quienes acompañaban a los conquistadores castellanos, era el pillaje; pues, si exceptuamos a los ingleses, rara vez cobraban sus sueldos y, como arengaba Pizarro a los suyos, “Hacia delante el oro (¿o era la gloria?), y atrás la miseria”. Actualmente, y siguiendo unas fórmulas parecidas, les tranquilizan y animan surtiéndole de heroína sin preocuparse de los efectos secundarios. “Regresé de Bosnia convertido en un yonqui”, me confesó un chico del vecindario.

De entre las muchas ventajas que me aporta la vida del trotamundos, la mejor quizás sea la sensación de saltar de lo bueno a lo mejor. Umm, ya veo que se hace imprescindible otra sección de ejemplos: A pesar de que en el Nepal comiese de maravilla, y cada almuerzo y cena me parecía un festín, al saborear ahora, y tras casi dos años, unas delicias como los calamares a la romana, la paella, la butifarra, la escarola y la lechuga, la crema catalana, la horchata, y el café recién tostado y molido, me encuentro en la gloria. A estas satisfacciones también se añaden una buena sesión cinematográfica en una sala vacía, la lectura de un periódico digno como “El País” (y una sección maravillosa como lo es “La Imagen” de Juan José Millás), o una competición deportiva vista en una pantalla de alta definición. Son unos placeres muy simples que para un eremita parecen multiplicarse por mil.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba

La crónica cósmica, de Nando Baba

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