Chichicastenango, posiblemente la ciudad más famosa del departamento del Quiché, es conocida sobre todo por su mercado que se celebra los jueves y los domingos, el más grande y colorido de Centroamérica y con el de Otavalo (Ecuador) de la América Latina. Todos lo días hay mercado pero el de los jueves y domingos es entre cuatro y cinco veces más grande.


Chichi, como la conocen sus 150.000 habitantes, está situada a 2.200 metros de altura, por lo que su clima es frío. Su nombre significa «cercado de ortigas» y aquí pocos turistas se quedan a dormir. El 99% viene los jueves o domingos en excursiones desde la Antigua, Ciudad de Guatemala o el lago Atitlán. Dan una vuelta entre los tenderetes, regatean unos pocos quetzales, se hacen unos selfies y vuelven a dormir a sus lugares de origen. Bye bye, Chichi.



Este diario ha preferido llegar la tarde del sábado y pasar también el domingo para ver la ciudad con y sin mercado, dos perspectivas diferentes. En Chichi hay bastante que ver, pero sobre todo que sentir. Esta es la ciudad del sincretismo religioso. En esta región muy poca gente habla el español como primera lengua, porque la inmensa mayoría de la población es de etnia quiché. Aquí se encontró el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas que narra su cosmovisión del mundo y por tanto el origen de la humanidad.


Lo más interesante de Chichi es ver cómo se entrelazan los rituales cristianos y mayas con una singular y compleja armonía. Dentro de las iglesias de Santo Tomás y del Calvario y en los 18 escalones que dan acceso a las mismas (aquí les llaman gradas y simbolizan los 18 meses del calendario maya) se celebran a lo largo del día, pero sobre todo por las mañanas rituales mayas. Los oferentes (generalmente sacerdotes) recitan oraciones mientras balancean latas agujereadas quemando resina de nopal a modo de pequeños botafumeiros. Por respeto a estas tradiciones no se aconseja hacer fotos (se supone que una foto roba el alma).

Cerca del Iglesia del Calvario y en una colina se levanta el cementerio municipal, un extraño campo donde las tumbas son cubos de colores y abundan los perros asilvestrados porque aquí no reina precisamente la higiene. Esta falta de limpieza es un problema bastante general en Guatemala. El trayecto entre la Antigua y Chichi (108 kilómetros pero hemos tardado 2 horas y media) es una carretera llena de letreros de prohibido tirar basura bajo multa pero los arcenes son un completo basurero, con residuos urbanos y detritus de todo tipo que se pudren al sol.





En Chichi las callejas son estrechas y el tráfico de todo tipo de vehículos a motor intenso. Hay cuestas para aburrir. He visto muchos limpiabotas y niños trabajando. Las mujeres visten huipiles. El mercado comienza a montarse a las tres de la mañana, cuando las primeras furgonetas descargan en el centro de la ciudad a los primeros vendedores que vienen a montar sus puestos en el gran mercado, tenderetes a base de maderos y lonas.


La actividad comercial empieza en torno a las siete y se prolonga teóricamente hasta la cuatro de la tarde. Hoy eran las seis y aún seguía. Este no es un mercado para guiris, aunque los hay, pero quizás menos de un 2 ó 3 por ciento. Esto es lo que hace tan especial al mercado de Chichi, un mercado local para locales. Nada que ver con el típico mercado de artesanías donde te acaban vendiendo baratijas made in Taiwan.
El mercado es abigarrado, caótico y atiborrado de paseantes a todas horas. Pocos vendedores reclaman tu atención al estilo de los zocos árabes. Más o menos puedes pasear a tu aire y tirar fotos a conveniencia. Eso sí, si compras prepárate a negociar porque tu cara de guiri te delata (no digamos tu acento) y te pedirán como mínimo tres veces más de lo que esperan sacar. Mercadear siempre ha sido el arte de negociar. Que se lo digan a los fenicios.
No hay secciones ni nada parecido salvo una calle en cuesta en la que venden animales de granja, como pollos, gallinas, pavos o patos. Abundan sobre todo los puestos de cachivaches, lo que sería los chinos de todo a un euro; luego, los de ropa barata que parece de segunda mano; de verduras y frutas; también los de hilaturas mayas (se ven de muy mala calidad) y un poco de todo. Esto es un rastro inimaginable, con niños mendigos, perros deambulando y un olor a fritanga porque también se cocina en hornillos improvisados y se come en taburetes.


Mientras bulle de actividad el mercado en las iglesias de Santo Tomás y del Calvario se celebran las ceremonias mayas que no había visto en ningún sitio. El espacio central de la nave está ocupado por los altares mayas. Los chamanes (hay unos 300) trabajan por encargo. Cuando los contratas (he preguntado y el precio medio son 200 quetzales, unos 23 euros) el chamán celebra para ti la ceremonia.




Esta consiste en derramar pétalos y aguardiente sobre el altar. Los hay dedicados a diferentes cometidos: el destino, la familia, la fertilidad… Luego se prende una vela mientras se rezan jaculatorias. Más barato es pedir que oficie en las gradas o la plataforma de la iglesia. Los particulares celebran su propio rito. Entran al templo, se arrodillan y así se trasladan hasta el retablo cristiano mientras entonan sus rezos. Pueden dar varias vueltas. Por la tarde ya no hay chamanes y hay misa católica.


Una visita obligada es a la plaza Oxlajuk Baq’ Tun, donde también se celebran ceremonias mayas muy llamativas. Les explico. Según el calendario maya el mundo terminaba el 19 de diciembre del 2012, cuando se ponía fin a una era de la humanidad que había durado 26.000 años y se abría paso a otra era de no se sabe cuánto tiempo, con suerte de otros 26.000, pero no sé. Tengo mis dudas de que vivamos tanto con gente como Trump, Netanyahu o los ayatolás iraníes. Lo cierto es que pasó el 2012 y seguimos por aquí gracias a que los mayas fallaron en sus predicciones.

De todos modos sean conscientes de que vivimos de prestado y hacia un futuro incierto. Les sugiero que si tienen algo pendiente no se retrasen. Por si acaso. Carpe Diem.
