Llegar a Copán Ruinas, en Honduras, desde Río Dulce en Guatemala, requiere una expedición cargada de paciencia. Es un tour de force que implica coger cinco autobuses de línea. Un viaje que empieza a las siete de la mañana y termina a las cinco y media de la tarde.
Copán forma junto a Chichén Itzá (México) y Tikal (Guatemala) la tercera pata de la trilogía de los tres mejores yacimientos arqueológicos mayas de Mesoamérica. Se supone que vale la pena meterse muchas horas de avión solo para un destino como este. De los tres, es el más complicado de acceder. Venir aquí desde Tegucigalpa son unas diez horas por carretera como mínimo.



Tengan en cuenta que en Centroamérica el tiempo de viaje siempre es relativo y tiene que ver más con la dificultad de la ruta que con los kilómetros en sí. Desde Río Dulce hay que recorrer 241 kilómetros. El tiempo necesario previsto, según Google Maps, es de unas cuatro horas y media. En la realidad, el mínimo son ocho.

El día ha empezado a las 7 de la mañana. A esa hora las tiendas de Río Dulce empiezan a abrir y se barren y baldean los portales. No importa que sea domingo. Una vanette nos transporta a la terminal de Río Dulce, donde cogemos un bus razonablemente moderno y comienza la aventura. Salvo una familia de alemanotes, el resto del pasaje es local.
Enseguida el trayecto se hace de perros, una carretera con obras continuas y plagada de camiones en los dos sentidos. El bus queda frenado por el tráfico cada poco. Buena parte del pasaje se entretiene viendo en su móvil telenovelas a todo volumen (Luis Fernando, ¿me quieres a mí o a William Ernesto? Dímelo, por dios). Los niños lloran (es sorprendente la cantidad de niños que hay en Guatemala) y se tiran las latas de refrescos y restos de comida por la ventanilla a la carretera, sin más (es un incordio llevarlos encima).

Por fin el bus llega a Chiquimula aunque el destino final es la frontera de El Florido. No se sabe muy bien por qué pero hay que cambiar de bus. Abandonamos el aire acondicionado y nos metemos a presión en una vanette vetusta. Suben los nuevos pasajeros. A mí lado va una joven de unos 20 años con cuatro hijos encima; otros suben sacos de patatas o de cebollas. El bus arranca renqueante, todos sudamos. Yo, con mi mochila en el regazo. Siguen las telenovelas a grito pelado (William Ernesto te amo).
Cada pocos minutos paramos, baja uno y suben dos. O tres. La gente ya va de pie. No hay paradas marcadas. Cada uno se sube y se baja donde le parece. Cuando uno se baja, le da en pago un billete arrugado al conductor.

La vanette entra en Jocotán y de nuevo fin de trayecto. Hay que cambiar de bus otra vez para un último salto a la frontera, de 26 kilómetros. De nuevo vamos como sardinas en lata. La niña delante mío empieza a vomitar. Los padres se bajan alarmados y se quedan con ella al borde del camino. William Ernesto es casi como de la familia.
Entramos en El Florido (vaya nombrecito,) donde está la frontera. Mala suerte. Se ha puesto a llover. Bajo el temporal hay que ganar la aduana a unos cien metros, que es como una oficina desvencijada y llena de gente. Los trámites para salir de Guate son fáciles. Pero para entrar a Honduras, no. Un tipo está pegando gritos porque exige que le dejen entrar aunque no tiene pasaporte porque se lo han robado. Todos nos armamos de paciencia. Finalmente nos llega el turno. Hay que pagar tres dólares por barba para entrar (no lo pone en ningún sitio pero discutir con aduaneros no suele ser un buen negocio).


Sellan el pasaporte y entramos en Honduras. Entono mentalmente el Te Deum. Arrecia la lluvia. Hay que subir una cuesta de unos 300 metros porque allí está el único transporte, el quinto del día. Obviamente está atestado. Las maletas no caben. Hay que subirlas a la baca y llegarán empapadas. Por fin arrancamos. Es un trayecto hasta Copán Ruinas de siete kilómetros, pero el bus se para continuamente. Sube y baja gente. No cabe un alfiler. Sudamos. Hemos perdido la pista de William Ernesto pero varios móviles nos regalan música no sé si de corridos o vallenatos.





La parada final en Copan Ruinas es a manzana y media del hotel. Pero es pura cuesta de adoquín en mal estado. Vamos para allá. Llegamos al hotel diría que bastante cansados y sin haber comido nada desde las siete. Si fuera políticamente correcto diría que el hotel es manifiestamente mejorable. En realidad, es una mierda, así que mañana será otro día y cantarán los pájaros.

La visita al yacimiento de Copán lo compensará todo. El recorrido convencional es de unas dos horas, pero les recomiendo que pasen de cuatro a cinco. Aquí todo es muy diferente a Tikal. Para empezar, aquello es la jungla y Copán simplemente un bosque y a veces casi un jardín. Como en Tikal, se supone que solo el 20% de lo que fue la ciudad está excavado. En su periodo clásico, en el 800 DC, pudo albergar unas 75.000 personas.


No esperen encontrar pirámides impresionantes por encima de la floresta. La magia de Copán reside en que aquí se han encontrado las mejores estelas y estatuas de esta civilización. La escalera de los jeroglíficos (ahora tapada por un toldo para que el sol o la lluvia no la deteriore) sirvió para descifrar el alfabeto silábico maya, una tarea que necesitó 160 años.



Desde aquí los mayas alcanzaron un extraordinario conocimiento astronómico y codificaron su calendario (cuentas largas y cortas) basados en periodos de 20 años, saberes no al alcance de la población, sino de grandes sacerdotes y reyes.





En Copán hemos visto altares de sacrificios humanos, algo que horrorizó a los conquistadores españoles, que no comprendieron que no eran sólo ejecuciones de prisioneros, sino también mutilaciones voluntarias para contentar a sus dioses y asegurar la continuidad del ciclo de las cosechas gracias a que la sangre vertida garantizaba la armonía del universo. La cosmovisión maya es muy compleja y la vida y la muerte siempre van entrelazadas. Era un mundo cruel, aunque menos que el azteca o mexica.



Si en Tikal hay poco turismo en Copán ahora no viene casi nadie. Hemos recorrido las ruinas solos porque Honduras está lejos de los circuitos turísticos, un país con fama de inseguro, en manos de las maras (los pandilleros). El principal turismo es el yanqui y la administración Trump desincentiva salir al extranjero. Un consejo: en Copán conviene mucho contratar un guía porque la señalización es inexistente y así se ayuda a los guías oficiales locales. El nuestro, Marvin Díaz, todo un estudioso, ha sido el mejor de este viaje.

La entrada a Copán es a través de un jardín donde viven montones de guacamayas rojas (el ave nacional de Honduras y el símbolo del país, como el quetzal lo es de Guatemala). Su griterío es ensordecedor.


Por la tarde conviene visitar el Parque de las Aves Macaw Mountain, de la Fundación Pro Alas. Aquí se cuidan las aves que se recuperan de furtivos y de 15 a 20 ejemplares son devueltos a la naturaleza cada pocos meses.



Copán Ruinas bien vale al menos un par de días. Llegar aquí no es sencillo. Si vienen, tampoco les va a ser fácil olvidar tanta belleza.
