CON MOCHILA

La aventura de recorrer Sudáfrica en moto durante tres meses

Aterrizo en Johannesburgo con la idea de devorarme Sudáfrica pero sin saber que me voy a comprar una moto para hacerlo. Nunca preparo los viajes antes de llegar a destino, me gusta aterrizar y dedicar los primeros días a palpar un poco las vibras de cada sitio y entonces me pongo a organizar el periplo.

Imaginaba que a Sudáfrica habría que dedicarle los tres meses o 90 días que nos permite nuestro pasaporte, no solo por su tamaño (que sí importa) sino más bien por su diversidad en todos los ámbitos: social, cultural, geográfico, paisajístico y gastronómico.

Recuerdo de cuando era jovencito que a Sudáfrica nos la puso en el mapa Nelson Mandela y el final del Apartheid. Salió de la cárcel en 1990, tras 27 años encerrado esencialmente por ser negro (un negro muy activista y combativo) y gracias a ello, y otros múltiples factores, las primeras elecciones democráticas y multirraciales del país se celebraron en 1994, el año en el que yo terminé mi carrera de Periodismo.

Entro de forma muy intencionada por la ciudad más poblada y menos turística del país porque los vuelos son baratos, está al norte y porque me gusta empezar por lo más auténtico, por muy feo y supuestamente peligroso que parezca. Ya habrá tiempo para Ciudad del Cabo, maravillosa ciudad que me encanta pero que tiene de sudafricana lo que el Raval y Lavapiés tienen ahora de alternativos.

Johannesburgo es una ciudad muy fea que no es la capital de Sudáfrica y cuenta con unos 10 millones de habitantes (incluida su área metropolitana). En ella reside el poder económico del país, es una ciudad pujante plagada de desigualdades sociales, sucia e incómoda, caótica y mucho menos peligrosa de lo que dicen.

Pero si se quiere conocer un poco Sudáfrica hay que parar en esta ciudad, que en cierto modo se ha convertido también en la capital económica y estratégica del centro y sur de África, porque muchas compañías internacionales que operan en los países del África negra se han establecido en esta ciudad.

Por eso Joburg está lleno de blancos con dinero, todos ellos sudafricanos de herencias holandesa (afrikaners o boers) y británica más los miles de expatriados que vienen aquí a trabajar y medrar profesionalmente. Y además cada vez más negros que se han podido formar gracias a la llegada de la democracia y ahora son profesionales que se codean con los anteriores.

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Obligatorio ir al Museo del Apartheid que está a las afueras de Johannesburgo.
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La sonrisa africana representada por la visita de un colegio al museo.

Y en torno a todos ellos y para ellos está la mayoría de negros sudafricanos y de negros inmigrantes de los países vecinos que hacen los trabajos que jamás harán los blancos y que cobran bien poco por ello.

En resumen, una ciudad muy desigual pero muy interesante para conocer la realidad actual de Sudáfrica, una realidad cargada de extremos contrastes que no tiene visos de evolucionar a mejor en los próximos años.

Por eso JB es una ciudad plagada de actividades culturales y hedonistas que a mí, obviamente, no me pasó desapercibida una vez que dejé Soweto para asentarme un par de semanas en la gran ciudad.

Me alegró mucho comprobar que lo que ahora es un área urbana a las afueras de Johannesburgo que alberga una pujante clase media sudafricana de color negro durante décadas fue el mayor exponente de la segregación racial del Apartheid y de la violencia de los blancos sobre los negros.

Johannesburgo, la ciudad más poblada del país
Es una maravilla visitar Soweto y comprobar que el que fue uno de los guetos de discriminación racial y violencia ahora es un barrio de clase media.

Disfruté varios días de lo bien que funciona Soweto, que aún así sigue teniendo graves problemas de seguridad en algunas zonas y amplias bolsas de pobreza. Me fui en tren a JB y ahí me instalé en el mejor hostel, el Explorer, para empezar a montar mi viaje por el país. Me di cuenta que como ya me ocurrió en Vietnam, en Tailandia, en Laos o en México, quizá una de las mejores formas de disfrutar de un país que me apetecía recorrer a lo grande era haciéndolo sobre una moto.

Como soy hombre de calle (gambitero dicen los de Muchachada Nui, regojero se dice en mi pueblo) me daba buenos paseos y me empecé a relacionar con los riders moteros que transportan todo tipo de productos, no solo comida, por la ciudad.

Con mi flamante Big Boy a punto de iniciar el viaje
Esta es la moto con la que me recorrí Sudáfrica durante tres meses, una Big Boy Superlight 200 cc.

Y con lo que me contaron unos y otros, lo que rastreé en internet y lo que vi en un par de tiendas taller de segunda mano acabé comprándome una Big Boy Superlight de 200 centímetros cúbicos con 30.000 kilómetros a sus espaldas.

Había pertenecido a un rider y ahora caía en mis manos por 11.500 rands (unos 600 euros al cambio). Es una marca muy popular en Sudáfrica, adivinen, de fabricación china. En Vietnam me compré una Honda Win 120 cc, también de segunda mano, y no era japonesa, era mitad china mitad vietnamita, todo bien copiado y bien barato.

Al igual que en México tocó hacer cositas «under de table» para conseguir los papeles legales bien rápido y empecé a usarla en la ciudad para ir a las catas de vino, a los conciertos de jazz, al teatro, a la ópera (en el Joburg Theatre vi una Carmen tan española y súper torera que ahora sería improgramable en España; adjunto foto).

También iba a los mercados, a las sesiones de electrónica del barrio súper fashion Braamfontein, a la Oriental Plaza a comer samosas, por supuesto de vuelta a Soweto pero ya con mi moto, y al tan alejado del centro Apartheid Museum, de visita obligatoria como no lo es el Constitution Hill Human Rights Precint, donde está la antigua prisión Old Fort por la que pasaron Mahatma Gandhi y mucho más tarde Nelson Mandela.

Porque en Sudáfrica el Apartheid no solo se aplicaba a los negros (que racistas eran estos holandeses), también se llevaban su parte los «Coloured», grupo de ciudadanos segregados que incluía desde los bantúes a los propios occidentales que se habían mezclado en siglos anteriores con los negros o también a los que llegaron de colonias británicas como Malasia, Indonesia, Sri Lanka y la India.

Y el bueno de Gandhi, a finales del siglo XIX, se vino de la India a Sudáfrica a ejercer como abogado y cuando vio y sufrió la discriminación racial se puso en modo activista y acabó encarcelado. Aquí fue donde creó y aplicó por primera vez sus métodos de resistencia no violenta (Satyagraha o fuerza de la verdad) y desobediencia civil. Dejó el país en 1914 tras pasar y sufrir aquí unos 21 años y ahora tiene una plaza a su nombre en el distrito central de Johannesburgo.

Plaza de Mahatma Gandhi en Johannesburgo
Gandhi vivió y trabajó como abogado durante 21 años en Sudáfrica, fue encarcelado por oponerse al racismo y discriminación

A esa plaza y sus alrededores bajaba yo con la moto a comprar frutas y verduras, en esos mercados callejeros que tienen todo mucho más barato que en los supermercados. Mi querida Big Boy de segunda mano se quedaría una semana aparcada en el Explorer Backpackers, donde la magia de esos hostels a los que llegan viajeros que van por libre hizo lo suyo.

Porque el principal objetivo de estar en el norte de Sudáfrica en ese mes de junio de 2025 era ir al Parque Nacional Kruger, el más importante en vida salvaje del África austral y casi tan a la altura de los de Kenia y Tanzania (reservas Masai Mara y Serengueti), pero mucho más barato. Creo que hablo con criterio y puedo comparar porque los he hecho todos.

En el Explorer nos conocimos una francesa de la isla caribeña de Guadalupe que daba clases en Nueva York, un joven somalí que salió huyendo con sus padres de la guerra que nunca acaba y terminó en Noruega y una jovencita surcoreana que comía seis veces al día. Los cuatro nos juntamos para alquilar un 4×4 y hacer por nuestra cuenta el Kruger durante cuatro días.

Una jirafa cruzando por la carretera
Nos juntamos cuatro viajeros en el hostel, alquilamos un 4×4 y nos fuimos al Parque Kruger.

El único tonto que tenía carné de conducir es el que suscribe, no me importó estar siempre al volante, mereció y mucho la pena. Porque a diferencia de Kenia o Tanzania, en Sudáfrica los parques nacionales se pueden visitar por propia cuenta, con tu propio coche y conducción sin necesidad de contratar safaris ni guías. Pero a esta experiencia tan especial le dedicaremos en breve un amplio especial con todos las pistas y recomendaciones en conmochila.com.

A la vuelta del Kruger y de recorrer las provincias de Mpumalanga, un poco de Limpopo y bastante de Gauteng, además de hacer la Ruta Panorámica del Cañón del Río Blyde, me eché a lomos de la Big Boy camino del sur, concretamente hacia la cadena montañosa del Drakensberg (Montañas del Dragón).

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Atardecer desde los acantilados del Cañón del Río Blyde.

Sudáfrica es un país austral así que al doblar el mapa lo que en el hemisferio norte es verano aquí es invierno, de forma que me tocó comprar equipación motero-invernal para viajar precisamente a las montañas más altas de Sudáfrica y Lesoto, donde nieva en invierno.

Mi primera etapa fue invernal e infernal, no por el frío, que no fue extremo, sino porque cometí el error de meterme con la moto por la autopista sur que sale de Johannesburgo camino de Kestell, una de las entradas norte del Drakensberg.

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Esas carreteras infinitas del norte de Sudáfrica de camino a la Ruta Panorámica.

Fueron casi 300 kilómetros a los que dediqué más de 9 horas con tres paradas cortas, a una velocidad media y absurda de 60 kms por hora, sometido a los bandazos de aire que me disparaban todos los camiones que me adelantaban, que no fueron pocos y lo hacían sin mantener la más mínima distancia de seguridad.

Pero bueno, cansado pero no derrotado llegué al Karma Backpackers, una casa familiar regentada por Lucio, un jubilado italiano que llevaba más de 40 años en Sudáfrica. Estábamos él y yo solos, más un amigo zulú que venía a desayunar con él. Nos echábamos buenas charlas mañaneras despotricando contra Donald Trump y su amigo el asesino de niños gazatíes.

Después yo me iba con la moto a conducir por las bonitas carreteras entre montañas y a hacer los trekkings. Empecé por el Golden Gate Highlands National Park, que hace frontera con el mini país Lesotho y es de una belleza rojiza y semidesértica.

El plato fuerte del norte de Drakensberg es el Amphitheatre hiking, un ascenso cañero de casi cinco horas para alcanzar una meseta en altura atravesada por el río Tugela, cuyo cauce se desploma por uno de los acantilados la friolera de 1.000 metros.

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Duro y bellísimo el ascenso al Amphitheatre, en el Sentinel Park, y coronar la meseta de la que cae la gran Catarata Tugela.

Dicen que es la cascada más alta del mundo, por delante del Salto del Ángel de Venezuela. Las vistas desde arriba son alucinantes y para el día siguiente me reservé hacer el trekkings desde abajo, atravesando la garganta encajonado entre acantilados hasta llegar cerca del punto en el que cae esa misma Tugela Fall.

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Un pequeño homenaje gastronómicos tras hacer el trekking en Drakensberg. 

Hay más rutas para hacer en la cadena montañosa. Mi siguiente parada fue en el Royal Natal National Park, donde me nevó y disfruté de unos trekkings muy bonitos moteados de blanco. En estas montañas se conservan pinturas rupestres en muy buen estado.

Tras unos diez días entregado a las montañas decido poner rumbo hacia el océano Índico, que baña toda la costa este sudafricana hasta el Cabo de las Agujas, donde sus aguas chocan con las del Atlántico.

De despedida una buena cata de vinos en la Cathedral Peak Wine Estate y a meter kilómetros camino de Durban, la tercera gran ciudad del país, capital de la provincia de KwaZulu Natal.

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El país más austral de África está plagado de viñedos, son grandes productores de vinos de calidad. 

Al norte, mirando hacia Mozambique se extienden las playas surferas de Ballito, donde pasé varias días disfrutando del mar y de cocinar pulpo y langostas que compraba a los pescadores en las propias rocas desde las que pescaban.

En Durban pude percibir que la fisonomía de la ciudad cambia, hay mucha más negritud que en Johannesburgo y se nota también que fue zona de llegada y asentamiento de indios y pakistaníes, los que venían de las colonias británicas. El olor especiado de sus calles y el ajetreo callejero es lo que más me gustó de Durban, que dejé atrás para conducir camino del sur en paralelo al océano.

Los fríos del invierno quedan aquí atemperados por la brisa cálida que el Índico nos trae del este y la conducción de la moto se hace más cómoda. Llego a Port Edwards donde pasaré unos días de playa y casi sin querer me haré seguidor del equipo de rugby nacional, los Springboks, gracias a los nuevos amigos que hice. Han ganado los últimos dos mundiales y son el orgullo nacional, no en vano el springbok, la gacela o antílope saltarín, es el animal y símbolo de la unión y reconciliación de Sudáfrica.

Sin billete de vuelta, por Balta
Sin billete de vuelta, por Balta
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Baltasar Montaño

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