La laguna de Chikabal, en el cráter del volcán del mismo nombre, es un lugar sagrado en la cosmogonía maya. Las visitas turísticas no están permitidas en mayo, mes dedicado a sus rituales. Ubicada entre los 2700 y los 2800 metros de altura y perteneciente al municipio de San Martín de Sacatepéquez, las orillas de la laguna son el típico bosque nuboso. A media tarde cae la niebla y el paisaje adquiere un aspecto fantasmagórico.



Visitar Chikabal es un escenario que no defrauda aunque no resulta fácil de acceder. La conducción de Quetzaltenago hasta aquí es como descender a uno de los nueve círculos del infierno de Dante. Nada nuevo en las carreteras guatemaltecas. Ahorraré los detalles.
Una vez en la base del volcán hay dos opciones. Subir a pie la montaña hasta el cráter (unas dos horas de caminata) o dejar el auto de alquiler en el parking y contratar los servicios de El Torito, un 4×4 tipo pick up con la parte trasera preparada para llevar a los guiris a la cima (un tipo de transporte como el de los safaris en África) por un módico precio (unos 6,5 euros). Esto parece lo más aconsejable porque arriba hay que andar bastante para rodear el cráter y si llegas ya reventado no es lo mismo.


La experiencia de viajar en El Torito solo es apta para corazones fuertes. El recorrido consta de dos tramos. El primero te deja en un camping donde compras una entrada para subir al volcán (en Guatemala pagas por todas las actividades de naturaleza y los extranjeros cuatro o cinco veces más que los locales). Hasta aquí la carretera es puro adoquín. Transitable a costa de algo de sufrimiento en los riñones por el traqueteo.

El segundo tramo ya son palabras mayores. El terreno se empina hasta límites inconcebibles. El Torito adopta modos de torito bravo, rebufa y acomete las cuestas con un tremendo bamboleo. La sensación es que vuelca seguro y hasta aquí has llegado. Te agarras donde puedes a la carrocería del auto. El Torito brinca y rebrinca.
Va superando los hoyos, volcándose peligrosamente a un lado y a otro como barco a punto de zozobrar. Sudas. El motor suena enfurecido. Piensas que quién te mandó meterte en una de estas. No puedes grabar porque el móvil saldría volando en una de las sacudidas. Tras diez minutos de angustia y una última cuesta de aupa el Torito alcanza la cima victorioso. Bajas por la escalerilla con las piernas temblando. Un único pensamiento: pa’ haberse matao.





El paisaje pronto te reconcilia contigo mismo. No hay nadie. Bajas por una escalera interminable (que luego hay que subir porque no hay dicha sin esfuerzo) y llegas a la laguna, que es el cráter del volcán. Reina una paz indescriptible, rodeado del bosque nuboso. Rodeas el cráter. En algunos lugares hay altares mayas y restos de hogueras; en otros, cruces cristianas.










Esto es Guatemala, una identidad que es fusión de los contrarios, una tierra caliente donde se vive y se muere deprisa. Volcanes que encierran armonía y destrucción.
