Relato divergente. ¡Cuánto has cambiado!

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Me llamo Thura y vivo en la misma aldea birmana y la misma casa en que nací hace treinta y tres años. Ayer mi mujer, Sanda, me llamó mientras yo limpiaba las malas hierbas de los arrozales y me dijo que había llegado un europeo que quería verme. Me extrañó porque son raras las ocasiones en que algún turista se deje caer por nuestra aislada población. Me acicalé apresuradamente y fui a recibirle.

Era un hombre mayor que tenía el pelo canoso y me saludó por mi nombre diciendo:
“¡Cuánto has cambiado!”.

Relato divergente. ¡Cuánto has cambiado!A pesar de que tengo buena memoria, no logré recordarle hasta que me mostró esta foto de nuestra casa que él había tomado cuando yo era todavía un crío. Soy el primero de la izquierda e hice la payasada de cubrirme la cara. A continuación, se encuentran mi hermanito Zeya y mis hermanas Hayma y Thiri. Los otros tres, Thanda, Wunna y Thiha, eran del vecindario, pero parecían pertenecer también a nuestra familia porque estaban siempre en nuestra casa.

Mi memoria despertó al ver la foto. El europeo que nos fotografió se llamaba Bill y era un joven escocés que recorría nuestro país con una mochila a la espalda.

Al oírle hablar, mi madre dejó lo que estaba haciendo y salió a ver qué sucedía. Ella se rio cuando Bill le preguntó si en nuestra aldea había alguna pensión, y le respondió:
“Por no haber, aquí no hay tan siquiera tiendas, y si necesitamos algo nos vemos obligados a ir a comprarlo al pueblo de al lado, donde sí tienen un hostal”.

En ese momento estalló un trueno e inmediatamente empezó a llover a cántaros. Mi madre invitó a Bill a entrar en casa y le preparó un té. Valga aclarar que ella tuvo que sobreponerse a la vergüenza de mostrarle nuestro simple hogar, pues se componía de una sola estancia, que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio y su único mueble era un desportillado armario, y apestaba igual que la cercana pocilga que se hallaba en el patio trasero junto con la letrina.

Mamá quiso saber a qué se debía que Bill hablase nuestra lengua, y él nos explicó que estudiaba lenguas orientales en la Universidad de Cambridge.

Los siete críos estuvimos observando y escuchando a Bill reverencialmente como si fuese el embajador de la Gran Bretaña hasta que, dejando la taza de té, realizó unos cuantos juegos de manos, como hacer desaparecer una moneda que luego reapareció tras la oreja del sorprendido Zeya: entonces empezamos a creer que era un ser venido de otro planeta.

Poco después llegó mi padre empapado de agua. Aunque de entrada se quedó atónito y sin saber qué decir al ver a Bill, luego se desinhibió cuando éste le agradeció campechanamente su hospitalidad, y terminaron charlando como dos compadres.
Al advertir que atardecía rápidamente sin que la lluvia amainase, papá propuso a Bill que, si no le importaba dormir en el suelo con una colchoneta como nosotros, podría pasar la noche en nuestra casa. A él le pareció de maravilla y nos explicó que había dormido en toda clase de sitios.

Bill terminó pasando un par de días en casa. Cuando partió ya se había convertido en un buen amigo de la familia y durante los siguientes años nos estuvo mandando postales periódicamente de lugares como Hoi An, Luang Prabang o Kioto.

De todo aquello habían transcurrido dos décadas, pero yo seguía siendo un pobre campesino como lo fuera mi difunto padre. Lo único que había mejorado desde entonces es que, cuando invité a Bill a tomar un té, pude ofrecerle una silla para que no tuviese que sentarse en el suelo.

Quiso saber cuántos hijos tenía yo y me contó que él había seguido soltero.

Acerca de aquella vieja foto comentó que parecíamos los siete magníficos, pero no comprendí a qué se refería. Luego, señalando a los que aparecíamos en ella, me preguntó qué había sido de unos y otros. Le conté que algunos habían cursado estudios superiores y se habían convertido en profesionales de éxito. También le dije que todos estaban felizmente casados y vivían con sus familias en diferentes pueblos de los alrededores.

Cuando vi partir a Bill de camino hacia la estación de autobuses pensé que, a pesar de que no se debía engañar a la gente, a veces era mejor decir una mentira piadosa; como había hecho un servidor al no explicarle a mi amigo escocés que yo era el único superviviente de aquellos supuestos siete magníficos en los que se habían cebado en unos casos las enfermedades, como mi hermano Zeva que murió siendo todavía un niño, en otros los accidentes, y un par de ellos que fueron víctimas de la represión de la Junta Militar.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
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