Cap. 14 – Último día y paseo por el mercado de Morondava

Diario de viaje 14 a Madagascar
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (6 votos, media: 5,00 de 5)
loadingCargando…

El último día en Morondava habíamos decidido que sería también para descansar. Después de una de las peores noches de todos mis viajes, por un dolor de estómago que me mantuvo despierta casi dos horas maldiciendo todo lo que había comido los últimos días, nos gustó la idea de dedicarnos simplemente a holgazanear.

La única tarea necesaria ese día era acercarnos a un banco a sacar algo de dinero pues empezábamos a andar un poco escasos de ary-arys, así que tras el desayuno cogimos un pousse-pousse y fuimos al centro del pueblo. El vehículo que nos llevaba tenía la cadena de la bicicleta suelta y el conductor se pasaba más rato intentando volverla a colocar que pedaleando; lo que podría haber sido un viaje de apenas diez minutos terminó siendo de media hora… ¡mora, mora!

Otro que parecía tener problemas con su automóvil
Otro que parecía tener problemas con su automóvil

Cuando volvimos a nuestra acogedora casita en la playa y tras bebernos una cerveza fresca en el porche, apareció Bobby con esa expresión suya tan típica: los ojos mirando al cielo y la cabeza ladeada significaba que estaba pensando algo. Quería comprar alguna cosa y creía que lo iba a encontrar en el mercado de Morondava y puesto que no teníamos muchos más planes nos fuimos con él.

Volvimos a coger otro pousse-pousse y en diez minutos llegamos al centro. Bobby, que había demostrado ser todo un hombre de recursos, viajaba con una cacerola eléctrica con la que se podía hervir cualquier cosa y prepararse él mismo la comida. El día anterior nos había hecho toda una demostración invitándonos a comer unos frutos secos que acababa de preparar. No se si es que le había dado por hacerse sopas, pero el caso es que ahora necesitaba una cuchara y como no tenía ni idea de francés nos pidió ayuda a nosotros, a los expertos… No es de extrañar entonces que diésemos toda la vuelta al mercado antes de encontrar un puesto con cubiertos para satisfacer la emergente necesidad de nuestro amigo chino.

El mercado de Morondava
El mercado de Morondava

El mercado era enorme y tenía de todo, casi idéntico a los que habíamos visto en el resto de Madagascar y también a los del sudeste asiático. En busca de una de esas cestas de paja tan típicas entre los malgaches nos metimos sin querer en el área del pescado. Cuando conseguí atravesar todo el pasillo, triunfal por no haber ingerido ni aspirado una de los millones de moscas que vivían en el lugar, vi que Toni y Bobby se habían parado en uno de los puestos a mirar. Yo decidí seguir buscando las cestas mientras Bobby buscaba algo para preparar la cena.

Pescado a la espera de Boby
Uno de los puestos

De vuelta otra vez a nuestra casa nos encontramos con el dueño de ésta, un señor de unos 40 años hijo de padre francés y madre malgache; su tez morena como la de los isleños contrastaba con sus ojos azules dando fe de la miscelánea. El hombre, que se debía de haber percatado de lo poco que teníamos que hacer esa tarde nos hizo una propuesta: ir a visitar un parque en las afueras cerca de un hotel en obras en el que podíamos ver lémurs. Mi pregunta y la de Selva fue muy clara ¿es un zoo? de ser así no teníamos ninguna intención de visitarlo. Su «no» fue tan inmediato que resultó creíble, así que subimos en su «cat cat» (4 x 4) y nos fuimos con él.

La zona residencial en construcción estaba bastante alejada de la playa e incluso de Morondava. Para llegar hasta allí había que salir a las afueras y atravesar largos caminos sin asfaltar por los que el automóvil tenía que ir haciendo maniobras y casi media hora más tarde llegamos al parque. Había grandes carteles anunciando lo que se suponía que iba a ser aquello y algunas cabañas enormes y lujosas que hacían a uno imaginarse la cantidad de dinero que habría que pagar para pasar allí una noche. Pero alrededor no había nada. El paisaje era de lo más desolador y cuando el señor de ojos claros nos hizo un gesto para que le siguiéramos nos llevamos la peor de nuestras sorpresas: una jaula de unos 3 metros cuadrados llena de lémures que empezaron a chillar y a saltar por las paredes cuando nos vieron. Había algunos que, con la expresión tan triste que daban ganas de llorar, asomaban sus largos y afilados dedos entre las rejas esperando a que Bobby les diera alguno de los cacahuetes que se estaba comiendo. ¿Para qué nos había traído hasta allí? ¿Qué era aquello, una broma de mal gusto? Decidí seguir andando para ver que más tenían allí dentro y me encontré con otra jaula con ranas y tortugas en las mismas condiciones. Sin duda el hombre se había lucido llevándonos allí, solo me faltaba ver la zona de las serpientes, metidas en terrarios en los que apenas tenían espacio para desenroscarse… 10 minutos más tarde le pedimos que nos trajese de vuelta a Morondava, pues aquel lugar no nos resultaba ni divertido ni entretenido, algo que extrañó mucho al hombre.

Esa tarde, mientras nos preparábamos para salir a cenar con Selva y Bobby cocinaba, Leonard vino a hacernos una visita.

Hoy toca probar tiburón!!
Dando un bocado a la cena de Bobby

Ya habíamos decidido volver a Antsirabe para empezar a ver las tierras altas de Madagascar, así que le preguntamos al guía si iba a salir algún coche particular la mañana siguiente en esa dirección. Muy a nuestro pesar no había nadie más que fuese hacia allí y si queríamos un vehículo para nosotros teníamos que pagar una cantidad que se salía de nuestro presupuesto, tendríamos que ir a la estación de madrugada y esperar a que se llenase un taxi-brousse.

Esa noche en el restaurante Jamaica nos despedimos de Selva, que decidía quedarse unos días más en Morondava mientras esperaba que terminase el papeleo para recuperar su pasaporte. Después de diez días juntos compartiendo aventura, nuestros destinos tomaban caminos diferentes, el nuestro era ahora el este de Madagascar.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Send this to a friend