Cap. 16 – Ambositra, llegada a las tierras altas de Madagascar

La ventaja de haber comprado el billete de taxi-brousse el día anterior al personal del hostal en el que nos alojábamos era que el coche pasaría a por nosotros sin necesidad de tener que ir hasta la estación.  Además habían tenido el detalle (quizás solo fue casualidad) de guardarnos dos sitios juntos entre una quincena de personas que ocupaban ya casi todos los asientos esperando para partir en dirección a Ambositra. No tuvimos que esperar a nadie más, pues éramos los últimos en subir, así que nada más sentarnos el taxi arrancó y abandonó las calles de Antsirabe donde los primeros pousse-pousse ya salían en busca de clientela.

Taxi-brusse camino a Ambositra
Taxi-brusse camino a Ambositra

El paisaje había cambiado completamente desde que habíamos abandonado Morondava. Ahora estábamos ya en las montañas y una niebla persistente nos acompañó durante la hora y media que duró el trayecto. Aun así Toni insistía en hacer una foto tras otra a través de la ventana.

Los paisajes del trayecto
Los paisajes del trayecto

A nuestra llegada a Ambositra un par de pousse-pousse nos llevaron al hotel Prestige que, pese a lo despampanante de su nombre y pese a llamarse hotel, aquello no era más que una casa grande con unas cuantas habitaciones amplias y suficientemente limpias.

En pousse-pousse yendo al hotel
En pousse-pousse yendo al hotel
El hotel Prestige de Ambositra
El hotel Prestige de Ambositra

Instantes después de descargar las mochilas y mientras hacíamos el check-in en el patio del hotel, un grupo de jóvenes se acercó a pedirnos dinero para comprar una pelota de fútbol y enseguida avisaron a los guías locales de nuestra presencia. Entonces apareció Landri, un hombre muy bajito y encorvado cuyo extraño aspecto me hizo dudar de su edad. Cojeaba de manera que a quién lo estaba mirando le daba la sensación de que tardaría una eternidad en avanzar un par de metros, aun así sin prisa pero sin pausa se abrió paso entre los muchachos y se plantó delante de nosotros. Sus propuestas eran salir con una furgoneta a ver el grupo de aldeas de alrededor declarado Patrimonio de la Humanidad o ir con él a dar un paseo por las montañas y visitar el palacio real. Aceptamos la segunda opción pues la primera, aunque sonaba muy bien, se salía demasiado de nuestro presupuesto, pero antes de empezar a andar necesitábamos algo de energía así que como todavía era muy pronto quedamos con él a las 10:30 y nos fuimos a desayunar algo. Tras dar una pequeño paseo por las calles del pueblo encontramos el hotel Jonathan donde llenamos nuestro estómago con una enorme barra de pan acompañada de mermelada, zumo y café.

Pedazo desayuno que nos dimos
Pedazo desayuno que nos dimos

Seguía siendo pronto cuando terminamos y puesto que habíamos llegado en día de mercado decidimos ir a visitarlo. Las largas calles de Ambositra lucían alegres llenas de puestos de ropa, telas, fruta o juguetes y la gente aprovechaba la ocasión para comprar cualquier cosa. Nosotros observábamos todo con curiosidad y dejándonos llevar por la corriente que formaban las personas, y sin darnos apenas cuenta nos metimos en una calle larga y estrecha en la que casi no había espacio para moverse. Intentar andar juntos era tarea imposible en aquel tramo en el que hasta las gallinas que se vendían pedían permiso para respirar, suerte que Toni pudo seguir mi cabeza que sobresalía entre la de los demás para volvernos a encontrar al final. Entones la calle se ensanchaba y el mercado se volvía a convertir en un sitio agradable por el que pasear sin tropezar con nadie y disfrutar de las tiendas que vendían cestas y artículos de decoración hechos todos con mimbre.

Día de mercado en Ambositra
Día de mercado en Ambositra

Tras el paseo matutino volvimos al hotel Prestige donde Landri, puntual para que no nos escapáramos, ya nos estaba esperando. El guía hablaba francés, pero suficientemente despacio y sin muy buen acento, perfecto para que le pudiésemos entender; nos preguntó si ya estábamos listos y empezamos la excursión.

Comienza la excursión
Comienza la excursión

El hombrecillo, que andaba bastante más deprisa de lo que hubiésemos imaginado viéndole cojear, se puso en marcha delante de nosotros y nos hizo un gesto para que le siguiéramos. Enseguida abandonamos la zona más turística y llegamos a las afueras donde las tiendas de souvenirs desaparecían y en las calles solamente había puestos de comida. La distancia entre las casas iba aumentando a la vez que el número de éstas se iba reduciendo y el terreno montañoso ganaba espacio, los cebúes mientrastanto pastaban a sus anchas en el sitio que les quedaba entre las prendas de ropa que había esparcidas por el suelo. Con el tiempo terminé viendo normal ésta típica manera malgache de «tender» la ropa al sol.

Toni con Landri
Toni con Landri

Cuando finalmente salimos de Ambositra nos metimos en un camino de tierra, y el sol, que todavía no se había hecho notar durante esa mañana nos recordó que aunque estuviésemos a unos cuantos metros de altura todavía seguía allí. El camino de tierra empezaba a ser cada vez más empinado y la velocidad del guía, que en un principio había calificado de no demasiado despacio, empezó a ser paso ligero y terminó siendo una marcha que en ocasiones me costaba seguir. Subíamos a un ritmo constante y a nuestras espaldas el pueblo iba empequeñeciendo. Ambositra desde esa altura resultaba todavía más atractiva.

Vistas de Ambositra desde las alturas
Vistas de Ambositra desde las alturas

Media hora más tarde llegábamos a la cima de la montaña donde unos peldaños de piedras nos condujeron hasta dos casas de madera que, según nos dijo Landri, formaban parte del palacio real y a mí, imaginar un rey tan modesto capaz de vivir ahí dentro me hizo dudar de la veracidad de las palabras del guía.

¿Palacio real?
¿Palacio real?

Tras un descanso necesario para coger un poco de aire volvimos al mismo camino y empezamos a descender por un camino de tierra que, al resbalarse, resultaba más complicado que la subida.

La bajada
La bajada

Cuando llegamos a las faldas de la montaña, atravesamos una pequeña aldea formada por poco más que un colegio y unas pocas casas muy separadas entre ellas y, en una de ellas en la que había un niño y un ternerito en la puerta aguardando, Landri nos hizo un gesto para que pasáramos dentro.

El niño co su ternero
El niño con su ternero

El propietario de la casa estaba sentado en el suelo tallando figuras de ébano y cedro en el momento que invadimos su morada y cuando nos vio se levantó para saludarnos e invitarnos a subir a la parte de arriba. Subimos por una estrechísima y empinada escalera de caracol que llevaba a una reducida habitación donde el hombrecillo tenía algunas de las figuras que ya había terminado guardadas. Se trataba de una colección de figuras de hombres y mujeres (algunas de ellas embarazadas) con herramientas de campo y recipientes para poner especias con formas de animales como camaleones y tortugas. Algunas nos gustaron y pensando que sería un buen regalo para nuestros padres empezamos con el regateo. La pelea de cifras no duró demasiado pues el precio inicial no nos pareció para nada excesivo, y sabiendo que en las tiendas iba a estar más caro compramos un par de figuras grandes y algunos recipientes.

El escultor trabajando el ébano
El escultor trabajando el ébano

Terminamos de atravesar el pueblo y llegamos a la carretera donde detrás de una casa unas cuantas jóvenes habían montado un puesto con más cosas talladas. Aquí tenían mucha más oferta: llaveros, ceniceros, anillos… Tras un regateo más difícil que el anterior conseguimos unos cuantos llaveros de madera con lémures pintados a mano. Perfecto, ¡ya teníamos algunos detalles para nuestro amigos!

Buscando los regalos para la familia y amigos
Buscando los regalos para la familia y amigos

Cuando llegamos de vuelta al hotel el calor ya era insoportable. Lo mejor que se nos ocurrió fue tomarnos un refresco en el jardín refugiados del sol en una sombrilla con la compañía de nuestro nuevo amigo, un gatito gris muy simpático al que no recuerdo porqué, habíamos bautizado como Leonard.

Con "nuestro" nuevo gato Leonard
Con «nuestro» nuevo gato Leonard

Por la tarde, aprovechando que ya habíamos empezado el día con la compra de algunos regalos, fuimos a dar una vuelta por las tiendas que había en el pueblo. Dimos un largo paseo y vimos la cantidad de souvenirs que tenían allí, desde pulseras y pendientes hasta sillas y mesas talladas con detalles característicos. Y cuando el hambre fue más fuerte que las ganas de seguir viendo cosas decidimos ir al hotel Jonathan a cenar, con la esperanza de que la cena fuese tan generosa como lo había sido el desayuno. Y así fue.

Cervecita en el restaurante Jonathan
Cervecita en el restaurante Jonathan
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