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Cap. 22 – El carnívoro más grande de Madagascar: el fossa

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No hizo falta que sonara el despertador aquella mañana. Con los primeros rayos de sol el singular canto de los indris de Analamazaotra resonaba por cualquier rincón de Feo’ny Ala, sacando de la cama hasta al viajero más perezoso. En la recepción del hotel Natalie y Françoise, una pareja de franceses con quienes habíamos quedado la noche anterior para ir con el mismo coche al Parque Nacional de Mantadia y abaratar costes, nos esperaban ya.

Aquí no viene nadie...

Esperando al guía…

A las 8 en punto partíamos las dos parejas en dirección al parque nacional de Mantadia junto a Sted, el joven que nos guió el día anterior por Analamazaotra. Durante una hora entera estuvimos saltando dentro del vehículo que circulaba por una carretera en muy mal estado, toda encharcada a consecuencia de las intensas e insistentes lluvias de los últimos días.

A la entrada del parque uno se hacía la idea de lo que iba a ser la visita, el denso paisaje nos lo advertía, y tras un rato deliberando con la otra pareja finalmente optamos por la ruta de dos horas y media, pues nos aseguraron que en esa veríamos varias especies de lémures sin cansarnos excesivamente y con algo de suerte podríamos incluso ver algún fossa.

Comienzo de la ruta que íbamos a realizar

Comienzo de la ruta que íbamos a realizar

Fue cruzar un pequeño puente de madera y entrar de lleno en la selva. El desgaste por las pisadas de los visitantes marcaba un pequeño sendero del que en numerosas ocasiones había que desviarse para adentrarse entre matojos y lianas en busca de algún animal que había escuchado Sted y escasos minutos más tarde ya estábamos empezando a disfrutar de la fauna. Volvimos a escuchar a los indris, a ver algún sifaka de diadema y un montón de lémures pardo común.

Un lemur pardo común

Un lémur pardo común

Un sifaka de diadema

Un sifaka de diadema

En una ocasión nos adentramos en lo más denso de la selva por una zona en la que la distancia de un árbol a otro apenas permitía pasar entre ellos sin quedar encajado en medio y la espesa capa de hojas secas en el suelo nos hacía tener que levantar mucho las piernas al andar sin saber lo que íbamos a pisar.

La espesa jungla

La espesa jungla

Mientras andábamos intentando atravesar aquella zona, Sted se acercó corriendo a un árbol hueco con un agujero en el tronco y nos hizo un gesto para que nos acercásemos en silencio; había visto algo. Cuando estuvimos cerca vimos un ser diminuto que se asomaba tímidamente mirando a ver quienes éramos. Con movimientos rígidos como si de un teleñeco se tratase, el animal nocturno, que era un lémur de minle-edwars nos miró a todos de arriba a abajo con una mezcla de resignación e indignación, y cuando se dio cuenta de que éramos unos pesados turistas se metió en la que era su casa. No parecía tener mucha prisa, pero si mucho sueño.

El pobre lemur nocturno

El lémur nocturno

La ruta era corta pero estábamos realmente satisfechos por estar viendo tantos animales aquella mañana en tan poco tiempo. Un rato más tarde, mientras comentábamos la anécdota del lémur nocturno, nos dimos cuenta de que Sted llevaba unos minutos mirando a lo alto de los árboles observando algo y sin que nos dijese nada empezamos a mirar todos hacia el mismo lugar. Había tantos árboles y tan altos que era imposible visualizar nada. Nos preguntábamos qué sería lo que miraba con tanto ahínco hasta que por fin el guía levantó el dedo en una dirección y gritó: ¡ahí están! ¡dos fossa!. ¿Fossa? ¿El depredador más grande de Madagascar? No podía creer que tuviésemos tanta suerte de encontrar no uno, sino dos, pues se trata de un animal que muy pocas veces se deja ver. Tras unos minutos mirando a todos los lados sin encontrarlos, finalmente los vi. Estaban entre las ramas más altas de los árboles, a unos 20 metros de altura y camuflados entre las hojas. Parecía que nos observaban también a nosotros.

La pareja de fossa

La pareja de fossa

Su gran agilidad para trepar, saltar y cazar y su carácter solitario recuerdan mucho a los felinos, aunque no pertenecen a la misma familia. Su pelaje es muy corto, posee garras retráctiles, una cola muy larga y bigotes sensoriales. Se alimenta de pájaros, lémures y otros pequeños mamíferos, aunque se ha ganado muy mala fama en Madagascar por atacar animales domésticos y entorno a él también existen numerosas leyendas.

Mirada del fossa

Mirada del fossa

El hallazgo bien mereció la pena estar allí un rato contemplándoles aunque nos dejásemos el cuello en ello. Hasta Sted se mostraba sorprendido, ya que muy raramente conseguía ver a “el fossa”. Hoy en día se encuentra en una situación muy delicada pues la desaparición de su hábitat ha hecho disminuir el número de ejemplares.

Seguimos con el recorrido con una inmensa satisfacción, viendo muchos más lémures pardo común, ranas y algún martín pescador, y dos horas y media más tarde estábamos atravesando ya el mismo puente del principio del recorrido; habíamos llegado al final.

Un martín pescador

Un martín pescador

La parte de la visita a las cascadas que habíamos programado en un primer momento la tuvimos que suspender pues nuestros compañeros franceses tenían algo de prisa por hacer el check out, así que reanudamos la vuelta al pueblo. ¡Qué contentos veníamos en el coche comentando todo lo que habíamos visto!

Por si no hubiésemos tenido bastante, a mediodía cuando llegamos al hotel un camaleón de Parson nos dio la bienvenida, aunque no fue fácil encontrarlo…

¿Dónde está el camaleón?

¿Dónde está el camaleón?

Aquí tenemos al camaleón de Parson

Aquí tenemos al camaleón de Parson

Luego por la tarde lo único que hicimos fue ir a un ciber de Andasibe a dar señales de vida y comunicar a nuestros familiares que el viaje oficial había terminado, que el día siguiente empezábamos el camino en dirección a Tsiroanomandidy donde Julián nos esperaba para mostrarnos el trabajo de la ONG Fami Bongolava.

Dando noticias desde el ciber

Dando noticias desde el ciber

Con la tarea realizada dimos la vuelta hacia el hotel, y como no conseguimos encontrar ningún coche que nos acercarse tuvimos que andar 40 minutos por la carretera. El paseo fue largo, aunque aprovechamos para hacernos unas cuantas fotos, entre ellas con una ravenala madagascariensis (planta endémica de Madagascar y presente en su escudo nacional), y hacer sed para la bien merecida cerveza que nos bebimos después en la terraza de Feon’ny ala donde nos relajamos hasta el atardecer. El día finalmente había sido bastante completo.

Con la ravenala

Con la ravenala

Como era la última noche visitando animales, uno de los principales motivos del viaje a Madagascar, decidimos no mirar precios y celebrar el fin de la aventura con una botella de vino de Sudáfrica. Aunque el extenso comedor no era precisamente íntimo pudimos disfrutar de la velada hablando de lémures, sifakas, camaleones y fossas. Poníamos un punto y seguido al viaje “de placer” y pasábamos al apartado solidario, el que nos ofrecería otra clase de emociones, y muchas. Solamente nos había faltado una cosa: encontrar la maldita rana tomate…

Brindando por el viaje

Brindando por el viaje

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