Cap. 03 – Caos en la estación, pousse pousse y llegada a Antsirabe

Diario de viaje a Madagascar capítulo 3
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Era ya mediodía cuando nos despedimos de los trabajadores de Le Karthala y salimos en dirección a la estación de taxi-brousse del sur de Antananarivo. Volvía a hacer un día perfectamente soleado y nos moríamos de ganas de salir de la ciudad en dirección a los pueblos. La  taxis Renault 4 y Citroen 2C color crema inundaban las calles, cogimos uno de los del primer modelo que ya nos esperaba en la esquina y atravesamos la capital.

En el taxi camino de la parada de taxi-brousse
En el taxi camino de la parada de taxi-brousse

Antananarivo seguía con su ritmo frenético totalmente ajena a nuestra despedida hasta que diez minutos más tarde y para nuestra sorpresa, hicimos una entrada triunfal. Casi al mismo instante en que la primera rueda del coche pisó la estación de taxi-brousse, una avalancha humana nos asaltó. Los golpes en los cristales y los gritos medio en francés, medio en malgache nos alertaban de la que se avecinaba y nada más pisar el suelo se armó la gorda.

-¡¡¡¿Antsirabe?!!! -¡¡¡¿Ambositra?!!! -¡¡¡¿Fianarantsoa?!!! -Los nombres de los diferentes destinos retumbaban en nuestras cabezas mientras intentábamos recoger el equipaje y situarnos. Unas diez personas se amontonaron delante del taxi para llevarse nuestras mochilas y dejarlas en su taxi-brousse pues todos querían que fuésemos al suyo.

Diciendo la palabra mágica «Antsirabe» conseguimos hacer desaparecer a la mitad de los cazaclientes, pero los que quedaron fueron suficientes para seguir enredándonos. En un intento de poner orden al caos, muy ingenuo por nuestra parte, Toni preguntó cuál era el que iba a salir primero y el chaval más rápido de ellos cogió las mochilas, dijo que saldríamos de inmediato y no nos quedó más remedio que salir detrás de él. Pronto aprendimos que preguntar quién salía primero no resultaba útil, pues todos contestaban siempre lo mismo “¡Tout de suite!”.

Nuestro primer taxi-brousse desde Antananarivo
Nuestro primer taxi-brousse desde Antananarivo

El modus operandi en una estación de taxi brousse, aunque al principio pueda parecer complicado, es muy sencillo. Para empezar los horarios no existen, simplemente hay que esperar a que se llene un vehículo y entonces partirá hacia su destino. De nada sirve preguntar si saldrá a las 8 o si llegará antes de las 10, los taxistas y su grupo de cazaclientes siempre te dirán que sí a todo. La ventaja de esto es que vayas a la hora que vayas siempre habrá algún taxi-brousse esperándote, lo que no se sabe nunca es a qué hora saldrá. Dicho esto, lo único que hay que hacer cuando se llega a la estación es buscar donde está el taxi-brousse que va al destino que se desea y como habréis podido comprobar no resulta nada difícil encontrarlo, pues más bien te encuentran ellos a ti.

Y así es como terminamos sentados en la parte delantera de una furgoneta, pagando un poco más por el lujo que supone ir más anchos en los primeros asientos y esperando que se llenase lo suficiente para poder marchar a Antsirabe. Por lo menos habíamos cogido el mejor sitio. O eso nos habían dicho…

El interior del taxi-brousse desde la parte delantera
El interior del taxi-brousse desde la parte delantera

A la una del mediodía terminaron de atar todo en la baca, sofà incluido, y el conductor subió al taxi-brousse. Cuando arrancó el vehículo, una mirada a la parte posterior de la furgoneta me hizo suspirar de alivio por estar delante y no en los repletísimos asientos traseros cuyos pasajeros parecían estar envasados al vacío.

Dejamos atrás el bullicioso centro de Tana y empezamos a ver las primeras pinceladas del Madagascar más rural. A ambos lados de la carretera se presentaban ante nosotros los arrozales y cerca de ellos siempre los famosos cebús. Inconfundibles por sus largos cuernos, la enorme giba y la papada colgante, el cebú se convirtió en un compañero más de viaje que encontrábamos en casi cualquier zona de la isla.

Uno de los muchos cebús que veríamos en Madagascar
Uno de los muchos cebús que veríamos en Madagascar

El hotely de carretera en el que paramos se asemejaba a cualquiera de los que vimos en Camboya: un comedor grande con muchas mesas para abastecer a decenas de taxi-brousse. Entramos solamente por tomar alguna cosa para beber pues habíamos desayunado muy tarde y no teníamos hambre, así que nos sentamos en un rincón y dimos una ojeada al hotely. Lo que más me llamó la atención fue la cantidad de platos de arroz que había repartidos por las mesas, todo el mundo lo comía acompañado de un poco de carne y pronto nos dimos cuenta la la importancia de este cereal en Madagascar.

En el hotely con una niña que no paraba de jugar
En el hotely con una niña que no paraba de jugar

Cuando salí en busca del baño pasé por donde estaba comiendo el conductor y vi que espantaba un gallo que tenía muy claro que ésa era su mesa y ése su plato. En ese restaurante era fácil ver este tipo de aves compartiendo la ración con algún despistado.

Muchos de los baños de los que visité en Madagascar son dignos de mención, pero el primero del viaje sin duda alguna fue el de este hotely. La puerta era tan baja que cuando estaba de pie se me veía de cintura para arriba, además no había pestillo y se abría constantemente. La zona de los retretes estaba un poco elevada y el agujero del suelo por donde salían todos los residuos asomaba a un enorme y repugnante charco a unos dos metros de distancia. Miré la letrina y acordándome de la escena cómica de Slumdog millionaire puse una mano en la riñonera, la otra en la puerta y tuve todo el cuidado que pude.

La segunda parte del viaje se hizo un poco menos soportable pues el motor del coche, que quedaba justo debajo de nosotros, calentaba tanto los asientos que nuestros traseros empezaban a alcanzar temperaturas extremas. Afortunadamente en poco más de una hora llegamos a nuestro destino y nuestras nalgas no sufrieron daños graves.

Camino de Antsirabe
Camino de Antsirabe

Tres horas y media después de haber salido de Antananarivo llegábamos a Antsirabe. La estación estaba alejada de la ciudad y no había taxis para acercarse al centro. En vez de eso una retahíla de hombres con una especie de carro de dos ruedas se ofrecían para llevarnos encima de ese arcaico vehículo, el pousse-pousse. Este medio de transporte típico de Madagascar abunda en Antsirabe y se asemeja al rickshaw de India pues también es arrastrado por el conductor. Al principio nos mostramos un poco reacios, pero la ausencia de otro medio hizo que nos decidiéramos a subir cada uno en uno aunque no sin encontrarnos un tanto incómodos. A lo largo del viaje nos acostumbramos a viajar en pousse-pousse pero ese día no podía ver otra cosa que a un hombre  descalzo tirando del carro conmigo y las mochilas encima. Mis botas de montaña debían pesar más que él.

El corto viaje en pousse-pousse
El corto viaje en pousse-pousse

Durante el camino hacia el hotel Hasina se nos unió un grupo de jóvenes que andaban con la bicicleta del pousse-pousse de Toni al mío. Eran Billy y sus amigos y nos estaban contando que eran guías y trabajaban en el hotel chez Billy. Querían comentarnos su oferta para hacer el tan famoso tour por el río Tsiribihina, así que esperaron a que hiciésemos el check-in y nos acompañaron luego hasta el restaurante de su hotel. Una vez sentados con nuestra cerveza, Billy nos volvió a explicar el tour igual que lo hizo el guía de Tana el día anterior. La excursión era exactamente la misma pero terminando en Morondava y más barata. Aunque conseguimos rebajar el precio inicial no nos terminó de convencer ni haciendo una versión de la bamba con su guitarra. Necesitábamos rumiar un poco la respuesta.

Meditamos durante nuestra comida en el restaurante Razafimanjy, entre unas cosas y otras se había hecho tarde, eran las cinco y media pasadas y ya teníamos hambre. Haciendo cálculos llegamos a la conclusión de que 550 euros seguían siendo demasiados para nosostros. Además para salir con el grupo de Billy debíamos esperar hasta el miércoles y eso retrasaba demasiado nuestros planes.

Decidimos volver a contarle a Billy lo que habíamos decidido y cuando llegamos a su restaurante vimos que habían montado un mini escenario y él y sus amigos estaban arriba cantando. Nos sentamos en una de las mesas y nos quedamos allí el resto de la tarde. Se había hecho de noche y después de todo un día de viaje nos dimos un descanso. Ya tendríamos tiempo de encontrar una mejor oferta para el tour.

Concierto en el Chez Billy
Concierto en el Chez Billy

 

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