Cap. 20 – Andasibe, un pueblo de cuento

Diario de viaje Madagascar 20
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Tras casi una hora de camino por una carretera empinada y demasiado sinuosa, habíamos llegado a la conclusión de que si bajábamos de aquella furgoneta y empezábamos a andar nos cansaríamos más, sí, pero llegaríamos mucho antes a Andasibe. La tranquila llegada a la estación de taxi-brousse de Moramanga y la formal compra de los billetes en una taquilla aquella mañana me habían dado falsas esperanzas de que aquel iba a ser un viaje tranquilo y sin sobresaltos. Sin embargo el vehículo, que llevaba 35 personas en su interior, era incapaz de circular a una velocidad superior a los 15 kilómetros por hora (así debía de ser pues tardó dos horas en realizar un recorrido de tan solo 30 kilómetros) y en cada curva su motor hacía una pausa para descansar ¡mora, mora!

Para de taxi-brousse de Moramanga
Parada de taxi-brousse de Moramanga
La dichosa furgoneta
La dichosa furgoneta

Suerte que el paisaje, que había vuelto a cambiar de manera drástica dando la bienvenida al bosque, nos mantenía entretenidos. Aquello ya nada tenía que ver con el árido oeste de Madagascar de arenas rojizas y calor extremo, allí el color que reinaba era el verde, llovía e incluso hacía un poco de fresco.

Llegando a Andasibe
Llegando a Andasibe

Casi a mediodía llegábamos a Andasibe que nos recibía con una tormenta. El reducido tamaño del pueblo, sus calles sin asfaltar, el puente en las afueras, la iglesia de la entrada y la vía del tren que pasaba por aquel recóndito lugar le daban un aspecto encantador y casi de cuento. Al pasar por delante del Hotel Buffet de la Gare, construido sobre la antigua estación de trenes, no pude evitar imaginar a Gerald Durrell, uno de sus antiguos huéspedes, tomando apuntes en su libreta sobre alguna anécdota divertida de esas que tanto me habían hecho reír durante las largas horas de taxis leyendo su “Rescate en Madagascar”.

Hotel Buffet de la Gare
Hotel Buffet de la Gare
Iglesia de Andasibe
Iglesia de Andasibe

Salimos de la furgoneta y para no empaparnos fuimos corriendo al hotel Les Orquidées, una casa grande de madera con unas cuantas habitaciones en la que poder refugiarnos del agua, que ya había empezado a caer con mucha más fuerza hacía unos minutos. Y en nuestra acogedora habitación, que parecía incluida en el cuento que habíamos empezado a escenificar, no tuvimos más remedio que quedarnos un buen rato escuchando la lluvia.

Nuestro balcón del hostal
Nuestro balcón del hostal

Casi un par de horas más tarde y viendo que la tempestad no quería abandonarnos decidimos bajar al restaurante del hotel que se encontraba en la planta baja de la casa. Quizás eran los truenos, quizá la puerta que chirrió al entrar, puede que simplemente fuese porque allí dentro no había nadie y en todas las mesas había velas medio consumidas advirtiéndonos de la escasez de electricidad, pero el aspecto de aquel comedor era casi fantasmagórico. Nos sentamos en la mesa más próxima a la entrada y nos pusimos a esperar. De repente, tras gritar un par de veces para comprobar si allí dentro había alguien más aparte de nosotros, una niña muy seria salió del interior y con un francés poco inteligible nos preguntó y tomó nota de los platos. Pero lo más extraño de todo aquello fue que nos dijese que la comida iba a tardar en estar preparada una hora y quince minutos. Y allí dentro, casi a oscuras y acompañados del ruido de los truenos y de las siluetas que de vez en cuando se veían pasar a través del cristal de la puerta que daba a la calle esperamos exactamente el tiempo que nos había dicho la niña.

El solitario restaurante...
El solitario restaurante…

Aquella tarde, mientras aprovechábamos las horas de lluvia para hacer los últimos planes del viaje, y Toni también para ver que tal se le daba aquello de preparar ponche malgache, el temporal pareció darnos una tregua y decidimos salir a dar un paseo. Queríamos ir a ver el hotel Feon’ny Ala, donde nos hacía ilusión pasar las últimas noches pues desde éste, cuyas cabañas de madera parecían formar parte de la selva, se podía escuchar a los indris por la mañana y ver otros lémures desde la terraza del restaurante.

Nos dio tiempo solo de cruzar el puente, pues cuando nos encontrábamos en la otra parte del río ya casi en la estación de tren, un trueno ensordecedor dio paso a un batallón de nubes negras dispuestas a impedirnos ir a cualquier sitio que no fuese otra vez la habitación.

Lloviendo a mares
Lloviendo a mares

Y allí estuvimos hasta que se hizo de noche cuando, cansados de estar toda la tarde refugiados, nos pusimos el poncho, cogimos la linterna y salimos a enfrentarnos a la oscuridad en busca de algo que comer. El restaurante del hotel con su carnívoro menú nos había decepcionado; además, como tardasen lo mismo en prepararlo se nos iba a juntar con el desayuno, así que preferimos comprar algo en los puestos callejeros. Y guiándonos con la tenue luz de alguna bombilla con la que los vendedores alumbraban sus últimas existencias conseguimos encontrar todavía algo para llenar nuestros quejicosos estómagos.

A la búsqueda de comida
A la búsqueda de comida
La encontramos!
La encontramos!

Encendimos una candela encima de la pequeña mesa que había en la habitación, sacamos los rollitos, las bananas rebozadas y el ponche y cenamos a la luz de la vela y al son de los truenos, que muy a nuestro pesar insistían en pasar la noche en Andasibe junto a lo tormenta. ¿Podríamos visitar el día siguiente el parque Nacional de Analamazaotra si no dejaba de llover? Lo peor de todo es que en caso afirmativo aquello iba a estar lleno de sanguijuelas…

Cena a la luz de las velas en la habitación
Cena a la luz de las velas en la habitación

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