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Cap. 14 – El jardín botánico y Sands Skypark

Diario de viaje a Tailandia y Singapur 14
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Por si no hubiésemos tenido suficiente con la sesión floral del día anterior en el Gardens by the Bay, el penúltimo día de nuestro viaje a Singapur nos propusimos pasar la tarde tranquilamente en el jardín botánico. Estábamos completamente convencidos de que no nos iba a dejar indiferentes porque si algo habíamos aprendido aquellos días en la ciudad es que allí no se andan con tonterías. Después de un almuerzo-comida en un sitio muy barato que acabábamos de descubrir en el barrio del hostal nos fuimos en metro hasta el jardín.

La parada nos dejó justo en la entrada, en la que había un cartel bien grande con un mapa del lugar. Tras comprobar la inmensidad de la zona empezamos el paseo por el jardín de bambú, muy cercano a un pequeño lago donde me entretuve grabando a los patos y otros animalillos.

El panel informativo
El panel informativo
Grabando a los animales del lago
Grabando a los animales del lago

Al rato de estar allí nos dimos cuenta de que a aquel lugar acudía gente de todas las edades a escapar de la otra jungla, la de edificios enormes de allí afuera. Familias, grupos de amigos y parejas paseaban relajadamente, leían un libro o aprovechaban el tamaño del parque para hacer un poco de ejercicio.

El jardín esta dividido en varios jardines más pequeños de diferentes temáticas o agrupando especies de plantas, así que al pasar de uno a otro cambiaba completamente el entorno.

Nos sorprendió gratamente el jardín de la evolución, un lugar en el que aprender y comprender como de nueva es la vida respecto a la edad del planeta. Habían helechos y otras plantas que tenían la misma forma que tuvieron hace millones de años y en algunos rincones habían huellas simuladas de dinosaurio por el suelo. La verdad que el ambiente estaba bastante logrado.

Entrada al Evolution Garden
Entrada al Evolution Garden
Plantas milenarias
Plantas milenarias

Luego nos adentramos en una selva pluvial originaria que podía atravesarse por un estrecho camino de madera. En la frondosidad de la jungla uno olvidaba completamente que se encontraba en Singapur; más bien parecía que estabas a cientos de kilómetros del asfalto.

En la pasarela que cruzaba la jungla
En la pasarela que cruzaba la jungla

En un par de jardines con bonsais y cactus de lo más graciosos nos entretuvimos un buen rato con la variedad de estos que había y aprovechamos para hacer un primer descanso. Vimos también piñas y unas palmeras con los troncos rojos de lo más llamativos. Lo que parecía que iba a ser un paseo de una hora se iba prolongando y el calor iba haciendo mella en nosotros.

Una de las piñas
Una de las piñas
Las palmeras de tronco rojo
Las palmeras de tronco rojo

Seguimos paseando sin prisa, dejándonos llevar por el ambiente despreocupado que reinaba en el lugar y sin hacer otra cosa que no fuese disfrutar de la tranquilidad que allí se podía respirar. Atravesamos todo de un lado a otro hasta que finalmente llegamos a una explanada con césped donde nos dejamos caer un rato para finalizar la visita y donde aprovechamos para leer y tomar unas fotos.

No comment
No comment

Pese a ser la flor nacional, finalmente no entramos al jardín de las orquídeas en el que se pueden ver hasta 3000 especies diferentes de éstas, así que recogimos las cámaras y volvimos en metro al hotel; nuestra visita al jardín botánico se daba por concluido.

Por la noche pasamos de salir y cenamos en la habitación algunas cosas que habíamos comprado entre en 7/11 y una tienda de comestibles. Entre nuestras compras había una cerveza china Tsingao que a Toni le apetecía probar, como no. Fue la primera cerveza en 6 días puesto que los precios de éstas no eran muy asequibles para nuestro bolsillo, con lo que la disfrutó de lo lindo…

Toni y sus cervezas...
Toni y sus cervezas…

El último día quisimos decir adiós a Singapur desde el cielo, y que mejor sitio para hacerlo que el Skypark de Marina Sands. Queríamos ver la puesta de sol desde una altura de 200 metros, así que fuimos a última hora de la tarde para contemplar el espectáculo. Llegamos hasta allí en metro y fue entonces donde descubrimos todo un mundo de lujo justo allí abajo. Desde la misma parada hasta la entrada del edificio decenas de tiendas de marcas exclusivas y carísimas, y gente vestida en concordancia a éstas, se abrieron paso antes nosotros y nos hicieron sentir totalmente fuera de lugar. Dejamos para otro momento la compra de un Rolex o un collar de diamantes y seguimos hacia nuestro objetivo.

Tiendas com mucho glamour
Tiendas com mucho glamour
Y más glamour...
Y más glamour…

Una vez localizado el hall del hotel tras dar un par de vueltas perdidos, encontramos el lugar donde se vendían las entradas y nos pusimos a hacer cola para subir al ascensor. Cuando llegó nuestro turno, antes de entrar en aquel ascensor-cohete, nos hicieron una foto sobre un fondo en blanco a modo de ficha policial. Recuerdo que en los escasos 40 segundos que tardamos en subir 56 pisos ya habían hecho un montaje con aquella foto que ya la tenían impresa a nuestra llegada allá arriba y nos la intentaron vender.

Las entradas para subir arriba
Las entradas para subir arriba

Pasamos del souvenir y fuimos directamente a la terraza. Fue salir allí afuera y quedamos con la boca abierta. Desde detrás de un cristal de seguridad transparente a modo de pared que rodeaba la terraza podía verse toda la ciudad de Singapur, aunque lo que más destacaba eran los edificios enormes que teníamos justo enfrente.

Grabando mientras se ponía el sol
Grabando mientras se ponía el sol

Dimos una vuelta de reconocimiento y lo vimos todo: el Gardens by the Bay con sus árboles artificiales -que ahora no parecían tan grandes-, la bahía, el Merlion, la noria, el puerto y un montón de barcos fondeados unos al lado de otros. Era como volver a contemplar la maqueta que vimos pocos días antes en el barrio chino, pero con movimiento. Aquello era verdaderamente impactante.

Vistas de los jardines
Vistas de los jardines

Fuimos a uno de los extremos de la terraza y, estirando el cuello y con el modo cotilla “on”, pudimos ver la piscina infinita del hotel y a los clientes metidos en sus aguas; ¡menudas vistas para darse un baño, que barbaridad!

La piscina infinita
La piscina infinita

Había también un bar a un par de metros sobre la terraza donde tomarse algo, pero tras los 20 euros que habíamos pagado cada uno decidimos no dejar nuestros bolsillos temblando y esperamos la puesta de sol como lo hacía la mayoría de la gente, sentados en el suelo.

Esperando la puesta de sol
Esperando la puesta de sol

Poco a poco el sol fue descendiendo, las luces se fueron encendiendo y la Singapur iluminada por la luz del día dio paso a otra de lucecitas y colores. Realmente valía la pena esperar a ver la ciudad de noche.

Los rascacielos encendiendo sus luces
Los rascacielos encendiendo sus luces
La noria y las grandes avenidas
La noria y las grandes avenidas
Los jardines iluminados
Los jardines iluminados
El skyline de Singapur
El skyline de Singapur de noche

Entonces me acordé de que el día siguiente volvíamos a Tailandia y en mi cara se esbozó una sonrisa, “oh sí, la playa de Tailandia”, no había otra cosa que me apeteciese más que terminar el viaje en una de sus maravillosas playas. En silencio me despedí de la gran ciudad, del asfalto, de los enormes edificios, de su multiculturalidad y de su modernidad. Esta parte del viaje había llegado a su fin, volvíamos a Tailandia…

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