Cap. 03 – Lopburi, el reino de los monos

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Tanto nos habían hablado de Lopburi y su plaga de traviesos monos que, intrigados como estábamos, no pudimos evitar hacer una parada de un día en nuestro trayecto rumbo al norte de Tailandia en la citada ciudad. Apenas sabíamos nada de ésta salvo que había algunos templos para visitar, pero nos moríamos de curiosidad por ver con nuestros propios ojos las manadas de macacos callejeros haciendo de las suyas por templos y calles.

Cuando a mediodía el autobús nos dejó en algún lugar de la ciudad, tras una hora esperando en Ayutthaya y dos en carretera, optamos por ir andando hasta el hostal que habíamos elegido previamente, con tan mala suerte que por allí en aquel momento solamente pasaba gente que desconocía el paradero de Noom guesthouse.

El autobús que nos llevaría a Lopburi
El autobús que nos llevaría a Lopburi

No sin dar un par de vueltas en vano finalmente encontramos el sitio, justo en una esquina cercana donde nos había parado el autobús. El desconocimiento de la zona nos hizo dar más vueltas de las necesarias. Allí, la amable señora nos comentó que no tenían habitaciones disponibles, pero que en su otro local (la Noom guesthouse 2) disponía de una libre para nosotros.

Llegada a la Noom guesthouse
Llegada a la Noom guesthouse

Después de un pequeño paseo nos topamos con un pequeño edificio con habitaciones completamente decoradas con madera en la primera planta y baño compartido en la inferior. Era un sitio sencillo y tranquilo, pero con todas las ventanas extremadamente protegidas por enormes rejas de hierro que, dando un toque tétrico al lugar, servían para evitar los robos por los ladrones más famosos de la ciudad, y con letras enormes un cartel que decía: DON´T FEED THE MONKEYS. Desconocíamos las consecuencias de alimentar a los animalillos, pero por temor a amputaciones de dedos innecesarias, fruto de varios carteles amenazantes como éste, nunca lo llegamos a intentar.

Entrada de la Noom Guesthouse II
Entrada de la Noom Guesthouse II

Tras la comida fuimos a dar una vuelta por el centro, pues aunque la gran atracción para mi fuese la fauna callejera, ya que estábamos quisimos aprovechar y ver algún templo. A medida que nos acercábamos a la zona turística cada vez eran más y más los monos que invadían las aceras y nos observaban intrigados por saber si llevábamos algo encima que les pudiera ser útil. Nos inspeccionaban de arriba a abajo mientras pasábamos por su lado y nosotros, tras las repetidas advertencias de lugareños, intentábamos pasar desapercibidos evitando el contacto visual.

Parecían inofensivos ahí sentaditos, quitándose las pulgas, hurgando en la basura, incluso peleando por un trozo de plástico o trepando por las paredes, pero la ternura que inspiraban desaparecía en el momento en el que dirigían su mirada hacia alguna mochila, suficiente para advertir de sus verdaderas intenciones: saquear.

Y es que aquellos monitos se entretenían con cualquier cosa entre sus manos y buscaban en cualquier sitio, poco les importaba que fuese una bolsa, una tienda o una basura.

Esperando...
Esperando…
Monos comiendo y jugando con lo que sea
Monos comiendo y jugando con lo que sea

Un semáforo en rojo era la mayor tentación. Cuando todos los vehículos paraban, los animales saltaban en avalancha encima de los maleteros y buscaban rápidamente algo de comida. Resultaba gracioso verlos dando saltos de un coche a otro hasta que el semáforo se ponía en verde y volvían de nuevo a la acera como si nada hubiese ocurrido. Ni los greemlins después de un buen chapuzón armaban tanto jaleo, sin duda alguna eran los dueños de la ciudad.

Monos a la caza de los coches
Monos a la caza de los coches

A la llegada al templo comprobamos que la escena se repetía. Decenas de ejemplares lo rodeaban como si de perros guardianes se tratara y permanecían en sus puestos relajados pero sin abandonar la guardia. Entretenida mirando a los bichos apenas presté atención a las tres torres centrales simbolizando a los dioses Siva, Visnú y Brahma y justo antes de entrar en su interior un mono que vio a Toni despistado se acercó corriendo y saltó en dirección a su cámara de fotos. En un acto reflejo Toni levantó la cámara y el mono rebotó en ella dando una voltereta en el aire. Cuando llegó al suelo se dio cuenta de su fracaso y salió corriendo. Se había equivocado de presa pues aunque la hubiese cogido nunca hubiese podido arrastrar el quilo y medio de Nikon.

Los monos campando a sus anchas alrededor del templo
Los monos campando a sus anchas alrededor del templo

Una vez dentro del templo y ya refugiados de los animales y el calor, pudimos hacer unas cuantas fotos tranquilamente y sin la amenaza constante de los ladrones. En el interior la temperatura bajaba drásticamente, y aunque el techo estuviese plagado de murciélagos allí se estaba muy bien, se agradecía un poco de fresquito.

Los murciélagos del interior
Los murciélagos del interior
Vista desde el interior del templo
Vista desde el interior del templo

Andamos un rato por aquella zona pero ya no nos apeteció entrar en ningún otro templo más y, como siempre, una cerveza fresca en una terraza a la sombra de algún árbol tenía mucho más poder de atracción. El calor en aquellos días previos al monzón empezaba a ser insufrible y terminamos nuestra visita por Lopburi agarrados a una Chang; el día siguiente seguiríamos nuestra ruta hacia el norte de Tailandia.

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