“En Malasia se dice que también hay 4 estaciones” recuerdo esa frase como si me la estuviera diciendo ahora mismo “calor, más calor, HAZE y época de lluvias”. Así me explicaba un amigo chino malayo cuando llegamos a Malasia por primera vez, aquel septiembre del 2015.
Hoy recupero aquellas palabras de lo que escribí la primera vez que viví el Haze, hace ahora mismo 11 años. Y tengo que volver a escribir sobre este tema, porque desafortunadamente está volviendo a suceder. Aunque no se le esté dando la voz que debería, las extensiones y gran virulencia de este año marca récords en la devastación del Bosque Virgen Tropical y en consecuencia, el hábitat de los últimos orangutanes y otras magníficas especies.
Actualmente, estas líneas están siendo escritas el 22 de septiembre del 2026, y ahora mismo Indonesia está viviendo su temporada de incendios más intensa desde 2015. El humo “haze” ha vuelto a Malasia y Singapur. Todo se cubre de una niebla sucia que no te deja ni diferenciar el sol. En Sarawak, Borneo, incluso llegó a API 519 lo que hizo declarar una emergencia por la insalubre calidad del aire y el Gobierno indonesio está investigando a decenas de empresas.
En 2015 llegué a Malasia y durante semanas apenas pude ver el cielo. Me dejó tan en shock el saber el porqué que tuve que investigar y escribir sobre ello. Cuatro años después, en 2019, el humo volvió. Y, mi mirada empiezó a cambiar y me empecé a preguntar más «¿cómo hemos conseguido normalizar que esto ocurra?». Que todo el mundo aquí lo tenga tan normalizado. Entonces escribí sobre algo que me parecía incluso más inquietante que los incendios, que era el cómo la gente de este país había empezado a normalizar el “haze”.

Han pasado once años desde aquel primer artículo. Once años de nuevas leyes, certificaciones de sostenibilidad, supuestos compromisos contra la deforestación, promesas, promesas y más promesas empresariales y acuerdos regionales para acabar con el “haze». Pero el “haze», sigue volviendo, como si de una estación más se tratase.
Es curioso, porque los países que respiran el “Haze” como Malasia y Singapur, son los que financian parte del sistema económico que genera el riesgo de que estos incendios ocurran. Y no les importa que su población llene sus servicios sanitarios con personas con problemas respiratorios debido a ello.
Así que permíteme, que por tercera vez regrese a esta historia, pero esta vez quiero indagar en qué ha ocurrido durante estos once años en los que se nos ha dicho que se estaba solucionando el problema.
Primero quiero recuperar unas líneas de mi primer artículo, porque se expresa mi primera impresión. Me resulta especialmente valioso leer como documenté mi primera vivencia con el “Haze” al llegar a Malasia. Como, me llamó la atención el olor, la poca visibilidad, la irritación en los ojos, los colegios cerrados, la primera vez que veía con mis ojos a gente con mascarilla por la calle, antes de la pandemia. Y cómo empecé a descubrir de cerca la expansión de la palma, el entramado entre las empresas y el consumo internacional.
Así escribí en el 2015:
A punto de aterrizar en un nuevo continente, miro por la ventana del avión y la primera imagen que se ve, es una extensión de palmeras enorme. Pensaba que la jungla estaría alimentada por diferentes tipos de árboles. Vuelvo a mirar. Obviamente se trata de un monocultivo de palmeras.
Vamos a salir del aeropuerto, un nuevo mundo, una nueva aventura nos espera.
Nos disponemos a dejar atrás el fresquito del aire acondicionado del aeropuerto, se abre la puerta, damos un paso y nos golpea un espantoso calor, una neblina amarillenta y un olor extraño. Nuestro cuerpo, involuntariamente, da un paso hacia atrás y vuelve a quedarse puertas adentro del aeropuerto.
«¿Qué coño es eso?»
Nos vienen a buscar. Nos metemos en el coche y preguntamos. «¿Esto es siempre así?» «Esto es el fucking haze«. «El país de al lado, Indonesia, está quemando enormes extensiones de jungla virgen, para hacer plantaciones de palma. Para sacar el Palm Oil. El aceite de palma, que se usa en todos los alimentos precocinados, chocolates, cosméticos. Todos los productos de los que se alimentan los países desarrollados.» Esta fue nuestra primera conversación nada más llegar a Malasia.
Aterrizamos el 12 de Septiembre del 2015, y los siguientes días que nos esperan, la situación cada vez es más increíble. Despertarte por las mañanas y mirar por la ventana y ver esa neblina amarillenta, que inunda todo el país y no deja ver el cielo azul. No me imagine que lo que más echaría de menos al llegar a un nuevo país, sería ver el cielo azul. Pensé que sería la comida, nuestras costumbres, la familia y amigos, pero no. Lo que más empecé a echar de menos a medida que nos adentramos en el mes, fue poder salir a la ventana por las mañanas y ver el cielo azul.
Así que empecé a investigar.
¿Por qué dura tanto? Dura tanto porque se mueve por las corrientes de aire. El humo producto de los incendios, llamado aquí haze, se mueve según las corrientes de aire. Hasta que no cambie la circulación de las corrientes, el humo se queda recirculando sobre Malasia. Cuando le preguntas a la gente de aquí, que cuando se va a acabar el fucking haze, te dicen que hasta que no llueva mucho y limpie el ambiente o hasta que las corrientes de aire no cambien, y se lleven el humo a otro sitio, esto seguirá aquí.

¿Por qué nadie dice nada? Es curioso, cómo la gente asimila el motivo y la situación, y se resignan a ponerse una máscara para protegerse del haze. Se dan cuenta que respirar tantos días seguidos ese humillo amarillo, no es bueno. Se dan cuenta que la gente empieza a tener tos seca, ojos rojos… Sobre todo los más pequeños. Incluso el gobierno malayo, cierra colegios para proteger a los niños del haze. Los días de fuerte haze, no ves a nadie sin máscara. Solo los turistas, que les ha pillado por sorpresa, e incluso no saben lo que pasa. No saben a que es debido ese humillo amarillo, haze. Ni porque la gente lleva máscaras.
El olor es bastante peculiar, no llega a ser plástico quemado, pero es bastante penetrante. Al cabo de unos días te haces a él. Y simplemente, Kuala Lumpur, tiene ese olor. Tu cerebro lo asocia así.
Sobre el 20 de Noviembre, el Haze es muy fuerte. Se empieza hacer sonoro en los medios de comunicación locales. El gobierno de Indonesia, al comienzo de esta temporada, pide perdón a Malasia, pero es lo que tienen que hacer, dicen.
Existen paginas en las que miden la calidad del aire y el nivel del haze dependiendo de las ciudades. Marcando en rojo cuando la cantidad de haze es insalubre. Se sobrepasan todos los niveles. Es estar en la calle una hora y los ojos se te ponen rojos, te pica la garganta y te duele la cabeza.
Sigo echando de menos el cielo azul.
Y empecé a descubrir más cosas.
Muchas de las empresas que tienen intereses en que Indonesia arda, están asentadas en Malasia. Empresas muy conocidas, que utilizan ese aceite de palma para crear productos demasiado cotidianos, como todos los alimentos industrializados, aceites para fritos, comidas congeladas, margarina, bollería industrial, helados, cosméticos, artículos de limpieza del hogar y de limpieza personal e incluso, biocombustibles.

Indonesia posee las últimas reservas de jungla primitiva virgen del mundo. En ellas encontramos vidas tan alucinantes como los orangutanes, tigres, elefantes, hornbills, árboles milenarios, flora endémica y única. Los orangutanes de Sumatra y Borneo, se encuentran al borde de la extinción, porque son arborícolas y no pueden sobrevivir en monocultivos de palma.
La pérdida de la biodiversidad, nos está limitando, uno de nuestros pocos pulmones planetarios, que nos quedan en este mundo.
(…)
Curiosamente, el 30 de Octubre del 2015, desde Kuala Lumpur, abrimos la ventana por la mañana y pudimos ver, por primera vez, el cielo azul. Nubes de verdad sobre un cielo azul.
Cuánto lo echaba de menos. Cielo azul.
Todo el mundo se olvida de lo que pasó. Se olvida del Haze. El Haze paso, ya no hay problema. Pero seguí investigando y parece que el problema sigue, allí en Indonesia.

Este fue el primer artículo que escribí sobre: el Haze. Me hace gracia leerlo después de tanto y ver cómo hoy, día 22 de Septiembre del 2026 la cosa va a peor.
Este año en Indonesia, sumando Borneo, Sumatra y Papúa, se ha reportado una superficie quemada acumulada hasta finales de Agosto que supera las 895.000 hectáreas, lo que representa un incremento del 34% en comparación con el mismo período de años críticos anteriores.
En Indonesia se llama “karhutla” significa incendios forestales de tierra. Dicen que son incendios superficiales y subterráneos que arden en todo el archipiélago, con la actividad más intensa concentrada en Kalimantan y Sumatra, y otro frente importante en Papua del Sur. Indonesia alberga aproximadamente el 36 % de las turberas tropicales del mundo, y cuando esos suelos saturados de agua se secan por la sequía, el fuego avanza por debajo de la superficie y arde sin llama a través de profundos depósitos orgánicos, produciendo más material, más dióxido de azufre, más carbono orgánico, metano y monóxido de carbono que otros incendios forestales tropicales
El fuego ha alcanzado zonas que se suponía que deberían estar protegidas, zonas clave de conservación y áreas de gran importancia para la biodiversidad, junto a Parques Nacionales y Reservas Forestales, cerca de Kalimantan. Lo que demuestra que aunque se hayan creado las palabras en papeles, la realidad es que la protección es limitada y no es real.
Sí es verdad que durante estos once años se han aprobado nuevas leyes, se endurecieron certificaciones, se prometió zero deforestation, los bancos adoptaron políticas ESG, las grandes multinacionales anunciaron cadenas de suministro sostenibles y ASEAN se comprometió a construir una región libre de “haze”
Pero, las evidencias nos muestran que estamos en el 2026 y volvemos a mirar el mismo cielo. Y los últimos bosques tropicales arden en silencio y a espaldas del mundo. ¿Así que de que valió tanto papeleo si luego ni siquiera se juzga a las empresas culpables?
Las autoridades indonesias describen esta como la temporada de incendios forestales más intensa en 11 años y dicen que es debido al fuerte fenómeno de El Niño, reforzado por un Dipolo del Océano Índico positivo, que dejó a cerca del 90 por ciento del país con poca o ninguna lluvia a principios de agosto, secando depósitos de turba que normalmente están demasiado húmedos para arder bajo tierra.

¿Sabes por qué siempre arde en la misma época? Porque normalmente a finales de septiembre y principios de octubre comienza la época de lluvias. Pero estos últimos años, el clima no se está comportando como suele hacer y se está retrasando todo hasta más de un mes.
Los pronosticadores en verdad asustan, este año se dice que la época de lluvias, que como te cuento normalmente son las que ponen fin a este “haze” y los incendios, no va a llegar hasta finales de octubre o noviembre.
Encontré un estudio muy interesante que quiero compartir contigo, es del 2023. En él se analizaron los 11 casos de incendios en plantaciones que habían alcanzado sentencia firme entre 2012 y 2021, además de 15 entrevistas. Construyó una base de 37 peritos científicos y examinó 240 referencias a sus testimonios en las sentencias.
Y encontré algo extraordinario, que me gustaría compartir contigo para que entiendas el entramado teatral en el que vivimos, donde aniquilar el legado natural vale un puñado de almas sucias que ponen la cara por cuatro pesetas. Así de claro.
De 27 de los 37 expertos estaban vinculados a la defensa de las empresas, solo 10 al Ministerio de Medio Ambiente. Además, 26 eran académicos y 18 estaban vinculados a la misma institución, IPB University. Según entrevistas recogidas por los autores, antiguos alumnos de IPB empleados por plantaciones llegaron a recomendar profesores para actuar como expertos de sus empresas.
La batalla científica se produjo en terrenos esenciales, derivando la raíz y la base de la gravedad de la acusación. Las defensas cuestionaban todo, tanto la resolución satelital, la precisión de límites, a los laboratorios, la metodología o incluso el origen del fuego. Las defensas recurrieron, entre otros argumentos, al calor extremo, o conflictos territoriales y fuegos iniciados por comunidades, como culpables.

Al final, meses y meses de partidas de ping pong judiciales, y en cuatro de los once casos las empresas fueron absueltas pese a que los tribunales reconocían que se habían producido incendios dentro de las concesiones. E incluso hubo uno de los casos que lo ganó la empresa investigada. Vamos, la justicia es irrisoria en todos los lugares del mundo.
A parte de que se venden las concesiones a las mismas empresas extranjeras años tras año, incluso cuando los antecedentes, están ahí. Pero las pequeñas organizaciones ecologistas, conservacionistas, científicos o pequeñas comunidades aisladas, son demasiado frágiles ante una justicia que no la defiende porque no da voz aquello que sostiene la vida. Y la verdad, creo que hay temas que deberían ser incuestionables.
Países como Indonesia, Malasia deben tener la responsabilidad de salvaguardar los últimos bosques vírgenes tropicales y todos los habitantes que albergue. Como legado al mundo y respeto y agradecimiento por el oxígeno y otros buenos beneficios que nos transmite tan solo por existir.
Es increíble que el mundo tan voraz de recursos se haya vuelto tan fuera de control, que amenace o coaccionar a gobiernos para conseguir tierras que deberían ser sagradas.
Hay temas que deberían ser indiscutibles y cada gobierno debería tener la responsabilidad y decencia de parar los pies a esas empresas ansiosas de más. Las leyes deberían aplicarse tajantemente, no permitiendo volver a darles ningún tiempo de negocios en el país a las personas o grupos financieros implicados.

Parece que a día de hoy en el año 2026, las pruebas científicas de las consecuencias de este tipo de incendios no solo por la pérdida absoluta de biodiversidad, sino por la irresponsabilidad de hacer respirar a ciudadanos de varios países humo altamente insalubre. Es demencial, como no hay responsables, como aún no se entiende lo que significa exactamente “daño ambiental”.
Pero como siempre, la verdad es, que quien puede pagar abogados, científicos, climatólogos, especialistas GIS y peritos son los que disponen de una capacidad considerable para disputar esa realidad. Mover jueces, políticos, funcionarios, lo que haga falta hasta conseguir su objetivo, un cacho más en el mapa, sin entender que más allá del mapa existe una realidad. Un bosque y una comunidad.
Así que, ¿quién gana con esto de incendiar todos los años pero sobre todo cada 4 años, el bosque tropical de Borneo y Sumatra con la consecuencia del “haze” para los países vecinos?
Pues a mí, que me encanta tirar del hilo, porque sé que si sigues el dinero, encuentras el origen. En este caso, la verdad es que los beneficiarios están fragmentados. Gana quien obtiene o controla la concesión de los terrenos, que depende mucho de cómo las instituciones favorecen a las mismas compañías cada año, aunque se haya demostrado que no cumplen ciertas regulaciones supuestamente impuestas, y en consecuencia, quien transforma el territorio en plantación.
Consecutivamente, las compañías que utilizan aceite, celulosa, el caucho, la madera o el mineral. También ganan los que financian estas operaciones. Así como los Estados mediante exportaciones, impuestos, empleo e inversión. (No quiero nombrar empresas en concreto, pero tú también puedes tirar del hilo;) si quieres saber más.

Mientras tanto, gran parte del coste se externaliza, el respira el humo, lo paga el sistema sanitario, los niños cuando cierran los colegios, la gente que no puede hacer deporte al aire libre, las comunidades cuyos territorios cambian, lo paga la biodiversidad.
Para Malasia, Singapur es ese país que se las da siempre de perfecto, pero en este caso el haze no entiende de fronteras. Por eso, aunque los incendios ocurran fuera de sus territorios, la contaminación atmosférica afecta tanto a Malasia como a Singapur. Pero es que ambos países y gobierno, están implicados en lo que pasa en su país vecino. Siempre en esta época se traen un teatro «político» supuesta preocupación, cuando todo el mundo sabe que al final nadie hace nada.
Este año ha sido hasta gracioso, porque el responsable en Indonesia dijo que ni Singapur ni Malasia habían ofrecido una queja formal sobre el humo que le estaba llegando por los incendios. Es una obviedad, que había quejas desde hacía semanas, pero decirlo así es como si necesitase mandar un caballo blanco para informar de que el humo les está molestando. Pero la verdad, verdadera es que en esta época siempre se dedica a mandarse mensajitos entre países, a decir sandeces de un país a otro, culpandose de lo que son culpables. Intentando hacer pasar el tiempo de los ciudadanos, que no paran de toser, y garganta que pica, hasta que por fin lleguen las lluvias. Y ya, se cambia de tema. El haze y los incendios pasan a ser del pasado. Ya sabes, la memoría humana es muy efímera.
Después de los incendios de 2015, Singapore inició actuaciones contra empresas indonesias. Pero una cosa es el poder legal teórico, la capacidad de conseguir pruebas en Indonesia, y las consecuencias reales.
Singapur fue el que empezó hablar de contaminación transfronteriza y gastó en vigilar hotspots y riesgo de “haze” en la región, pero ¿de qué sirve tener la capacidad de detectar el humo si no se resuelve la dificultad de atribuir jurídicamente su origen a una empresa concreta situada en otro país.?
Me pregunto yo muchas veces, porque hubo un momento en que parecía que el mundo había entendido el mensaje. Me acuerdo que en 2015 se aprobaba el Acuerdo de París. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible ocupaban las agendas internacionales. Las empresas anunciaban compromisos de zero deforestation. Los bancos hablaban de inversión responsable. Las grandes marcas prometían cadenas de suministro sostenibles y conceptos como trazabilidad, economía circular o neutralidad climática saltaban de los informes ambientales a los consejos de administración.
La sostenibilidad parecía haber dejado de ser una reivindicación ecologista para convertirse, finalmente, en una dirección compartida.
Diez años después, algo ha cambiado y es que mientras construimos toda esa arquitectura ambiental, el mundo entró en una nueva carrera por los recursos. Minerales críticos para la transición energética, gas, petróleo, madera, aceites vegetales, agua, tierra agrícola, y ahora centros de datos o infraestructuras para nuevas redes eléctricas.
Y ya sabes que cuando un recurso pasa a considerarse estratégico, proteger el territorio donde se encuentra puede empezar a verse como un obstáculo.

Es gracioso, porque hemos creado certificaciones de aceite de palma sostenible mientras continuamos devastando los paisajes modificándose profundamente.
Se puede decir que la sostenibilidad realmente no desapareció, pero al convertirse en un sistema de gestión. Pasó de ser invisible a medir impactos y certificarlos, compensar y auditar, y muchos informes, pero al final acabó mercantilizando. Las empresas entendieron que pagando al que hace los informes pueden conseguir que un crimen ambiental pase a ser no significativo, porque la forma de redacción científica puede ser muy vinculante cuando hay mucho dinero encima.
Y así se empezó a hablar de la naturaleza utilizando exclusivamente el lenguaje de la economía. Los bosques son “Capital natural» y se termina aceptando implícitamente que aquello que no podemos convertir en una cifra tiene menos valor. Pero es que un bosque tropical antiguo no es solamente carbono.
Nos hubiese bastado con hacer menos destructivo el mismo modelo, sin preguntarnos suficientemente si ese modelo podía seguir expandiéndose indefinidamente sobre un planeta finito. Porque no todo lo que existe es un recurso esperando a ser utilizado. No todo lo que tiene valor necesita tener un precio y al mismo tiempo puedo decir, que no todo aquello que podemos extraer deberíamos extraerlo.
Durante esos once años se aprobaron nuevas leyes, se endurecieron certificaciones, se prometió zero deforestation, y ASEAN se comprometió a construir una región libre de “haze». Y, sin embargo, en 2026 volvemos a mirar el mismo cielo, y es que quizá el problema sea aún mayor.
Mientras escribo estas líneas, los incendios forestales ya no son una imagen excepcional de Indonesia. En los últimos años hemos visto arder bosques sin parar. Este verano media España ha sido completamente calcinada, pero también en Canadá, en Australia, incluso en Siberia y la Amazonia. Te invito abrir ahora mismo Google y poner “wildfires in the world” hay infinidad de regiones del planeta ardiendo.
El cambio climático está aumentando las condiciones favorables para incendios extremos, pero el clima no explica por sí solo qué territorios terminan ardiendo, cómo fueron transformados previamente ni qué intereses económicos operan sobre ellos. Y esto me hace pensar que quizá el problema sea mayor, porque estamos ahora mismo en una parte de la historia bastante preocupante.
Tierra. Agua. Madera. Aceite. Minerales. Energía. Y para todo esto, hay que quemar antes.
Los llamamos recursos naturales, como si la naturaleza fuera un almacén de materiales esperando ser utilizados. Lo que hace que desafortunadamente, para los amantes de la Natura, como tú y como yo, nos va a ser difícil entender lo que puede pasar en los próximos años, porque todo pinta a que la lógica del mundo es exprimir hasta el último recurso del planeta.
La forma de razonar del sistema financiero es dar valor a todo lo que se pueda extraer. Nuestro sistema económico calcula como puede transformar cada hectárea para obtener el máximo dinero.
Pero este tipo de dirigentes no entienden que la naturaleza tiene su valor tan solo por existir, por todas las funciones invisibles que realiza por nosotros. Creo fielmente, que no todos los recursos tienen que convertirse en mercancía. El mundo no está sólo para nosotros, no toda hectárea tiene que producir algo para nuestro beneficio. Y “desarrollo” no debería significar convertir progresivamente todo aquello que tiene valor ecológico en algo que tenga valor financiero.

Tenemos un planeta extraordinariamente hermoso. Un planeta que no construimos nosotros y cuyos ecosistemas necesitaron miles, a veces millones, de años para llegar hasta aquí. Quizá conservarlos no debería entenderse como renunciar al progreso, sino que debería ser una de sus formas más elementales de convivir con la vida.
Porque después de once años investigando el mismo humo, he llegado a la conclusión que el verdadero reto, es hacer entender al mundo financiero que dejar intactas hectáreas es un acto de prevención al riesgo de exterminio del mundo y eso debería ser una prioridad planetaria.
Una civilización no debería medirse únicamente por su capacidad para explotar lo que posee, sino también por su capacidad para decidir conscientemente qué no debe tocar. Entender que hay lugares que han de permanecer intactos por ser un legado Natural a toda la humanidad, por ser un terreno sagrado donde la biodiversidad pueda coexistir y existir sin peligros (humanos) y por nuestra responsabilidad de protegernos de nosotros mismo, y sobre todo porque es nuestro deber proteger aquello que nos permite la vida, en este planeta.
