Hay personas que son un regalo y un ejemplo de ello es María. La conocimos en su restaurante español de Melaka celebrando el cumpleaños de Carme y como siempre dice, le regaló fe en la Humanidad.
Y es que María es una bióloga marina apasionada y amante de la naturaleza. Le encanta escribir sobre todo lo que sabe y lo que descubre.
María Marcos
Fue tan larga la conversación de esa noche y tal la conexión cósmica, que antes de leer su blog Millas y orillas ya sabíamos que María tenía que formar parte de nuestro equipo. Qué suerte la nuestra que gente con cosas tan interesantes que contar nos diga que sí.
María se ha propuesto que los lectores de conmochila conozcan y aprecien la naturaleza tanto como ella para que así la quieran cuidar. Su sección se llama «La ruta natural«, su palíndromo favorito.
Hay personas que son un regalo y un ejemplo de ello es María. La conocimos en su restaurante español de Melaka celebrando el cumpleaños de Carme y como siempre dice, le regaló fe en la Humanidad. Y es que María es una bióloga marina apasionada y amante de la naturaleza. Le encanta escribir sobre todo… Leer más: María Marcos, naturaleza a raudales
Hay cosas que, precisamente porque tienen un valor enorme, necesitan quedar fuera de la lógica del mercado. Como se ha normalizado un crimen ambiental tanto, que la población ya lo considera una estación más del año. La historia del Haze y el origen de los incendios de Borneo y Sumatra.
En los años 1950 y 1960, Rantau Abang era uno de los lugares de anidación de tortuga laúd más importantes del mundo. Se registraron miles de nidos al año pero su colapso por la recolección masiva de huevos, captura incidental en redes de pesca y la pérdida de hábitat, acabó con la dramática extinción de esta especie en la costa de Terengganu de Malasia.
La estandarización del brunch y la pérdida de magia en las ciudades asiáticas “westernizadas” donde la tosta de aguacate y salmón es el síntoma, del fenómeno real de la homogeneización urbana y la pérdida de identidad inducida por el turismo global.
El arrecife me enseñó que la vida no necesita ser perfecta para ser funcional. Que el equilibrio no va de quietud, sino de ajuste constante. Que sobrevivir no siempre es resistir, sino saber cuándo cambiar de forma. Aprendí que nada existe solo y que incluso lo más pequeño sostiene algo mayor. Porque hay vidas diminutas de las que depende todo lo visible.