La crónica cósmica. Energías positivas: todo dios se corre de gusto

La crónica cósmica. Energías positivas
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Energías positivas. Yo me corro de gusto, tú te corres de gusto, todo dios se corre de gusto. Otro descubrimiento científico para el que no hacían falta estudios ni laboratorios: el optimismo y, en fin, el buen rollo comportan salud y longevidad. Al escribir estas crónicas gozando como un cerdo estoy llevando a cabo una ceremonia que me sienta de forma parecida a uno de esos tónicos de la medicina ayurvédica que lo curan todo. Pero hay más; y si, pongamos por caso, el señor y la señora Lobo responden a una de mis preguntas compartiendo conmigo su basta cultura, entre nosotros no se está dando la relación que prima generalmente entre un maestro y sus alumnos porque, mientras uno aporta sus conocimientos y el otro su atención, algo que hacemos simplemente por amistad, o sea por amor, nosotros estamos creando un vínculo energético con el que recargamos nuestras baterías. Por ello os agradezco vuestro papel de lectores hipotéticos que, como unos supuestos oyentes radiofónicos, ya cumplís con vuestro cometido energético por el simple hecho de existir, de estar ahí, de seguir vivitos y coleando.

En cuanto a las anécdotas que narro compulsivamente como todo cuentista nato, creo que han de sentaros como unas vitaminas imaginativas aunque, con toda seguridad, de poder visualizar las imágenes que han creado en vuestras mentes, descubriríamos que cada uno está leyendo un cómic del que, a pesar de tener el mismo guionista, las ilustraciones son propias y, así, distintas. Es un caso parecido al de aquel rajá que juntó a una docena de ciegos, y después de ordenarles palpar a un elefante escuchó atónito como cada uno de ellos le describía a un animal totalmente diferente.

En la creación del cóctel que se da en esta jungla colaboraron diversas personas y circunstancias. Evidentemente, la naturaleza empezó por aportar la colección de lagos que alimentan a sus bosques y, así, a los animales que habitan en ellos. Las primeras personas en tomar cartas en el asunto fueron dos hermanas inglesas que, tras enamorarse del lugar, lo adquirieron en mil ochocientos setenta para atraer a los compatriotas que huían de las llanuras durante las bochornosas primaveras. Bautizaron la finca con el nombre de “Mild Lakes”, y en ella, aparte de residir en la jungla, los visitantes podían dedicarse a la caza y la pesca. Sesenta años más tarde, en mil novecientos treinta, apareció en escena el señor Jones, que era norteamericano, presbiteriano y, además, obispo, y fundó el “Christian Ashram”; entre otras disposiciones, prohibió cazar a los leopardos. El siguiente en hacer acto de presencia en los años cincuenta fue el último rey del Nepal, al que había destronado un primo suyo, y éste, un amante de la naturaleza, adquirió la mayoría de tierras que colindaban con las del áshram. Completando las circunstancias que auspiciaron la supervivencia de estos bosques, durante las últimas décadas del siglo veinte el Servicio Forestal del gobierno indio expropió diversas fincas para crear una reserva que todavía no se ha convertido en realidad. Hasta aquí la parte positiva. La negativa está en que, aparte de los pocos árboles que son talados ilegalmente, el mal que acabará con estos bosques son los incendios periódicos que, a pesar de no afectar generalmente a las plantas desarrolladas porque las llamas no pasan de correr a ras de suelo gracias a la limpieza sistemática que llevan a cabo las campesinas, destruyen los brotes y provocan la creciente calvicie de estas montañas.

El señor Oso vino anoche a mi habitación trayendo una botella de ron que compartimos junto con unas pipas. Al partir, debido al pedo que llevaba, optó por tomar el camino más largo, pero menos abrupto, y se dirigió a su aislada granja cruzando los bosques del áshram. Tal como parece estar mandado entre los indostanos, no llevaba más linterna que la limitada luz de su teléfono móvil (y, si no, para eso están las linternitas que llevan los encendedores chinos…); pero ésta fue suficiente para mostrarle cuatro destellantes ojos amarillentos que le observaban desde la oscuridad, y se vio obligado a regresar por donde había venido cuando a tan horripilante visión de le unieron unos terroríficos rugidos con los que la pareja de leopardos parecía preguntarle: “¿Pero tú no sabes, mono indiscreto, que en esta época celebramos la Luna de Miel?”.

El señor Oso había aprovechado aquella visita para invitarme a comer, y al llegar hoy allí, aparte de contarme la aventura de los leopardos, me ha servido la carne de un jabalí al que su mujer había guisado hasta dejarlo convertido en pura crema. Debido al bochorno y la sed, el pobre jabato se las había arreglado para hallarse en el peor momento en el sitio equivocado, porque decidió abrevar en el lago y lo hizo a pocos metros de donde estaban dos jóvenes pescadores de caña que, al advertir su presencia, le partieron la cabeza con una roca. Valga aclarar que por estos alrededores se encuentran dos tipos de pescadores, de los que unos se dedican a ello profesionalmente, o sea para vender los peces en el bazar, y los otros, quienes, más que nada, usan tal actividad como excusa para organizar fiestas junto al lago, lo hacen por afición y liberan sistemáticamente a cuantos peces pican el anzuelo.

Después de haber presentado al señor Lobo diciendo que solucionaba problemas, yo aclararé que se dedica profesionalmente a esto, a solucionar los problemas de los turistas que guía alrededor del mundo. Sí, el señor Lobo es un guía turístico, pero de lujo, y sus clientes viajan frecuentemente en unos jets privados en los que él dispone de su propia cabina. Si se trata de un grupo, éstos son pensionistas ricos y vuelan en unos aviones charter en que cada uno de sus asientos supera en confort a la primera clase de las líneas regulares. Sabiendo que, debido a su trabajo, se había encontrado en docenas de situaciones peligrosas, le pregunté si había sentido más miedo frente a un león o un tigre; y él no dudó en responder que este último resultaba mucho más aterrador, y que, en más de una ocasión, tales encuentros le habían dejado con calzoncillos mojados.

Según una estadística reciente, el 57% de los jóvenes indostanos de entre quince y veinte años de edad aprueban y creen que es necesario que el marido golpee de vez en cuando a su pareja. Este tanto por ciento es del 88 entre los jóvenes nepaleses. Supongo que os quedaréis todavía más atónitos cuando añada que el tanto por ciento de las jóvenes indostanas y nepalesas de la misma edad cuya opinión es igualita a la de los chicos, es del 53 y el 80.

Lo de Héctor y Aquiles no fue nada del otro mundo si se compara con lo que hicieron unos chavales que iban un poco borrachos. Hubo la típica discusión, que si esto, que si aquello, y no te metas con la familia, y también unos empujones y un par de puñetazos que no dieron más de sí. Al saber de antemano que las neuronas indostanas enloquecen al entrar en contacto con el alcohol, no os sorprenderá que los chicos tumbasen a su amigo, que lo atasen de los pies tras una motocicleta, y que lo arrastrasen por todo el pueblo, y vuelta a empezar, hasta que no solamente murió, sino también hasta dejar su cadáver convertido en una piltrafa sanguinolenta. Añadiré que tal barbaridad se llevó a cabo ante los ojos de una población que no intervino en ningún momento.

En estos bosques te dedicas continuamente a observar. Mientras me fumo un bidi tomando el sol en el jardín, mis ojos ya se van hacia las ramas de los frutales buscando algún pájaro exótico, o al cielo para controlar la tormenta que se está preparando. Al recorrer “Chill Street” bajo la empinada ladera de la montaña, uno no pierde de vista las alturas porque, ya sea debido a efectos naturales o, más frecuentemente, gracias a los juegos de los macacos, desde allí pueden desprenderse piedras e incluso rocas. Si es de noche, haces el mismo camino con todos los sentidos alerta y sabiendo que te puedes cruzar con el gran gato. Cuando paseo por la carreterita que desciende hasta los lagos, la mirada va de un lado a otro, aquí encontrando un ciervo que te pega el gran susto al salir corriendo justo al llegar a su lado, allá a unos monos “langur” (sigo esperando que alguien me pase el nombre castellano), y acá un “carpintero” que se empeña en acompañarte como si le cayeses especialmente simpático. De estar sentado en el prado que queda por debajo de la granja del señor Oso, lo hago sin perder de vista los alrededores; igual que si tomo un “chai” en el chiringuito de Gobinda o me encuentro en la terraza del señor Lobo; y es así porque, inconscientemente, la vista y el oído se hallan permanentemente alerta al saber que las panteras y las serpientes son más silenciosas que las películas mudas, que un macaco puede desenroscar la apretada tapa de un depósito para cagarse dentro, y que los colmillos de un jabalí te pueden despedazar.

Los guardas del parque nacional dedicado a la memoria de Jim Corbett andan como locos tratando de atrapar a una tigresa que, tras descubrir las ventajas que comporta alimentarse con el lento y perezoso ganado de los humanos, sobretodo si se trata de una vaca con las ubres rebosantes de sabrosa leche, ya ha cazado y parcialmente comido más de veinte búfalos de los alrededores. Han organizado grandes batidas para “arrestarla” y mandarla a “presidio”, pero se les ha escabullido varias veces de entre las manos, y cuando le han parado una encerrona, incluso se ha cargado al señuelo sin que lograsen atraparla.

Nuestro corresponsal en California nos recuerda que, a pesar del amor que sintamos hacia los animales, no debemos olvidar que sin los experimentos llevados a cabo con ellos continuaríamos sin saber de la misa la mitad acerca de nuestros cuerpos.

En el sur de la India hay una comunidad que reside desde hace sesenta años en las copas de los árboles para protegerse de los ataques de los elefantes salvajes. Habiéndose acostumbrado perfectamente a tal tipo de vida, actualmente su mayor problema está en que han de recorrer tres kilómetros hasta la fuente de agua más cercana. Y Ya que hablamos de viviendas, os explicaré que junto a la “chai dhucán” que sigue funcionando con leña, y donde, por cierto, el viejo prepara el peor té de la comarca, hay una familia que vive en el interior de un pequeño garaje; sin que sepa la razón, mantienen la puerta metálica medio bajada, y se ven obligados a agacharse continuamente. ¿Más domicilios estrambóticos? Los albañiles indostanos residen habitualmente en el sitio en que se halla la construcción, algo que harán desde el mismo día en que ésta empiece, y se verán obligados a apelotonarse bajo tenderetes de plástico hasta que puedan tener un techo sobre la cabeza.

Telegráficamente:

  • El gobierno de Delhi ha aprobado una nueva ley que permite pedir el divorcio a quien se le nieguen sus derechos sexuales.
  • Durante el año anterior hubo oficialmente en la India más de mil crímenes de honor.
  • En el mismo período, y en la línea de alto el fuego de Cachemira, estallaron “102 hostilidades”.
  • De forma parecida a como está sucediendo entre los ibéricos, los indostanos se están quedando rápidamente sin espermatozoides y, de seguir así, dentro de cincuenta años se podría extinguir el sistema de castas. Entre las posibles razones no se encuentran solamente los materiales usados para empaquetar los alimentarios, algo nuevo en este país en el que desconfiaban de ellos y se compraba todo a granel, sino que, según aseguran los naturistas, se debe también al consumo de alcohol y tabaco.
  • Él pasa lentamente en una bicicleta de la que cuelgan varios sacos, y sus llamadas, curiosamente en inglés, se escuchan desde lejos: “¡Gaaaaarbage! ¡Gaaaaarbage!” Es el trapero, el hojalatero y el botellero.

Muerto el perro, muerta la rabia: digo yo que si acabáramos de una vez por todas con los intermediarios, Joe de Teherán y Joe del Vaticano se quedarían sin empleo y, mejor todavía, sin sueldo.

Tomo unas copas con un hombre que pilotó helicópteros durante una de tantas guerras contra Pakistán, y me cuenta que resultó derribado y herido. Ahora vive apartado de las hazañas bélicas y se dedica al “tranquilo” oficio de pasear turistas entre las cumbres del Himalaya con un helicóptero de lujo.

Yo creo que la armonía que se da cuando me hallo acompañado del señor Lobo, el señor Tigre, el señor Chacal, el señor Jabalí, y el señor Rana, quien, casualmente, se llama realmente así, es auspiciada por el hecho de que todos somos inmigrantes; que, partiendo de Calcuta, Madrás, Delhi, Bombay, Boston o Barcelona, hemos escogido, individual y voluntariamente, este rincón del mundo porque bajo sus árboles nos sentimos como en casa.

Érase una vez un viejo que estaba continuamente triste porque no recordaba lo feliz que fuera en el pasado.
Igual que sucediese en el Nepal, varios amigos locales me han invitado a residir gratuitamente en sus casas. También es frecuente que me regalen costo o simplemente me inviten a fumar “bidiporros” en las “chai-shop”.

Una mujer suiza murió de inanición y deshidratación al tratar de imitar a ciertos santones hindúes “alimentándose” exclusivamente con las energías solares. En este santo país ya me lo creo todo (solamente dudo de lo que veo y palpo, porque cuanto vivimos es pura ilusión, “maya”…); incluso me han dicho que para sobrevivir solamente es necesario respirar adecuadamente, y seguramente a la obtusa suiza se le pasó por alto realizar los cursillos adecuados como hubiese hecho de querer aprender macramé. A los curas católicos les sucede algo parecido con lo del sexo, y terminan por follarse a una moto al desconocer las razones, los caminos, las fórmulas y los beneficios que puede aportar el celibato.

Copiando a los reyes, faraones y demás desquiciados de la antigüedad, los mafiosos de hoy en día dilapidan el dinero negro, que les cuesta poco de ganar y no saben dónde esconder, edificando mansiones absurdas como si fuesen monumentos que se dedicasen a sí mismos. Un caso de éstos se está dando cerca de aquí, y el millonario de turno ya ha gastado un pastón construyendo un muro kilométrico alrededor de su inmensa finca. Mi conclusión es que, aparte de rico, el tipo debe ser un paranoico de cuidado.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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