CON MOCHILA

Mentir o no mentir, esa es la cuestión

Siempre he pensado que viajar es una actividad que nos hace más sabios, más cultos.

Gracias a ella conocemos más y mejor el mundo que nos rodea, las diferentes geografías, culturas, pueblos, tradiciones… 

Lo mejor es que lo hacemos sin filtros, directamente, y no a través de medios de comunicaciones, influencers u opiniones de otras personas que pueden ser interesadas, sesgadas, sensacionalistas o, incluso, falsas.

Pablo Strubell, señalando en el mapa su viaje
Pablo Strubell, señalando en el mapa su viaje

Al visitar los lugares los conocemos de primera mano, con lo que vemos, olemos, probamos… pero también, sobre todo, con lo que hablamos o preguntamos a las personas con las que nos cruzamos.

Hablamos con esas personas, intercambiamos pareceres, opiniones, preguntamos mil y una cosas y, en primera persona, podemos conocer más de sus vidas, de cómo piensan, de cómo es su día a día… especialmente cuando podemos encontrar un idioma común para expresarnos y entendernos. 

Lo mejor de todo es que este diálogo va en las dos direcciones: no solo nosotros aprendemos de ellos, también ellos de nosotros cuando nos preguntan para saciar su curiosidad: somos una puerta a un mundo que, tal vez, no tengan ocasión de conocer.

Excursión con otros mochileros en Japón
Excursión con otros mochileros en Japón

De repente, visto así, nos convertimos en embajadores de nuestra cultura, sociedad, ciudad o país. ¡Toda una responsabilidad!

Así, el viaje se convierte en una herramienta en la que todo el mundo gana: mejora el aprendizaje y conocimiento mutuo. Nos enriquece, nos hace más sabios.

Hasta que se miente.

Hasta que uno decide no decir la verdad tal cual es, y ese equilibrio se rompe.

Ese conocimiento mutuo, directo y sincero, salta por los aires.

Y yo, a pesar de estar convencido de lo que acabo de escribir, del razonamiento que he expuesto y lo beneficioso que resulta, me da vergüenza admitirlo pero reconozco que en ocasiones yo miento y le he encontrado una justificación totalmente válida (para mí). 

Mentir o no mentir, esa es la cuestión

¿Mentir, qué necesidad hay? Seguro que te preguntas. 

Me empecé a dar cuenta de que lo hice en mi primer gran viaje.

Hace ya muchos años, cuando viajaba por Irán, la gente que conocía por la calle o en el bazar o en la estación de autobuses me solía preguntar cómo me llamaba, de dónde venía y, entre otras cosas, cuál era mi religión. 

Al principio decía la verdad: yo soy ateo. La religión ni forma parte de mi vida ni es algo que me interese. Pero la reacción de la gente no era cómoda para mí: era de gran sorpresa -para mal- o, incluso, desaprobación o temor.

Invitados a casa de unos ricos en Nigeria
Invitados a casa de unos ricos en Nigeria

¿Qué se podía esperar de alguien que no tenía religión? ¿Cómo sería esa persona -yo- sin valores, sin principios morales? pensaban ellos

Tardé poco en empezar a cambiar mi respuesta, a mentir: empecé a decir que era católico. Y, con ello, la reacción de la gente fue muy diferente: les parecía bien, comprensible, pues yo era europeo y allí es la religión principal, pero al menos les parecía era un tipo con valores y de fiar. 

No lo hacía por mi seguridad, sino por algo tan banal como mi comodidad. 

Así fue como en ese aspecto y en ese entorno, empecé a mentir, aunque con ello privara a mi interlocutor de saber que se puede ser una persona íntegra pero no religiosa. Sentía que no tenía tiempo de explicarme: era gente que me cruzaba durante unos segundos. Lo sencillo era mentir.

A lo largo de los años han pasado cosas parecidas. Y he mentido, siempre encontrando una justificación que validaba el hacerlo.

Couchsurfing en Camerun 1

En África recuerdo la sorpresa en las caras cuando nos preguntaban a Itziar (mi pareja) y a mí si teníamos hijos y les decíamos que no.

O cuando hablando les decíamos que tampoco estábamos casados.

Era tanta la sorpresa que para “parecer normales” nos veíamos obligados a explicar aquellas cosas que no parecían entender. Una y otra vez. Llegó un momento en que empezó a ser pesado tener que hacerlo, y decidimos empezar a contar otra historia: que sí, que estábamos casados, que teníamos un hijo de 18 años, que estaba en la universidad… 

Sí, nuevamente, empezamos a mentir por nuestra comodidad.

Una familia que se acercó a saludarnos en Camerún
Una familia que se acercó a saludarnos en Camerún

Ejemplos hay un montón, como cuando me preguntaban por el salario que ganaba, algo muy frecuente en países más pobres: me daba vergüenza decir que ingresaba 2.000 euros al mes. En muchos lugares eso era mucho, muchísimo dinero y pensaban que yo era algo así como un millonario. Anonadados, no escuchaban cuando yo les decía que casi la mitad se iba en el alquiler de mi piso, y la otra mitad, en hacer la compra, comprar algo de ropa, salir a cenar con amigos en nuestros países… que lo poco que sobraba lo gastaba en viajar.

Daba igual que se lo explicara, la barrera entre nosotros se había amplificado. Yo rico, ellos pobres. Por eso desde hace tiempo intento evitar responder (¿no es eso mentir, en cierta manera?) o, en caso de tener que hacerlo, ajusto a la baja el salario para intentar no producir esa sensación de brutal disparidad entre nosotros.

¿Soy egoísta por mentir?

Yo viajo, como decía al principio, entre otras cosas por ver mundo, por conocer las diferentes realidades. Aspiro a que cuando hago una pregunta, la persona me responda con sinceridad y así entender mejor su realidad.

Por eso siento que, en cierta manera, estoy faltando a lo que yo espero de los otros y me parece injusto. 

Conociendo gente en un viaje en moto por Pakistán
Conociendo gente en un viaje en moto por Pakistán

Pero en mi favor he de decir, que siempre que me invento mi propia vida intento hacerlo con respeto y con cuidado, sin faltar del todo a la verdad. 

Intento proyectar una imagen más o menos media, estándar o frecuente, de cómo es una persona de mi edad y características en mi país, una persona prototípica, se podría decir.

Me invento un personaje y respondo como si yo fuera un profesor, o un médico de la sanidad pública, o un funcionario. Gente de clase trabajadora. Intento describirme con la información del español medio en los aspectos que me pregunta, ya sean valores, hijos, vivienda, salario… 

En este punto me parece importante comentar que actúo así cuando el encuentro con las personas es breve y pasajero. Esa persona que te saluda y pregunta cuando vas por la calle; mientras esperas el autobús; que se sienta cerca de ti en un restaurante… gente de paso, que quiere saciar un poco su curiosidad saludando a un extranjero, que seguramente no vea habitualmente. 

Cuando paso tiempo con las personas, cuando me invitan a sus casas, cuando tengo tiempo para explicar con calma mi realidad, mi vida, o bueno, responder a todo lo que me preguntan, ahí actúo diferente.

Familia que conocimos en el Eje Cafetero de Colombia
Familia que conocimos en el Eje Cafetero de Colombia

Ahí sí digo la verdad y toda la verdad por respeto y, sobre todo, porque tengo bastante tiempo para desarrollar o rebatir cualquier cosa que a la otra persona le resulte sorprendente o llamativo de mis respuestas.

Con tiempo, sí que creo que estamos todos preparados para aprender de verdad el uno del otro.

¿Y tú, qué piensas?

En todo caso, siempre me queda la duda de si mentir, aunque sea de esa manera “piadosa” es correcto o no. 

Si mentir es, en ocasiones, justificable.

O si soy el único que lo hace.

La verdad es que me tranquilizaría saber que no soy el único que lo hace y me encantaría saber en qué situaciones te parece que es moralmente aceptable, si es que consideras que lo puede ser. 

Y, si te parece reprochable, pues también estaré encantado de leerte. 

Siempre he creído que de la visión de otras personas, como la tuya, explicada de una manera razonada, todos, yo el primero, podemos aprender mucho.

Te leo.

Con los pies en la tierra, de Pablo Strubell
Con los pies en la tierra, de Pablo Strubell
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Pablo Strubell

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