En 1985, Manu Leguineche, el mejor periodista español de su generación, publicó un libro: «Sobre el volcán», el relato de su periplo de unos meses antes por Centroamérica, por entonces una de las zonas más convulsas del mundo, asolada por una miseria lacerante y las mayores desigualdades sociales del planeta, una región que se debatía entre golpes de Estado y guerras civiles.

El libro explicaba, entre otros datos, que la esperanza de vida en Guatemala era de 50 años y el 82% de los niños menores de cinco padecían malnutrición. Años después, la llamada Comisión para el Esclarecimiento Histórico (nombrada por Naciones Unidas) determinó que la guerra civil entre 1960 y 1996 se había saldado con 200.000 muertos, 45.000 desaparecidos y cerca de 100.000 desplazados (el 93% de los muertos a manos del ejército y el 3% por la guerrilla).
A día de hoy Guatemala afronta su tercer año con un Gobierno de izquierdas liderado por Bernardo Arévalo, una administración acosada desde el frente judicial por la propia fiscalía general del Estado. Con un territorio la cuarta parte de España y 18 millones de habitantes, Guatemala sigue siendo un país eminentemente agrícola, con el 57% de su población en niveles de pobreza y el 21,5% en pobreza extrema.
Aunque Guatemala ha experimentado en los últimos años un importante crecimiento del sector turístico (en el 2024 la visitaron tres millones de extranjeros, un 15% más que el año anterior, a España vinieron 91 millones), la región sigue siendo un foco de conflictos, con zonas de gran inseguridad en poder de las maras (pandillas urbanas). La vecina Honduras se lleva la palma con ciudades como San Pedro Sula que alguna vez ha encabezado el ranking de las ciudades más violentas del mundo.
El vecino del sur, El Salvador, se ha convertido en un foco de inspiración para algunos porque su presidente, Nayib Bukele, presume de ser un campeón de la lucha contra los pandilleros a los que golpea con la misma contundencia que a los derechos humanos y a todo lo que huele a progresismo mientras intenta vulnerar la legalidad con una nueva reelección amparado en su amistad con el nuevo jefe supremo de Washington, colegas en su matonismo y en el uso de las fake news como forma de adoctrinamiento.

¿Por qué entonces ir a Guatemala? Me lo preguntan un poco cómo le preguntaban a Edward Whymper que por qué había subido al Matterhorn (o Monte Cervino), la montaña más bonita del mundo (la silueta que trazan todos los niños cuando se les pide que dibujen una montaña). Y digo como el inglés: porque está allí. Y porque todos los países del mundo merecen una visita detallada, porque ni creo en las fronteras ni me gustan y porque no hay seres humanos mejores que otros porque como decía Tolstoi «las familias, cuando son felices, los son de una forma parecida, y si son infelices, cada una lo es a su manera».
Admito que viajar por libre a Centroamérica no es para todo el mundo (en viaje organizado y con hoteles de cinco estrellas puede ir cualquiera). Centroamérica es adictiva, como droga dura, pero muy válida para viajeros un mínimo curtidos. Desde luego no para quisquillosos, de esos que se pasan todo el día comparando con lo que hay en su pueblo y haciendo ascos a la comida local o a que el mantel no está impoluto o el servicio se retrasa.

Si la pregunta es si es arriesgado viajar por Centroamérica la respuesta es: depende de lo que hagas. Obviamente hay países a los que ahora no conviene ir de turismo (Afganistán, Sudán del sur, Ucrania, Siria, buena parte de África, demasiados…), pero más que países de riesgo prefiero hablar de actividades arriesgadas. Más peligroso que ir a Guatemala, Honduras o Belice es ir a comprar drogas en según qué barrios de Nueva York, meterse en Las Barranquillas de Madrid, emborracharse en un burdel de Bangkok o dárselas de chulito en una favela de Río o Sao Paulo. Eso sí es ser inconsciente.
Con todo, doy un dato. El Ministerio de Asuntos Exteriores español tiene un página web en la que advierte de la situación de todos los países, como aviso a navegantes. En su información de Guatemala explica que “las condiciones de seguridad no son buenas, produciéndose muchos incidentes del tipo de asaltos, robos y otros delitos, como secuestros exprés en todo el país”. Luego habla de diferentes zonas y, por ejemplo, recomienda que, en la capital, se extreme la precaución en los distritos 1, 3, 5, 6, 7, 8, 11, 12, 18 y 21. Conviene ir avisado y no de pardillo.

Pero si hay que poner en la balanza los pros y los contras, los pros ganan por goleada. Los que vayan a Guatemala viajarán por una zona sin apenas turistas, salvo contadas excepciones y en según qué meses al año (Tikal, La Antigua, lago Atitlán…). Y eso es un lujo. No esperen aquí riadas como las del Camino de Santiago. Centroamérica no es una tierra maleada por el turismo. Aquí se recibe con una sonrisa y un español de otros tiempos, con expresiones como: “Cómo está, señorón”. Y esta es una tierra con una de las mejores relación calidad- precio del planeta (con la excepción quizás del sureste asiático y el Cáucaso) y una gastronomía de primera a precios de mochilero.

Algunos puntos negativos son las contras que hay que tener en cuenta. El transporte público es escaso y malo. El servicio ferroviario dejó de funcionar. Es fácil alquilar un coche pero las carreteras están en un estado pésimo y el país no destaca por su limpieza. Los arcenes de las carreteras suelen ser un basurero pese a la multitud de carteles prohibiendo “botar basura”. Las playas no son el Caribe soñado.

La entrada al país es siempre por Ciudad de Guatemala, la urbe más poblada de Centroamérica, con 1.200.000 habitantes censados y muchos miles más viviendo por donde pueden en chabolas instaladas donde menos te lo piensas. Estamos a 1.500 metros de altura, así que nunca hace un calor excesivo: esto es el altiplano guatemalteco. No es una ciudad especialmente bonita, pero sí ofrece muchos contrastes y no paran los turistas porque del aeropuerto internacional de La Aurora se van directamente a la ciudad colonial de La Antigua.

Quien sí paró por aquí fue el Che Guevara, que pasó muchas horas en el restaurante El Portal, en pleno centro histórico, donde reclutaba adeptos para sus aventuras revolucionarias.
De Ciudad de Guatemala y más parajes de Centroamérica les iré contando si lo tienen a bien en próximos posts. Gracias por leerme.
