De la mordedura de un perro a la mordida de un necio: corrupción hospitalaria en Tailandia

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (5 votos, media: 5,00 de 5)
Cargando…

Cuando viajo por Tailandia con mi amigo Nico lo normal es que algún desastre llegue a obrarse. Y si yo creyera en el más allá, quizás diría que el tipo es un gafe. O más bien es un cafre, qué sé yo. Al menos, lo que sí es cierto es que es aquel al que señalan fácilmente en los bares, y con motivo. Alto, blancuzco y con pinta de turista chino -pese a haber nacido en Tailandia- se pasea siempre en bermudas y chanclas dando gritos y riendo como si no hubiera mañana, todo un huracán en camiseta de tirantes. Siempre dispuesto a invitar a otra ronda, a la enésima torre de cerveza.

Con Nico me las he visto en Tailandia de todos los colores. Como la noche en la que un atajo de mafiosos armados con botellas vacías querían darnos una paliza en Chiang Mai. O el día en el que me forzó a huir en moto y a contradirección para darle esquinazo a un policía que muy malas pulgas gastaba en Sukhumvit.

Sin embargo, donde mi compadre tailandés de aspecto chino suele dar el do de pecho es en Pattaya. Así que cuando esta semana decidimos ir a pasar una noche a la ciudad costera lo normal era ir preparado para que el asunto se pusiera peludo. Y vaya si peludo se puso, incluso en un sentido no solo figurado.

mar en Pattaya
Pattaya es una ciudad conocida por sus excesos, si bien es también un destino turístico bastante barato y cercano a Bangkok.

«Chavales, voy a ir antes a Pattaya, quiero llevar al can a ver el mar«. Así nos informó el buen Nico que se adelantaría para ir a la playa. Y mientras el que escribe y otros dos amigos aún no habíamos ido hacia la villa donde teníamos una reserva en la ciudad costera, el chino-tailandés ya estaba en la arena con su mascota de blanco pelaje.

Por supuesto, Nico no da puntadas sin hilo y lo de llevar al can al mar tenía su truco. Bañador mediante, el siamés de blanca tez se paseó enseñando palmito junto a su amigo de cuatro patas, de blanco pelaje y aspecto simpático, pasando siempre cerca de toda dama en bikini que se encontrara en la playa.

No imagináis lo que se liga con mi perro —nos dijo nada más llegar a la villa con el can en brazos, ya de noche—, todas las muchachas se acercaban a hacerse fotos.
—¿Y ahora qué? ¿Le pongo a él también una copa? —le preguntó con sorna el Serpiente.
—Ni de coña. Lo voy a meter en el cuarto y ni se os ocurra entrar, que es muy mordedor y ataca a los extraños.

Nico dejó al animal dentro de una habitación y la cerró. «De verdad, que muerde», insistió. Nosotros lo miramos como si nos hubiera dicho que el peludo era capaz de cantarse un aserejé. Y es que el animal es pequeñajo y de una raza más dada a que la gente le haga fotos que no a esas que asustan a los niños del barrio.

perro tailandés
La fiera en Pattaya. Con su imagen de niño bueno. Tenerle miedo al can con ese aspecto es como temer a Miliki y su tropa.

Con el pequeño animal ya encerrado en un dormitorio, Nico se sentó en un sofá frente a una mesita y el Serpiente hizo lo propio junto a él. Yo me acomodé en el suelo y el neoyorquino sirvió unos vasos antes de destapar una botella de Double Black. Nos pusimos a jugar a cartas y a tomar mientras nos poníamos al día. Muy pronto, el can sollozaba desde la habitación. Nico se levantó.

—Voy a traer al perro un rato, no suele estar solo y estará triste.
—Tráelo —dijo el neoyorquino— que yo me llevo muy bien con los animales.
—Olvídalo, tiene muy mala leche —contestó Nico al llegar de regreso y agarrando a su mascota para que no se escapara—, de verdad que os puede morder.
—¿Y no lo llevas con bozal?
—Se lo quita, es muy peleón. Ha mordido hasta a mi padre y a mi novia. A un amigo casi lo deja sin oreja.

Nos enseñó algunas fotos de los destrozos que aquella mascota de aspecto entrañable había hecho en los cuerpos de sus amigos. Por suerte, no había nada grave que lamentar, más allá de muchas vacunas contra la rabia y algún que otro punto de sutura.

Seguimos liados con las cartas y las charlas, y en cierto momento me pareció curioso que el animal tuviera los ojos clavados en mí. «Le habré caído bien», dije entre risas. Pero en un momento de despiste de todos, cuando Nico había bajado la guardia y yo me levanté para ir al baño, el can aprovechó el momento para abalanzarse sobre mí y morder lo primero que encontró. Menos mal que eso fue el muslo de mi pierna derecha y no lo que se esconde entre las piernas.

Nico se lanzó gritando contra la fiera y logró detenerlo con la ayuda de los otros dos. En mi confusión, yo solo pude parar que avanzara, pero me hizo un destrozo notable en la pierna. Además de varias marcas de su dentadura en mi piel, habían aparecido dos grandes y profundos orificios por donde chorreaba la sangre a borbotones. Maldita sea, si es que no es posible pasar una noche en Pattaya con Nico sin que algo ocurra.

Hospitales públicos y médicos corruptos

Pattaya City Hospital
Un lugar que es mejor evitar.

Lo peor de estos asuntos es que te ocurran cuando estás lejos de casa. «Tíos, conseguidme una botella de alcohol y unas gasas para limpiar esta mierda», les dije a mis colegas mientras veía que junto a la sangre había restos de saliva perruna. Los vi llegar con un rollo de papel higiénico y un chupito de whisky. «Oye, que es Double Black», rió el Serpiente cuando me vio desparramar a chorro el licor sobre la herida.

Ante semejante falta de medios y preocupados por si había alguna gravedad en dicho asunto, Nico se ofreció para llevarme en su coche al hospital más cercano. Preguntamos al primer fulano con el que nos encontramos y nos dijo que fuéramos a Pattaya City Hospital. En unos minutos ahí estábamos y Nico me dejó frente a la zona de emergencias mientras que él se fue a aparcar.

—Oiga, por aquí no puede entrar —me dijo el enfermero que había ante la puerta de urgencias.
—¿Acaso no ve que estoy sangrando y es una urgencia?
—Usted es un farang, aquí no atendemos a los extranjeros si no se registran antes.

No me dio ni una gasa aquel fulano y tuve que hacer a pie y cojeando el trayecto hasta la recepción. Iba dejando un rastro de gotitas rojas cuando dos recepcionistas me dieron un larguísimo formulario a cumplimentar, mientras ellas se entregaban al cotilleo en su idioma.

—Te digo que es italiano —comentaba una de ellas a la otra mientras me miraban de arriba abajo.
—Qué va, es europeo, pero no de Italia.
—Mi amiga tiene un novio de Milán y es clavadito a él.
—Este tío no da la talla, me gusta ver a los italianos jugando a fútbol en el mundial y te digo que son muy guapos.
—Los que vienen a Pattaya no lo son.
—Disculpen… —interrumpí el cotilleo al finalizar el formulario y entregarlo junto a mi carné de conducir—, soy español, y ya de paso aquí les dejo el documento de mi seguro médico para que corra con los gastos.
—¿Ves? Ya te dije que no era italiano —dijo la enfermera experta en fútbol a su amiga antes de dirigirse a mí—, y tu seguro aquí no puedes usarlo, esto es un hospital público.

Es cierto que en los centros de la seguridad social siamesa no es común pagar con seguro médico privado, pero los precios son tan baratos que me dio igual. Solo quería que curaran mi herida y que me pincharan las vacunas. Así que con mi registro en orden ya pude volver a urgencias y acomodarme en el lugar.

El área de emergencias lucía cuando más bien como un destartalado cuartucho de esperar y sobre todo desesperar. Un tipo occidental muy entrado en años sollozaba en una silla de ruedas, y a mí me pareció que lo habían abandonado allí. Otro junto a él simplemente mataba las horas mirando al techo. Las enfermeras, a su rollo, jugaban con sus móviles y dos pacientes dormían tumbados. A mí me colocaron en otra camilla y pusieron una toalla bajo mi pierna para que no manchase de sangre el colchón.

Vista desde mi camilla. Pasaría bastante tiempo hasta que alguien viniera por allá.

A Nico no le dejaron entrar y lo obligaron a esperar fuera, pero a los diez minutos alguien descorrió la cortina que me tapaba. Era el doctor. Le conté lo ocurrido y simplemente me dijo que tenían que vacunarme y curar mi herida. Cogió un bastoncillo de algodón y presionó encima de ella, como un niño tocando una caca con un palo. No hizo nada más.

«Luego vuelvo». Con esas palabras se despidió el doctor. Pero no volvió. Pasó una hora y quien apareció por allí no fue el médico, sino el buen Nico. Llegó con el gesto descolocado y un papelito en la mano.

—Luis, aquí hay algo que no va bien…
—El doctor me dijo que ya venía, pero se lo toma con la calma.
—No, Luis, el doctor no va a venir —extendió el brazo y me enseñó un papelito donde se leía mi nombre y algo escrito a mano—. Aquí ha señalado lo que quiere, 3.000 bahts. Unos cien dólares.

Ya pronto hará una década que estoy en Siam y aun así me sorprendí. Porque es normal que la policía o los uniformados quieran sacarle la plata a cualquiera, pero lo de que un doctor pidiera mordida para curarme la mordedura me pareció excesivo.

Hasta a Nico le pareció fuera de lugar. Curiosamente a él, quien se ha dejado el sueldo en corruptelas, tanto para esquivar problemas en su negocio como en sus borracheras al volante, algo que siempre le echamos en cara. Este mes por ejemplo trató de evitar un control de alcoholemia y le pararon a punta de pistola. Luego, el mismo agente le apuntó a la cara le sonrió y le dijo un «choca esos cinco» mostrando la palma de su mano. Acto seguido le pidió otros cinco bajo mano. Su mordida de cinco mil bahts, por supuesto.

factura médico
El papel de la mordida. Los 3.000 bahts apuntados a mano junto a mis datos.

Ya sabemos que Tailandia es un país corrupto, muy corrupto. Pero uno no se espera que los médicos de un hospital público -donde se considera que están los mejores profesionales- puedan llegar a pedir lo suyo. Que lo haga un funcionario para aligerar los trámites o un tipo de inmigración para no buscarte las cosquillas molesta, pero es costumbre sufrirlo. Por no hablar de los maderos siameses, reyes en esto de poner la mano.

Pero lo dicho, que uno puede entender que un agente te pida diez o 15 dólares por no llevar el casco bien puesto en una moto, algo que al fin y al cabo es tu responsabilidad. Pero que un médico se niegue a tratarte y te deje tirado si no le pagas bajo mano es algo que me costó asumir.

—A ver, Nico, eso de los 3.000 bahts será que quieren un depósito de garantía, están muy tontos en los hospitales con los extranjeros.
—No, Luis, ha sido muy claro. «Si quieres que trate a tu amigo, dame 3.000 bahts», y dice que si no pagamos te deja aquí hasta la mañana, sangrando.
—¿Y tú que le has dicho?
—Pues que no tenía dinero. Además me ha asegurado que los 3.000 bahts no pagan la factura del hospital, eso es solo un gesto de buena fe por nuestra parte para agradecerle su tiempo.
—Menudo hijo de la gran puta.
—Luego me ha dicho que si no tenía dinero podía transferirle la mordida a su cuenta bancaria. Le he dicho que mejor te pedía a ti el dinero y así he podido entrar a verte, pero no quiero pagar a ese estafador. Oye, ¿qué hacemos?
—Larguémonos de aquí, vamos a otro hospital.
—Pues tengo una idea…

Como ya estábamos dentro del recinto, salir por donde habíamos entrado no era un buen plan, ya que nos hubieran reclamado el tiempo de atención. Así que Nico, siempre tan elegante, tuvo la genial idea de escaparnos por la sala de máquinas, ya que en urgencias había un acceso hacia ella. Forzamos la puerta, nos colamos por allí y logramos salimos del hospital.

Desde allí fuimos hacia Bangkok Hospital, el centro de mayor prestigio en Pattaya y al que no quise ir en un principio porque prefiero darle la oportunidad a opciones menores, si bien el seguro médico se hacía cargo de todos los gastos en cualquier lugar. Allí, como era de esperar, todo fue sobre ruedas.

¿Sanidad pública o privada?

Bangkok Hospital Pattaya
Factura total de Bangkok Hospital que incluye las medicinas y las vacunas, además de la atención. Al lado, el intento de extorsión.

Atención muy rápida, personal muy cualificado y una atención médica de primera. En poco más de media hora estaba listo y sin pagar nada, aunque si hubiera ido sin seguro habría sido bastante asumible en Bangkok Hospital.

No quiero que el personal piense que en todos los centros hospitalarios públicos en Tailandia están en manos de necios, ya que en otras ocasiones me han atendido muy bien en ellos. Y un amigo fue operado de emergencia durante cuatro horas en la seguridad social de Siam y la factura que pagó fue de algo más de lo que aquel tipo sin escrúpulos me pidió solo para su mordida. Hay de todo.

Es más, si alguien se ve con sus huesos en Tailandia sin seguro de viaje y en una urgencia médica, la solución económica será el hospital público. Una operación de apendicitis en un centro privado para occidentales, por ejemplo, pueden ser 6.000 euros, y eso es de lo más barato. Venir asegurado a Asia debería ser casi una obligación.

Lo dice alguien que, he de reconocerlo, estuvo muchos años sin seguro. Pero tuve suerte. Y eso que hospitales he visitado muchos, como aquel día que me vi en la provincia filipina de Caticlán, en un ambulatorio cochambroso en mitad de la jungla. Y el doctor de aquel centro público -que llegó en una moto a lo Easy Rider y en chaqueta de cuero- me pareció uno de los mejores sanitarios que jamás he conocido. Pero eso es una historia que, de momento, merece la pena guardar.

Además, que la solución tampoco es la medicina privada. En Tailandia funciona fantásticamente bien el servicio de pago y hay hospitales con pianos de cola y habitaciones de hotel de cinco estrellas donde te sientes un príncipe, pero los excesos van por otro lado.

Como cuando en lugar de analgésicos sencillos como un ibuprofeno te recetan Celebrex, un potente fármaco con numerosos efectos secundarios. ¿El motivo? Que cuesta hasta 15 veces más y los médicos cobran a comisión según la factura que se le endose a los pacientes. Aun así, para los extranjeros la mejor opción es y será siempre estar protegido y optar por los hospitales privados que recomiende la aseguradora.

Y para los curiosos, ¿qué pasó con el sabueso  mordedor de mi amigo Nico? El pobre animal se pasó la noche llorando. Claro, su dueño tuvo que abandonarlo en la villa para compensarme en los bares de Pattaya hasta recién entrada la madrugada. Menos mal que entre copas había sillas donde sentarse, porque a día de hoy la pierna aún está dolorida. Se curará y me olvidaré. Pero no creo que olvide al tipo que en un hospital público pide dinero a los enfermos para que sean atendidos.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Send this to a friend