La crónica cósmica. A tono con vino tinto, cava, ron y maría

La foto que encabezaba la crónica anterior merece unas pocas explicaciones; y no sólo porque ha llegado a mí por sorpresa cruzando las barreras del tiempo, pues creía que la única copia existente había terminado en una papelera de Lanzarote cuando una vieja amiga se cabreó conmigo, sino porque fue tomada en el lejano año 1990 durante la primera visita que hice a uno de mis sitios predilectos de la India: Konark (pronunciado Konarak), que se halla en el estado de Orissa (actualmente Odisha) y junto a las turbulentas aguas de la Bahía de Bengala.

Después de haber viajado a toda marcha durante los anteriores seis años por Asia, África, Oriente Medio, Sudamérica y Europa (hubo un año en el que estuve en doce países distintos), al llegar a Konark puse por primera vez el freno de mano y permanecí allí durante tres relajantes meses; periodo en el que fui consciente de que, si quería conocer realmente un lugar, tenía que permanecer más tiempo en él. Eso por no mencionar el cansancio físico y emocional que me provocaba ir continuamente de un lado a otro. Primero había sido un turista, luego un trotamundos, y, a partir de ese momento, empecé a ser un nómada que, al contrario que antes, regresaría periódicamente a los rincones que fuesen más de mi agrado.

Konark es famoso por el espectacular Templo de Sol (Surya Mandir), también conocido como la Pagoda Negra; se trata de una mole de roca cincelada con símbolos astrológicos y eróticos que fue construida en el Siglo XIII por el rajá Purandarakesari cuando se curó de la lepra al peregrinar hasta allí. Aparte del templo, lo mejor de Konark es que, a su alrededor, solamente hay un pequeño bazar y está rodeado por una extensa reserva natural.

Volviendo a la foto de la última crónica, ahora os presentaré a los tres hombres que se hallan junto a mi versión de cuarenta años. El joven melenudo que está a mi lado, aunque sus padres eran indios, había nacido en Inglaterra y vino a Konark haciendo turismo; pero, de todos modos, le había ocurrido igual que a mí y ya llevaba una temporada allí. Acerca del siguiente hombre, con bigote y el pelo corto, diré que se llama Jotia y es el indio más generoso que haya conocido, y también uno de mis mejores amigos en ese país; pertenece a la casta “Thakur” (o Shatriya), la de los guerreros, y seguimos siendo buenos amigos a pesar de que ya han transcurrido cinco años desde que estuve en Konark por última vez. Jotia es analfabeto y tiene que recurrir a un escribano para que le redacte y lea las cartas, pero esto no es óbice para que dirija varias empresas y sea un líder político local.

El tercer hombre, el que lleva barba y viste un “dhoti”, se llama Surya y es un brahmán que se gana mínimamente la vida como “pujari” (una especie de cura) del Templo de los Nueve Planetas. Una vez, estando yo en Alemania, mi mujer me avisó de que iban a emitir en la televisión un reportaje del Templo del Sol y nos alegró ver al bueno de Surya apareciendo repetidamente en él. Cuando años más tarde se lo comenté personalmente, me contó que el equipo de televisión responsable del reportaje le había pagado unas buenas rupias para que apareciese y diese credibilidad con su folclórico aspecto.

Una tarde, mientras Jotia, Surya y un servidor nos dedicábamos a la agradable ocupación de fumar unas pipas de maría (que vendían en la tienda del gobierno junto con el opio, aunque el costo era ilegal: ¡JA!), oímos que llegaba una motocicleta cuyo motor retumbaba de forma evidentemente distinta al de las indias, y al salir nos encontramos con un melenudo y guaperas austriaco, líder de un banda de rock, que había venido desde Europa en una KTM todoterreno. Tras presentarse y alquilar una cabaña que había al lado de la mía, nos dijo que llevaba en su equipaje un folio de papel que estaba en blanco, pero que contenía varias docenas de dosis de LSD que nos invitó a probar. Jotia y Surya todavía recuerdan al pedo monumental que cogimos con aquel alucinógeno que ellos desconocían y que siguen llamando simplemente “papel”.

La “lujosa” cabaña que podéis ver en la foto se encontraba en un antiquísimo áshram en el que residían unos leprosos que estaban realmente jodidos, pues habían perdido algunas extremidades o la nariz, con los que conviví e hice una buena amistad. La vida en aquel lugar no habría podido ser más simple, pues sacábamos el agua de un pozo usando un cubo y vaciábamos las tripas en la jungla. En cuanto a los animales y los insectos, había de todo e íbamos sobrados de mosquitos. Pero el baratísimo precio de la cabaña incluía la buena y sagrada comida que preparaban los brahmanes que dirigían el lugar. Fue una temporada maravillosa, con paseos por la reserva forestal y la inmensa y solitaria playa que había a tres kilómetros del áshram, donde todos los años venían a desovar cientos de tortugas marinas “Olive Ridley”.

CUESTIONES DOMÉSTICAS

Esta semana me pegaron el primer chute de la vacuna Pfizer contra la COVID-19; no tuve el menor efecto secundario, pero me desilusionó que, tal como me había advertido la enfermera, el porrito que fumé y el cubata que bebí más tarde no me colocasen el doble. Unos días después, como si hubiese sido hecho a propósito, un niño de la familia con la que convivo recibió un mensaje de la Sanidad Catalana advirtiéndole que había estado en contacto con alguien que acababa de contraer la COVID-19 y tendría que ponerse en cuarentena domiciliario hasta nuevo aviso; ahora estamos todos pendientes de lo que pueda venir a continuación.

Mi pueblo (me gusta más este apelativo a pesar de ser en realidad una ciudad de doscientos mil habitantes) continúa prácticamente inmutable. Los que sí han cambiado son los comercios, pues, supongo que debido a la pandemia, muchos de los antiguos han cerrado sus puertas y ahora han ocupado su sitio otros distintos. Yo resido en la casa de una amiga que se halla en una zona residencial a unos seis kilómetros de distancia y solamente voy hasta allí en contadas ocasiones.

En una de éstas, por la tarde y mientras saboreaba una horchata frente al ayuntamiento entre mucha otra gente, me asombró ver aparecer a dos hombres encapuchados y vestidos de negro como unos ninjas, que, con unos sprais y unas plantillas en la mano, pintaron un grafiti en el muro del ayuntamiento en el que se veía una niña con un globo en forma de corazón y un texto que decía: “Todos somos inmigrantes. ¿Tú no?”. Luego firmaron con el nombre del grafitero británico Bansky. Todo había sucedido en unos cortos instantes y se largaron a toda prisa sin dar tiempo a que algún policía hiciese acto de presencia. Me pareció una acción reivindicativa maravillosa, y más todavía cuando, al día siguiente, supe que yo conocía a aquellos dos héroes; quienes, por cierto, no eran precisamente unos chavales, pues ya se hallaban ambos en la cincuentena.

Yo conocía la existencia de diferentes tipos de terapias beneficiosas para la salud, pero junto al mismo sitio en que tomaba la horchata había un anuncio publicitario de una terapia en la que se usaba madera y que me era desconocida. Lo menciono porque al leer el nombre de “maderoterapia” pensé que los dos pintores anónimos de antes hubiesen podido crear sobre él un grafiti en el que apareciese un policía antidisturbios blandiendo una porra: “¡Toma maderoterapia!”.

El día de mi cumpleaños (15 de junio) coincide con el de un resobrino (hijo de mi sobrina) y del perro Schnauzer de un buen amigo. Lo celebramos juntos, ellos cumpliendo doce años y yo, setenta. Mis familiares y amigos, conociendo mis aficiones y mis limitadas necesidades, acertaron regalándome unas sandalias (las viejas de fabricación tailandesa que compré en Katmandú ya se caían en pedazos), una caja de distintas cervezas artesanales (de castaña, con 7’8 graditos de nada, de menta amarga, de lúpulo, “hivernale”) y una botella muy sexi de “Ron Matusalem” de quince años de la que me enamoré perdidamente.

Cuando este resobrino que mencionaba antes era pequeño, creía que las niñas nacían de la madre y los niños del padre: dejad jugar a los niños.

La comarca en que se halla mi pueblo, el Vallès Occidental, a pesar de tener unas espectaculares puestas de sol y unos paisajes que están en armonía (desde la casa en que resido se ven las magníficas montañas de Montserrat y la de Sant Llorenç), por lo general peca de árida. Quizá porque luce el sol la mayor parte del año, los campos solamente se visten de verde y dejan de tener el color castaño de la tierra pelada en mayo. Así que, tras haber permanecido ausente casi siete años, me gustó regresar precisamente en tal mes.

Una de las festividades más populares de Cataluña es la verbena de Sant Joan, que los avispados católicos hicieron coincidir con la milenaria celebración del solsticio de verano. Aunque actualmente yo paso mucho de las fiestas (si participan en ellas más de tres personas…), este año me gustó juntarme con un grupito de amigos que aparecieron en la casa de mi anfitriona trayendo diferentes platos. Cenamos de rechupete y nos pusimos a tono con vino tinto, cava, ron y maría. Más tarde, mientras bailábamos al ritmo del grupo valenciano Zoo, creímos alucinar al ver pasar una veintena de satélites en fila india. Creí que llegaban los extraterrestres hasta que alguien me explicó que, ni, ni, ni, ni, que eran satélites de comunicación y circulaban por lo que se podría denominar una autopista orbital. ¡Qué pena, yo ya esperaba un espectáculo en plan “Encuentros en la Tercera Fase”!

La crónica cósmica. A tono con vino tinto, cava, ron y maría

La mayor de mis cuñadas, que dirige una afamada herboristería y, aparte de saber mucho de medicina natural, es un poco visionaria, tras advertir el deplorable y amnésico estado de mi mente me regaló unos frascos de frutos secos, sobre todo de nueces, fruto que ya había sido recomendado en el Dioscórides para todo lo relacionado con el cerebro, al que por cierto se parece.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Vi de nuevo una de mis películas favoritas, “Reencuentro” (“Big Chill”), de Lawrence Kasdan. Tiene una trama en la que priman los diálogos interesantes y divertidos, y me encanta cuando Jeff Goldblum diserta sobre la auto justificación: “Todos necesitamos alguna auto justificación”.
  • Cuando en la crónica anterior comenté la novela de Andrés Pascual “A Merced de un Dios Salvaje”, mencionando cómo habían aprendido los riojanos las buenas artes francesas para producir un vino tinto excelente, el segundo de mis hermanos, sin darme más información al respecto, me recomendó leer “La Bodega”, de Noah Gordon. La empecé hace un par de días, y me conmovió descubrir que la trama, además de tocar el mismo tema de cómo llegaron a la Península Ibérica las vides y los vinos francesas, resulta que en este caso sucede en mi tierra, Cataluña.
  • A la información acerca de la forma en que se reducían las cabezas en el Amazonas que también apareció en la crónica anterior, añadiré que para cazar animales usaban unas cerbatanas con las que disparaban unos dardos diminutos parecidos a pajitas, que estaban untados con curare u otras drogas letales por el estilo.
  • Superstición: no sabía que en los aviones de la compañía aérea Iberia, y también en otras, no existe la fila de asientos número trece. Ahora no recuerdo cuál era el número intocable de los tailandeses que nadie quiere en los bloques de pisos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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