La crónica cósmica. A veces la realidad supera la ficción

UN TIGRE, DOS TIGRES, TRES TIGRES – Dando por sentado optimistamente que habréis leído el relato divergente titulado “El Tigre” que publicamos hace un par de días en este mismo blog, y suponiendo lógicamente que, desde la seguridad y el confort de vuestro sofá, habríais opinado que la trama era tan bonita como utópica (¡no me lo puedo creer!), hoy os voy a contar tres sucesos que ocurrieron en el país de mis amores, la India, y podrían acompañarse de la típica máxima: “a veces la realidad supera la ficción”. ¿Vamos allá?

La crónica cósmica. A veces la realidad supera la ficción

El primero, que aconteció hace más de cien años y consta en un ensayo acerca de la jungla, tuvo como protagonista a un francés perteneciente a la selecta casta de los aristócratas que podían permitirse el lujo de viajar acompañados de docenas de criados y porteadores que se encargaban de trajinar los muchos baúles de su amo.

Una tarde, cuando el aristócrata y su séquito estaban recorriendo el salvaje Indostán y se detuvieron para montar el campamento, él salió a dar un paseo por los alrededores del lugar escogido, mientras sus sirvientes se encargaban de aquellas tareas que no le incumbían.

Aunque en aquella zona había grandes árboles, el suelo era árido y pedregoso. El occidental, que desconocía a los habitantes de tal ecosistema, estuvo a punto de pisar una cobra por no haberla visto. Si se salvó fue gracias a sus ágiles reflejos, que le aconsejaron a dar un gran salto y salir por piernas.

Aún se estaba recuperando del susto cuando, a corta distancia, advirtió una abertura en la ladera de una loma. Creyendo que llevaría a alguna antigua pedrera, y animado por la compulsiva curiosidad que forma parte de todo viajero, decidió echar un vistazo. Pero en el mismo momento en que cruzaba la entrada oyó, a sus espaldas, los gritos alarmados de sus guías avisándole de algún peligro. Al mirar a su alrededor se quedó aterrorizado: el suelo de lo que en realidad era una cueva estaba cubierto de huesos, carcasas secas y alguna carroña que todavía hedía. ¡Se encontraba en la madriguera de un tigre! Tras cargar el percutor de su escopeta, todavía se quedó unos momentos observando la oscura cueva. Gracias a Dios (el de la jungla), el amo de la casa se hallaba ausente.

Se retiró prudentemente y su reaparición fue saludada con los vítores de sus servidores desde el campamento, quienes en manera alguna habrían osado acercarse al lugar. Haciendo oídos sordos a los gritos que le exhortaban a alejase de allí y regresar, se detuvo a contemplar la bella vista que se dominaba desde la entrada de la cueva. Por debajo de ésta se extendía un estrecho valle en el que reinaba un espeso bosque regado por las aguas de un río, que a veces saltaba ruidosamente entre las rocas y otras parecía dormir bajo la sombra de los árboles. Unos peñascos rocosos salteados de lajas, encerraban el valle por el lado contrario. El noble viajero pensó que el señor de aquel lugar había escogido su residencia con la sensibilidad de un artista.

Había caído la noche y, a excepción de algunos centinelas, todo el mundo dormía. Un carretero al que despertó la sed se levantó para acercarse a una charca. Después de beber, la tranquilidad del lugar y el bochorno reinante le animaron a adentrarse en el agua y a detenerse refrescando sus piernas mientras observaba las estrellas. Unos momentos más tarde oyó un ligero ruido a sus espaldas, pero continuó con sus reflexiones sin sospechar que pudiese tratarse de un tigre de gran tamaño que se había dado una comilona y deseaba tomar unos tragos de agua. Como amo del lugar, y al ser además pacífico, el tigre esperó un poco a que el carretero indostano le cediese el lugar. No obstante, al fin se le acabó la paciencia y, enfadándose por la falta de tacto del otro, se acercó y, dándole un empujón, lo apartó a un lado antes de ponerse a beber. Tras caer de espaldas y ver a su terrible compañero de baño, el carretero se quedó paralizado donde estaba. Más muerto que vivo, esperó a que el tigre se hubiese ido, y entonces empezó a gritar hasta que todo el campamento, alarmado, lo encontró en la misma posición. Fin de la historia.

El segundo suceso que os voy a contar tuvo como protagonista a un niño de cinco años, hijo de un matrimonio británico que residía a los pies del Himalaya. Los componentes que se dieron en él fueron similares a los de la narración anterior. El crío se había acostumbrado a moverse por la jungla desde que empezara a andar, y una calurosa mañana se acercó hasta una charca de aguas transparentes que manaban de un manantial. Dejando a un lado la escopeta con la que cazaba faisanes destinados a la olla familiar, que por el momento seguía siendo más alta que él, estuvo bebiendo de las sabrosas aguas hasta que, al levantar la vista, encontró frente a sí al señor del lugar: un saludable y espectacular tigre macho que le observaba como si preguntase, “hombre, ¿qué haces tú por aquí?”. Después de saciarse de agua, el bello animal dio la vuelta y se marchó tranquilamente sin echarle otra mirada al joven humano. Por si os ha extrañado que un niño pequeño se pasease por la jungla con una escopeta que era más alta que él, os aclararé que se trataba de Jim Corbett, quien se haría famoso como experto en la jungla y escribiría varios libros acerca de sus aventuras con los animales. En Uttarakhan, al norte de la India y cerca de mis queridas Colinas Kumaon, hay un parque nacional que lleva su nombre.

La tercera historia que os voy a contar la leí hace unos años en el periódico “The Hindustan Times”, y decía así: La mayoría de los habitantes de una aldea bengalí estaban plantando arroz en los campos cercanos con las piernas hundidas en el lodazal. A unos cincuenta metros de distancia, y bajo la sombra de un denso mango, descansaba una niña de dos años junto a la que estaban las ollas con las que más tarde cocinarían el almuerzo.

De pronto, los aldeanos vieron alarmados a una tigresa que salía de la jungla y se dirigía hacia la pequeña y solitaria criatura. La niña, en vez de asustarse al ver acercarse a la pantera, empezó a caminar en su dirección. A la madre y a las tías de la niña, como al resto de los vecinos, se les cortó la respiración, y permanecieron paralizados mientras esperaban lo peor. La distancia entre ambas se fue acortando: los cincuenta metros se convirtieron en cuarenta, en treinta y en veinte, y los últimos parecieron ser recorridos a cámara lenta. Al fin la niña y la tigresa se encontraron frente a frente. Entonces, superando todo lo imaginable, la naricita de la pequeña y el morro de la otra se tocaron mientras se olían y observaban. Después, aliviando a los testigos, el gran animal dio la vuelta y regresó hacia la jungla por el mismo camino que había venido.

Como os decía al principio, supongo que estas tres historias verdaderas resultarán difíciles de creer para quienes vivís en la “excitante” vida virtual de una ciudad. Yo leí acerca de ellas cuando mi domicilio era una cabaña de piedra y adobe (sin electricidad, agua o mueble alguno) que se hallaba en un aislado valle de la India rodeado por la jungla. Entre otros “vecinos” con los que me cruzaba diariamente (ciervos, macacos, mangostas, serpientes, lobos y águilas), casi cada noche recibía la visita del amo y señor de aquel lugar, que no era un tigre, sino un leopardo.

En la actualidad, y en la comarca catalana de “El Vallès” en que se encuentra la cabaña de madera en que vivo, también mantengo relación con diferentes animales. Permitid que os los presente. Por la tarde doy un paseo por el ajardinado barrio, acompañado del perro Mic y el gato Sushi. Al anochecer, y con las últimas luces del ocaso, tomo una cerveza sentado en el porche observando las filigranas que hacen docenas de murciélagos volando entre las ramas de los árboles. Más tarde, le pongo la comida a un puercoespín gordinflón que solamente se deja ver en contadas ocasiones. Antes de acostarme me gusta salir a la calle para fumarme el último y echar una meada bajo los árboles que hay enfrente; pero ayer, cuando iba a abrir la verja, me inmovilicé y esperé unos momentos a que pasase frente a mí un espectacular y silencioso jabalí que hacía su ronda nocturna.

MIRA LO QUE PIENSO

  • ¿Conocéis la historia de una indómita viajera inglesa llamada Gertrude Bell que, montada en un camello y con un par de cojones, recorrió los desiertos de Oriente Medio en las primeras décadas del Siglo XX y entabló relación con distintas tribus de beduinos y trató con Lawrence de Arabia? Werner Herzog filmó una película acerca de ella titulada “La Reina del Desierto”.
  • Rosa Ribas, en la novela “La Detective Miope”: “Estamos programados para dejarnos engañar, tenemos la profunda necesidad de creer a los demás: es la clave del éxito de los mentirosos”.
  • Decidí mandar a paseo a quienes no me viniesen con la verdad por delante, y me quedé completamente solo.
  • Según un estudio de la revista “Scientific Reports”, el uso del GPS afecta al funcionamiento de nuestro hipocampo, deteriorando la memoria y afectando al sentido de orientación.
  • A pesar de mi corta inteligencia y limitado coraje, es evidente que yo soy Rick y tú eres Morty.
  • Que esté siempre de maravilla se debe, sobre todo, a los sitios maravillosos en que me hallo habitualmente.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 934 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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