La crónica cósmica. Adelante, corre, corre, no pares

AVIONES, TRENES Y AUTOMÓVILES. Ayer pensé que el título de esta comedia del año 1987 (“Aviones, Trenes y Automóviles”, con Steve Martin y John Candy) serviría también para la crónica cósmica de hoy, en la que, cosa rara, escribiré acerca de los viajes que hice durante las últimas cuatro décadas. Uy, soltar esta afirmación ha sido un fallo porque, de una parte, soy un hombre de palabra y siempre cumplo con lo que digo, pero, al mismo tiempo, no me gusta hacer las cosas por obligación, como lo será cumplir con lo anterior.

En el pasado leí algunos libros de viajes en los que sus autores eran capaces de llenar un centenar de páginas escribiendo acerca de sitios en los que habían estado solamente de paso. Uno en concreto, del que no os diré el título ni el nombre del autor, transcurría en zonas del Desierto de Nubia, en Sudán, en las que yo permanecí varias semanas conviviendo con sus encantadoras gentes, mientras que él, el autor especializado en ensayos acerca de sus viajes, las cruzó a toda hostia y sin tan siquiera descender del vehículo en que hacía el trayecto. También recuerdo a otro escritor que recorrió la mitad de África en un mes como si pretendiese batir un récord.

Al principio de mis correrías yo iba asimismo bastante acelerado, pues solamente me quedaba unos pocos días en unos lugares a los que nunca regresaba. Se hubiese podido creer que tuviera prohibido mirar atrás y estuviese obligado a explorar continuamente nuevas tierras: adelante, adelante, corre, corre, no pares. Al llevar tal ritmo durante unos cuantos meses, claro, terminaba agotado y quemado.

La crónica cósmica. Adelante, corre, corre, no pares

Pero, igual que ocurre con la juventud, “enfermedad” que se cura con el tiempo, esa versión de ansioso trotamundos que lo quería ver todo dejó afortunadamente paso a la del adulto experimentado, y deseé y empecé a quedarme más tiempo en los sitios de mi gusto, en los que hallaba lo que denomino mi perfecto ecosistema personal.

Creo que durante las dos últimas décadas del Siglo XX recorrí más kilómetros por tierra y mar que el marchoso Marco Polo. Los aviones son como máquinas del tiempo y no cuentan. Mi modo de transporte predilecto por tierra es sin duda alguna el tren. Y no me atreveré a decir que conozco bien un país si no he realizado algún recorrido con sus trenes, como hice por gran parte de Europa. Confieso que el “Transiberiano” es una asignatura que tengo pendiente, aunque planeé varias veces viajar en tan emblemático tren, y no precisamente por la ruta más conocida, pues hay distintas opciones.

Hablar de la India es hablar de trenes. Qué satisfacción siento al instalarme en la confortable cabina de un tren indio, con litera y servicio de cocina, que compartiré varios días con unos desconocidos que terminarán siendo amigos míos. Este fue el caso de cierta chica de Kerala con la que estuve charlando de temas muy íntimos durante gran parte de las cincuenta y dos horas que tardamos en ir desde Trivandrum a Delhi, ciudad en la que ella me presentó a su celoso novio cuando volvimos a reunirnos posteriormente en una cafetería de moda.

Efectivamente, las distancias de un país tan extenso como la India son muy grandes, y creo que mi récord estaba en un viaje que duró más de tres días con sus noches yendo desde Kanyakumari, en el extremo meridional del subcontinente, hasta la costa occidental de Gujarat en el Mar de Arabia, que se halla a más de dos mil setecientos kilómetros. Pero no es así solamente de norte a sur, sino, sobre todo, de este a oeste, pues los estados orientales de la India se encuentran a más de tres mil kilómetros de Delhi.

En Brasil también se da un caso parecido con sus largas distancias; sirva de ejemplo los dos mil cuatrocientos kilómetros que hay entre Río de Janeiro y Belem, en la desembocadura del Amazonas. En ese país no me desplacé ni una sola vez en tren e hice todos los recorridos, por tierra, en sus amplios y confortables autocares, hasta que, cambiando el asfalto por el agua, ascendí en distintos barcos por el curso del Amazonas. Ahí van un par de ejemplos acerca del tiempo que pasé navegando por ese río: desde Belem a Manaos se tarda más de cuatro días con sus noches, y de esa ciudad a las fronteras de Perú y Colombia, más de ocho días.

Viajar en barco es muy relajado y placentero. Aparte de haberlo hecho entre las islas Baleares, entre las Canarias y entre algunas de las muchas islas griegas, también fui un par de veces del Pireo a Alejandría, y de ésta a Creta y a Venecia. ¡Ah, sí, y desde Haifa, en Israel, al Pireo, parando en Chipre, y de Izmir en Turquía a Venecia, y de Asuán, en el Alto Egipto, a la sudanesa Wadi Halfa cruzando el inmenso Lago Násser durante veinticuatro horas! Umm, seguro que olvido algunos de mis travesías navieras: es lo que sucede cuando se suman muchos años y muchos viajes.

Al título de “Aviones, trenes y automóviles” tendría que haberle añadido también los camiones, pues hice largos recorridos en algunos de esos vehículos, como los cuatro días que tardé en ir desde Cachemira a Ladakh, en el norte de la India, por una de las carreteras más peligrosas del mundo, trayecto que efectué asimismo de vuelta, o los dos días que pasé en un camión peruano yendo desde Nazca a Arequipa. En el Sudán recorrí el Cuerno del Nilo en la parte trasera de distintos camiones. Un invierno, justo antes de Navidad, también fui en el camión de un amable valenciano que me llevó desde París a Girona cuando yo hacía autostop en los suburbios de la capital francesa bajo una persistente lluvia. Y no debo olvidar al viejo camionero catalán que me recogió a las afueras de Sevilla y me dejó en Sitges, justo a tiempo de asistir al “Festival de Cine Fantástico” que se celebraba en otoño. Valga añadir que cada uno de esos camioneros me alimentó de maravilla.

Daré por terminados estos párrafos acerca de los medios de transporte que usé en mis correrías por el mundo añadiendo que también viajé en vehículos todoterreno, y montando a caballo por Colombia y Tailandia. Y también fui a patita por un desierto y algunas junglas.

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Juntando la película titulada “Nómadas” con el hecho de que la crisis económica actual ha provocado que muchas personas vivan en una auto-caravana (como hice yo durante un año y medio) y se hayan convertido en nómadas, os diré que puede ser una forma ideal no sólo para ver mundo y ser la hostia de libre, sino para conseguir también curros de temporada en diferentes partes, como lo hizo recientemente un amigo mío que trabajó en la recolección de la maría en California (donde esta “mala” hierba es legal) y ganó siete mil dólares en diez días. Entre las bondades que tiene la vida nómada, valoro especialmente la evolución personal que puedes tener al no hallarse de por medio la presión social (“¡Qué dirán los vecinos!”), circunstancia que te permitirá vivir tus propias locuras y desarrollar costumbres que los sedentarios considerarían “raras”, pero que resultan positivas al ser propias: afirmo esto recordando a diferentes personajes atípicos e insólitos que conocí por el mundo.

Perdí la fe en los seres humanos (me refiero a los terráqueos, y no a los marcianitos como yo) porque sois esclavos del temor, de los deseos y de las necesidades que parecéis coleccionar. Porque, a pesar de ensalzar el sistema democrático, votáis a unos políticos chaqueteros (como Toni Cantó de Ciudadanos), mentirosos y corruptos (PP), antidemocráticos y machistas (Vox), imbéciles (Bush), desquiciados (Trump) o mafiosos (Putin). Son unos políticos que solamente están interesados en conservar el sillón y que, además, mantienen relaciones comerciales con gobiernos tiránicos a los que compran productos fabricados por gente esclavizada o miserablemente pagada.

Pero, sobre todo, perdí la fe en los seres humanos por el trato sádico que estáis dando a los animales, como ocurre en los centros de tortura al estilo de la empresa española “Vivotecnia”, que sigue funcionando a pesar de haber sido denunciada por “Cruelty Free International” y por “El Caballo de Nietzsche” de “eldiario.es”. Perdí la fe en vosotros porque vuestro sistema educativo no incluye una visita obligada a cualquier matadero: ¡España es el país europeo en que se consume más carne!

En relación a los hábitos alimenticios os recomiendo el impactante reportaje de Netflix titulado: “Seaspiracy, la pesca insostenible”, en el que, entre un sinfín de datos acojonantes acerca de la forma en que nos estamos cargando la vida marina, te cuentan que el 46% de la basura de plástico que hay en los mares son redes y boyas de pesca, y que sólo un 0’03% proviene de las pajitas que usáis (yo no) para beber los insalubres refrescos cargados de azúcares ocultos, que os sientan fatal por doble razón, pues también estáis engañando a vuestro cuerpo.

Perdí la fe en los seres humanos terráqueos porque no solamente sois malos (somos lo que hacemos), sino, sobre todo, imbéciles, pues estáis matando a la gallina de los huevos de oro y olvidando la existencia del karma: es justo pagar por tus actos.

¿Cómo seríamos y cómo nos comportaríamos los hombres si las mujeres nos superasen en fuerza, altura y corpulencia?

El filósofo siempre halla razones para filosofar, el envidioso, para envidiar, el codicioso, para codiciar, y, de la misma forma, el criticón siempre hallará razones para criticar a quien sea y cómo sea.

Lo primero y esencial es sobrevivir, y lo segundo, hacerlo con dignidad y ética.

Leí en “El Periódico” un artículo titulado “8 señales que demuestran que no estás bien contigo mismo” y comprobé muy satisfecho que yo no tenía ninguna de ellas.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.