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La crónica cósmica. Al cruzar ante mi vecino con el equipaje a cuestas…

La crónica cósmica. Al cruzar ante mi vecino con el equipaje a cuestas...
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EN EL REINO DE SIAM. Tras haberos contado que me había perdido por Bangkok como un turista novato, nuestro corresponsal en el Maresme me informó que no debería acomplejarme, pues esa metrópoli ha crecido hasta tener actualmente dieciséis millones de habitantes a los que se suman doce más del área metropolitana. Os aclararé que el macarrónico inglés de los tailandeses también tuvo parte de culpa, y que, al llegar a Tailandia, en cada ocasión tardo unos cuantos días en empezar a comprenderles (al ir a Sevilla me sucede lo mismo con el castellano).

La masa de rascacielos que vi desde el “Sky Train” al dirigirme hacia allí me recordó al planeta “Trantor”, la capital del “Imperio Galáctico” de la saga “Fundación” que creara el imaginativo Isaac Asimov y estaba completamente edificado. También pensé en lo que me contara el amigo occitano al regresar de Tokio: “360º de construcciones hasta donde alcanzaba la vista desde un 33º piso”. ¡Ja!, en esas novelas de Asimov (escritas en el año de mi nacimiento: 1951) incluso fumaban cigarrillos en las naves espaciales; definitivamente los tiempos están cambiando, ¿verdad, Bob?

Con todo ello, claro, no es de extrañar que partiese rápidamente de “La Aldea de la Ciruela Silvestre” (nombre original de Bangkok), y, para darme tiempo a decidir si iría a Malasia o a Laos, fui a la cercana Kanchanaburi, por la que pasa uno de los ríos más bonitos que haya visto, el Kwai. Le pedí a un ricchó que me llevase a la “Tamarind Guest House” (“Tamalín Gue Jau”) en que estuviese la última vez, pero quiso la fortuna que no aceptasen mi propuesta regateándoles el precio de una habitación sin baño, y terminé instalado por la misma cantidad (100 baht = 2´5 euros) en una cabaña de la pensión “Sugar Cane” desde donde también veo el río de mis amores.

Al cruzar ante mi vecino con el equipaje a cuestas se me ocurrió saludarle con un “Hola” en vez de decir “Hello” o “Sawasdi”, y él exclamó en castellano, “¡Ah, eres español! ¿De dónde?”. Era valenciano y pude hablar en catalán después de no haberlo hecho durante los últimos nueve meses. Me contó que llevaba varios años viviendo como un nómada y se subvencionaba la vida con una web para viajeros llamada “conmochila.com”, en la que colgaban publicidad diferentes empresas y agencias de viaje (comparte los beneficios con quienes adquieren servicios a través de ella).

Lo suyo no son unas vacaciones perennes porque, para que rinda, ha de moverse continuamente y dedicar gran parte del día a responder preguntas y dar información a través de Internet. Hasta ahora se ha centrado sobre todo en los países del Sudeste Asiático, Sri Lanka, India, y también Madagascar. En fin, que se gana la vida viajando. Su novia, que es veterinaria, da caña desde la misma web a todas las organizaciones que putean a los animales, por ejemplo al famoso “Templo de los Tigres” que hay cerca de aquí. Cuando le pregunté si era cinéfilo y lector ofreciéndome a pasarle mi filmoteca y mi biblioteca, me alegró el día y los monzones diciendo que tenía cientos de películas, e hicimos un provechoso intercambio cultural. Su único defecto, nadie es perfecto, es que no juega (¡Ni conoce de nombre!) al backgammon. ¡¿Pero cómo es posible?!

Las cabañas de la “Sugar Cane” son seguramente las más baratas de Kanchanaburi debido a su antigüedad y deterioro, y el valenciano me contó que en el techo de bambú de la suya había visto una serpiente que era pequeñita, verde y venenosa; yo le expliqué que todos los reptiles tenían poderes telepáticos y la próxima vez debía mandarle mensajes tranquilizadores, pero no pareció muy convencido.

Al despertar el día siguiente de la siesta estuve a punto de pisar a una serpiente distinta que se había metido en mi cabaña e iba perdida; mediría un metro y medio, era fina, y lucía una colección de preciosos colores entre los que no había ninguno de los que sirven para advertirte, “¡Soy peligrosa!”; lo que no acabó de gustarme fue su cabeza triangular, así que me mantuve a distancia. Aunque le abrí la puerta y le hablé de todas las maneras, “Shanti, shanti”, la pobre no debía haber estudiado telepatía, y continuó observándome amenazadoramente hasta que, al ver pasar por el jardín a la mujer que dirige la pensión, la llamé para preguntarle si era venenosa. Umm, se lio la de Dios: Aparecieron cuatro mujeres más armadas de palos, las chicas son guerreras, que no me hicieron el mínimo caso a pesar de implorarles que la indultaran; me arrastraron de la mano y a la fuerza alejándome de allí, y la machacaron. Descanse en paz. Ahora siempre miro bajo la cama como cuando era pequeñito.

Al amigo marsellés le sucedió igual con una cobra que, tras haber dormido tranquilamente junto a él sin molestarle, acabó muriendo a manos del amo de la casa.

Ya que he tocado el tema, os diré que aquí en Tailandia lo de la hostelería parece hallarse siempre en manos de las mujeres, y que, de haber un hombre, será solamente como guarda nocturno. Hasta el momento la versión de los monzones de Kanchanaburi no pasa de ser una suave llovizna y, como mucho, solamente cae un buen chubasco una vez al día. De todas maneras, el bochorno ha desaparecido, y es un gustazo permanecer sentado en el porche contemplando el río y viendo llover. Curiosamente, en otras partes del país están sufriendo una gran sequía y se han visto obligados a racionar el agua.

En la cabaña de en frente vive un europeo que tiene contratada permanentemente a una putita de aspecto aniñado; pobrecita, más que nada parece aburrirse un montón.

Entre las ofrendas que ponen en el templo dedicado a los familiares difuntos hay una “Fanta” con su pajita para sorber.

De forma parecida a cómo me sucediese en Assam con el casco de motociclista chino en el que no había espacio para mi narizota semítica, en los retretes tailandeses no lo hay para lo que me cuelga entre las piernas (¿pene semítico? ¡Ja!).

Voy a pedirle al valenciano que me pase alguna foto del río para que podáis darle una mirada a su pausado cauce de unos cien metros de ancho, al verdor tropical y los grandes árboles que lo enmarcan, a las estilizadas y rápidas lanchas que vuelan acariciando el agua (¡Qué diferencia con las indostanas!), a la barcaza restaurante con música en vivo que lo surca al atardecer empujada por una de aquéllas, a los pescadores que andan sobre el fondo sacando solamente la cabeza, y a los nenúfares.

Una barbaridad estética: Se ha puesto de moda teñirse el pelo y me cruzo con muchas tailandesas rubias.

Igual que en otras ocasiones, después de pasar tantos meses en la India y el Nepal no dejan de sorprenderme las minifaldas y los pantaloncitos cortos que visten prácticamente todas las mujeres.

No hay duda de que en Europa ha terminado el curso escolar, pues está llegado una auténtica avalancha de jóvenes turistas.

Las botellas de cerveza “Chang” y los envases de cierta marca de champú siguen llevando publicidad del “Barça”, y me encuentro por todos lados con las sonrientes caras de Piqué, Iniesta, Messi y compañía.

Invertí un baht en pesarme: cincuenta y siete kilitos.

PALIQUE VIRTUAL. Me preguntó, “¿Por qué escribes?”, y respondí, “¿Por qué respiras?”. “¿Cuánto tiempo hace que escribes esas crónicas?”, “Unos treinta años”. “¿Por qué empezaste a mandárselas a tus amigos?”, “Me enteré que hablaban de mí a pesar de no conocerme realmente, y pensé que así por lo menos sabrían porqué me ponían a parir”. “¿Te consideras diferente al resto de la gente?”, “Creo que somos lo que hacemos”. “¿Es cierto, como afirmaba tu hermana, que estás enamorándote ti mismo?”, “Estoy enamorado de lo que hago”. “Entonces, juntando lo anterior con esto, sí estás enamorado de ti mismo”, “Lo has dicho tú y no yo”. “La semana pasada nos comunicaste que habías terminado tu última novela, ¿vas a escribir otra?”, “Ya lo estoy haciendo”. “¿De qué va?”, “De cinco personas que se quedan encerradas en un ascensor”. “¿Y después qué sucederá?”, “No lo sé ni quiero saberlo porque me gusta descubrir la trama línea a línea como si me contase un cuento a mí mismo”. “¿Cuál crees que es la mayor dificultad de un escritor?”, “Escribir sobre el sexo contrario sin cagarla demasiado”. “¿Y cómo lo solucionas?”, “Basándome en personas que he conocido y en hechos reales de los que he sido testigo”. “Vete a la mierda”, “Anda y que te zurzan”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Sufrí un ataque de egocentrismo y me pedí un autógrafo a mí mismo.
  • ¿Ambición o motivación?
  • Acabemos con los fanáticos dándoles una sobredosis de lo que más odian.
  • Cuando me abraza alguien de quien desconfío, me dejo guiar más por el deseo de comprobar mis suposiciones que no por el miedo urgiéndome a salir corriendo.
  • ¿Por qué deja de picar cuando nos rascarnos?
  • Al escoger mis domicilios preocupándome de que se hallasen en sitios más o menos idílicos y tuviesen buenas vistas, lo hacía creyendo que así cuidaba al mismo tiempo de mi alegría y mi salud; y ahora, en un estudio sobre ese tema, se ha comprobado que los enfermos de los hospitales con tal tipo de entornos se recuperan con mayor rapidez.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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3 Comentarios
  1. Daniela dice

    ¡Me ha encantado!

  2. tío Nando dice

    Tal como saben todas la editoriales, para que una revista se venda no hay mejor reclamo que poner a dos modelos guaperas en la portada: ¡JA!

    1. Toni dice

      ajjajajaja!!!! :-P

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