La crónica cósmica. Después venía una playa de arenas blancas…

La crónica cósmica. Después venía una playa de arenas blancas...
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UNA SERIE DE EVENTOS INESPERADOS (ÚLTIMA PARTE). Habían sido seis días maravillosos e incomparables, pero también agotadores, y nos merecíamos un descanso que, aparte de recuperar fuerzas, nos diese tiempo a digerir cuanto habíamos vivido. Charles, nuestro chófer keniata, nos recogió de negra madrugada cuando el alba apenas se anunciaba. Durante las dos horas siguientes, mientras veíamos amanecer sobre la sabana del Masai Mara National Park, Charles demostró ser un piloto de primera al conducir hábilmente sobre el suelo embarrado que había dejado una aparatosa tormenta nocturna.

Comprenderéis mejor las dificultades si añado que los dos únicos vehículos que vimos estaban hundidos en un barrizal y necesitarían ayuda para poder seguir adelante. Con ello tuvimos una imagen de lo complicado que habría sido nuestro safari en la estación de las lluvias que podría empezar de un momento a otro. Cuando llegamos a una carretera asfaltada, la camioneta se encontraba totalmente rebozada de barro y parecía una croqueta sobre ruedas.

Íbamos de regreso a Nairobi, pero esta vez tampoco nos adentramos en la capital, deteniéndonos en el cercano aeródromo de Wilson. En la puerta de entrada había unos letreros en los que constaba: “HANDS OFF OUR ELEPHANTS” y “NO IBORY ON BOARD”. Desde allí, y junto con una veintena de pasajeros más, partimos en un avión bimotor de hélices de la compañía Safarilink (un Dash de fabricación canadiense: todavía no sabíamos que ese mismo día se había estrellado un Boeing 737 Max 8 de las Ethiopian Airlines; el mismo modelo con el que yo había volado primero desde la India y después desde Omán).

Una hora más tarde aterrizábamos en el aeródromo de Ukunda, junto a la costa del Océano Índico, donde se halla la popular Diani Beach. Nuestro destino, que se encontraba a continuación de ésta, era la Galu Beach. Un taxi nos llevó hasta el Resort Simba + Onix Beach Cottages, donde habíamos reservado una casita blanca de un estilo arquitectónico parecido al ibicenco, que tenía dos habitaciones y un amplio porche con una mesa para las comidas y tres sofás en los que podríamos hartarnos de cervezas Tusker mientras jugábamos unas “sangrientas” partidas de backgammon.

La vivienda estaba rodeada de jardines decorados con docenas de buganvilias de distintos colores. Había muchos árboles entre los que destacaban tres impresionantes baobabs. Por sus ramas, aparte de los esperados pájaros tropicales, correteaban varios monos que jugaban amigablemente a pesar de pertenecer a dos razas distintas: los vervet, con un aspecto parecido a los langures indios, y los preciosos colobos (angolan black and white colobo). Para que no le faltase nada, había una piscina en cuyas aguas, cálidas y un poco saladas, podríamos flotar durante horas sin enfriarnos o cansarnos. Después venía una playa de arenas blancas, que continuaba hacia el norte y el sur, encerrada entre los jardines de los resorts y las aguas verdosas del Océano Índico.

Contemplábamos admirados nuestro nuevo domicilio cuando el amigo valenciano comentó: “Es la guinda del pastel keniata que hemos estado saboreando esta semana, ¿verdad?”. Efectivamente, así era, y nos felicitamos por estar allí.

Tras mencionar todo esto, quizás os resulte difícil creer que esta acuarela aún disponía de un último toque con el que ya superaba todo lo imaginable: a nuestro exclusivo servicio tendríamos a un cocinero llamado Martin que (por el simpático precio de diez euros diarios; el salario medio de un keniata está alrededor de los trecientos euros mensuales) nos deleitaría con la cocina local a base de pescado, calamares y gambas. ¡Mejor, imposible!

Un último detalle: hacía un calor que te cagas, 38º. ¡Cuánto me gusta el relajado ambiente de los trópicos a pesar de empezar a sudar de mañanita y verme obligado a dormir con el ventilador del techo a toda marcha!

Nunca deja de sorprenderme la rapidez del amanecer y del ocaso de esos sitios. Mi rutina incluiría saltar de la cama con la primera luz del día y pasear un rato por la playa mientras veía la cabezota del Sol asomar por el horizonte.

Kenia es uno de los pocos países en que están prohibidas las bolsas de plástico de usar y tirar. Pero también se cuida a los hijos de la naturaleza de otras maneras y, por ejemplo, encima de las calles Diani Beach han construido unos puentes llamados colobos bridge, parecidos a escaleras de cuerda, para que los monos las puedan cruzar sin correr el riesgo de ser atropellados por los vehículos; me contaron que los babuinos no los usan porque, igual que los macacos indios, han aprendido el funcionamiento del tráfico rodado. Se preocupan asimismo de podar las ramas de los árboles cercanas a las líneas de alta tensión para evitar que algún mono termine electrocutado.

Siguiendo los deseos de la amiga valenciana, fuimos a visitar el cercano Colobus Conservation Center, creado en 1997 para acoger a los monos que hubiesen sido liberados o estuviesen heridos. Una joven voluntaria local nos guió por aquel recinto parecido a una pequeña jungla aportándonos datos interesantes acerca de la naturaleza: “Los árboles baobabs llegan a vivir más de tres mil años (nos mostró uno que había rebrotado tras ser partido en dos). Los elefantes agujerean sus troncos con los colmillos para extraer el agua que almacenan”. “En Kenia sólo quedan cinco mil colobos de esta subespecie, y en los alrededores de Diani Beach no habrá más de cuatrocientos”. “No se debe alimentar directamente a los monos porque al hacerlo estarás provocando que crean tener poder sobre ti”.

Esa información aportaba credibilidad a la dramática anécdota que Burroughs mencionaba en La Trilogía Malaya acerca de un británico que daba de comer diariamente a unos macacos; simios que un mal día lo atacaron y mataron por presentarse a la cita con las manos vacías.

En Galu Beach también hicimos una excursión en barca hasta un atolón de arena que asoma la cabeza mar adentro cuando la marea estaba baja. La razón de ir allí era echar una mirada a unos arrecifes de coral y a los peces de colores que habitan en ellos; a nosotros, tras ver los de Pulau Kapas (y ya no digamos si los comparaba a los del Mar Rojo), no nos parecieron demasiado interesantes. De todos modos, nos gustó estar sentados con el agua hasta la cintura a medio kilómetro de la orilla y compartir un porrito de maría con un simpático rastafari local: ¡Good vibrations, man!

Tuve dos incidentes con los hijos de la naturaleza: el actor principal del primero fue un mono vervet que se coló en casa arrancando la mosquitera de una ventana de mi habitación y fue hasta la cocina en busca de fruta. Pero se quedó con las ganas porque, al contrario de los macacos de Varanasi, todavía no había aprendido a abrir la nevera, caja de Pandora que escondía mangos, maracuyás, sandías y bananas. En el segundo incidente participó todo un hormiguero de diminutas hormigas que escogieron como domicilio mi libro electrónico y sólo logré que se largasen dejándolo un rato bajo el sol achicharrante del mediodía.

EL REGRESO. Tras esa placentera semana dedicada a holgazanear, fuimos en taxi hasta la cercana Mombasa, población a la que llegamos tomando un transbordador en el muelle de Likoni porque se halla en una isla. Aunque las vistas de los alrededores eran muy bonitas, esta ciudad de un millón de habitantes me pareció fea y la cruzamos sin que yo llegase a poner los pies en ella.

Nos dirigimos inmediatamente a la estación de los ferrocarriles que una empresa estatal china había construido recientemente en las afueras (en realidad, la línea ferroviaria y los trenes también eran chinos). La estación tenía el aspecto de un aeropuerto, pero, debido a los últimos ataques de los terroristas islámicos somalíes, los exagerados controles de seguridad superaban a los de aquéllos: ¡Incluso había perros que se encargaban de olfatear los equipajes que posteriormente pasarían por dos distintas máquinas de rayos equis!

He mencionado más de una vez la altura y corpulencia general de los keniatas, y una prueba de ello estuvo en los amplios asientos del vagón (preparados para alguien con las piernas largas), y en lo altas que estaban las estanterías del equipaje (a las que me costó llegar).

Íbamos de regreso a Nairobi, y durante las cinco horas de recorrido no aparté la mirada de la ventanilla para no perderme detalle de aquella película keniata: aldeas, casitas aisladas, niños que regresaban de la escuela, mujeres transportando barriles de agua, hombres trabajando en los huertos y una infinita plantación de piña salteada de baobabs.

También pasamos por el Tsavo National Park y pude echarle una última mirada a la fauna local: camellos, jabalíes, cebras, impalas, búfalos, avestruces y varias manadas de elefantes que lucían el color rojizo de la tierra con que se cubrían. Gocé de unas imágenes insólitas cuando uno de ellos se asustó del tren y salió por piernas como si fuese una gacela. Un vallado de cable eléctrico (y no del odioso alambre espinoso) los separaba de la vía ferroviaria.

Pasamos la última noche en una pensión cercana al aeropuerto de Nairobi (ciudad de cuatro millones de almas en la que tampoco llegaríamos a poner los pies), y aprovechamos la mañana siguiente para visitar The David Sheldrick Wildlife Trust Orphans Project; orfelinato para elefantes y rinocerontes que se halla junto a la capital, pero ya dentro del Nairobi National Park, donde vimos diecinueve elefantes, de edades comprendidas entre los tres meses y los tres años, que habían perdido a sus madres debido, sobre todo, a alguna de las frecuentes sequías. Sólo había un rinoceronte de pocos meses, que me recordó al que jugaba conmigo en Sauraha.

Cada uno de esos elefantes consume diariamente veinticinco litros de leche de una fórmula parecida a la que se da a los bebés; ración que bebieron glotona y cómicamente de unos aparatosos biberones. El número de los elefantes africanos en el año 1940 superaba los cinco millones. En 1980 sólo quedaba un millón y medio. Y en el 2016, trescientos mil. El 90% del marfil por el que son asesinados va a parar al mercado chino. ¡Cabrones!

UNOS DATOS. A pesar de que Kenia recibe un constante flujo de divisas gracias al rico turismo internacional, no deja de ser un país tercermundista en el que la mayoría de la población vive en unos barrios miserables que están separados de los barrios ricos por altos muros vigilados a toda hora por guardas armados. Sólo cuando me disponía a partir advertí que, aparte de los lugares privilegiados que habíamos visitado, en realidad yo no conocía Kenia porque no me había pateado sus calles ni viajado en sus abarrotados autobuses o comido en sus puestos callejeros. Tras ver repetidas veces unos carteles en los que se anunciaba, “Este terreno no está en venta”, me contaron que esa era una precaución que tomaban los propietarios para evitar la frecuente estafa en que alguien vende una finca que no es de su propiedad.

ENFRENTÁNDOME AL PEOR ENEMIGO. Terminaban esas dos semanas fantásticas en las que gocé constantemente mientras cimentaba mi amistad con los amigos valencianos, y me dirigí al aeropuerto sin sospechar que la maldita burocracia (burrocracia) me pudiese tender una trampa de última hora. Fue así cuando, tras superar las largas colas de seguridad, al ir a recoger mi tarjeta de embarque me pidieron el confirmante de que había sido vacunado contra la fiebre amarilla. “¡¿Cómo?!”, exclamé alarmado. “Si ha permanecido más de una semana en Kenia, debería estar vacunado”, me explicó una chica muy simpática que no se avino a razones cuando yo le repliqué: “¿Pero la gente no se vacuna antes, y no después?”. Ni, ni, ni, ni: si quería abandonar el país tendría que aceptar que me pinchasen, algo que me costaría 2.500 shilings (euro: 108 shilings keniatas) y me obligaría a pasar por un ATM.

Por suerte no iba corto de tiempo, pues de otro modo habría perdido el avión. Siguiendo las indicaciones de la chica, salí de la terminal cagándome en todos los dioses y, preguntando aquí y allá, conseguí que me mandasen en la dirección equivocada. Al fin vino en mi ayuda un soldado que hacía guardia con su ametralladora sobre el pecho, quien, al verme perdido, me llevó de la mano hasta el sótano de un edifico en el que me recibieron dos simpáticas mujeres. Éstas, aparte de bromear acerca de mis penas, cuando yo les dije que no tomaba ni aspirinas y que lo de vacunarme me daba mucho asco (ni siquiera me vacuné contra la fiebre amarilla cuando pasé varios meses recorriendo el Amazonas, donde conseguí escaquearme de los controles policiales), al enterarse de mi “avanzada edad” me aclararon que la gente mayor de sesenta años no tenía que vacunarse, e incluso me entregaron un prospecto de esa medicina en el que constaba tal información.

Regresé a la terminal del aeropuerto tan enfadado que los guardas de seguridad permitieron que me saltase las colas. La chica de antes me pidió mil perdones, y se los concedí magnánimamente controlando los deseos de estrangularla. Pero no habíamos terminado, y a continuación tuve que sufrir unos nuevos momentos de angustia mientras veía como el ordenador que tecleaba desesperadamente una nueva chica se negaba a escupir mi tarjeta de embarque; sólo me tranquilicé cuando ella llamó a su jefe y éste dio con el problema y la solución. Adiós, Kenia (pronunciado Keña)

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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