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La crónica cósmica. Ayunar alarga la vida

La crónica cósmica. Ayunar alarga la vida
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Me gusta viajarCargando…

LES ACOMPAÑO EN EL SENTIMIENTO – Empezaré esta crónica guardando una línea de silencio por las víctimas del atentado de Bangkok (y por todas las víctimas) …….. Y ahora aprovecharé para cagarme en la sanguijuela cobarde y rastrera que lo perpetró: “¡A la mierda contigo!”. Umm, tras satisfacer estas necesidades emocionales ya puedo comeros el coco.

Hace una semanita tuve que mover el trasero al terminarse mi visado laosiano, y regresé a Tailandia y a la ciudad de Chiang Khong, desde la que os escribo en estos momentos. Lo había planeado así porque, de una parte, me gustó el viaje de cuatro horas entre densas junglas, y por otra me apetecía pasar unos días frente al Río Mekong, como lo hago en este momento sentado en el porche y viendo pasar esta gran masa de agua que sirve de frontera natural entre los dos países.

De ser cierto que el color verde es relajante y bueno para la vista, este último mes me habrá sentado de maravilla. Luang Namtha está encerrada entre el verdor de los arrozales de su valle y el de los bosques que cubren las colinas de los alrededores. Verde es cuanto veo en la orilla laosiana del Mekong, y es completamente verde la isla que hay en medio de su cauce. Aunque desde aquí el agua también lo parece, en realidad tiene el color de la arcilla.

Lo único que se interpone entre el río y esta casa de madera a la que se están comiendo las termitas, es un paseo peatonal por el que la gente corre, trota o hace ejercicios, y no hay nadie que se limite a andar normalmente (excepto yo, que me lo pateo antes de la salida del Sol y tras su puesta porque durante el resto del día la humedad y el bochorno de Chiang Khong son exagerados). Si fuese solamente una persona la que “hiciese cosas raras” levantando mucho las piernas o moviendo los brazos como un títere, me limitaría a pensar que parecía ridícula o estaba chalada; pero cuando se trata de la totalidad se convierte en un espectáculo cómico y absurdo en plan Jacques Tati. Tal payasada me recuerda a la que vi en el Mar Muerto mientras flotaba sentado en sus aguas densamente saladas, donde una treintena de turistas se dirigía a las duchas andando lenta y ridículamente debido a los guijarros del suelo que se clavaban dolorosamente en las plantas de sus pies.

Otra distracción es el tráfico de barcazas de carga y el de las embarcaciones de pasajeros (de diseños totalmente tradicionales) que hacen el recorrido de dos días hasta Luang Prabang. Aunque en esta parte el Mekong no sea muy ancho, parece gigantesco al compararlo con el Río Kwai en Kanchanaburi.

Chiang Khong tiene dos versiones totalmente distintas, de un lado con la horrorosa calle central por la que pasa la carretera, y de otro el silencioso barrio de casas ajardinas y sin el mínimo tráfico que se halla junto al río, por el que vuelan miles de libélulas y grandes bandadas de pájaros. La parte negativa está en que hay un montón de mosquitos (en Luang Namtha no había ni uno), y en que tiene el clima ideal para sufrir cagaleras. Esto es lo que me ha sucedido a mí a pesar de que a través de los años mi cuerpo se ha ido vacunando naturalmente contra todo lo imaginable. Aunque sigo curando a los turistas dándoles vasos de agua con arcilla, en esta ocasión y en mi caso no acababa de funcionar, y terminé optando por el tipo de medicina que usan los escoceses. Bueno, no exactamente la misma, pues no me gusta el whisky y menos todavía tomarlo de mañanita como ellos, y lo que hice fue meterme una buena dosis de ron a palo seco al atardecer y sin cenar nada (yo, igual que los vampiros, sólo bebo cuando oscurece). La marca del ron oficial tailandés es “Sang Som”, y no está nada mal aunque no se halle en el nivel del caribeño o el indostano; en la etiqueta luce las medallas que recibió en Madrid en los años 1982 y 1983, y en Barcelona en el 2006: ¿siempre me he preguntado de qué son esas medallas de los licores?

ENCUENTROS EN LA TABERNA GALÁCTICA. Se llama Mauro y es un italiano de veintiséis años que ha pasado el último en Kuala Lumpur, donde trabaja como diseñador gráfico cobrando un suelo de unos mil euros (cantidad que allí da para mucho). Consiguió el empleo a través de Internet y esa supermoderna ciudad no le gusta en absoluto, pero sí las maravillas naturales de Malasia hasta las que escapa en cuanto tiene un día libre. Me cuenta que en aquel país conviven pacíficamente, pero sin mezclarse, tres grandes comunidades, con los malayos controlando la política, los chinos la economía, y los indios siendo la mano de obra. Mauro es un naturista que evita comer porquerías o tomar fármacos hasta el extremo de que se prepara su propia pasta de dientes (“Lo más complicado es introducirla en el tubo”), y se libra de los mosquitos mezclando agua mineral con levadura y sal marina en un recipiente del que no puedan salir (“Les atrae el aroma de esta mezcla y van como locos a por ella”). En Bangkok tuvo la mala ocurrencia de comprarle maría al conductor de un “tuk-tuk”, y al momento se le echaron encima un par de policías que por suerte eran corruptos; querían cobrarle cuarenta mil bahts (mil euros), pero al fin se contentaron con la mitad.

Junto a Mauro está sentada una brasileña de treinta años llamada Rosa que trabaja en la Argentina para las Naciones Unidas y se especializa en las cuestiones de los Derechos Humanos. A estos dos se une ahora un simpático y suave arquitecto nigeriano que tiene una beca para estudiar las diferentes arquitecturas del mundo que se adapten al medio ambiente sin alterarlo.

Harto de sentirme un viejo reviejo entre tanta juventud, yo escojo la compañía de un luxemburgués de setenta y nueve años llamado Jean que tiene un currículo impresionante: “Conseguí la nacionalidad francesa al vivir en ese país, luego estuve casado veinticinco años con una mujer suiza y hubiese podido tener esa otra nacionalidad”. Ahora está casado con una tailandesa de cuarenta años y reside permanentemente Chiang Khong. “Viajé por todo el mundo, hice senderismo en los Alpes, el Himalaya y los Andes, pero solamente hasta los seis mil metros de altitud, y también recorrí parte del Atlas y el Sahara marroquí con un burrito en el que llevaba mi equipaje, una tienda de campaña y cuanto necesitaba para cocinar”. Su esposa interrumpe nuestra conversación para comunicarnos muy alarmada que acaba de estallar una bomba en el centro de Bangkok, donde se encuentra su hija. Debido al monstruoso tamaño de esa metrópoli, pienso que las posibilidades de que se hallase precisamente allí serían mínimas; pero me equivoco, y cuando al fin logra hablar con ella y saber que se encuentra perfectamente, nos dice que había pasado pocos minutos antes por el sitio del atentado. La vida es una tómbola, de luz y de… dolor.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Al recordar a una amiga escocesa explicándome que cuando le habían inyectado hormonas masculinas tuvo ganas de follarse a todo el mundo, me pregunto qué le sucederá a un hombre al que le inyecten hormonas femeninas (se me ocurren unos cuantos chistes, pero me los callaré para evitar los ataques de las guerreras).
  • Admiro a los nepaleses, indostanos y asiáticos que dominan diferentes tipos de escritura como si se tratase de eminentes científicos.
  • Cuando el Dalai Lama explicó (muy correctamente) lo que era la sabiduría, se le olvidó mencionar el conocimiento comprendido (del monje, del cornudo, del cabroncete, de la locura, etcétera).
  • Soy lo que hago, y aprendo practicando, así que no sé pelear ni tengo el menor instinto (ni ganas) para ello.
  • Pensar demasiado se convierte en un peligro (como decía mi padre) para los que han pasado cien mil años corriendo tras el chapati y ahora permanecen sentados porque tienen el futuro asegurado o esperan el cheque de la Seguridad Social.
  • El juego del backgammon es como un viaje del que no importa tanto el destino como el camino.
  • Los idiotas olvidan que el denigrado segundón es siempre el primero en su competición personal, y que no habría alcanzado este nivel de no tener delante a un monstruo como Merckx, Senna o Márquez (andando por la calle en Kanchanaburi me detuve ante un bar al ver en la tele como Márquez trataba de adelantar a Rossi en la última curva: ¡Vaya un par de locos!).
  • La amistad se solidifica con el pegamento de las experiencias compartidas, especialmente cuando se trata de viajes (¿no es así amigo occitano, californiano, riojano, conejero o marsellés?), pero también con las risas o un buen alucinógeno. El amigo no es guapo, elegante, inteligente o juicioso (o todo lo contrario), es sólo un amigo sin más (sin juicios, críticas, ni, sobre todo, envidias; lo menciono porque a mí siempre me envidian debido a mi “juventud” y “atractivo”).
  • La primera vez que ves una buena película eres incapaz de apreciar el trabajo de los actores porque estás hechizado y prácticamente hipnotizado: “Érase una vez”.
  • Hanibal Lester se convirtió inmediatamente en un malo clásico porque es psicológicamente creíble.
  • Los animales embalsamados me provocan el mismo asco que las momias, los cadáveres o la carroña. Umm, siento una repulsión parecida ante los cómics japoneses.
  • Ayunar alarga la vida.
  • Renunciar mejora tu karma y aumenta tu fuerza de voluntad como un vitamínico.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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1 comentario
  1. Geovanny dice

    Me parece muy interesante tu publicación, sobre todo porque escribes las cosas tal cual como las piensas, eres original y que lugar de Chiang Khong me recomendarías visitar, soy estudiante de la Universidad Politécnica Salesiana

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