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La crónica cósmica. Cuenta, hijo, ¿cuántas veces te has tocado?

La crónica cósmica. Cuenta, hijo, ¿cuántas veces te has tocado?
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YO CONFIESO. “Ave María Purísima”. “Sin pecado concebida”. “Padre, he pecado y deseo confesarme”. “Cuenta, cuenta, hijo, ¿cuántas veces te has tocado?”. “Umm, vaya, hombre, pues no venía pensando precisamente en esto, sino en que soy un cronista pésimo porque, tras llevar casi un mes en Laos y acabarse mi visado, todavía no he logrado transmitir una idea aproximada acerca de este país usando unas palabras que se traduzcan en imágenes dentro de los cerebros de unos lejanos y sufridos lectores.

¿Acaso he explicado que los laosianos mantienen viva una gran parte de la cultura y las costumbres que heredaron de los franceses, que son los únicos que conducen por la derecha en esta parte de Asia, que en Luang Namtha no hay una sola botella de ron pero se vende vino tinto importado de todos los continentes, que aparte de producir la mejor cerveza de Asia (cuyo precio parece subvencionado y desde hace años cuesta exactamente lo mismo en las tiendas que en los bares o los restaurantes: diez mil kips), también lo hacen con el pan blanco, o sea los bocatas, y con la vinagreta, o sea con las ensaladas, en las que hay montañas de lechuga sabrosa y tierna?

¿Acaso se me ha ocurrido aclarar que hace diez años Laos era mucho más barato que Tailandia, que hace tres se habían equiparado, y que ahora es más caro? ¿He contado que mi alimento básico es el arroz frito, ya sea con gambas, pollo, pato o tofu, y que tan simple plato cuesta el doble que en Tailandia? Pero, eso sí, lo preparan que te cagas, con mucha verdura cortada en porciones diminutas y acompañado de un tazón de caldo.

Es de risa: Diariamente repaso la larga carta del restaurante de arriba abajo, y siempre acabo pidiendo lo mismo. Por la noche ceno una tapita de cerdo asado, sabroso y crujiente, que hace buena pareja con la “Beerlao”. Tampoco he contado que los laosianos son muy aficionados a la petanca, de la que hay pistas en todos lados, que jamás levantan la voz o se enfadan porque lo consideran una falta terrible de educación, o que las chicas son más tímidas que las tailandesas pero que irradian una dulzura hechizante. ¿Lo ve, padre?, me había olvidado de un montón de detalles importantes y parecía que hubiese hecho un dibujo con cuatro trazos y sin un solo color.

Describí las calles de esta extraña ciudad diciendo que eran exageradamente largas, anchas y bordeadas de verdor (incluyendo cocoteros y matas de flores), pero no mencioné que por ellas picotean y van a su aire muchísimas gallinas que han aprendido las normas de tráfico y mirarán a derecha e izquierda antes de cruzar, o que son (las calles) el reino de docenas de perros con los que, caso insólito, no he conseguido mantener el mínimo contacto porque se mosquean como los macacos en cuanto les digo hola (o sea “sabaidí”). Vi un reportaje televisivo acerca de este tema en el que se enseñaba cómo reaccionaban o actuaban los animales ante el tráfico rodado; los tailandeses parecen llevar siempre una cámara en el automóvil y, gracias a ellos, en los noticiarios te muestran cómo han sucedido muchos de los accidentes. Los jabalíes y otros habitantes de la jungla son simplemente “analfabetos” y cruzarán una carretera en plan kamikaze como los gatos (que tampoco aprenden ni por dios). Gracias a la cámara interior de un autobús se vio a un ciervo atravesando el cristal parabrisas sin sufrir mayores daños. Los macacos y los perros controlan de maravilla la circulación de los vehículos, pero los más sorprendentes son los patos, que pasito a paso, y en columna de a uno, se meterán en una vía de cuatro o seis carriles, y lograrán detener el tráfico hasta que ellos terminen de pasar: “¡Cuá! ¡Cuá! ¡Cuá! ¡Cuá!”.

Una peculiaridad única de este peculiar país está en el hecho de que no hay periódicos, así que no os puedo aportar noticias locales (creo que en Vientiane se publicaba uno del gobierno comunista que sigue ostentando el poder y se halla plenamente dedicado a enriquecerse con el capitalismo). En los paquetes de cigarrillos solamente han empezado ahora a advertir acerca de los riesgos que comporta fumar, y en los mercados todavía venden tabaco a granel. Y hablando de mercados, dar un paseo por el de Luang Namtha de mañanita vale realmente la pena porque, aparte de ver unas verduras, unos frutos y una comida cocinada que son inidentificables para un turista, “¡¿Y esto qué es?!”, te encuentras con ofertas tan insólitas como lo son unos sapos grandes y gordos que te contemplan con sus tristes ojos, ranas que patalean ensartadas con un hijo, serpientes que se remueven, y peces de buen tamaño que sacan la cabeza del agua preguntándose, “¿Qué será, será?”.

Es de admirar que sigan empaquetando los alimentos con hojas de bananera, pero al final la pifian al meter ésta en una bolsa de plástico. Un invento alimenticio que le recomiendo probar, padre: Cójase un huevo de gallina o pato, perfórese una diminuta abertura en la parte superior con una aguja de coser y úsese ésta para hacerle un batido (de huevo), y luego hiérvase; le sorprenderá el sabor especial de este huevo duro.

Padre, también quiero confesar que me caen gordos los chinos (“¡Chino, chino, sigue tu camino!”), y no es así solamente porque sean unos antipáticos que contrastan especialmente al lado de los simpáticos laosianos, sino también porque no me gustan sus ostentosos edificios ya sean viviendas, hoteles, restaurantes o comercios, en los que, con su decoración, letreros y lámparas, parecen anunciar a todo el mundo: “¡Somos chinos!”.

También es inevitable comparar a los ligeros y pequeñitos laosianos con los occidentales, que son grandotes, sólidos (yang), y tan pesados como para que los distingas por el ruido que hacen sus botas al andar. Los turistas jóvenes me comparan frecuentemente con sus padres diciendo que, debido a las enfermedades o a los achaques de la edad que sufren, parecen mucho más viejos que yo; y les replico que me conservo de maravilla porque no he tenido que currar para educar y alimentar a unos hijos como ellos.

Otra peculiaridad laosiana: Hay muchas chicas y niñas que venden lotería en la calle (sentadas en una silla con una mesa delante en la que tienen los boletos), y te dirán, “Sabaidí, ¿quiere usted tentar a la suerte?”, sin advertirte que a ti, como extranjero, y suponiendo que tu número saliese premiado, no te permitirían cobrarlo.

La prueba de que la mayoría de edificios de Luang Namtha son nuevos (a excepción de cuatro casas tradicionales de madera) la tuve al ver la fecha de construcción de una vivienda que parecía mucho más antigua que las demás: 1999. Al ser esta ciudad la capital provincial te encuentras aquí y allá, alejadas las unas de las otras, diferentes edificaciones gubernamentales que, aun sin ser feas como las de otros países (están pintadas de blanco y se hallan completamente ajardinadas), siguen teniendo el inconfundible sello dictatorial y un tamaño exagerado (la denomino como la arquitectura nazi); algunas son las delegaciones de entidades tan normales como la de “Obras Públicas y Transportes” (escrito en laosiano y francés), la “Cámara de Comercio e Industria”, o el “Departamento de Educación”; pero también hay otras más exóticas, como la “Oficina del Control de Drogas”, la “Unión de las Juventudes Revolucionarias” o el “Proyecto de Reemplazamiento del Opio”.

Tal como puede comprobar, padre, yo tenía el tintero más lleno que vacío. ¿Sabía usted que la mayoría de los productos que venden en Laos son importados, que en esta ciudad no hay un puto zapatero y me estoy quedando sin sandalias, que en casi todas las casas tienen pájaros cantores y charlatanes (grandotes y narigudos) a los que no puedo escuchar sin sonreír, que una buena parte de la población son nuevos ricos que demuestran su nivel económico con unas casas fastuosas en las que prima el mal gusto (mientras que la arquitectura tradicional laosiana, ya sea en viviendas o templos de madera, me parece maravillosa, exquisita y armoniosa), que todo el mundo viste camisetas del “Barça” (alguien tenía que decirlo: La que tiene los colores de la “Senyera” (o sea la bandera catalana) me parece una gilipollada), que hice amistad con un norteamericano (de Colorado y casado con una brahmán nepalesa) porque al llegar a esta pensión preguntó cuánto costaba la habitación y cuánto la cerveza “Beerlao”, que conocí a un alemán y a una inglesa que habían estado en Katmandú durante el terremoto y sufrieron una taquicardia, que las madres laosianas llevan a sus bebés fijados sobre el pecho con un chal, que no hay mosquitos, que la mayoría de los vehículos tienen los cristales opacos, que las farolas de la calle funcionan con energía solar, y que…?”.

“¡Bueno, basta ya con tanta monserga! ¡Qué bronca de tío!”. “Sí, padre. ¿Qué penitencia me impone?”. “Deberás rezar cinco mil “Ave María” y flagelarte todas las madrugadas durante un mes”. “¡¿Tanto?!”. “Sí, hijo mío, porque lo tuyo es pura perversión y mereces un castigo ejemplar. Ego te absolvo, in nomine Patri, et…”. “Umm, me cago en todos los dioses, si lo sé no vengo”. “¡Ah, pues entonces no te absuelvo e irás al Infierno!”. “Que le zurzan”. “Oye, tú no tendrás un poco de costo, ¿verdad?”. “Se lo he vendido antes al sacristán”. “Uf, ya se estará colocando con Sor Virtudes que de virtuosa no tiene nada”. “¿Y no le apetecería un poco de perico?”. “¡Calla, loco, eso es veneno!”. “¿Y opio?”. “¡Ah, perfecto!”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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