La crónica cósmica. Despedida sazonada de piropos

LA CRÓNICA DEL ADIÓS – Aprovechando que se acerca el momento de hacer de nuevo el equipaje e irme a otros lares, os diré que el sentimiento que define de forma más simple y clara nuestra relación con una persona (o un animal…) es la simpatía. Tras afirmar que alguien te cae simpático no hará falta añadir explicaciones o razones: te cae simpático, y punto. Es parecido al caso del amor (love is a drug), y me parece absurdo preguntarle a una persona por qué ama a otra cuando todos sabemos que el amor es tan ciego como para convencernos de que la persona amada roza la perfección a pesar de saber a ciencia cierta que nadie es perfecto.

Acerca de los amigos valencianos podría decir docenas de alabanzas, no solamente porque son las personas con quienes he mantenido más relación desde que nos conocimos hace seis años en la población de Kanchanaburi en Tailandia, pues más tarde nos reencontramos y convivimos en sitios tan especiales para nosotros como la isla malaya de Kapas, la ciudad india de Jodhpur, la nepalesa Sauraha, la tailandesa Chiang Mai o el Parque Nacional Massai Mara de Kenia, sino, sobre todo, porque, alzando un poco más el listón del agradecimiento que les debo (que es más alto todavía para un desagradecido como yo…), hace cinco meses exactos me solucionaron el papeleo para que pudiese partir de Nepal y me dieron cobijo en este chalet que se halla a los pies del monte Montgó, a las afueras de la población valenciana (en realidad alicantina) de Xàbia, que tiene un entorno perfecto y, como he mencionado en crónica anteriores, donde el tiempo ha transcurrido en un santiamén.

Durante estos cinco meses, los amigos valencianos (tanto monta, monta tanto…) me han dado toneladas del mismo buen rollo que mantienen entre ellos, a las que se ha juntado una alimentación tan sabrosa como sana (90% vegetariana), imaginativa y variada: mejor, imposible, pero he engordado, de los cincuenta y tres kilos que pesaba al llegar del Nepal he llegado hasta los sesenta y uno y medio. En cualquier momento ellos pueden llamar educadamente a la puerta de mi habitación y preguntarme: “¿Podrías salir un momentito al porche?”, y afuera me esperarán unas tapitas de mejillones, aceitunas y chips acompañadas de una botella de la fina cerveza local “Turia”. ¿Habéis saboreado alguna vez naranjas recolectadas directamente del árbol, o sea que no han estado en una cámara ni han sido enceradas?

Además, mis anfitriones han soportado estoicamente mi insoportable presencia (no es humildad, sino realidad), mis horribles cantos, mis sonoros eructos y pedos, y las penosas toses de mis jodidos pulmones de fumador (cuyo estado ha mejorado gracias al aire sano y limpio del mar y la montaña). Durante estos ciento cincuenta días de convivencia me he planteado muchas veces si yo, de encontrarme en su lugar, sería capaz de tener tanto tiempo en casa a un invitado: lo dudo, lo dudo (como dice el bolero), y por tal razón los valoro más y los tengo en más estima si cabe. Pero al fin, y regresando a lo que os decía al principio de esta crónica, lo que ha contado especialmente en nuestra relación es la simpatía mutua.

La crónica cósmica. Despedida sazonada de piropos

Acabaré esta despedida sazonada de piropos añadiendo, o, mejor dicho, recordándoos, que en los últimos años me he convertido en un viejo insociable y huraño, y que, cuando yo estaba todavía en el Nepal y los amigos valencianos empezaron con la danza de la seducción en plan “vente pa ca que no te va a faltá de na”, describiéndome el lugar, la finca e incluso “mí” habitación, acabé aceptando porque, aparte de caerme simpáticos, formamos parte de la misma tribu: la de los nómadas que han visto de todo y no se asustan de nada. Un día le dije a la amiga valenciana: “Xe, xiqueta, lo que me gusta de ti es que no lloriqueas quejándote de esto y aquello”.

Para dar por terminada debidamente esta temporada en el “País Valencià”, también quiero despedirme del lugar con unos trazos de la habitual acuarela mental con la que pretendo alimentar un poco vuestra imaginación. A corta distancia hacia el norte, y a espaldas de esta finca en la que hay una veintena de palmeras de distintas especies y tamaños, se encuentra el impresionante Montgó, monte que mide más de setecientos metros de altura y tiene unos peligrosos muros de roca que en algunos casos no son empinados, sino totalmente verticales.

A la izquierda y hacia oriente está la cercana costa mediterránea de Xàbea (a menos de tres kilómetros) tras unos paisajes salteados de casitas blancas y palmeras que me recuerdan a los de mi amada Lanzarote. Al sur, tras una pista privada de doscientos metros, tenemos el “Camí Vell de Gata”, que va a los pueblos de Jesús Pobre y Gata de Gorgos, por donde pasa el río Gorgos, también llamado Xaló.

Este antiguo camino bordeado de cañizares, que se inunda con cada tormenta, está actualmente asfaltado y convertido en una estrecha carreterita que, como todas las calles de este valle, tiene la justa anchura para un solo vehículo y obliga a los conductores a circular lenta y civilizadamente. Con cada uno de ellos, y por supuesto con los peatones, nos deseamos los buenos días al cruzarnos durante mis caminatas matinales (“bon día i bona hora”). Supongo que ya se habrán acostumbrado a verme saludar al Sol, a los perros y a los robustos algarrobos centenarios de los alrededores, a los que abrazo respetuosamente.

Esta finca de los amigos valencianos ha rizado ya el rizo por diferentes razones, como lo es la posibilidad de dar largos y solitarios paseos por el bosque o entre plantaciones de limoneros, oliveras, vides y naranjos, que en esta época llenan el aire con el agradable perfume del azahar y me recuerdan el barrio sevillano de Santa Cruz; y como lo es también el silencio, sobre todo nocturno, que me recuerda al de “mi” cabaña nepalesa de Sauraha.

Son asimismo de mi gusto los cantos de los pájaros, los balidos de las ovejas (¡que comen naranjas!) y los relinchos de los caballos del vecindario, las carreras del perro Bambú persiguiendo a unos ágiles conejos a los que jamás atrapa, el ruido de las abejas volando de flor en flor, y los cocoricos de las gallinas Cayetanas, que ya ponen diariamente huevos, pero siempre los esconden en nuevos rincones del amplio espacio de jardín que tienen reservado (más de 200 m2) y nos obligan a buscarlos en plan Sherlock Holmes.

Imprescindible mencionar también los “violentos” juegos de Songkran y Sambal (¡que tiene una cola colosal!), gatos a los que apodamos hienas porque parece que pasen hambre y si no los vigilásemos le quitarían la comida de la boca al buenazo de Bambú: ¡incluso se comen los cereales de las gallinas! Creo haberos comentado ya que estos gatos son muy aficionados a los reportajes de la naturaleza y que tienen unos sitios predilectos en los que se sientan en cuando se ilumina la pantalla.

En este plácido lugar habitado por tradicionales campesinos por el que aparentemente no ha pasado el tiempo, nosotros estamos usando unos ordenadores viajeros, pues fueron comprados en Calcuta y Bangkok. Pero el colmo está en el Volvo con el que nos desplazamos, un silencioso híbrido que en todos estos meses no ha entrado una sola vez en una gasolinera; los amigos valencianos han calculado que, si utilizasen gasolina en vez de electricidad, gastarían el triple: en Inglaterra tenían una tarifa plana de cincuenta libras mensuales por la electricidad de la casa en que vivían que todavía les permitía ahorrar más. Gracias al diseño de este vehículo que, debido a su avanzada tecnología, yo sería incapaz de conducir, en las bajadas se recarga la batería, puede conducirse solo (creo alucinar al ver cómo toma las curvas) y mantiene la distancia con otros coches.

MIRA LO QUE ME CALLO – He ido desarrollando paulatinamente más y más afición a mantener la boca cerrada, o sea a callarme mi opinión (qué egoísta, ¿verdad?). Antes creía saberlo todo (o casi…), pero ahora, con más experiencia y tras haber dejado que me tomasen el pelo repetidamente, he llegado a la conclusión de que no sé nada. En el pasado siempre daba recomendaciones a las parejas en plan consejero matrimonial; pero dejé de hacerlo, por ejemplo, con alguien patriarcal y machista como el Señor Tolstoi, tras comprobar que, en mi caso, mis civilizadas y tolerantes fórmulas no habían dado los resultados deseados y esperados. También me callo porque sigo los consejos de alguien tan sabio como Buda, quien dijo: “Cuando no tengas nada importante que decir, guarda el noble silencio”.

A veces, estando colocado, hablo en diferentes idiomas sin advertirlo; como cuando me dirijo a los amigos valencianos en castellano o inglés en vez de hacerlo en catalán. Hablar solo y en primera persona del plural ¿es un toque de locura natural? ¿También es así cuando hablo “solo” con los animales? ¿Se podría considerar como otro tic de viejo que no haga cosas que no quise volver a hacer, y que hago menos y menos, pero que hago de mi vida una aventura o que me siento plenamente satisfecho con lo que hago? Al que logré entender este trabalenguas le regalaremos un caramelo de menta.

Por la mañana escribo, y por la noche recibo los consejos de las musas animado por unos chupitos de ron y un poco de maría.

Charla de la amiga valenciana al regresar del curro en la clínica veterinaria: “Me trajeron un perro al que había atropellado un coche y tenía dos piernas rotas. No llevaba chip y los de la protectora de animales dijeron que no se harían responsables y que lo sacrificase. Me negué, pero mi jefe insistió en que lo matase, y le repliqué que lo hiciese él. Además, el perro podría tener un propietario que lo estuviera buscando. Al fin lo curé e ingresé en la clínica, pero falleció al día siguiente. En Inglaterra tuve un caso parecido con una gata llamada Ladakhi que había sido mordida por un zorro y su propietario me ordenó matarla porque no quería gastarse las setecientas libras que le costaría operarla: lo solucioné pagando yo los costes y después la adopté.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Marie Von Ebner-Eschenbach dijo: “En la juventud aprendemos, mientras que en la madurez comprendemos.»
  • ¿Llamamos mágicos o milagrosos a los hechos inexplicables?
  • Una muestra de que a los indostanos parece gustarles especialmente los libros voluminosos y pesados es uno de la cocina india que compró el amigo valenciano en Delhi, en cuya portada consta con grandes caracteres que pesa 1’5 kg.
  • ¿Sentimos automáticamente curiosidad por todo lo que se nos oculta, como el cuerpo cubierto por una ropa que expande la imaginación, sobre todo la del célibe? Practicar nudismo es sano para el cuerpo y para la mente.
  • Mi amigo el Señor Tolstoi me contó que los gimnastas infantiles acaban siendo casi siempre cortos de talla.
  • ¿El principal negocio de la compañía Coca Cola no son los refrescos, sino la fabricación de botellas?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.